lunes, 30 de marzo de 2026

PLATOS DE VIGILIA Y SEMANA SANTA

 

Decían nuestros mayores que tres días hay en el año en el que se llena bien la panza: Jueves Santo, Viernes Santo y el día de la matanza. Y así era. Tradicionalmente, en esos días, las familias se reunían y se ponían muy bien de comer. 

Bien es verdad que, en el día de la matanza, se llamaba a la familia, a vecinos y amigos para trabajar y sacar adelante, en una jornada, todo el trajín que acarreaba la matanza del cerdo. Por ello, había que obsequiarles con un buen caldero de migas para desayunar, pasando el plato, de vez en cuando, con la moraga o la prueba del cerdo, y que terminaba con un buen puchero o caldero, ya fuera de legumbres o de arroz con pollo del corral. Era de justicia que, al acabar toda la faena, cada uno regresara a su hogar bien comido y bien bebido.

Sin embargo, la convocatoria de reunión familiar en Jueves Santo y Viernes Santo en torno a la mesa, sólo tenía como excusa ser días festivos, para celebrar la Semana Grande de los cristianos. Y si en la matanza, la carne del cerdo no podía faltar, en Jueves Santo y Viernes Santo, era preceptivo abstenerse de comer cualquier tipo de carne y, por tanto, todo lo que se ofrecía en la mesa eran los llamados “platos de vigilia”.

El precepto tiene su origen en el cuarto mandamiento de la Santa Madre Iglesia, en el que pide abstenerse de comer carne y ayunar en ciertos días como acto de penitencia. Miércoles de Ceniza y Viernes Santo son días de ayuno y abstinencia. Además, la abstinencia de comer carne también está fijada en todos los viernes de Cuaresma. Con estos sacrificios, se tienen presentes los cuarenta días que Jesús estuvo ayunando en el desierto. En realidad, el ayuno, junto con la oración y la limosna, son herramientas que propone la Iglesia, durante la Cuaresma, como preparación para la celebración de la gran fiesta de la Resurrección del Señor, con la que termina el Triduo Pascual.

Gastronomía de Vigilia y Semana Santa

Para hacer el cumplimiento de vigilia cuaresmal, se desarrolló toda una gastronomía basada en productos que nuestros mayores tenían a mano, aprovechando lo que daba el tiempo y evitando cualquier tipo de carne. En la primavera, estación donde se enmarca la Semana Santa, las gallinas despliegan toda su actividad ponedora y los huevos se prodigan más que en otro tiempo. Además, en los huertos, puede encontrarse un buen surtido de verduras: acelgas, espinacas, habas, cilantro… Y el campo despliega toda una riqueza de plantas silvestres, muchas de ellas comestibles y auténticos manjares, como espárragos, cardillos, arromanzas, acelgas silvestres, etc.

El pescado que nuestros antepasados consumían eran los peces de río, siendo buenos y abundantes los que se pescaban en el Ruecas: cachuelos, bogas, barbos, pardillas…, además de tencas en las charcas. Los productos de mar escaseaban y sólo llegaban después de haber pasado por un proceso de conservación que permitiera que el producto llegara en buen estado a la mesa en lugares de interior, a causa de los lentos transportes de antaño. Entre aquellos tradicionales procesos estaban el bacalao seco en salazón o las sardinas arenques (un encurtido hecho con sardinas y sal en banastas de madera).

A partir de todos esos productos, fueron surgiendo una serie de platos que se han convertido en tradicionales y que suelen ir pasando por las mesas cuando la familia se reúne en Jueves Santo y Viernes Santo. Y que se resume en potaje, tortillas y escabeche; flanes, natillas y arroz con leche.

El plato estrella en los días de vigilia, por ser el principal, solía ser el potaje de garbanzos. En otros tiempos no tan lejanos, el “cocido de garbanzos” acostumbraba a ser la base en las comidas, un día sí y otro también. Cuando llegaban los viernes de Cuaresma y los días especiales de Semana Santa, para no incurrir en falta, a los garbanzos se les quitaba todo aditamento de carne y de productos de matanza, y se cocinaban guisados, añadiéndoles bacalao y alguna verdura, como arromanzas, espinacas, cilantro…, según el gusto.

Tras el potaje, llegaba el turno de las tortillas, tanto de patatas como de verduras. Con productos de granja (huevos), de huerto (espinacas, acelgas…) o silvestres (espárragos trigueros, cardillos…) se pueden hacer una gran variedad de tortillas, desde la tradicional de patatas, o mezclándola con distintos tipos de verde, hasta las que se cuajan sólo con huevo y verduras, según el gusto y lo que hubiera a mano en ese momento.

Tortilla de patatas.
Tortilla de patatas y espárragos

El Escabeche que comemos en Madrigalejo en Semana Santa es un plato frío. Puede hacerse de distintos productos, que previamente se han rebozado con harina y huevo y, después, fritos. Hay escabeche de peces, de bacalao, de pengas de acelgas, de habas… En una cuenca, se hace el escabeche a base de agua, vinagre, sal, ajo machado, laurel, cáscara de naranja, azafrán y cominos o clavos, según el gusto. Cuando están fritos los peces, el bacalao, las pengas o las habas, se echan en la cuenca donde está el escabeche, para que se empapen bien. Se aconseja comerlo con cuchara para que, al mismo tiempo que se coma el producto, se consuma también el caldo del escabeche.

Y, para terminar, las comidas de Jueves Santo y Viernes Santo se rematan con una gran variedad de postres, hechos a partir de unos ingredientes tan esenciales como la leche y el azúcar, a los que se incorporan otros productos como huevos, arroz, harina, pan rallado, canela, cáscara de naranja…, dependiendo del postre de que se trate. No podían faltar en las mesas de Semana Santa natillas, flanes, arroz con leche, huevillos, leche frita… Y aunque las torrijas se van imponiendo cada vez más, en Madrigalejo no era un postre tradicional.

Natillas
Arroz con leche

En la Pascua

Había una bonita tradición de los niños el domingo, lunes y martes de Pascua que se ha perdido. En esos tres días, los chiquillos se iban a correr la empanada, el hornazo y el bollo. Cuando eran pequeños, iban con sus madres y, cuando empezaban a tener cierta independencia, se juntaban los amigos y se iban a comer la merendilla al campo, en los alrededores del pueblo: al cerro de la Pizarra, a los palos de la risa, a la Dehesa del Monte… La merienda que llevaban era, sí o sí, el domingo, una empanada; el lunes, un hornazo, y el martes, un bollo dormido. Eran piezas individuales. La empanada va rellena de chorizo o de algún producto de la matanza, el hornazo tiene encima un huevo cocido y el bollo del martes era el tradicional “dormido” en tamaño reducido. La masa de la empanada y del hornazo puede ser salada o dulce, según el gusto. Y aunque los niños de hoy ya no salen a correr la empanada, el hornazo y el bollo, estos productos se siguen haciendo, tanto a nivel particular como en los productos que ofrece la panadería de Madrigalejo.

Empanada
Hornazo

Vemos cómo, a partir de un sentir religioso y con los productos de que se disponían con abundancia en esos momentos, la sabiduría popular desarrolla una gastronomía específica y rica que se disfrutan en familia o en comunidad en los días grandes de la Semana Santa. 

Guadalupe Rodríguez Cerezo.


lunes, 23 de febrero de 2026

1965. CULTIVO DEL ARROZ EN MADRIGALEJO

 

Cuadrilla dispuesta para plantar arroz.

Cuando la desesperanza está llegando a los cultivadores de arroz, me he topado con una reseña del periódico ABC de 1965, en la que se habla del cultivo del arroz en Madrigalejo. Es un documento histórico, acerca de un cultivo, entonces novedoso en nuestra localidad, y que ha sido uno de los motores de nuestra economía en las últimas décadas.

Se publicó en la página 70 del periódico ABC del miércoles 1 de diciembre de 1965, en su edición de la mañana, y lleva el título de “El cultivo del arroz de Madrigalejo”. Lo firma Valeriano Gutiérrez Macías. A continuación, aparecerá reproducida buena parte de esa reseña, que irá acompañada de algunos comentarios.

Comienza diciendo que, en aquel otoño, la zona más retrasada de siembra en la alta Extremadura es la de Madrigalejo, donde ha adquirido gran importancia el cultivo del arroz.

(Concretamente hace referencia a la siembra del cereal de invierno, que es la que está retrasada).

Algunas hectáreas cultivadas arrojan hasta ocho, nueve y diez mil kilos, por lo que se coloca a Madrigalejo a la cabeza de la productividad del arroz.

(Sin duda, el cultivo del arroz se dio muy bien desde el principio en nuestras tierras, dando muy alta productividad en aquellas tierras del Sevellar).

Pero en este tiempo de sol y lluvia que disfrutamos, como si dijéramos, en un continuo alternar, los cultivadores están pasando verdaderos apuros en la recolección y secado de este cereal de verano. No han podido -por falta de tiempo y tempero- hacer las siembras de los cereales de invierno.

Anotemos que Madrigalejo es uno de los pueblos cacereños beneficiados con los regadíos, y su producción de arroz en la campaña se estima en más de seis millones de kilogramos de excelente calidad, aunque con pérdidas debido al ambiente húmedo, que hace difícil la recolección y el secado.

 (Vemos cómo se pondera, no sólo la alta productividad, sino también la excelente calidad del arroz producido en nuestras tierras desde el principio de su cultivo en nuestra zona. También aparecen plasmadas las dificultades para realizar las labores de la recolección en aquel año de 1965 y para el secado del grano debido a las lluvias).

Sigue diciendo la reseñaAhora el pueblo ofrece un aspecto realmente pintoresco. En las calles, plazas, pistas de baile y, en general, donde quiera que hay pavimento, se aprovecha el productor para extender y remover el producto en un constante traspaleo en evitación de que germine o fermente hasta llevarle al secadero que la Hermandad de Labradores ha instalado.

(Cuando comenzó el cultivo del arroz en Madrigalejo, el grano, al cosecharse, iba directo a las eras de tierra, donde se extendía para bajar su humedad hasta el punto propicio para poder amontonarse y llevarlo a los almacenes. Si el otoño venía seco, la recolección y secado se hacía sin problemas. Sin embargo, cuando entraba el tiempo en aguas, el asunto se complicaba. Entonces había que proceder a habilitar medidas extraordinarias. En la memoria de quienes tenemos cierta edad sigue la imagen del arroz extendido en la calzada de las calles y de las plazas del pueblo durante el hueco del día (si no llovía), y cómo los agricultores lo removían de vez en cuando, amontonándolo y tapándolo con lonas por las noches. Mientras que, en los días de lluvia, los montones de grano permanecían bajo las lonas. Bien es verdad que, por entonces, no había tantos coches circulando ni aparcados en las vías públicas. Y como dato curioso, además, vemos que, aparte de las calles y plazas, también se utilizó la pista Albéniz para secar el arroz).

El señor Pazos nos ha ampliado las noticias de la gran actividad desplegada por las autoridades locales en el montaje de secaderos y rápida construcción de almacenes que ponen inmediatamente a disposición del Servicio Nacional del Trigo y Federación Arrocera, organismos que -en una estrecha colaboración- han conseguido que los productores coloquen con rapidez sus productos a precios razonables y remuneradores, con lo que se aumente la ilusión de aquellos agricultores en este, para ellos, nuevo cultivo, llevando así mejor las dificultades a que en estos momentos actuales están sometidos.

(Las autoridades locales a las que se refiere el artículo eran D. Francisco Gómez Lozano de Sosa, desde sus responsabilidades provinciales en Cáceres; D. Florencio Sánchez Prieto, que entonces detentaba la alcaldía, y D. Ubaldo Rubio Calzón, como secretario del Ayuntamiento.) 

Otra cuadrilla de arroz.

Hoy en día, con las máquinas cosechadoras actuales, la recogida del arroz se concentra en unos dos meses aproximadamente, y sumado a las infraestructuras de secadero y silos que existen en la actualidad, hace que se hayan solventado los problemas de antaño. Sin embargo, el cultivo de arroz en nuestra localidad, como en el resto de España, se enfrenta a una preocupante reducción de rentabilidad, derivada de un constante aumento del costo de los insumos y del resto de gastos, mientras que los precios de venta del arroz están en retroceso y, en algunos casos, no cubren los costes de producción. Estos precios a la baja son debidos a la entrada de grano de terceros países con unos costes imposibles de competir por los productores europeos, ya que no se cumplen las “cláusulas espejo” que equilibrarían la competencia desleal de la entrada de producto de fuera.

*Cláusulas espejo: Exigir que el producto importado lo haga en las mismas condiciones que se imponen a la producción de agricultores y ganaderos de la Unión Europea.           

Guadalupe Rodríguez Cerezo     


miércoles, 28 de enero de 2026

SOBRE UNA NIÑA ABANDONADA

 

SOBRE UNA NIÑA ABANDONADA

En ocasiones, hay situaciones límites que generan hechos inimaginables si la vida se desarrollara en circunstancias normales.  Uno de los actos inconcebibles para una madre es abandonar a su hijo y, a pesar de que es un hecho inaudito, el abandono infantil siempre ha existido. Traemos hasta aquí un caso ocurrido en Madrigalejo, allá por 1878. 

Las causas que provocaban el abandono de los neonatos en aquellos tiempos solían ser de índole económico o social. Por un lado, las condiciones socioeconómicas de algunos hogares podían ser de tanta precariedad que los progenitores no podían garantizar la crianza de un nuevo miembro. En otras ocasiones, era el nacimiento de un vástago fruto de una relación extramatrimonial lo que suponía una fuerte reprobación social, que no todas las mujeres podían soportar. Entre las salidas que adoptaban las madres o las familias en estas circunstancias, podía estar la de abandonar a los recién nacidos en lugares donde pudieran ser encontrados con facilidad y recogidos, como en la puerta de una iglesia, convento o de una casa de personas de bien. Es lo que se conocía como “niños expósitos”, del latín, ex positus, que significa “puesto afuera”.

Septiembre de 1878

El 13 de septiembre de 1878, el párroco de la Iglesia de Madrigalejo, D. Matías Pazos, bautizó a una niña, a la que puso por nombre María Guadalupe. En el registro de su bautismo, se acompañó la reproducción del oficio de la alcaldía que recibió el sacerdote en relación a la niña. El oficio decía así:

“Poco antes de las dos de la mañana del día nueve del actual (septiembre), fue recogida una niña expósita por María Julián Crespo, esposa de Lázaro Galeano, de esta vecindad, que habían depositado sobre una piedra que está sobre el miembro izquierdo de la portada de su casa morada (calle de Fuente Nueva y que no tiene número).

Dicha niña se hallaba bien colocada en una espuerta de palma en buen uso y con paja que la servía de cama, vestida con una camisilla nueva, abierta, de lienzo fino o muselina, con canesú y sandunga, con puños de dos pespuntes y sandunga alrededor de ellos, con un botón de hueso en el canesú y otro en el puño de cada manga, también de hueso cada uno, de diferente construcción; una chambra abierta con manga de ángel, con dos zurcidos y en mal uso; un pañal usado de lienzo casero con una vainilla; un refajo muletón blanco usado, como cortado de otro mayor, sin costuras ni repulgos; un pañuelo color de barquillo de los de tres reales con cenefa blanca y encarnada y con tres listas también encarnadas sobre el blanco; una gorra blanca vieja con un zurcido en el casco y puntilla de algodón alrededor en su frontada y, por atrás, un tul también blanco y viejo del ancho de un dedo; otra gorra llamada de punto, de forma redonda, formando cuatro rosas y cuatro trencitas a su borde, también formadas con la aguja, sujeta en su redondo por un cordón de algodón blanco formando borla a sus extremos y con dos ataderos cosidos de trenza de algodón; otro pañal de encabezado usado y con costura por medio; y una faja vieja de estambre listeada de verde, encarnado, amarillo y negro, con ataderos de hiladillo basto azul.

Entre esta faja que ceñía a la niña, se encontraban dos papeles metidos en su sobre de carta, que uno de ellos, del largo de esta cara, y del ancho de la tercera parte próximamente también del ancho de esta llana, decía:

Esta niña, que nació a las diez y diez minutos de la noche del día ocho de este mes de setiembre de mil ochocientos setenta y ocho, se ha de llamar Guadalupe Fernández Quiñones. Su madre, que piensa recogerla si Dios se sirve guardar la vida de las dos, se queda con la mitad de este pliego escrito en la misma forma y con la misma letra para, por medio de su presentación y confrontación, poder acreditar en su día su cualidad de tal madre, señor director del hospicio de Cáceres.

 Y el otro papel, del mismo largo, y de un dedo en ancho, próximamente, y que está cortado formando ondulaciones, cortando un renglón escrito casi en todo el largo, no puede leerse con claridad, pero que parece decir:

Madrigalejo. Guadalupe Dorotea Fernández Quiñones

Lo que comunico a usted para su conocimiento a fin de que se sirva administrarla el Santo Sacramento del Bautismo, rogándole que, una vez hecho, me libre certificación de ella para su unión al expediente que me hallo instruyendo.

Dios guarde a usted muchos años

Madrigalejo, 11 de septiembre de 1878”

Firmado por Francisco Gil Caños, escribano del municipio, y dirigido al Sr. cura párroco de este pueblo.

La madrina de bautismo de esta niña fue María Julián Crespo, la señora donde habían dejado a la niña expósita. 

Algunas consideraciones

No sabemos nada más acerca de este caso, pero sí llaman la atención varios aspectos del documento. En primer lugar, vemos que no se dejó a la niña de cualquier manera, sino que fue colocada con cariño, con lo poco que la madre le podría dar en ese momento.

Aparece muy detallado y descrito todo lo que llevaba la niña en su canastilla, por lo que parece verse la intervención de una mujer en su descripción. En su mayor parte era ropa de bebé ya usada, incluso con zurcidos, lo que indica que ya habían servido para vestir a otras criaturas anteriormente.

Podemos vislumbrar en la nota el drama que debió suponer, para esa madre, abandonar a su hija recién nacida porque no podría hacer frente a su manutención. Como llevaba en su canastilla ropa de bebé usada, es posible que fuera madre de otros hijos, a los que le estuviera costando sacar adelante. Avala el hecho de ser la necesidad la causa del abandono porque tiene la intención de volver a recuperarla del hospicio, según dice, si Dios se sirve guardar la vida de las dos.

Además, la niña aparece bien identificada con su nombre y apellidos, lo que lleva a pensar que el motivo no era vergonzante, ya que no había ocultamiento. También pudiera tratarse de una persona de otra vecindad y que, por tanto, no importaba tanto que se supiera su procedencia.

No cabe duda de que el nombre que la madre puso a la niña fue por haber nacido el mismo día de la Virgen de Guadalupe. El natalicio tuvo lugar a las 22:10 del 8 de septiembre y, tan solo unas pocas horas después, a las 2 de la mañana del día 9, fue recogida por María Julián Crespo en la calle Fuente Nueva. Si era de madrugada, cuando todo el mundo duerme, ¿harían algún tipo de ruido al dejarla para avisar y que la recogieran lo antes posible? Seguramente debió ser así.

El escenario donde colocaron a la pequeña fue sobre una piedra de la portada de la vivienda de María Julián, que estaba situada en la calle Fuente Nueva, es decir, en los alrededores de lo que hoy conocemos como Las Cuatro Esquinas: en una casa de la actual calle Héroes de Cobba-Darsa o calle Nueva.

Por último, decir que el documento que aparece transcrito formó parte del expediente de la niña abandonada. Un expediente que era necesario para el futuro de la criatura, tanto si era dada en adopción (lo que hasta hace unos años se diría “recogida”) o si fue llevada al hospicio de Cáceres.

En definitiva, esto es “Historia”, es la intrahistoria de la vida, de las situaciones límite que viven las personas, de los problemas de la gente en momentos determinados y la forma de afrontarlos. Aun así hay muchos detalles que nos hubiera gustado conocer, especialmente el desenlace, el saber qué fue de aquella niña.

Guadalupe Rodríguez Cerezo

Epílogo a esta historia:

Conchi Tejeda Sojo, a través de las redes sociales, comparte el desenlace de esta historia:

Dejaron a la niña María Guadalupe en la puerta de su tatarabuelo. Así se lo contaba su abuelo. La criaron como a una hija más, pero murió cuando tenía dos o tres años. Por esa niña, su bisabuela se llamaba Guadalupe.

Después de su muerte, se supo que la madre era de Acedera. El tío de la niña se hizo muy amigo de la familia; fue quien la dejó aquella noche en la puerta. Cuando venía a Madrigalejo, con la excusa de ver a su amigo, se acercaba a ver a la niña.

La familia de acogida sintió mucho la muerte de la pequeña. Guardaron todas las cosas con lo que llegó, así como la carta donde ponía que se llamaba María Guadalupe. Y su familia de sangre se presentó al enterarse de su muerte.

Nos dice Conchi que, para ella, es una historia muy entrañable de su familia.