JUEVES DE COMADRES
En
Febrero normalmente, a principios, a mediados o a finales, y a merced de cuando
caiga Semana Santa, pero siempre en jueves, Madrigalejo celebra su fiesta más
genuina. Una fiesta que es la antesala del Carnaval. Es el Jueves de Comadres.
En
su origen, era la fiesta de las mujeres, porque comadres eran las mujeres del pueblo, las vecinas, las amigas. Es
el jueves posterior al “Jueves de Compadres” y el jueves anterior al “Miércoles
de Ceniza”.
Nos
gustaría saber cómo empezó a celebrarse en nuestra localidad, cuál fue su
origen, cuál ha sido su transcurrir en el tiempo…. Sí sabemos que nos llega año
tras año, que nuestros padres ya lo disfrutaban, lo mismo que lo hacían
nuestros abuelos, porque así lo disfrutaron sus antepasados. Sabemos que no es una
fiesta exclusivamente de Madrigalejo, sino que es un festejo muy arraigado en
algunos lugares de Asturias y de Galicia, donde atribuyen su origen a la época
romana, siguiendo algunas teorías que la relacionan tanto a las “Fiestas
Compitales”, donde se permitía el mundo al revés, como a las “Matronalias”,
fiestas romanas dedicadas a las mujeres casadas. También lo celebran en lugares
más próximos a nosotros, como en Escurial o en Ibahernando. Y allende los mares, en Iberoamérica.
¿Podemos
lanzar una hipótesis? No es descabellado pensar que, conforme iba avanzado la
Reconquista y se repoblaban nuestras tierras en las distintas oleadas de gentes
norteñas, los nuevos pobladores trajeran consigo sus tradiciones ancestrales.
Es posible que algún grupo de aquellos inmigrantes portaran en sus alforjas el
recuerdo de aquellos Jueves de Comadres que dejaron atrás en sus lugares de
origen, y que, en su nuevo asentamiento, se mezclara con otras tradiciones,
adaptándolo al nuevo entorno y a la nueva gente.
En
la actualidad, y desde que lo recuerdan nuestros mayores, el Jueves de
Comadres madrigalejeño es una fiesta destinada a disfrutar todo el pueblo. Sin embargo, en
sus orígenes, las mujeres debieron ser las protagonistas, como así lo indica su
nombre. No hace tanto tiempo, era costumbre que las mujeres apenas salieran de casa y, con la celebración de esta fiesta, las mocitas casaderas tenían una buena oportunidad para lucirse ante los mozos lugareños y, de esta forma, arreglarse noviazgos. Bien
lo dice una de las coplas que amenizan el ambiente cada Jueves de Comadres:
“Ya se va el Carnaval, madre,
la fiesta de las mujeres
y la que no tenga novio
que aguarde al año que viene”.
O
también:
“En este pueblo no hay mozos,
y si los hay no se atreven,
que vienen los forasteros
y se llevan las que quieren”.
Del
protagonismo de las mozas habla también la siguiente copla:
“Viva la media naranja,
viva la naranja entera,
vivan las mozas del Jueves
que van por la carretera”.
Todas
ellas forman parte de todo un conjunto de estrofas que, con la misma música, se
van cantando desde que comienza el día hasta que toca la recogida, y que
siempre encabeza el Cura de la Conquista:
“El cura de la Conquista,
por ir a la Fuentesanta,
se le ha caído la burra
y no puede levantarla”.
¡Cómo
le deben pitar los oídos a ese cura durante toda la jornada!
Como
vemos, la música no puede faltar; porque ha sido, es y será un elemento
esencial en la fiesta. Y con la música, el baile. Hemos oído contar que, en otros
tiempos no muy lejanos, los distintos grupos (las corralás) que salían a festejar el “Jueves” llevaban
su acordeón. Con los nuevos tiempos, hemos perdido el acordeón, pero la música
y el baile siguen siendo la esencia de la fiesta.
El
jolgorio comienza muy de mañana, con los niños haciendo ruido. También los
jinetes sobre sus caballerías y las carrozas van echándose a la calle para
animar al personal; es hora de que se espabilen, porque es un día de diversión
y alegría. Comienza el trajín de gente a caballo, en burros y en carrozas (no
hace falta que sean de diseño, simplemente con formar arcos con ramajes, es suficiente) y cantar el cura de la Conquista…, adiós carnaval…,
en el bañador…, esta es la calle del aire…, en este pueblo no hay mozos…, si
esta calle fuera mía…, Viva la media naranja… y todos al grito de ¡Viva el
Jueves de Comadres! O simplemente, ¡Viva el Jueves! Y otra vez a cantar hasta
que se quede ronca la garganta.
A media
mañana, el gentío se concentra en la Plaza para disfrutar del desfile de
caballos y carrozas, bailes regionales, etc.
Una vez concluido, comienza la marcha hacia la vieja Estación, bien sea
en caballería y en carroza, quienes desde temprano las sacaron, o en coche, la
mayoría. Hoy, con automóviles y carrozas tiradas por tractores; ayer, con bestias
y carros, todos en retahíla para disfrutar de un día de campo, de la música y
del baile, pero, sobre todo, del buen comer y del buen beber, en buena convivencia.
La fiesta ha ido evolucionando con los nuevos tiempos, porque aunque viene de la tradición, es algo vivo. Un ejemplo es el cambio de ubicación de la concentración. Antiguamente, el Jueves de Comadres
consistía en salir al campo a disfrutar de una buena merienda y música, en grupos -corralás- dispersándose por distintos parajes, aunque salían del pueblo todos juntos y también se juntaban en la recogida. El pretexto era festejar que el invierno se iba dejando atrás y que pronto llegaría la primavera. Con el correr del tiempo,
los grupos se fueron congregando a la vera del río Pizarroso, lugar donde aún
nos llegan los ecos de sus celebraciones a través de nuestros mayores. Y
después de que se construyera la
Estación del Ferrocarril, se aprovechó su explanada para fijar allí el lugar de
la jira, desde mediados del siglo XX, hasta el día de hoy.
Digo
jira porque es lo que es, y no romería. Su origen es totalmente pagano, no va
unida a ninguna festividad religiosa ni se reúne el personal entorno a ninguna
ermita. El Jueves de Comadres debe encuadrarse dentro de las celebraciones del
Carnaval, del que es preludio. Después del largo invierno y antes de que doña
Cuaresma llegara con sus restricciones, el Jueves de Comadres, igual que el Carnaval,
es fiesta de jarana y de jolgorio.
Y como en toda fiesta que se precie, no
puede faltar el buen comer y el buen beber. En estas fechas del año, cuando el
invierno ya va demediado, era la mejor excusa para degustar la chacina, el
momento en el que ya estaba curada la matanza. Porque los productos matanceros eran la base de la merienda de entones. Y además de la chacina, no podía
faltar la tortilla de patatas, el vino de pitarra y los dulces tradicionales,
como perrunillas, bollas de chicharrón, escaldadillos o flores. Todo ello se
colocaba sobre las mantas traperas o de tiras, bien extendidas sobre la hierba, alrededor de las
cuales se sentaban los comensales. A todos aquellos manjares, añadimos hoy los
que nos han traído los nuevos tiempos: rebozados de todo tipo, ensaladilla
rusa, huevos rellenos, tartas y cualquier tipo de dulces, colocados ya sobre
las utilitarias mesas plegables. En la preparación de la buena comida, es donde
siguen siendo protagonistas las mujeres, que ofrecen orgullosas sus manjares a quienes por
su lado pasan, porque ese día, lo que hay sobre la mesa, es para propios y agregados,
poniéndolo todo en común.
Y
una vez que se ha disfrutado del buen día de campo, a la caída del sol,
recogemos los bártulos y todos para el pueblo, a continuar la diversión, de nuevo
en las calles, hasta que cada uno aguante.
Y...
“Adiós Carnaval,
adiós si te vas,
que si tú te has ido,
las Pascuas vendrán…”
(Las
fotografías son cedidas por Jonatan Carranza, Marisi Moreno, Toni Loro, Rosi
Sánchez Nieto, Elisa Pizarro y familia Rodríguez Cerezo.)