martes, 4 de diciembre de 2018

A TODO CERDO LE LLEGA SU SAN MARTÍN.



No hace tanto tiempo, el hombre del campo, con sus quehaceres cotidianos, vivía estrechamente ligado al transcurrir de las estaciones. En otoño, la vendimia y la sementera; en verano, la siega y las tareas en las eras…  La sabiduría popular, con gran pragmatismo, ideó un calendario un tanto peculiar para organizar sus faenas a lo largo del año basado en el santoral y, para recordarlo mejor, se complementaba con el refranero. Así como por San Miguel (29 de septiembre) vencían los contratos de tierras labrantías, porque se acercaba la sementera, San Martín de Tours (11 de noviembre) despide las temperaturas agradables con su “Veranillo (de San Martín)” y comienza el frío, condición indispensable para que se cure bien la “matanza”.

Dejando a un lado su doble sentido, el refrán “A todo cerdo le llega su San Martín” tiene su origen en el cochino destinado a la matanza, que por esta fecha debe estar ya bien cebado. Y unos días después, “Por Santa Catalina (25 de noviembre), matarás la cochina”, y “Por San Andrés (30 de noviembre), los tres”, son estas fechas las que marcan el pistoletazo de salida para la temporada de la “matanza del cerdo”, siendo los meses de diciembre y enero los óptimos para ella.

Y siguiendo con el refranero, “Tres días hay en el año que se llena bien la panza, Jueves Santo, Viernes Santo y el día de la matanza”; pues no en vano, este era un día bien señalado en cada casa. ¡Y no es para menos! Con todo lo que se obtenía del cerdo en ese día, se solucionaba una buena parte de la alimentación de la familia durante todo el año. Era imprescindible en el condumio del puchero diario. También las cenas se solucionaban frecuentemente con el “plato de la alegría” o “de los encantos”, con distintos tipos de embutidos, tocino de cajón y queso, de donde cada comensal podía tomar de todo un poco, acompañado de su pedazo de pan. La manteca era ingrediente básico en la mayor parte de los dulces tradicionales y, untada en pan y con azúcar, constituía la merendilla de muchos niños. Y, por supuesto, no podía faltar en la talega de los trabajadores del campo para las meriendas y en las faenas de la era…

Por tanto, la matanza constituía una actividad esencial para el transcurrir en la vida cotidiana de todo el año en el mundo rural. Y como tal, ha llegado hasta nosotros el resultado de siglos de experiencia y de tradición, con variantes regionales, comarcales, locales y hasta familiares -pues cada casa lo hacía a su manera- de toda una cultura gastronómica, conocida y elogiada por todos. De la importancia de esta actividad, se desprende que tuviera un vocabulario específico, tanto para utensilios, productos, acciones, etc., que perderán su significado cuando terminen por desaparecer las matanzas domiciliarias. (Al final del texto aparece un vocabulario de palabras relacionadas con el tema, que irán marcadas con un asterisco (*).)


Nada más terminada la matanza, el espacio en la batuca* dejado por el cochino sacrificado lo ocupaba un lechón ya destetado, que sería criado y cebado para la matanza del año siguiente. Hasta hace unos cincuenta o sesenta años, cada mañana, los dueños de los cerdos abrían la puerta de sus zahúrdas y, estando ya aleccionados, los animales se encaminaban solos hacia la salida del pueblo por la calle del Río, junto al vado de las pasaderas, donde el porquero* del concejo los recogía y los llevaba a la Dehesa del Monte, donde pasaba el día la piara alimentándose de hierba y, en tiempo de la montanera, de bellotas. Al atardecer y de regreso, una vez cruzado el río, cada cochino tomaba la ruta de vuelta a su batuca, donde le esperaban las ricias* de la casa y, cuando la hierba ya escaseaba en la Dehesa, el suculento berbajo*. Y así, durante todo un año se cebaba al guarro con las miras puestas en el día de la matanza.

   Unos días antes, había que preparar los avíos*: comprar las tripas de vaca, las cuerdas, la sal, la pimienta…; atar las tripas; bajar, del doblado -donde habían aguardado durante todo un año-, las artesas*, los baños de barro, calderos y calderas*, la mesa de matar, la máquina de picar y embutir, con sus accesorios…; sacar los cuchillos; picar y cocer la calabaza, para que esté bien escurrida cuando llegue el momento; pelar los ajos y las cebollas, picarlos; acarrear el perejil y la yerbabuena; cocer las patatas, rebanar las migas, etc. Y, por supuesto, avisar al personal -normalmente familiares y vecinos- que va a ir a echar una mano en el día señalado, porque es mucho el trabajo y tareas muy distintas las que hay que realizar.


Antes de amanecer, van llegando los hombres al corral. Un tazón de café, una bandeja con perrunillas o bollas de chicharrón y una copita de aguardiente les reciben al llegar, junto a una buena lumbre, porque el frío se deja caer por el cuerpo y la caldera llena de agua ya está en el fuego sobre las trébedes, para que no falte agua caliente en todo el día.  Es el momento de entrar a por el guarro a la batuca, echarlo en la mesa de matar y proceder el matarife o matachín*, mientras el resto sujeta al animal. Al mismo tiempo, se recoge la sangre en un baño de barro y se la va removiendo con una vara para que no se cuaje.
Una vez muerto el guarro, se le chamusca con escobones de retamas prendidos en la lumbre, para eliminar los pelos, y se va raspando con los cuchillos, para eliminar cualquier resto chamuscado. Y ya está listo el cerdo para abrirlo y ser despiezado.



Lo primero que se saca del cochino al abrirlo es el mondongo*, al que, colocado en una artesa, tradicionalmente meten mano las mujeres para desentrijarlo* con sumo cuidado. Después se procede al lavado de las tripas -vaciándolas primero- con agua templada, se cortan a la medida del embutido y se les da la vuelta, normalmente con la ayuda de una vara. Se vuelven a lavar con agua templada hasta que queden bien limpias, se les echa sal, ajo, vinagre y limones troceados, mientras se las soba hasta que pierdan el olor a intestinos. Se enjuagan y se apartan en distintos recipientes con agua, según los embutidos para los que están destinadas, esperando el momento en que tengan que ser utilizadas, mientras el estómago –previamente raspado- o morcón* –si no se fuere a llenar- y las tripas más retorcidas van derechos a un puchero con agua caliente para ser encallados*.





Al mismo tiempo, el cochino está siendo descuartizado y se van separando cada una de sus piezas según la función para la que se vayan a destinar. Primero la cabeza, las mantecas y los tocinos, que hay que rebajarlos*, salarlos si se van a guardar para todo el año, y extenderlos en horizontal. Sacar los lomos, los solomillos y las piezas que, por su calidad, pueden comerse como moraga*. También se apartan los jamones y las paletillas si se piensa salarlos para curarlos, y los que no, se descarnan para hacer embutido, lo mismo que el resto del guarro. En distintas artesas se va separando la carne magra, de la entrevetada y del gordo, para después ser picada con la máquina. Se escamondan los huesos y se parten y reservan las costillas. Las patas y las orejas se van escaldando en agua caliente, sacándolas repetidamente para rasparlas con chillos o navajas y quitarles la suciedad, hasta que queden totalmente limpias. A los niños, se les deja el rabo, para que lo asen en las brasas y se lo coman. Y así, en muy poco rato nada queda que recuerde al animal.




En mitad de este proceso, ya tiene que haber venido el veterinario, quien, tras el reconocimiento preceptivo, tiene que certificar que la carne de ese cochino es apta para el consumo humano, fundamentalmente que está libre de triquina, pero también de otras enfermedades que puedan ser transmitidas al hombre.

No se puede descuidar el buen comer, pues para trabajar, hay que estar bien comido. Antes de seguir adelante, se comen las migas; unas migas matanceras, en las que se pueden encontrar tropezones de carne del guarro y cortezas, además de lo que se sirve en la mesa: guindas secas fritas bien chumascarraditas, aceitunas negras rajadas, sardinas asadas y ajos asados o fritos, con la botella del vino de pitarra de la casa pasando de mano en mano. Y cada cual, con la cuchara en la mano, se acerca al caldero bien situado en el centro de la mesa y… “cuchará y paso atrás”. Para terminar, en las últimas cucharadas, tienen que estar acompañadas de una tajada de melón.


   
Cuando está el gordo picado y las tripas lavadas, se guisan las morcillas de vientre*: en el baño de la sangre, se añade gordo y carne entrevetada, la cebolla, perejil, yerbabuena fresca y seca, sal y pimentón –optativo-. Las cantidades varían según el gusto de cada casa. Una vez guisadas y amasadas, se van llenando, con embudos de mano, en las tripas del intestino delgado previamente apartadas; se atan por las puntas y se cuecen en la caldera con abundante agua caliente, enristradas en una vara para que no lleguen a la base del recipiente. Mientras se cuecen, la persona encargada de cocerlas van pinchándolas con unas picas*, para que salga el aire, y les echa agua caliente en los moños*, para que se cuezan bien y por todas partes.



Estando ya toda la carne picada, en cada artesa se van guisando los distintos tipos de embutidos que se vayan a hacer. Los guisos básicos son ajo, sal y pimentón, y además los ingredientes que distinguen a cada uno de ellos. La mejor carne va para el “chorizo” y el “chorizo blanco” –este no lleva pimentón y sí pimienta negra molida. El “chorizo de hueso” también se hace con esta carne además del morcón y de las tripas encalladas y las ternillas de los huesos, todo bien picado. Si junto al cerdo se hubiera matado algún carnero o macho cabrío, con su carne se hace “chorizo de res” y, si a esta carne se añade gordo del cerdo, se obtiene “chorizo voltizo”. Con el hígado y el bofe –los pulmones-, cocido y picado, se hace el “chorizo de hígado o higaderas*”. Con la carne entrevetada y el gordo, se hacen distintos tipos de morcillas: “calabaceras”, si llevan calabaza; “patateras”, si llevan patata; “berceras o tontas”, si se les echa repollo.



En este punto, cuando ya se han echado los guisos a la carne, comienza el proceso de “llenado” con una serie de tareas que se van realizando casi “en cadena”. Una persona escurre y abre las tripas, colocándolas junto a quien recibe el embutido de la máquina. Otra persona hace bolas de carne, que va depositándolas en la máquina de embutir o “de llenar”. Y quien da con una mano a la manivela de la máquina ayuda, con la otra, a introducir la carne por el sinfín y que salga, a través de un embudo, metida en la tripa, con el apoyo de las manos firmes, y al mismo tiempo cuidadosas, de quien la recibe, ya convertida en embutido, y lo coloca en la mesa. La tripa más utilizada es la de vaca, pero siempre se reservan algunas del intestino grueso del cerdo para llenar algunos chorizos, porque se conservan mejor en esta tripa; son los malditos*. Con las tripas llenas en la mesa, varias manos diligentes se dedican a atar los embutidos, picarlos –para que salga el aire que llevaren dentro- y atar cuerdas a los lados para que queden bien apretados. De dos en dos se van casando* los chorizos o las morcillas, procurando que se junten las que sean similares en tamaño, y se pasan al colgador*, quien, con la ayuda de una horquilla*, va colgando los embutidos en la enramada*.




En este proceso, no pueden faltar unas buenas brasas debajo de la mesa para combatir el frío y, de vez en cuando, que circule algún plato que otro con alguna moraga, morcilla de vientre o cortezas asadas, así como las socorridas aceitunas y el vino de pitarra. Porque el buen comer no puede faltar en un día con tanto trabajo. A menudo, también se ofrece un poco de la carne preparada para el embutido y pasada por la lumbre en una sartén; es la mejor forma de saber si los guisos están en su punto.


Pero aún quedan otras muchas cosas por hacer:
-Como preparar los jamones: se les recorta quitando todo lo que les sobra, se les saca la sangre que pudiera quedar dentro y se cubren enteramente de sal, donde estarán un día por kilo que pese el jamón.
-Como meter los lomos y las costillas en adobo durante tres o cuatro día –el guiso del adobo se prepara con pimentón, ajo, sal y agua caliente. Pasado ese tiempo se escurren, se cortan, se fríen en aceite de oliva y se van colocando en un pucherón*. Al terminar, el aceite resultante de haberlo frito se le echa en el recipiente, procurando que se cubra toda la carne y así se conserve durante varios meses.
-O como derretir las mantecas, para que queden como una pasta blanda que pueda ser utilizada fácilmente para la cocina, especialmente para preparar los dulce caseros tradicionales. Y con los chicharrones* que quedan tras derretir las mantecas, se harán las “bollas de chicharrón”.


Y ya con la matanza colgada en la “enramá”, y la mayor parte de los oficios hechos, llega la hora de comer –aunque ya sea media tarde-. Un buen guiso de patatas o de arroz, con algún ave del corral, les espera a los comensales. Pero ahora lo que falta es que se cure bien la matanza, y para ello, nada mejor que echarse unos buenos cantes, con la zambomba animando, al calor de una buena lumbre... 


     



Vocabulario:

Artesa.- Recipiente de madera, de forma rectangular, donde se amasaba la carne picada con los guisos necesarios para conservar los embutidos.
Avíos.- Conjunto de enseres que se necesitan, en este caso, para la matanza.
Batuca.- Zahúrda, cochiquera, espacio donde se guardan los guarros.
Berbajo.- Mezcla de harina de varios cereales con agua.
Caldero y caldera.- Recipientes de metal preparados para la lumbre. Se diferencian en el tamaño: el caldero, algo más pequeño, se utiliza para hacer la comida, y la caldera, de mayor tamaño, suele emplearse para calentar agua.
Casar los chorizos y las morcillas.- Unirlas de dos en dos para colgarlas en la enramada.
Chicharrones.- Trozos sólidos que quedan tras derretir las mantecas.
Chorizos malditos.- Son los chorizos que se han llenado en tripa gorda, procedente del intestino grueso del cerdo.
Colgador.-Persona encargada de colgar los embutidos en la enramada.
Desentrijar.- Separar las tripas del embrollo en que vienen liadas para que queden sueltas.
Encallar.- Cocer el estómago (callos) y las tripas.
Enramada.- Estructura de palos y varas entrecruzados, ubicada en alto, donde se coloca el embutido para que se cure. Y por extensión, a todo el conjunto de chorizos y morcillas que se coloca en ella tras la matanza.
Higaderas.- Chorizo de hígado.
Horquilla.- Vara larga con una hendidura un extremo que sirve para ayudar a colgar los embutidos en la enramada.
Matarife o matachín.- Persona destinada a matar y descuartizar el ganado destinado al consumo.
Mondongo.- Las tripas, los intestinos.
Moños.- Extremos de los chorizos o de las morcillas, donde está el nudo de atar la tripa y la cuerda.
Moraga.- Carne de cerdo que se asa a la brasa.
Morcillas de vientre.- Morcillas de sangre.
Morcón.- Estómago del cochino y, por extensión, el embutido que sale al llenarlo.
Picas.-Útil de pequeño tamaño con una punta afilada de metal para picar los chorizos y las morcillas para sacar el aire que llevan dentro.
Porquero.- Persona que se dedica a cuidar piaras de cerdos.
Pucherón.- Puchero grande donde se guarda el lomo y las costillas para conservarlo en aceite mucho tiempo.
Rebajar los tocinos.- Igualar los tocinos que se vayan a guardar, y echando el gordo que sobra para añadirlo a los embutidos.
Ricias.- Desperdicios orgánicos de la casa que se echaba a los animales.



Guadalupe Rodríguez Cerezo.

sábado, 3 de noviembre de 2018

VAMOS A CALLEJEAR (4) (Calles Luisa Fortuna y Santa María)


(Continuamos con la última entrega de la Visita Guiada “Vamos a Callejear”…)

En la misma Pontezuela (donde nos habíamos quedado), continuamos el recorrido entrando en la Calle Luisa Fortuna. Y justamente en el punto de conexión de ambas, nos topamos con una escultura en bronce que homenajea a los agricultores y ganaderos, prácticamente la fuerza motora de la economía local. Es una obra de 2013 del artista villanovense Ricardo García Lozano.


A la historia de algunas calles le pasa un poco como a la historia de las personas. Son aquellas que no han tenido una evolución lineal, sin grandes sobresaltos, sino que han pasado por diferentes etapas, unas de plenitud y pleno desarrollo, y otras de deterioro y decadencia. Quizás sea la calle Luisa Fortuna la que, entre todas las del pueblo, mejor representa este símil.

(Fotografía cedida por Inmaculada Ruiz del Árbol)

El hecho de ser parte del Camino Real favorecía el trasiego constante de caminantes en ambos sentidos. Y más habiendo parada y fonda para finalizar una jornada. No en vano se dio a esta calle el nombre de calle de los Mesones, por ser varios los que en ella tenían asiento. Es de suponer que, aparte de los mesones, otra serie de negocios se instalaran también para aprovechar la afluencia de gentes. Podemos afirmar, por tanto, que durante bastantes siglos fue la calle más importante del pueblo, la de más vitalidad económica.

Pero no será hasta el primer cuarto del siglo XX, cuando tengamos datos concretos que nos permitan hacernos una idea de su importancia. En esa época era obligado que el municipio llevara un registro de las actividades económicas para facilitar el cobro de impuestos, lo que nos aporta una valiosa información de los negocios y personas que en ella estaban domiciliados. Creemos que merece la pena citar los que aparecen entre 1910 y 1925, aunque pueda parecer un poco pesado:
Antonia Sánchez Ramos tuvo una fábrica de gaseosas entre 1910 y 1914.
La farmacia de D. Anselmo Delgado Barraquero aparece en todos los listados entre 1910 y 1925.
Francisco López Gallardo registra una herrería entre 1911 y 1925
La familia Capilla regenta una barbería de 1912 a 1914
Eleuterio Agudo García tuvo una taberna entre 1916 y 1921
La abacería /paquetería de Carlos Sicart Audije estuvo en esta calle entre 1920 y 1922.
Jacinto Gallego Benito tenía un café en 1922, que más entrado el siglo regentaría su hijo Julio.
 Pedro Guillermo Ciudad tuvo una taberna en 1922 y1923.
Hubo tres carreteros, uno de los cuales era Julián Arroyo Cañada, cuyos nietos crearon un taller mecánico del pueblo, más avanzado el siglo.
El casino social de Francisca Escobar Muñoz, conocida por el sobrenombre de la Mora, aparece registrado por primera vez en 1924.
Y prácticamente en la plaza, pero constando como calle Luisa Fortuna, figura en los años 1923 y 1924, el comercio de Fernando Recio Santaló (donde hoy se encuentra el Ayuntamiento) 

         

Pero además de todo lo anterior, en esta calle se situó el primer cuartel de la Guardia Civil y tuvo su sede la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, cuyo letrero el tiempo va dejando al descubierto. Y la procesión de la Carrerita se celebraba en esta calle.

(Aun pueden verse las letras que anunciaban la Caja de Ahorros)

A mediados del siglo XX, sigue siendo una calle con bastante vitalidad. Se mantienen una serie de bares y tascas bastante populares, como la tasca del tío Antolín, memorable por la forma de servir los vinos: en botella con una fina caña en el tapón para beber a garlito, y los bares del Cachuelo y el Tablones. También se mantienen comercios de comestibles, como los de la señora Primi y la señora Zenora, o el horno de la familia Velázquez Sojo, donde hacían unos bollos dormidos que, solo su olor, alimentaba, y algún que otro negocio, como la carpintería mecánica de Ricardo Viñuelas.

Será en las décadas de los 60 y 70 cuando entre en un claro declive. Desaparecen negocios existentes y no prosperan los que se instalan de nuevas. La calle está ya herida de muerte en lo que a vitalidad económica se refiere. En la actualidad no existe en ella ningún negocio. Lo que sí mantiene es una relativa densidad de población y el abundante trasiego de gentes y, sobre todo, de coches. No en vano sigue siendo un eje vital de comunicación que da acceso a los campos de labranza y a la carretera que nos  conecta con la Nacional 430.

             Y por ser una calle de especial tránsito, Jónatan Carranza eligió una de sus paredes para pintar el mural “Somos Madrigalejo”, de la campaña de micro-mecenazgo llevada a cabo el año pasado, con la que conseguimos tener en el museo una réplica de la Arracada celta encontrada en el Castillejo.


¿Y quién era Luisa Fortuna, que da nombre a la calle?
Esta vía se llama de Luisa Fortuna desde 1922, y fue como reconocimiento a una señora, de las principales de Madrigalejo, que sufragó a su costa un edificio para albergar las escuelas. El edificio en cuestión es donde hoy se encuentra la Biblioteca Municipal y el N.C.C., y por cuyas aulas pasaron varias generaciones de niños madrigalejeños. Allí impartieron sus clases maestros como D. Valeriano, Dª Rosa, D. José Rubio, Dª María Antonia, Dª Dolores, D. Roque, D. Adrián…

Pero antes de 1922, a esta vía se la llamaba Calle Mesones. ¿Por qué? Bueno, esto nos lo van a contar unas simpáticas vecinas de otros tiempos, encarnadas por Alba Blázquez y Clara Carranza, y que nos salen al encuentro:


-Petra- ¿Qué te parece, Catalina? Quieren que expliquemos por qué esta es la calle Mesones…
-Catalina- Pues más claro, el agua. Hay que empezar hablando del camino real.
-Petra- Sí, es verdad. Porque justamente por esta calle pasaba el camino real que unía Guadalupe con Sevilla.
-Catalina- Y con Lisboa, porque las dos rutas se juntaban en Mérida.
-Petra- ¡Cierto! Y Madrigalejo era punto obligado para pernoctar en esta ruta. Y sepan ustedes que camino real no era cualquier camino.
-Catalina- ¡Claro que no! Debían tener una anchura suficiente para que pudieran cruzarse dos caravanas, ¡sin estorbarse!
-Petra- Y gozaban de una especial protección por parte de la Corona, para que fueran bien seguros. Venían a ser como las autopistas de entonces.
-Catalina- Por eso pasaban muchos viajeros por aquí. En esta misma calle, se encontraban todos los mesones del lugar. Y en algunas ocasiones, no fueron suficientes para albergar a tanta gente.
-Petra- Pero, de un modo o de otro, todo el mundo se apañaba… Por algo se dice que somos un pueblo acogedor.
¡Ay! ¡Cuántas historias podríamos contar…! Desde el siglo XIV hasta el XIX, estuvieron pasando peregrinos para postrarse ante la Morenita.
-Catalina- Sí…, y había romeros de toda índole y condición; pobres y ricos, sanos y enfermos, viajeros y curiosos, devotos y otros, no tanto…
-Petra- Por estas calles pisaron gentes de las letras y de las artes, de armas, descubridores y conquistadores, eclesiásticos, y también algún santo que está en los altares; nobles caballeros y hasta comitivas reales.
-Catalina- ¿Qué no nos creen? Bueno, al menos, podemos sembrar algunas dudas razonables. Si Cristóbal Colón viajó, como poco, en cuatro ocasiones a Guadalupe… alguna de ellas dejaría de verse por aquí, ¿o… no?
-Petra- Cuando volvió después de haber descubierto el Nuevo Mundo, vino a dar gracias a la Virgen.  Pues así se lo había prometido en medio del fragor de una gran tormenta
 ¿Por qué otro camino pudo ir o venir?
-Catalina- ¿Y tras su segundo viaje, cuando bautizó a los indios en Guadalupe? ¿Recuerdas Juana lo extraños que eran?
-Petra- ¡Cómo lo voy a olvidar…! Era la gente más rara que había visto en mi vida. ¿Y cuándo Hernán Cortés fue a presentar su ofrenda ante Nuestra Señora?
-Catalina- ¡Pues claro! Desde Medellín hasta el Monasterio, este es el camino más derecho. Y del Gran Capitán…, de Zurbarán…
-Petra- ¡Menudos cuadros pintó el artista para la sacristía del Monasterio! Y ¿Cómo olvidar al gran Miguel de Cervantes?
-Catalina- ¡Son tantos los recuerdos…!
Pero vayamos a la Casa de Santa María, que estamos aquí al lado ¿Nos acompañan?

Petra y Catalina, junto con el tío Sabino y su carro, nos conducen hasta la puerta de la Casa de Santa María, y allí, nuestras peculiares vecinas siguen contándonos sus vivencias en esta histórica casa:


-Catalina- ¡Ay Petra! ¡Qué poco queda de lo que entonces fue la gran Casa de Santa María!
-Petra- Y tan grande…, que su edificios y dependencias ocupaban toda la manzana.
-Catalina- ¡Cuántas cosas podemos contar también sobre ella…! Pero sólo os hablaremos de algunos de sus visitantes ilustres.
-Petra- Pues sepan ustedes que, aunque no era una hospedería, en ocasiones se alojaban aquí grandes personalidades que pagaban por su estancia. Así lo hizo el barón de Rosmithal, cuñado del Rey de Bohemia, que quedó impresionado con nuestras caballerizas, donde dijo que cabían más de cien caballos.
-Catalina- Muchos personajes se hospedaron en aquellos muros. ¡Hasta reyes!, que no es moco de pavo.
-Petra- Y como ya saben, vimos morir al gran Fernando el Católico. Pero esa historia, ya la contaremos en otra ocasión.
-Catalina- Por cierto, anteriormente D. Fernando ya había estado aquí en otras dos ocasiones, y mucho más acompañado…
-Petra- Bien es verdad lo que dices. Cuando llegó con la sombra de la muerte tras él, su séquito era mucho más reducido: algunos de sus consejeros y los más incondicionales.
-Catalina- La reina Germana llegó más tarde, con el tiempo justo de despedirle en su lecho de muerte.
-Petra- También el embajador del príncipe Carlos se dejó ver por aquellos días, un tal Adriano de Utrech, que después llegó a ser Papa…
-Catalina- El que trajo un séquito impresionante fue el rey de Portugal, don Sebastián. Al menos, cuatrocientos de a caballo y dos carruajes.
-Petra- Como que salió todo el pueblo a recibirles, de lo que llamaba la atención. Y si a alguno se le escapó, lo pudo hacer a la vuelta, que también le hicimos otro buen recibimiento.
-Catalina- No tardamos en volver a ver otra gran comitiva. Yo diría que mayor. Era nuestro Rey Felipe II con toda su familia, los grandes del reino, ilustres personas de su consejo, prelados y mucha gente más.
-Petra- ¡Claro! Iban hacia Portugal, para que Felipe II fuera proclamado rey de los portugueses después de morir el pobre rey Don Sebastián. ¡Ni les cuento la caravana que llevaban!
-Catalina- Y por último, también pasó por aquí la Reina de Hungría y Bohemia, muy poco tiempo después…
-Petra- ¡Vamos, que si llega a ser en estos tiempos que viven ustedes, nos habríamos hartado de hacernos selfis con tanta gente famosa!
-Catalina- Bueno, ya está bien de tanta perorata, que si nos dejan hablar…, estamos aquí hasta mañana. Y ustedes tendrán que descansar.
-Petra- ¡Y nosotras también! Así es que ¡Buenas noches!
-Catalina- ¡Buenas noches!, y hasta otra ocasión. ¡Ah!, y tengan cuidado con las pantaruyas, que esta noche están un poco revueltas…

Una vez que se han despedido Petra y Catalina, seguimos al tío Sabino que nos lleva para que nuestra mirada alcance lo que va a salir entre la oscuridad del río…


Con un repique de tambores se dejan ver unas luminosas pantaruyas entre los árboles. Con las pantaruyas, se intentaba llamar la atención sobre algún hecho incómodo que hubiera recibido alguna persona o familia y no tuvieran otros medios de hacer justicia frente al agraviador. Y por derivación, se utilizaba para meter miedo a los niños y que se fueran cuanto antes a la cama.

Y al grito de “¡Pantaruyas en el Sevellar, burros a casa!, terminamos esta visita guiada por algunas de las calles de Madrigalejo.



Esta actividad no hubiera podido realizarse sin el concurso y la colaboración de muchas personas. Por ello, queremos mostrar nuestro agradecimiento a todos ellos:
Al Ayuntamiento y a Protección Civil por poner en nuestras manos los medios para su realización y organizar el tráfico en las vías que estuvimos ocupando.
A la intendencia de Jónatan Carranza, Marisi Moreno y Alba Blázquez.
A quienes se prestaron a la escenificación: Alfonso Cuadrado, Dolores Escobar, Pepa Fernández, Juan Antonio Carrero, José Luis Sojo, Clara Carranza y Alba Blázquez, y a los que participaron en otras ambientaciones: Abel Ferreras, Checa Noguera, Juan Francisco Paredes, Patricio Sierra y Plácido Prado.
A todos aquellos que nos prestaron utensilios y cacharros para la puesta en escena, que colaboraron en el vestuario, que nos cedieron espacio en sus casas, etc.
A Toni Loro y Guadalupe Rodríguez por su labor de documentación y redacción, así como a todas aquellas personas que nos informaron de la vida y personajes de antaño.
Y por supuesto, a todos los que, ávidos por conocer más de nuestro querido pueblo, nos acompañaron en la visita, pues si no hubiesen acudido, de nada habría valido todo el esfuerzo y el cariño que pusimos. Y a quienes estáis leyendo estas páginas, que nos animáis a que sigamos trabajando.