sábado, 28 de marzo de 2020

UNA HISTORIA CORRIENTE

(Vicente Amores del Barco y Mª Antonia Pizarroso Sojo)

En estos días de confinamiento, quiero compartir una historia familiar, una historia que ocurría frecuentemente y que, seguro, en muchas familias puede haber otra muy parecida. Es una historia que nada tiene que ver con los libros de Historia, pero, sin duda, es una más de las muchas que tejieron la convivencia de nuestros pueblos y ciudades, que nos dejaron uno de esos grandes valores que no podemos perder y que en estos momentos nos hacen tanta falta: la cohesión familiar.

Hasta Madrigalejo llegó Vicente Amores del Barco, natural de Ceclavín, para ejercer su profesión de maestro de escuela. Sería entre 1865 y 1870 aproximadamente. Aquí conoció a Mª Antonia Pizarroso Sojo, que había nacido en Madrigalejo en 1845. Se casaron y tuvieron tres hijas: Isidora, Florentina y María Amores Pizarroso.

(Mª Antonia Pizarroso Sojo)            

Eran las niñas pequeñas cuando murió Vicente Amores. Estamos hablando de los tiempos en los que era una realidad el dicho “pasas más hambre que un maestro escuela” y cuando no existía pensión de viudedad ni de orfandad. En estas circunstancias, era la familia más cercana quienes ayudaban a remediar en lo posible las necesidades de la falta del padre de familia. Mª Antonia se quedó viuda y con tres hijas a las que sacar adelante. La familia de Vicente Amores se ofreció a llevarse con ellos a Ceclavín a alguna de aquellas tres niñas. Pero Mª Antonia, a pesar de la situación en la que quedaba, se negó a separarse de ninguna de sus hijas ni a separar a las hermanas. Desde entonces, se rompieron todos los vínculos con la familia ceclavinera.

Mª Antonia salió adelante con la ayuda de su familia carnal en un principio y, después, volviéndose a casar. Esta era una de las salidas, tanto viudos como viudas; los primeros, para que una mujer atendiera a sus hijos huérfanos, y las viudas, para tener una seguridad económica. Mª Antonia se casó con otro maestro de escuela, Lorenzo Fraile Moreno, cinco años más joven que ella. Con él no fundó otra familia, porque fue la misma, a la que se añadieron dos hijos más. Fruto de este segundo matrimonio nacieron Antonio y Marciana Fraile Pizarroso. Lorenzo Fraile cuidó de aquellas tres niñas como si fueran hijas suyas de carne, del mismo modo que cuidó a sus hijos Antonio y Marciana.

(Isidora Amores Pizarroso con su marido -Sebastián Rubio- y sus hijos Andrea, Vicente y José Rubio Amores)

(Antonio Fraile Pizarroso)

Mi abuela, María Amores Pizarroso se casó con Domingo Rodríguez Silva, natural de Acedera. Tuvieron tres hijos varones. Al mayor le pusieron de nombre Antonio, como su abuelo paterno; al segundo le llamaron Vicente, como su abuelo materno, y al pequeño, le pusieron Lorenzo, por su abuelastro. Este hecho demuestra la estima en que tuvo María Amores a su padrastro, Lorenzo Fraile.

(Domingo Rodríguez Silva y María Amores Pizarroso -en su viaje de bodas-)

Aunque Antonio Fraile Pizarroso –el hijo varón de Lorenzo y Mª Antonia- fue médico y ejerció en Madrigalejo, el Magisterio tuvo un papel muy destacado en la siguiente generación y en la posterior. Tres de los nietos de Mª Antonia fueron maestros nacionales: José y Mª Antonia Rubio Amores ejercieron su magisterio en Madrigalejo, y Vicente Rodríguez Amores lo hizo en Orellana la Vieja y en Mérida. Tras su jubilación, fue condecorado con la Medalla de Alfonso X el Sabio-. Y entre sus bisnietos maestros pueden contarse a Sebastián Rubio Llerena –quien fue Inspector de Enseñanza en Badajoz- y su hermano Manuel, Mª Reyes y Mª Ángeles Rodríguez Gómez y Josefa Rodríguez Cerezo.

Tanto Lorenzo como Mª Antonia murieron ya mayores –para la esperanza de vida de entonces-. Lorenzo tenía 70 años cuando falleció en 1920. Y Mª Antonia le sobrevivió hasta 1926, cuando contaba con 81 años.

(Lápida del enterramiento de Lorenzo Fraile y Mª Antonia Pizarroso)

Soy bisnieta de Mª Antonia Pizarroso Sojo y he traído esta sencilla historia por el legado que nos ha dejado y que continúa hasta nuestros días. Porque el apego que sintió esta mujer por su familia lo transmitió a sus hijos, entre los que se encontraba mi abuela María Amores. Y esta lo transmitió a sus hijos –mis tíos y mi padre-, quienes, a su vez, nos lo han legado de una manera especial a todos nosotros –mis primos y mis hermanos-.

(Esta historia va dedicada especialmente a los descendientes de la familia Rodríguez Amores, de Antonio, de Vicente y de Lorenzo)

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

viernes, 20 de marzo de 2020

MADRIGALEJO EN 1954 VISTO POR LOS Hnos. BUSTAMANTE HURTADO



Hemos tenido la suerte de que ha llegado hasta nosotros un conjunto de fotografías realizadas en Madrigalejo en 1954, a través de Ángel Ruiz del Árbol Pérez. Fueron tomadas por los hermanos Ángel y Horacio Bustamante Hurtado, unos fotógrafos de gran prestigio naturales de Torrelavega (Cantabria). Son fotografías en blanco y negro que nos llevan a un momento concreto de nuestra localidad, y nos proporcionan una información preciosa de nuestro pasado reciente.


Desde la Asociación Cultural Fernando el Católico, se consideró que debía ser compartido este regalo con todo el pueblo y al mismo tiempo realizar un pequeño homenaje a estos dos fotógrafos que supieron captar la esencia de la vida del pueblo en excelentes instantáneas. Estas han sido las razones que nos llevaron a organizar una exposición con una selección de aquellas fotografías, en el marco de las actividades culturales que se organizan en la Semana Fernandina, con motivo de la conmemoración de la muerte del rey Católico en Madrigalejo. Aquella exposición la compartimos ahora a través de Luz de Candil y su pequeña historia.


En 1945, los hermanos Bustamante Hurtado comenzaron su andadura como fotógrafos profesionales, cuando abrieron su primera tienda fotográfica con laboratorio en Torrelavega (Cantabria). Estuvieron unidos laboralmente hasta 1966, momento en el que Horacio Bustamante abrió su propia tienda en solitario. Cada uno de los hermanos había mostrado su predilección por diferentes campos dentro de la fotografía. Así, Horacio se dedicó a hacer trabajos para grandes y pequeñas empresas y fue reportero oficial de prensa, de medios como Marca, la agencia Efe, El Diario Montañés y La Gaceta del Norte, fotografiando los eventos que se celebraban en su ciudad. La calidad de su trabajo le llevó a que, en 1984, fuera galardonado con la Medalla de Plata de la agencia Efe, para la que comenzó a trabajar en 1945. Por su parte, Ángel Bustamante se especializó en la comercialización de postales, teniendo en su haber un amplio repertorio de imágenes, no solo de Torrelavega, sino también de localidades del entorno, como Suances, Comillas, San Vicente de la Barquera, Santillana del Mar o Cartes.[1]

Y ahora habría de preguntarse ¿qué les trajo a estos dos fotógrafos desde el Norte de España hasta Madrigalejo, allá por la década de los cincuenta del siglo pasado?



Durante la Guerra Civil, el frente de la Serena se estabilizó por un tiempo en Madrigalejo y, hasta aquí llegaron, formando parte del equipo sanitario, dos soldados de Torrelavega: Ángel Bustamante y Raimundo Ruiz del Árbol. Aunque se conocían de vista de su ciudad natal, fue en Madrigalejo y en el contexto de la guerra, donde comenzó una gran amistad que duró hasta la muerte de Ángel en 1989. El tiempo que pasaron en nuestro pueblo fue el suficiente para que Raimundo se enamorara de Amancia Pérez Regidor.


Aunque tras la guerra, los dos soldados volvieron a su tierra, la relación entre Raimundo y Amancia continuó y les llevó hasta el matrimonio en 1949. Vivieron al principio en Torrelavega, pero ese mismo año, Raimundo aprobó el examen para hacerse cargo de la oficina de la Caja de Ahorros de Madrigalejo, hasta donde se trasladaron e instalaron su residencia definitivamente. Y Ángel Bustamante vino a Madrigalejo en 1954 a visitar a su buen amigo Raimundo, acompañado de su hermano Horacio y de su familia.



En aquel viaje, entraron en contacto con Paco Regidor Trejo –fundador de toda una saga de buenos fotógrafos de nuestra comarca-. Fueron ellos quienes le enseñaron los principios de la fotografía y del revelado.


Y fruto de aquella visita son las fotografías que acompañan este trabajo. Nos dejaron la mirada de quienes se encuentran con un modo de vida distinto al suyo. En aquel momento, la brecha entre el Norte y el Sur, el mundo urbano y rural, así como entre la costa y el interior, era muy importante. Por ello, con su cámara, captaron un estilo de vida, que a los naturales les pasaba desapercibido por ser tan cotidiano, y que estaba a punto de desaparecer. De aquí la importancia de estas fotografías por ser documentos etnográficos, al mismo tiempo que históricos.


Cada una de nuestras miradas será diferente. Podemos estar mirando la misma fotografía y cada uno de nosotros se fijará en aspectos distintos de la misma imagen. Pero hay algunos elementos que no deben pasar desapercibidos. En primer lugar, la figura humana. Ocupando mayor o menor espacio, mayores y/o pequeños están siempre ahí. Si nos fijamos en ellos, nos ofrecen una interesante información, especialmente sobre la indumentaria. Los hombres cubiertos con sombrero o boina y vestidos con pantalón de pana. La parte superior varía, entre chaleco y chaqueta de pana y la tradicional “chambra”. Los pantalones del que viste chambra están más que aprovechados con remiendos, algo muy habitual en aquellos tiempos. Las mujeres solían vestir con falda, blusa y el imprescindible mandil. Y si eran ya mayores, no podía faltar el pañuelo en la cabeza y el color negro, a veces tan descolorido que se convertía en marrón oscuro.




Por otra parte, también es muy importante el marco en el que se sitúan esas figuras. Unas calles reconocibles a pesar de los cambios obrados en ellas: el enrrollado de la calle del Palomar, unas ventanas en la calle Gallego Fortuna o las plantas colgantes en las ventanas superiores la calle de la Tabla, todo enmarcado en unas fachadas blanqueadas con cal. O el río Ruecas con la tabla Caballona y el molino con las pasaderas al fondo... las huertas y el campo al atardecer, con su juego de luces y sombras… O los patios, con la diferencia que existe entre el patio encalado y con pozo, y el corral, más destinado al trabajo y al paso de los animales.



Además, en estas fotografías quedan plasmadas tareas, modos de vida, utensilios, materiales y oficios que ya han pasado a la historia. Como el acarreo del agua con burros o con cántaros, que las mozas cargaban “al cuadril”, o a la cabeza sobre la rodilla confeccionada con tela. También es muy interesante contemplar la recolección de la aceituna, con toda la panorámica del pueblo al fondo. Y los distintos objetos y utensilios qua ya son piezas de museo, como las tinajas, las pilas de granito, la mesa de matar, la ristra de ajo, los batideros para lavar la ropa, el carro, etc.



Hay mucha vida en estas fotografías. Por eso invitamos a que la saboreen despacio, mirando detalles. Recordando vivencias, unos; descubriendo el pasado, otros. Y todos avivando el amor a nuestros antepasados, que constituyen las raíces que fundamentan el presente sobre el que una generación nueva está construyendo el futuro.


Guadalupe Rodríguez Cerezo




[1] JOSÉ RAMÓN SAÍZ: Torre La Vega, Crónica ilustrada de una Ciudad. Editorial los Cántabros. 2016. Los datos referentes a los hermanos Bustamante Hurtado están recogidos en el capítulo VIII de este libro, que lleva por título “Fotógrafos de Torrelavega: 130 años captando imágenes de la Villa y Ciudad”.

domingo, 1 de marzo de 2020

RETABLO DE LA IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA DE MADRIGALEJO



En los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y la Siberia, que se celebraron en Madrigalejo el 7 y 8 de octubre de 2016, con motivo del V Centenario de la muerte de Fernando el Católico (1516-2016), Antonia Loro Carranza y Guadalupe Rodríguez Cerezo presentamos el trabajo “Estudio del Retablo de la Iglesia de San Juan Bautista de Madrigalejo”, que a continuación reproducimos.
El artículo está publicado en las Actas de los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y la Siberia por SISEVA (Federación de Asociaciones Culturales de La Siberia, La Serena y Vegas Altas), en la imprenta de la Diputación de Badajoz. Badajoz, 2017. ISBN 978-84-697-2797-3.

INTRODUCCIÓN.

El retablo que exhibe el presbiterio de la iglesia parroquial de san Juan Bautista de Madrigalejo es una obra de arte muy interesante que merece ser estudiado en profundidad (Fig. 1). Ya ha sido objeto de atención en algunos trabajos[1], con los que se ha dado a conocer la importancia de la obra, el relato iconográfico (o la falta de él) y una detallada descripción. Sin embargo, existen todavía muchas lagunas, que conviene rellenar.

(Fig. 1)

No es nuestra intención colmatar estas lagunas; todo lo contrario. Nuestro propósito con este trabajo es suscitar interrogantes, sembrar interés en personas especializadas y plantear hipótesis para abrir nuevas líneas de investigación que pudieran llevar a un conocimiento más profundo de esta obra.
Por ello, hemos planteado esta comunicación atendiendo al siguiente esquema:

-Lo que vemos.
-Lo que sabemos.
-Lo que ignoramos.

En el apartado de “lo que vemos”, hacemos una descripción pormenorizada del retablo. En “lo que sabemos”, nos centramos en la figura de don Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia, gran constructor y a quien se debe el encargo del retablo. Veremos en qué manera la vida del obispo repercute en temas concretos del mismo. Por último, en “lo que ignoramos”, nos hacemos preguntas sobre la fecha y el autor, y nos detenemos de una manera especial, en las peculiaridades del banco. En esta parte del trabajo, a falta de fuentes documentales sobre las que trabajar, hemos empleado recursos metodológicos tales como la observación, el análisis, la comparación y la deducción, que nos han permitido esbozar una hipótesis sorprendente.

LO QUE VEMOS:

a) La Arquitectura.

El retablo mayor ocupa toda la pared frontal del presbiterio. Está fabricado en madera estofada y dorada. Como en la mayoría de los retablos, podemos distinguir el armazón arquitectónico, la obra escultórica (en relieve y en bulto redondo) y la obra pictórica, en pincel sobre tabla.
La estructura del armazón arquitectónico está perfectamente definida en banco, dos cuerpos y un ático, hacia lo alto, y tres calles, dos entrecalles y los guardapolvos laterales, a lo ancho. Una profusa decoración plateresca lo invade todo. Y es que podemos encontrar todo tipo de motivos decorativos ocupando los espacios que proporcionan los distintos elementos arquitectónicos del retablo: en pilastras, columnas abalaustradas, enjutas, hornacinas, entablamentos o en el tímpano.
La decoración plateresca, llamada así por imitar en piedra o en madera el trabajo de los orfebres, bebe de la tradición clásica tras los hallazgos, en 1490, de la Domus Aurea de Nerón. Y como se creyó en un principio que aquellos hallazgos eran “grutas”, al tipo de decoración que allí encontraron, se le llamó “grutescos”. Consisten los grutescos en combinaciones de seres fantásticos, vegetales y animales entrelazados, formando un todo. Cuando los grutescos se presentan dispuestos en franjas verticales, la decoración resultante se llama “a candelieri”.
Numerosos y variados grutescos aparecen distribuidos por todo este retablo y, a veces, dispuestos “a candelieri”, que es como lo encontramos en las pilastras del banco (Fig. 2) y en los guardapolvos, donde la decoración es especialmente rica y exuberante. El banco está formado por cuatro tablas de pincel y un hueco, separados por pilastras. Sobre las tres caras visibles de estas pilastras encontramos seres fantásticos, como sátiros, putti y desnudos masculinos, a veces con sus brazos alados, y en muchos de ellos, exhibiendo sus vergüenzas (Fig. 3). El mundo animal también aparece tratado con la misma fantasía en grandes aves, mantícoras, seres marinos, serpientes enroscadas y bucranios. El follaje es carnoso, con frecuencia, simétrico, y, a veces, con flores. Y objetos tan diversos como ristras de perlas, cráteras, panoplias, cintas, plintos o cartelas. Muchos de estos motivos volvemos a encontrarlos en los guardapolvos, y podemos añadir, además, escudos, veneras, caretas con rasgos amerindios y con orejas puntiagudas y tritones. Los guardapolvos están soportados por las espaldas de sendos desnudos atléticos.

(Fig. 2)
(Fig. 3)

El primer cuerpo y el segundo son muy parecidos (Fig. 4). El primero, por ser el principal, destaca en altura y por algunos elementos que no encontramos en el segundo. Las calles exteriores de los dos cuerpos están ocupadas por tablas de pintura, mientras que las entrecalles lo hacen por hornacinas aveneradas. La calle central del primer cuerpo está presidida por una hornacina de mayor tamaño. Y, en el segundo cuerpo, aunque hoy vemos una pintura sobre lienzo, hasta los años 60 del siglo pasado, existía el hueco para otra hornacina. Las calles y las entrecalles están separadas por columnas abalaustradas decoradas con grutescos, grutescos que también podemos ver sobre las hornacinas de las entrecalles. Y ambos cuerpos rematan con sendos entablamentos en los que destacan un friso de cabezas de angelotes alados.

(Fig. 4)

Como elementos distintivos del primer cuerpo encontramos las figuras de los cuatro evangelistas en relieve, que ocupan el espacio que queda entre las tablas de pintura y las hornacinas, de las calles exteriores y de las entrecalles, y el entablamento. También es diferente la hornacina central, que se encuentra sobre un relieve de una cabeza de angelote que insufla aire a dos cornucopias. Esta hornacina es avenerada y remata con casetones en los que encontramos, de nuevo, cabezas de angelotes. En sus enjutas se insertan dos ángeles que portan cada uno sendas bandas en las que puede leerse: NO SVRREXIT MAIOR IOANNE BAPTISTA, “entre los nacidos de mujer, no surgió nadie mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,11), a quien está dedicado el templo y a quien representa la imagen que cobija la hornacina.
En el ático (Fig. 5), seguimos encontrado la típica decoración de grutescos entre las hornacinas aveneradas y la tabla de pincel que ocupa el centro. A cada lado, un desnudo masculino atlético, acoplado a un arco terminado en volutas, remata las calles exteriores. Y, como colofón, el Padre Eterno bajo un arco de cabezas de querubines dentro de un tímpano curvo, flanqueado por los escudos que representan a la Virgen y su pureza: uno con el jarrón de azucenas y el otro con el anagrama de María.

(Fig. 5)

b) Escultura de bulto redondo.

Las imágenes de bulto redondo están distribuidas en las distintas hornacinas y todas son de madera policromada. Tan sólo las figuras que se encuentran en el segundo cuerpo son coetáneas del conjunto del retablo (Fig. 6 y 7). Nos estamos refiriendo a dos apóstoles, que son de difícil identificación, puesto que han perdido los atributos que permitieran reconocerlos.

(Fig. 6)
(Fig. 7)

 Uno de estos apóstoles apoya su pie derecho sobre lo que parece ser una figura, probablemente el demonio, y, dentro de los apóstoles, es a san Bartolomé a quien se le representa venciendo las tentaciones del maligno. Los dos parecen ser ejecutados por el mismo taller.
El resto de las esculturas que vemos en las entrecalles son de épocas y estilos diferentes, también de distinto tamaño. Esto es así porque nunca formaron parte del retablo mayor hasta que, en los años sesenta del siglo pasado, al ser vendidos los retablos[2] de los que formaban parte, se les buscó ubicación en las hornacinas que permanecían vacías durante siglos. En las hornacinas del primer cuerpo, encontramos dos esculturas que representan a san José, en la izquierda, y a san Antonio, en la derecha. Las hornacinas superiores están ocupadas por otras dos imágenes de san Antonio. La figura de la izquierda es una escultura para ser vestida y con los brazos articulados, que representa a un fraile con tonsura, que lleva un libro en la mano izquierda, y que en la peana lleva escrito: “ORA PRO NOBIS SANTO PATER ANTONº”. La otra figura, de menor tamaño, según el profesor Ordax[3], es un san Antonio que lleva el hábito de san Pedro de Alcántara y ha perdido el Niño que debía llevar en sus manos.
Tal y como se ha adelantado, la hornacina central del primer cuerpo está ocupada por la imagen de san Juan Bautista (Fig. 8). Vestido con piel de camello y manto, se apoya en el cayado de la Cruz de Cristo y señala, con el dedo índice, al Cordero de Dios. Es una imagen de bella factura que recuerda mucho al san Juan Bautista de la Catedral de Badajoz, tanto iconográfica como estilísticamente. Puede ser datado a principios del S. XVIII.

(Fig. 8)

c) Las  Pinturas.

Lo que sorprende del retablo, a primera vista, es la baja calidad de las pinturas, que contrasta con la belleza del conjunto. Nos referimos a las que se sitúan en el primer y segundo cuerpo y en el ático. Son tablas de pincel que no tienen relación unas con otras, que no contienen un relato.
La pintura que se encuentra en al ático representa al Espíritu Santo, en forma de paloma dentro de una aureola de luz, muy toscamente esbozada, y rodeada de un coro de cabezas de angelotes. La tabla está situada justamente debajo del relieve del Dios Padre. 
En el segundo cuerpo tenemos dos figuras de mártires: santa Catalina (Fig. 9), a la izquierda, y santa Lucia (Fig. 10), a la derecha. El patrón de ambas es el mismo: una mujer de pie, vestida con túnica ceñida y manto colocado en diagonal del hombro a la cadera; el rostro es inexpresivo y el cuerpo, más bien rígido, no tiene movimiento. Las dos van acompañadas por los símbolos de su martirio: santa Lucía porta sus ojos en una copa abierta y santa Catalina se acompaña de la rueda de cuchillos y la espada, la cual descansa sobre la cabeza del emperador Majencio, como alegoría de su derrota. Las dos portan la palma del martirio. En cuanto a la composición, en ambos casos, la escena se abre con un trozo de cortinón rojo en uno de los ángulos superiores, creando así la sensación de espacio, y el fondo es un paisaje estereotipado e irreal.

(Fig. 9)
(Fig. 10)

Además, en la calle central de este segundo cuerpo, desde la restauración que se realizó a la iglesia en 1964, se colocó en el hueco donde debería ir una hornacina una pintura al óleo de San Francisco, que anteriormente se encontraba en la sacristía y que durante mucho tiempo estuvo abandonado en la llamada “torrecilla[4]”. Nada tiene que ver esta pintura con las restantes del retablo y es de bastante más calidad.
En el primer cuerpo se sitúan S. Ildefonso (Fig. 11), a la izquierda, y un Padre de la Iglesia (Fig. 12), a la derecha. San Ildefonso está recibiendo la casulla de manos de la Virgen, ayudada por los angelitos. Su calidad es similar, tanto en factura como en pigmentos, a la de las santas mártires. En la otra tabla se representa a un Padre de la Iglesia, que porta libro, tiara y báculo. Se apoya sobre un altar y realiza un pequeño movimiento al girar levemente la cabeza para mirar a un punto indeterminado. Al igual que las otras obras comentadas, en el ángulo superior derecho, un cortinón rojo enmarca la escena y el fondo es un paisaje similar a los cuadros de las santas mártires antes comentadas. En el pie de altar pueden verse las letras S BLAS. De las cuatro pinturas, es la que tiene más calidad en el tratamiento de las telas y su casulla está enriquecida por unas pinceladas que producen la sensación de un brocado. En estos dos casos las tablas están rematadas por unas molduras diferentes al resto del retablo, molduras que parecen más propias del S. XVIII.

(Fig. 11)
(Fig. 12)

LO QUE SABEMOS:

a) Don Gutierre de Vargas Carvajal.

En el guardapolvo de la derecha del retablo (Fig. 13), un angelote sostiene las armas de don Gutierre de Vargas Carvajal (las ondas de los Vargas y la banda oblicua de los Carvajal, bajo capelo episcopal), por lo que no existe ninguna duda de que la obra fue realizada bajo los auspicios de este prelado, que fue obispo de la Diócesis de Plasencia entre 1523 y 1559.

(Fig. 13)

D. Gutierre era un hombre de su tiempo, un hombre renacentista, que se implicaba en todas las facetas que se le presentaran, por ello fue muy fecundo en todos los aspectos, y, entre ellos, destaca su intensa actividad constructora. Sus armas están desperdigadas por toda la Diócesis, tanto en edificios de nueva planta como en remodelaciones; así las vemos en Malpartida de Plasencia, en varias construcciones de las comarcas de la Vera y el Jerte, en Trujillo, Berzocana, Escurial, Zorita, en la comarca del Campo Arañuelo, en Guareña, Cristina, Medellín, Don Benito, Orellana la Vieja, etc. En Plasencia dejó su impronta de forma destacada en las obras de la Catedral Nueva, en cuyo mandato se levantaron las fachadas norte y meridional, así como las bóvedas de los pies de las naves. También intervino en otras iglesias de la ciudad y en la ampliación del palacio episcopal.[5]
A nivel particular, pues lo financió con su hacienda personal, ejerció su mecenazgo en Jaraicejo, de donde era señor temporal, con diversas construcciones como la iglesia parroquial, en diversos edificios públicos, como el ayuntamiento, y en el trazado urbanístico de la villa[6]. Y también en Madrid, pues a él se debe la construcción de la capilla del Obispo de la iglesia de San Andrés, que asumió la idea original del proyecto de su padre, don Francisco de Vargas. Este quería destinar la capilla a dar cobijo al cuerpo incorrupto del que con posterioridad sería canonizado como san Isidro Labrador. Al morir su padre, D. Gutierre asume el proyecto paterno pero termina siendo panteón familiar, para gloria de su linaje[7]. Su sepulcro, el de sus padres y el retablo que preside la capilla son obras del escultor renacentista Francisco Giralte.
Como hombre del Renacimiento multifacético, también buscó la fama patrocinando y financiando una gran empresa. Nos estamos refiriendo a la expedición que sufragó D. Gutierre a Oceanía a través del Estrecho de Magallanes. En 1536 obtuvo las capitulaciones del Emperador Carlos V gracias a su cuñado Antonio de Mendoza, entonces virrey del Perú, y a su relación con la Corte. Pero no fue hasta agosto 1539 cuando las llamadas “naves del obispo de Plasencia” partieron del puerto de Muelas, en Sevilla, camino de la aventura. Fue una expedición muy costosa, tanto por los recursos humanos como por los avituallamientos, que sufragó en solitario el obispo y que le dejó deudas, así como una serie de pleitos que tuvo que afrontar. Aunque la empresa fracasó porque naufragaron dos de las tres naves de las que estaba compuesto el grupo, sí es cierto que una de ellas atravesó el estrecho de Magallanes y llegó hasta Perú, y a su paso por los distintos accidentes geográficos que iban conociendo, los iban bautizando, lo que fue de gran servicio para la navegación posterior[8]. Todo esto viene a colación porque, en el retablo, se observan que es conocedor del estilo renacentista y, en sus grutescos, hay referencias a elementos venidos de ultramar (Fig. 14).

(Fig. 14)

Hemos hecho alusión a la relación que el obispo tenía con la Corte, relación que provenía tanto por su cuna como porque, de D. Gutierre, puede decirse que era un obispo cortesano. Nació en Madrid en el seno de una familia de gran peso en la vida política, judicial y eclesiástica del reino de Castilla a principios del siglo XVI. Su padre, Francisco de Vargas, fue privado de los Reyes Católicos y del Emperador Carlos V, detentando un sinfín de cargos y, entre ellos, fue miembro del Consejo Real de Castilla. El rey Fernando el Católico estimaba en mucho la opinión del licenciado Francisco de Vargas, tal es así que de ahí viene el proverbio castellano de decir, cuando una cosa es confusa y dudosa, “averígüelo Vargas”. También fue uno de los consejeros que acompañó al rey Católico en sus últimos días en Madrigalejo y con los que discutió su último testamento. Y su madre, doña Inés de Carvajal, pertenecía a una de las más ilustres familias extremeñas y estaba emparentada con los obispos de Plasencia don Juan de Carvajal (1449-1469) y don Bernardino López de Carvajal (1521-1523).
Debido a la condición de segundón en su familia, desde muy joven se le encauzó hacia la carrera eclesiástica, de tal forma que, siendo niño, fue nombrado abad y, a los 18 años llegó al obispado de Plasencia, sin vocación, sustituyendo a su tío don Bernardino López de Carvajal tras la muerte de este. El joven obispo fijó su residencia en Madrid, en lugar de morar en Plasencia, donde requería su cargo (recordemos que el absentismo era una práctica habitual en el alto clero de aquel tiempo). Y su vida era similar a la de cualquier cortesano de la época: era aficionado a las armas, se rodeaba de todo lujo y eran bien conocidos sus deslices amorosos.
Su relación con la corte propició que Carlos V le encomendara la misión de viajar a Italia para participar en la segunda parte del Concilio de Trento (1551-1552). Este viaje supuso un punto de inflexión en su vida, pues estuvo acompañado de personas con una gran preparación, y entró en contacto con miembros de la recién creada Compañía de Jesús, que ejercieron una gran influencia sobre él, sobre todo a partir de unos ejercicios espirituales dirigidos por el P. Laínez, en los que comenzó a cuestionarse el estilo de vida que había llevado hasta el momento y a sentirse indigno del cargo que ostentaba[9]. A su regreso a España, en Plasencia, conoció a Francisco de Borja, a quien se atribuye su conversión definitiva.
Tanto su condición de cortesano como su viaje a Italia le permitió estar en contacto con las nuevas tendencias artísticas, cosa que vemos reflejado en el retablo que estudiamos, como hemos indicado más arriba. 

b) Restauración del retablo.

Después de varios siglos, el retablo necesitaba una buena restauración. Esta fue realizada en 2008 por la empresa Talleres de Arte Granda, con los fondos aportados por la Junta de Extremadura. Durante seis meses, dos restauradores estuvieron trabajando en la retirada de polvo y suciedad superficial que se había acumulado durante siglos, en la fijación de dorados y de policromías, en la consolidación de la estructura, en la limpieza de policromías y de dorados, en la eliminación de repintes, en la reintegración cromática de lagunas y en el barnizado final de protección[10].
Lo más importante es que, con estos trabajos, se ha garantizado la conservación de esta obra de arte; además, ha mejorado bastante su aspecto, pues se ha recuperado la luminosidad de los dorados y de los colores, tanto de las pinturas como de los grutescos[11].
Y también ha habido sorpresas, como la evidencia de que la estructura del retablo fue alterada, en planta y en alzado, para adaptarlo al emplazamiento que ocupa. Además, al retirar los repintes de algunas esculturas, como la del san Antonio (Fig. 15) del primer cuerpo, ha variado el color de su vestimenta. Y tras el retablo, en el muro, se ha encontrado una decoración de esgrafiados, de los que no se tenían noticias de su existencia[12].

(Fig. 15)

LO QUE IGNORAMOS:

a) El autor.

Sabemos que el retablo lo encargó el obispo D, Gutierre de Vargas Carvajal, pero no tenemos ninguna referencia sobre el autor del mismo. Suponemos que las condiciones de la obra se establecieron en un contrato, como era lo habitual, y que ese contrato se archivaría. La cuestión está en que no tenemos ningún dato cierto sobre donde se firmó. Pudo ser en Plasencia, sede de la diócesis, o en Madrid, donde la familia del obispo tenía casa, o en Granada, donde es posible que D. Gutierre pasara temporadas al lado de la corte y donde, además, se están haciendo importantes obras en el estilo plateresco a mediados del siglo XVI.
Por la observación de los relieves podemos deducir algunas cosas. La primera de ellas es que trabajan dos autores y dos talleres. Los vamos a llamar A y B. Fijémonos en las tablas de relieve de los evangelistas, situadas por debajo del entablamento que separa los dos cuerpos del retablo. Hay claras diferencias, en la composición y en el estilo, entre las que están en los extremos y las dos centrales, separadas por la hornacina que contiene a San Juan Bautista, patrono de la Iglesia.
En cuanto a la composición, las de los extremos, S. Juan (Fig. 16) y S. Mateo, las atribuimos al autor A. Son figuras de cuerpo completo, sentadas en el suelo y con las piernas estiradas para adaptarse al espacio rectangular de las tablas. En las dos centrales, en tablas más cuadradas, (autor B), los apóstoles S. Marcos (Fig. 17) y S. Lucas están representados de medio cuerpo. En los cuatro casos, cada apóstol sostiene el libro de los evangelios y está acompañado por su símbolo correspondiente (el águila, el toro, el león y el ángel). Si observamos el estilo, también existen claras diferencias. Las figuras de los extremos son cuerpos animados por un intenso movimiento contenido, parece que el autor más que la perfección de los cuerpos, busca expresar personajes arrebatados por el fuego impetuoso de la fe. El tratamiento de las telas también contribuye a conseguir esta expresión. Son vestiduras movidas desde dentro y en el caso de Mateo, nos cuesta trabajo vislumbrar el cuerpo que existe bajo ellas porque da la impresión de un remolino de ropas en torno a un vacío. Por el contrario, en las tablas centrales nos encontramos con personajes más corpulentos y estáticos. También hay diferencias en las características de sus rostros: los que corresponden a autor A son alargados y enjutos, mientras que los que corresponderían al autor B, son rostros más cuadrados y carnosos. También hay diferencia en la policromía: en san Juan y en san Mateo predominan colores más oscuros, mientras que en san Lucas y san Marcos, predomina tonos dorados y pardos.

(Fig. 16)
(Fig. 17)

Siguiendo este planteamiento, el bello relieve que representa al Padre Eterno (Fig. 18) y que remata el ático pertenecería al autor B, mientras que los desnudos masculinos, en bulto redondo que rematan el ático por sus extremos, con rostros alargados y con una anatomía bastante esquemática, corresponderían al autor A. En las pilastras del banco seguimos encontrando diferencias: el desnudo masculino que coquetea con la serpiente, situado en la pilastra del extremo izquierdo, correspondería al autor A y los faunos y sátiros del resto de las pilastras, con un exquisito modelado y una anatomía perfecta, corresponderían al grupo B (Fig. 19). Y, por último, las carátulas que se sitúan en la base de los candeleros laterales (Fig. 14), nos merecen una atención especial. ¿Son un tema más incorporado al resto de temas clásicos de los grutescos, o son auténticos retratos? Su diferenciación hombre-mujer, con rasgos muy peculiares e individualizados, y su ornato con casquetes de penachos, mueve a creer que son retratos de indios americanos, habida cuenta del interés y fascinación que sentía el obispo por los descubrimientos del Nuevo Mundo y la existencia de pueblos amerindios de ojos rasgados en la zona andina de Colombia. Siguiendo con el estudio del autor, estas caretas pertenecerían al grupo B.

(Fig. 18)
(Fig. 19)

b) La fecha del contrato

Constatamos una serie de datos que nos dan pie a afirmar que el contrato se firma a mediados del siglo XVI, posiblemente antes de 1551. Son los siguientes:
La manera en que los autores tratan los relieves de los grutescos. El alzado y volumen de los mismos coinciden con la moda y el estilo del último cuarto del reinado de Carlos I. Hay un primer plateresco muy marcado por el clasicismo grecorromano, en el que los temas vegetales de los grutescos recuerdan los relieves del Ara Pacis de Augusto, donde predominan finos roleos con poco volumen y poco movimiento. A medida que el estilo avanza se va aumentando el alzado, la vegetación se hace más carnosa y las fantasías más animadas. Recordemos la fachada de la Universidad de Salamanca. El primer cuerpo de la misma se corresponde con el reinado de los RRCC y es representativo del primer plateresco, y el segundo cuerpo, que se corresponde con el reinado del Carlos I, representa al segundo, más afín al estilo de nuestro retablo.
El tema de las “fantasías”. Con este término nos referimos a los seres fantásticos que acompañan al tema vegetal en los grutescos. En el retablo estas fantasías están formadas por amorcillos o putti y por lascivos sátiros alados o no, y en algunos casos en actitud un tanto obscena. Esto, unido a la proliferación de desnudos, como los situados en el ático o los que en actitud de atlantes soportan el peso de los “candelieri” laterales, da a la obra un marcado carácter pagano e irreverente, poco adecuado para mover a los fieles a la devoción. Más bien podíamos pensar que favorece la distracción e, incluso, los malos pensamientos. Todo esto encaja con la situación anterior al Concilio de Trento (1545-1563). Por un lado, los artistas están entusiasmados con los hallazgos que se van haciendo en Italia de restos grecorromanos y los copian en su integridad (¿sería mucho suponer que el autor de estos grutescos ha visto in situ esos restos?). Por otro, la situación del clero católico deja mucho que desear. Como ya se ha comentado, las altas jerarquías viven más como grandes señores que como religiosos y, en lo referente al arte, están a la altura de los grandes mecenas laicos. A la hora de sufragar un retablo o cualquier otra obra, piensan más en seguir la moda que en procurar la devoción de los fieles.
El Concilio de Trento supone un punto y final a esta situación. Los decretos conciliares buscan mejorar la moralidad y la formación del clero, de manera que marcan un antes y un después en la evolución de la Iglesia, y de paso, en el arte. Recordemos lo ocurrido en el Juicio Final de la Capilla Sixtina: Miguel Ángel pintó desnudos a los personajes y en 1564, en virtud de lo decretado en Trento, se ordenó el “cubrimiento de las partes obscenas”, encargando a Danielle Ricciarelli da Volterra que pintara paños de pureza.
En el caso de nuestro retablo, la traza debió hacerse con el mismo espíritu renacentista paganizante que imperaba en la Italia de Miguel Ángel, es decir, antes del Concilio de Trento. No olvidemos que el obispo D. Gutierre estaba a la última en los gustos renacentistas por su proximidad a la Corte. Es normal que siguiera el gusto de la época.
 Como hemos dicho más arriba, la relación del obispo con el Concilio de Trento fue muy especial y va a suponer para él una experiencia de conversión. A partir de entonces vive de manera ejemplar. Es impensable que, tras esta transformación, hubiera aceptado la traza que se hizo.

c) El banco

Damos una especial importancia al estudio del banco del retablo porque, además de hacer un análisis de la realidad, nos va a permitir dejar volar la imaginación y apuntar una hipótesis que, de llegar a conclusiones ciertas, daría al retablo un valor añadido muy interesante.
La realidad que constatamos es la siguiente: lo habitual en los retablos es que los distintos espacios de un banco, creados por columnas o por pilastras, estén ocupados por relieves o pinturas que mantengan una unidad temática. Por ejemplo, los evangelistas, escenas de la vida de la Virgen, escenas de la vida de Jesús, etc. En el caso que nos ocupa no ocurre así, sino que el banco está decorado por tablas de pincel de tema y tamaño diverso. La situada al lado de la izquierda desarrolla el tema de La Visita de la Virgen a su prima santa Isabel (Fig. 20) y tiene un especial encanto. Su iconografía[13] se corresponde con modelos venecianos y flamencos del siglo XVI. Ante un fondo arquitectónico con un gran arco de medio punto, figuran cuatro personas: la Virgen y santa Isabel, de pie, yendo al encuentro la una de la otra, y sus respectivos maridos, José y Zacarías, que se saludan más rezagados. Parece una escena de la vida cotidiana. San José lleva en la mano el hatillo y el sombrero que le han acompañado en el viaje. Como curiosidad constatamos la presencia de un trozo de cortinón rojo que mata el ángulo superior izquierdo de la tabla, recurso de perspectiva que ya hemos visto en otras tablas del retablo. Esta manera de tratar el tema de la Visitación no prosperó en la Europa trentina, porque la presencia de S. José no es acorde con el texto bíblico, según el cual José se enteró del embarazo milagroso de su esposa por la revelación del ángel en un sueño y no por el canto de Isabel reconociendo a la Madre de su Señor con un embarazo de apenas tres meses. Es el cuadro que tiene más calidad de todo el retablo, no solo por su factura, sino también por los pigmentos que emplea, especialmente los rojos y amarillos. Por el atuendo de las damas y por lo familiar de la escena, creemos que podría pertenecer a la escuela flamenca.

(Fig. 20)

El resto de las tablas podrían ser del mismo autor y de menor calidad que la anteriormente comentada. En el otro extremo hay un san Francisco, de proporciones cuadradas. Está tratado de medio cuerpo, adorando el crucifijo y con los estigmas de la pasión en sus manos. En las zonas centrales de la predela están situadas dos tablas de menores proporciones y rectangulares. Una está dedicada a san Miguel, jovencito, pisando al diablo y blandiendo la espada flamígera con un airoso movimiento de su cuerpo, y la otra a santa Inés, acompañada de su símbolo, el cordero. Su figura está tratada de igual forma que las otras santas del retablo.
Llegados a este punto, nos planteamos unas cuestiones: ¿cómo pintura de tan baja calidad, exceptuando la tabla de la Visitación, están en un retablo de tan rica arquitectura? ¿Es posible que sean anteriores al retablo y que éste haya sido diseñado para albergarlas? En este caso, serían tablas con otro tipo de valor que no fuera el pictórico. Y nos planteamos una pregunta a modo de hipótesis: ¿es posible que dichas pinturas pertenecieran a la casa de Isabel la Católica?
Hagamos un repaso de algo de lo ocurrido a comienzos del S. XVI. Tras la muerte de Isabel en noviembre de 1504, Fernando ordena que todos los bienes personales de la Reina, que en su mayoría estaban en el alcázar de Segovia, se concentren en Toro para ser vendidos en almoneda. Se eligió esta ciudad porque Fernando había convocado Cortes en ella para aclarar la cuestión de su regencia, tal y como lo dejó dicho Isabel en el codicilo que unió a su testamento. La finalidad de la venta era conseguir fondos para pagar las deudas que la Reina había contraído a lo largo de su vida y había dejado pendientes de pago. Así lo dejó dicho en el testamento que firmó, estando ya muy enferma, el 12 de octubre de ese mismo año. La misma Reina designó a sus testamentarios: “lo que estoviere en moneda” sería administrado por Juan López de Lezárraga; “todas mis ropas e joyas e cosas de oro y plata, e otras cosas de mi cámara y persona, e lo que yo tengo en otras partes cualesquiera, “se encomendó a Juan Velázquez[14]. El primero en abrir la almoneda fue el rey Fernando, que rescató el collar de balages, regalo de bodas que hizo a su esposa, y la corona rica.
Es muy probable que las personas allegadas a Isabel y miembros de la Corte, fueran los primeros en adquirir objetos de su pertenencia. Hemos citado el caso de su marido y conocemos también que la Custodia de Arfe, de la Catedral de Toledo, contiene en su interior una pequeña custodia de oro que Isabel la Católica mandó hacer con el primer oro que llegó de América y que fue adquirida en la testamentaria regia, siguiendo órdenes de Cisneros, por el canónigo toledano Álvar Pérez de Montemayor, siendo el precio pagado por ella de 134.816 maravedís[15].
Siguiendo esta línea de razonamiento, podemos suponer que se arbitrara algún procedimiento para que personas allegadas a la corte pudieran adquirir objetos personales de la reina sin tener que desplazarse a Toro. De esta manera, D. Francisco de Vargas, contino de los Reyes, podía haber adquirido objetos más o menos valiosos, entendiendo por valor no solo el monetario sino también el afectivo; es decir, objetos por los que la reina tuviera un apego especial. En este capítulo entrarían tablas de contenido religioso que la reina llevaba consigo en los desplazamientos de la corte y con las que su camarero y otros personajes habituales de la misma estaban familiarizados. Estos objetos estarían asentados en los libros de cuenta de Sacho Paredes Golfín, camarero de la Reina. Recordemos que el tema de estos cuadros son de especial significado para Isabel: la alusión a su nombre, en la Visitación; la profunda devoción que tuvo por S. Francisco, con cuyo hábito pidió ser enterrada; la devoción a S. Miguel, defensor frente a los ataques del demonio y cuyo nombre se puso a su primer nieto, hijo de la reina de Portugal y princesa de Castilla y Aragón, llamado a heredar todas las coronas de la península; y, por último Santa Inés, protectora de las jovencitas, protección muy necesaria para las infantas que, muy jóvenes, tuvieron que contraer matrimonio por razones de Estado.
Para terminar, ofrecemos una hipótesis en libre disposición para quien quiera utilizarla. Es la siguiente: las tablas del banco, pertenecieron a Isabel I de Castilla.  Las compró D, Francisco de Vargas y las heredó de su padre nuestro obispo D, Gutierre de Vargas Carvajal. El retablo fue construido para albergarlas y dónde mejor que situar el retablo que en la Iglesia Parroquial de Madrigalejo, lugar donde murió Fernando el Católico, esposo de Isabel. Con esta afirmación reiteramos nuestro deseo de picar la curiosidad de documentalistas e investigadores para que realicen un trabajo que a nosotros nos desborda porque no estamos capacitadas para hacerlo.

 Antonia Loro Carranza.
Guadalupe Rodríguez Cerezo.


BIBLIOGRAFÍA:

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- J. CADIÑANOS BARCELI: “Los Jesuitas en Plasencia: de colegio a hospital”.  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de estudios históricos. Plasencia, 1990.
-A. FERNÁNDEZ HOYOS: El Obispo Don Gutierre de Vargas, un madrileño del Renacimiento. Caja Madrid. Madrid, 1994.
- J.R. FERNÁNDEZ OXEA: “Iglesias cacereñas no catalogadas”. Revista de Estudios Extremeños. Tomo XV. Año 1959.
- F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana en tiempos del obispo Don Gutierre de Vargas Carvajal (1523-1559).  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de Estudios Históricos. Plasencia. 1990.
-Gran Enciclopedia Extremeña. Edex. Mérida. 1989.
- Iglesia en Plasencia. (Publicación quincenal de la  Diócesis), nº 295, 9 de  noviembre  de  2008.
- A. PÁRRAGA SÁNCHEZ: “Semblanzas de D. Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia (1524-1559) y de su expedición al estrecho de Magallanes”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 2006.
-A. PRIETO CANTERO. Casa y descargo de los Reyes Católicos. Instituto Isabel la Católica de Historia eclesiástica. Valladolid, 1969.
-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf. Badajoz. 2008.
-G. RODRÍGUEZ CEREZO. “El obispo don Gutierre de Vargas Carvajal.” Revista de Talarrubias. Nº 23. Agosto, 2011.
-A. de la TORRE y del CERRO. Testamentaria de Isabel la Católica. Instituto Isabel la Católica de Historia Eclesiástica. Valladolid, 1968.







[1]- J.R. FERNÁNDEZ OXEA: “Iglesias cacereñas no catalogadas”. Revista de Estudios Extremeños. Tomo XV. Año 1959.
-F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana en tiempos del obispo Don Gutierre de Vargas Carvajal (1523-1559).  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de Estudios Históricos. Plasencia. 1990.
-Gran Enciclopedia Extremeña. Edex. Mérida. 1989.
-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf. Badajoz. 2008.

[2]Se trata de varios retablos laterales que se encontraban distribuidos en diferentes lugares de la iglesia y que se vendieron  siguiendo la corriente surgida tras el Concilio Vaticano II, por la que sobraba todo ornato innecesario en los templos.
[3] En conversación con el profesor D. Salvador Andrés Ordax contemplando el retablo.
[4] Espacio que queda entre las bóvedas y el tejado de la iglesia.
[5] F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana placentina en tiempos del obispo D. Gutierre de Vargas Carvajal (1523-1559)”. Op. cit. Pág. 563- 572.
[6] Ibidem. pág. 566.
[7]A. FERNÁNDEZ HOYOS: El Obispo Don Gutierre de Vargas, un madrileño del Renacimiento. Caja Madrid. Madrid, 1994. Pág. 161, 162,163, 164 y 184.
[8] Alfonso PÁRRAGA SÁNCHEZ: “Semblanzas de D. Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia (1524-1559) y de su expedición al estrecho de Magallanes”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 2006.
[9] A. FERNÁNDEZ  HOYOS: El obispo… op.cit., F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana…” pág. 563 y J. CADIÑANOS BARCELI: “Los Jesuitas en Plasencia: de colegio a hospital”.  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de estudios históricos. Plasencia, 1990, pág. 519.
[10] Iglesia en Plasencia. (Publicación  quincenal  de  la  Diócesis), nº 295, 9 de  noviembre  de  2008, Página 2.
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[13] Luz Mª del AMO HORGA: La Iconografía de la Navidad. I: Ciclo de la Navidad o Encarnación. Universidad San Pablo CEU. Madrid.
[14] Antonio de la TORRE y del CERRO, Testamentaria de Isabel la Católica. Instituto Isabel la Católica de Historia Eclesiástica. Valladolid, 1968.
[15] Amalia PRIETO CANTERO, Casa y descargo de los Reyes Católicos. Instituto Isabel la Católica de Historia eclesiástica. Valladolid, 1969.