miércoles, 28 de enero de 2026

SOBRE UNA NIÑA ABANDONADA

 

SOBRE UNA NIÑA ABANDONADA

En ocasiones, hay situaciones límites que generan hechos inimaginables si la vida se desarrollara en circunstancias normales.  Uno de los actos inconcebibles para una madre es abandonar a su hijo y, a pesar de que es un hecho inaudito, el abandono infantil siempre ha existido. Traemos hasta aquí un caso ocurrido en Madrigalejo, allá por 1878. 

Las causas que provocaban el abandono de los neonatos en aquellos tiempos solían ser de índole económico o social. Por un lado, las condiciones socioeconómicas de algunos hogares podían ser de tanta precariedad que los progenitores no podían garantizar la crianza de un nuevo miembro. En otras ocasiones, era el nacimiento de un vástago fruto de una relación extramatrimonial lo que suponía una fuerte reprobación social, que no todas las mujeres podían soportar. Entre las salidas que adoptaban las madres o las familias en estas circunstancias, podía estar la de abandonar a los recién nacidos en lugares donde pudieran ser encontrados con facilidad y recogidos, como en la puerta de una iglesia, convento o de una casa de personas de bien. Es lo que se conocía como “niños expósitos”, del latín, ex positus, que significa “puesto afuera”.

Septiembre de 1878

El 13 de septiembre de 1878, el párroco de la Iglesia de Madrigalejo, D. Matías Pazos, bautizó a una niña, a la que puso por nombre María Guadalupe. En el registro de su bautismo, se acompañó la reproducción del oficio de la alcaldía que recibió el sacerdote en relación a la niña. El oficio decía así:

“Poco antes de las dos de la mañana del día nueve del actual (septiembre), fue recogida una niña expósita por María Julián Crespo, esposa de Lázaro Galeano, de esta vecindad, que habían depositado sobre una piedra que está sobre el miembro izquierdo de la portada de su casa morada (calle de Fuente Nueva y que no tiene número).

Dicha niña se hallaba bien colocada en una espuerta de palma en buen uso y con paja que la servía de cama, vestida con una camisilla nueva, abierta, de lienzo fino o muselina, con canesú y sandunga, con puños de dos pespuntes y sandunga alrededor de ellos, con un botón de hueso en el canesú y otro en el puño de cada manga, también de hueso cada uno, de diferente construcción; una chambra abierta con manga de ángel, con dos zurcidos y en mal uso; un pañal usado de lienzo casero con una vainilla; un refajo muletón blanco usado, como cortado de otro mayor, sin costuras ni repulgos; un pañuelo color de barquillo de los de tres reales con cenefa blanca y encarnada y con tres listas también encarnadas sobre el blanco; una gorra blanca vieja con un zurcido en el casco y puntilla de algodón alrededor en su frontada y, por atrás, un tul también blanco y viejo del ancho de un dedo; otra gorra llamada de punto, de forma redonda, formando cuatro rosas y cuatro trencitas a su borde, también formadas con la aguja, sujeta en su redondo por un cordón de algodón blanco formando borla a sus extremos y con dos ataderos cosidos de trenza de algodón; otro pañal de encabezado usado y con costura por medio; y una faja vieja de estambre listeada de verde, encarnado, amarillo y negro, con ataderos de hiladillo basto azul.

Entre esta faja que ceñía a la niña, se encontraban dos papeles metidos en su sobre de carta, que uno de ellos, del largo de esta cara, y del ancho de la tercera parte próximamente también del ancho de esta llana, decía:

Esta niña, que nació a las diez y diez minutos de la noche del día ocho de este mes de setiembre de mil ochocientos setenta y ocho, se ha de llamar Guadalupe Fernández Quiñones. Su madre, que piensa recogerla si Dios se sirve guardar la vida de las dos, se queda con la mitad de este pliego escrito en la misma forma y con la misma letra para, por medio de su presentación y confrontación, poder acreditar en su día su cualidad de tal madre, señor director del hospicio de Cáceres.

 Y el otro papel, del mismo largo, y de un dedo en ancho, próximamente, y que está cortado formando ondulaciones, cortando un renglón escrito casi en todo el largo, no puede leerse con claridad, pero que parece decir:

Madrigalejo. Guadalupe Dorotea Fernández Quiñones

Lo que comunico a usted para su conocimiento a fin de que se sirva administrarla el Santo Sacramento del Bautismo, rogándole que, una vez hecho, me libre certificación de ella para su unión al expediente que me hallo instruyendo.

Dios guarde a usted muchos años

Madrigalejo, 11 de septiembre de 1878”

Firmado por Francisco Gil Caños, escribano del municipio, y dirigido al Sr. cura párroco de este pueblo.

La madrina de bautismo de esta niña fue María Julián Crespo, la señora donde habían dejado a la niña expósita. 

Algunas consideraciones

No sabemos nada más acerca de este caso, pero sí llaman la atención varios aspectos del documento. En primer lugar, vemos que no se dejó a la niña de cualquier manera, sino que fue colocada con cariño, con lo poco que la madre le podría dar en ese momento.

Aparece muy detallado y descrito todo lo que llevaba la niña en su canastilla, por lo que parece verse la intervención de una mujer en su descripción. En su mayor parte era ropa de bebé ya usada, incluso con zurcidos, lo que indica que ya habían servido para vestir a otras criaturas anteriormente.

Podemos vislumbrar en la nota el drama que debió suponer, para esa madre, abandonar a su hija recién nacida porque no podría hacer frente a su manutención. Como llevaba en su canastilla ropa de bebé usada, es posible que fuera madre de otros hijos, a los que le estuviera costando sacar adelante. Avala el hecho de ser la necesidad la causa del abandono porque tiene la intención de volver a recuperarla del hospicio, según dice, si Dios se sirve guardar la vida de las dos.

Además, la niña aparece bien identificada con su nombre y apellidos, lo que lleva a pensar que el motivo no era vergonzante, ya que no había ocultamiento. También pudiera tratarse de una persona de otra vecindad y que, por tanto, no importaba tanto que se supiera su procedencia.

No cabe duda de que el nombre que la madre puso a la niña fue por haber nacido el mismo día de la Virgen de Guadalupe. El natalicio tuvo lugar a las 22:10 del 8 de septiembre y, tan solo unas pocas horas después, a las 2 de la mañana del día 9, fue recogida por María Julián Crespo en la calle Fuente Nueva. Si era de madrugada, cuando todo el mundo duerme, ¿harían algún tipo de ruido al dejarla para avisar y que la recogieran lo antes posible? Seguramente debió ser así.

El escenario donde colocaron a la pequeña fue sobre una piedra de la portada de la vivienda de María Julián, que estaba situada en la calle Fuente Nueva, es decir, en los alrededores de lo que hoy conocemos como Las Cuatro Esquinas: en una casa de la actual calle Héroes de Cobba-Darsa o calle Nueva.

Por último, decir que el documento que aparece transcrito formó parte del expediente de la niña abandonada. Un expediente que era necesario para el futuro de la criatura, tanto si era dada en adopción (lo que hasta hace unos años se diría “recogida”) o si fue llevada al hospicio de Cáceres.

En definitiva, esto es “Historia”, es la intrahistoria de la vida, de las situaciones límite que viven las personas, de los problemas de la gente en momentos determinados y la forma de afrontarlos. Aun así hay muchos detalles que nos hubiera gustado conocer, especialmente el desenlace, el saber qué fue de aquella niña.

Guadalupe Rodríguez Cerezo


lunes, 22 de diciembre de 2025

LA ÚLTIMA NAVIDAD DE FERNANDO EL CATÓLICO

 

Fernando el Católico pasó su última Navidad en tierras extremeñas.

Había elegido la ciudad de Plasencia para pasar el invierno por estar situada en un escondido valle y al abrigo de los vientos del norte[1]. Llegó a Plasencia el 29 de noviembre de 1515, víspera de San Andrés, donde fue honradamente rescibido,tomando palabras de Galíndez de Carvajal[2]. Unos días después, asistió, en esta ciudad, al matrimonio de su nieta, Ana de Aragón (hija del Arzobispo de Zaragoza), con el Duque de Medina Sidonia, Álvaro Pérez de Guzmán[3].

El monarca estaba ya bastante enfermo, aquejado de problemas cardiacos, vasculares, respiratorios y renales, que se habían manifestado en el mal de hidropesía (acumulación anormal de líquido en tejidos y cavidades del cuerpo)[4]. Su mala salud le hacía estar desasosegado, sin encontrar alivio en ningún lugar donde se encontrara; por ello, una semana después, abandonó Plasencia para dirigirse a Abadía, con la excusa de cazar en las tierras de su primo, el duque de Alba. En el palacio de Abadía, además de intentar distraerse, también se celebraron importantes reuniones, en las que se firmó la “Concordia con Inglaterra” el 11 de diciembre y donde se encontraron por primera vez el monarca y el embajador de su nieto Carlos, Adriano de Utrecht[5].

Unos días después, el rey Fernando se trasladó a Galisteo y, desde allí, regresó a Plasencia, donde había decidido pasar la Navidad[6]. Y en la ciudad del Jerte pasó el día de Navidad, aunque dispuesto para emprender su último viaje. En Abadía se había hecho público que volvería a ponerse en camino, para dirigir sus pasos hacia el sur: en primer lugar, hacia Sevilla y, después, a Granada, aunque con el propósito de detenerse antes en el Monasterio de Guadalupe, donde debía presidir la asamblea de la Orden de Calatrava para designar al sucesor del Comendador Mayor, D. Gutierre de Padilla, que había fallecido recientemente. El espíritu desasosegado que invadía al rey en los últimos años le impedía permanecer de forma prolongada en ningún lugar, por lo que, el 28 de diciembre, Fernando el Católico abandonó la ciudad de Plasencia poniendo rumbo a Trujillo, acompañado de sus más fieles cortesanos. El resto de la comitiva se desplazó directamente hacia Guadalupe.

 

A través de las fuentes, sabemos que el monarca se desplazaba con parsimonia, y que le llevó varias jornadas andar el camino entre las dos ciudades. Galíndez de Carvajal cuenta que viajaba en andas, sin duda debido a su precario estado de salud, y que cruzó el río Tajo por el puente del Cardenal[7]. En otras circunstancias, el rey hubiera disfrutado de su pasión por la caza y de los paisajes de Montfragüe, pero en aquellos momentos debió conformarse únicamente con dar satisfacción a la vista y con respirar el aire puro de nuestras dehesas.

(Trujillo)

El día 2 de enero, el monarca pernoctó en Jaraicejo[8] y, al día siguiente partió hacia Trujillo, donde ya le esperaban y le tenían preparado el avituallamiento, la recepción y su estancia. Se habían afanado para que no faltase carne de vaca; a los panaderos se les había pedido que amasasen lo necesario para que no hubiera carestía de pan; a los proveedores, que tuvieran capones, aves, perdices y terneros para obsequiar, tanto al monarca, como al infante, aunque este último no pasaría por Trujillo, porque tomó el camino directo a Guadalupe desde Plasencia. 

Cuando en Trujillo se supo que el monarca se encontraba cerca de la ciudad, los principales salieron a recibirlo de acuerdo con el siguiente protocolo: los caballeros y sus hijos, vestidos de seda, cabalgarían junto al corregidor; los escribanos llevarían capuz de paño, y el corregidor y las justicias vestirían trajes de terciopelo y seda. Para terminar con los preparativos, tuvieron en cuenta que la estancia del rey en la ciudad fuera lo más agradable posible y, para ello, encargaron seis toros bravos para correrlos el día de los Reyes Magos.[9]

Así fue cómo el rey Fernando el Católico pasó su última Navidad en Extremadura, celebrando los días especiales en Plasencia, el 25 de diciembre, y en Trujillo, a festividad de los Reyes Magos, mientras viajaba por sus caminos, con el espíritu inquieto y desasosegado a causa de su maltrecha salud, que llevó a Mártir de Anglería a escribir: nuestro Rey no cesa de vagar de un lado para otro en busca de la muerte, en la carta 564 del libro XXIX de su Epistolario.

Después, la comitiva reemprendió la marcha hacia Abertura, donde hizo una parada de varios días. En esta localidad, el monarca despachó una carta, el 13 de enero, destinada al Concejo de Trujillo sobre un asunto relacionado con las obras de su fortaleza[10].

Casa de Santa María. Madrigalejo.
(Fotografía de María García Ciudad)

Lejos estaba el rey de pensar que esa había sido su última Navidad, pues, una vez hubo abandonado Abertura, la siguiente parada en el itinerario fue Madrigalejo, donde se agravó su dolencia. En su estado, no podía continuar el camino, por lo que fue acogido en la Casa de Santa María, desde donde el Monasterio de Guadalupe gestionaba la importante hacienda que poseía en la localidad. En este edificio, el rey Fernando el Católico pasó sus últimos días; aquí decidió hacer un nuevo testamento, que firmó en el atardecer del 22 de enero de 1516, y falleció en la madrugada del 23 de enero de 1516, día de San Ildefonso.  

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

 

BIBLIOGRAFÍA:

J.M. CALDERÓN ORTEGA y F.J. DÍAZ GONZÁLEZ: El proceso de redacción del último testamento de Fernando el Católico el 22 de enero de 1516. Institución Fernando el Católico. Excma. Diputación de Zaragoza. Zaragoza. 2015.

L. GALÍNDEZ DE CARVAJAL: “Anales Breves del Reinado de los Reyes Católicos”. Crónica de los Reyes de Castilla. III. Madrid. Biblioteca de Autores Españoles. Vol. 70. 1953.

M. A. LADERO QUESADA: Los últimos años de Fernando el Católico. 1505-1517. Editorial Dykinson S.L. Madrid. 2016.

P. MÁRTIR DE ANGLERÍA.  Epistolario. Documentos inéditos para la Historia de España. Tomo XI. Imprenta Góngora. Madrid. 1956.

L. RODRÍGUEZ AMORES: Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S.A. Badajoz. 2008.



[2]L. GALÍNDEZ DE CARVAJAL: “Anales Breves del Reinado de los Reyes Católicos… Op.cit. Pág. 561.

[3]J.M. CALDERÓN ORTEGA y F.J. DÍAZ GONZÁLEZ: El proceso de redacción del último testamento de Fernando el Católico el 22 de enero de 1516. Institución Fernando el Católico. Excma. Diputación de Zaragoza. Zaragoza. 2015.Pág. 9. Y M. A. LADERO QUESADA: Los últimos años de Fernando el Católico. 1505-1517. Editorial Dykinson S.L. Madrid. 2016. Pág. 234.

[4] L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S.A. Badajoz, 2008. Pág. 210.

[5] J.M. CALDERÓN ORTEGA y F.J. DÍAZ GONZÁLEZ: El proceso de redacción del último testamento… (Op.cit), p. 10, y M. A. LADERO QUESADA: Los últimos años de Fernando el Católico… (Op.cit), pp. 235, 236 y 237.

[6]J.M. CALDERÓN ORTEGA y F.J. DÍAZ GONZÁLEZ: El proceso de redacción del último testamento… (Op.cit), p. 10.

[7]L. GALÍNDEZ DE CARVAJAL: “Anales Breves del Reinado de los Reyes Católicos”. Crónica de los Reyes de Castilla. III. Madrid. Biblioteca de Autores Españoles. Vol. 70. 1953. Pág. 563 y ss.

[8] L. RODRÍGUEZ AMORES: Crónicas Lugareñas…. Op. Cit. pág. 218, siguiendo a ROMEU DE ARMAS.

[9] Ibidem, p. 219, datos recogidos del Archivo Municipal de Trujillo, del Libro de Actas.

[10] Ibidem, pp. 219 y 220.


martes, 25 de noviembre de 2025

PATRIMONIO PERDIDO. RETABLOS LATERALES DE LA IGLESIA PARROQUIAL DE MADRIGALEJO

 

(Fotografía del archivo de Pilar Bravo)

La decoración del interior de la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Madrigalejo cambió sustancialmente a partir de 1964. En esta fecha, el edificio fue sometido a una importante restauración, en la que se solventaron problemas de peso y que fue necesaria para llevar a su sitio unos sillares del arco del crucero y otros del ábside que, peligrosamente, se habían desencajado y amenazaban verdadera ruina[1]; pero también es verdad que se tomaron unas decisiones que afectaron a la pérdida de parte de nuestro patrimonio religioso, basándose en corrientes, entonces imperantes, de despojar a los templos de buena parte de sus elementos ornamentales.

Entre las obras que desaparecieron, destacaban tres retablos laterales de estilo barroco, que en Crónicas Lugareñas. Madrigalejo, se describen sucintamente. Estaban fabricados en madera estofada, una técnica decorativa que consiste en aplicar pan de oro sobre la madera. En la decoración de estos retablos, predominaban las líneas curvas frente a las rectas y los motivos ornamentales destacaban sobre los iconográficos, creando unos fuertes contrastes de luces y sombras, propios de la época[2]. Los tres retablos fueron vendidos por el módico precio de 50.000 pesetas[3] (300 €).

(Interior de la iglesia parroquial en 2025)

Dos de aquellos retablos tenían un diseño muy similar, lo que lleva a pensar que fueran obra del mismo maestro y/o del mismo taller. Estaban situados en la nave, a derecha e izquierda del presbiterio, en los altares dedicados al Cristo de la Victoria y a la Virgen del Rosario. El tercero, algo más tardío y decorado con abultadas columnas salomónicas, estaba dedicado a San José y se encontraba situado en la pared lateral del lado del evangelio, entro el púlpito y la puerta norte.

Una vez que somos conscientes de la pérdida de aquellas obras, debemos seguir manteniendo en nuestro haber histórico el recuerdo de que formaron parte de nuestro patrimonio. Para no relegarlas al olvido más de lo que están, podemos aproximarnos a estas obras a través de lo publicado en Crónicas Lugareñas. Madrigalejo, también a partir de lo que aparece escrito en documentos antiguos, así como recurrir a algunas imágenes, tanto de antiguas fotografías en blanco y negro, como de unos dibujos con los que contamos, realizados  a carboncillo y de memoria por Ricardo Ciudad Casas una vez que los retablos ya habían desaparecido.

(Dibujo realizado por Ricardo Ciudad Casas)

Retablo del Altar del Santísimo Cristo de la Victoria

Una de las imágenes de culto más antiguas de nuestra iglesia parroquial, es el Cristo de la Victoria, una escultura de madera policromada, de bulto redondo, de estética gótica y con una cronología, probablemente, del siglo XVI. Esta imagen tenía su propio altar, situado en el frontal de la nave, en el lado del evangelio, donde, aparte de venerarse la imagen, también se podía celebrar culto, puesto que estaba dotado de sagrario y tenía sus propias reliquias. Así se desprende de lo que aparece escrito en algunos documentos manejados:

 

-En la “Visita” realizada a la parroquia en 1789, el visitador diocesano dejó escrito que se custodie en el archivo la llabe de las Reliquias que están en el Altar del Christo y, para ello, se compre una cajita donde también se custodie y conserbe la auténtica o atestado de dichas reliquias.[4]

 

-En la siguiente “Visita”, la de 1797, se dice que el visitador encontró el sagrario que está en el Altar del Santísimo Christo de la Victoria con la decencia correspondiente[5].

 

-Hasta el siglo XIX, delante de este altar del Cristo había unas verjas o barandas de hierro, desde donde se suministraba el Santísimo Sacramento de la Comunión[6].

 

Además, en este mismo altar, se celebraban, hasta mediados del siglo XX, solemnes misereres en los viernes de cuaresma[7].


En este altar se encontraba un retablo barroco fabricado en madera estofada dorada, con una estructura que se distribuía en banco, un solo cuerpo y ático. No hemos podido averiguar los elementos que componían el banco, aunque sabemos que, en el centro, se encontraba el sagrario del altar. El cuerpo estaba formado por una única hornacina flanqueada por dos estípites exentos que sostenían la cornisa. En la hornacina estaba colocada la imagen del Cristo de la Victoria, muy bien protegida por una mampara de cristal y, a su vez, tapada por una cortina, que se descorría cuando había culto o por deseo expreso de los devotos[8]. El ático contenía en el centro un alto relieve con el busto de Dios Padre, portando, como atributos, el orbe en su mano izquierda y el cetro en la derecha, símbolos de su poder y juicio.

(Dibujo realizado por Ricardo Ciudad Casas)


Retablo de la Virgen del Rosario

Entre las cofradías antiguas de nuestra parroquia, estaba la dedicada a Nuestra Señora del Rosario, que había sido fundada en 1680 según las ordenanzas de fray Francisco Gómez[9]. Esta cofradía estaba encargada de atender las necesidades y el culto del altar dedicado a la Virgen del Rosario, situado en el frontal de la nave, en el lado de la epístola, en simetría con el altar dedicado al Cristo de la Victoria. Otro de los cometidos principales de la cofradía era sacar en procesión la imagen chica (¿Nuestra Señora de las Angustias?) de la Virgen, alrededor de la iglesia, todos los primeros domingos de cada mes[10].

(Fotografía proporcionada por Ángela María Viñuelas)

Sobre el altar dedicado a la Virgen del Rosario se encontraba otro de los retablos perdidos. Al igual que el anterior, esta obra se estructuraba en banco, un cuerpo y el ático. A través de una de las fotografías, observamos que el banco estaba dividido en cuatro cuarteles, donde aparecen en relieve unas representaciones alegóricas, como la fuente de agua viva (fuente inagotable de vida y salvación que nos trae Jesucristo), o los iconos del sol y la luna, que representan la doble naturaleza de Cristo, divina y humana: el sol, que brilla con luz propia, simboliza su divinidad, mientras que la luna, que brilla reflejando la luz solar, nos lleva a su Jesucristo hombre.

El cuerpo de este retablo estaba dividido en tres calles por dos gruesas columnas con sus fustes sobrecargados de decoración. El centro lo ocupaba una hornacina que contenía la imagen de la Virgen del Rosario. En las calles laterales se situaban otras esculturas de bulto redondo sobre unas peanas: la de Jesús Niño y la de la Virgen del Carmen.

(Dibujo realizado por Ricardo Ciudad Casas)

El remate de este retablo era muy parecido al del Cristo de la Victoria, diferenciándose en la representación que ocupaba el centro del ático. Si en el retablo del Cristo aparecía representado Dios Padre, en este de la Virgen del Rosario se encontraba una alegoría del Espíritu Santo, como un fuego del que surgían rayos, rodeándolo cabezas de angelotes.

El altar de Nuestra Señora del Rosario gozaba del privilegio de ciertas indulgencias, que aparecían especificadas en un letrero de madera, con preciosa letra, que colgaba siempre del retablo, para que los fieles conocieran las indulgencias a las que se podían acoger.[11]

Retablo de San José

También de factura barroca y en madera estofada, existía en nuestra iglesia parroquial un retablo dedicado a San José, situado en la nave, en uno de los  muros laterales. No nos ha llegado ninguna imagen de esta obra, únicamente se conserva la talla de bulto redondo que la presidía y que hoy se encuentra alojada en una de las hornacinas del retablo mayor.

 

De la imagen de San José, ya tratamos en una entrada anterior de Luz de Candil (https://luzdecandilmadrigalejo.blogspot.com/2021/04/imagen-del-glorioso-patriarca-san-joseph.html). Esta escultura, en madera policromada, fue donada en 1772 a la Parroquia por el matrimonio formado por Francisco Gil Moreno e Inés Fernández Mateos, con la finalidad de que sirviera para la devoción pública de los fieles convecinos, y fue colocada, con el permiso del visitador diocesano, en el altar que se dice de las Ánimas[12]. ¿Pudiera haber pasado este altar de las Ánimas a llamarse de San José o se construyó otro para esta advocación? A esta pregunta no podemos responder.


(Fotografía de María García)

A un lado y a otro de la escultura de San José, en el retablo se encontraban sendas pinturas donde estaban representados San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María. Separaban estas representaciones unas columnas salomónicas con sarmientos de vides enrollados, con sus hojas y sus frutos, con clara alusión a la Eucaristía.[13]

 

En la visita realizada en 1866, se mandó adecuar en el Altar de San José, en el tabernáculo que hay en su retablo, una reliquia de Santa Severa, con su auténtica correspondiente, cuyo altar está inservible por falta de ara, que se mandó al párroco procurara adquirir[14].

 

El Concejo acuerda adquirir un retablo para la iglesia

Los retablos que hemos estado tratando, estilísticamente, podrían datarse entre los siglos XVII y XVIII. Coincidiendo con ese periodo, hemos encontrado un documento en el archivo municipal que trata de la adquisición de un retablo para la capilla de la yglesia del Señor San Joan Bautista deste dicho lugar: En las actas del Concejo de la sesión del 6 de junio de 1676 (Archivo Municipal, sig. 15), se dice que, a los señores concejales y al señor cura, les ha llegado la noticia de la existencia de un retablo en la villa de Guareña. Todos juntos y de un mismo acuerdo y parecer decidieron ir a Guareña para entablar negociación con la persona a cuyo cargo estaba el retablo, conocer el precio y los plazos en los que se pudiera saldar. Y una vez que supieran la cantidad y el modo de traerlo a la iglesia, se facultaba a los componentes del Concejo -los que entonces estaban y los que estuvieren en el futuro- para que se financiara la adquisición del retablo con caudales procedentes del Concejo, de lo que sobrare una vez saldados todos sus gastos, hasta que se cumpliera el pago del retablo. El escribano pidió confirmación a todos y cada uno de los miembros que participaron en aquella reunión del Concejo y todos dijeron que sí.

¿Se trataría de unos de los retablos de los que hemos hablado más arriba?  

 

Transcripción de una parte del documento del acta del día 6 de junio de 1676:

…Por quanto ha venido a noticia de los señores concejales y de su merced el Sr. cura el questá un retablo que pertenesce según su motivo para la capilla de la yglesia del Señor San Joan Bautista deste dicho lugar, y todos juntos de vn mismo acuerdo y parecer dijeron que se baya a la villa de Guareña, quees la parte donde está el dicho retablo y se confiera con la persona a cuio cargo está el disponer del y se vea el presçio poco más o menos en que le harán y qué plaços, que savido la cantidad, en modo que se pueda traer a esta yglesia, desde luego dar su consentimiento por los señores Justiçia y Rexidores, que de presente son y por el tiempo venidero fueren, para que de los maravedís de los propios del dicho Concejo que sobraren, hechos y cumplidos los gastos neçessarios y comunes y de lo demás, puedar dar i den, desde luego quedando el dicho Concejo con bastante caudal para sus gastos según los años y cantidades que en cada vno hubiere, se pueda ofreçer por este Concejo y de los demás que fueren de aquí en adelante hasta que sea cumplida la paga y los contenidos en este acuerdo. Yo el escribano doi fee, los fui a cada vno de por sí tomando su dicho y todos dixeron que sí vno por vno, y firmaron sus mercedes y firmó el que supo de los presentes y, por los que no, vn testigo…

 

Concluimos

Es una lástima que no podamos contemplar y disfrutar de unas obras que ya no se encuentran entre nosotros, pero no queremos que se queden en el olvido y, por ello, hemos tratado de hacer una aproximación lo más completa posible a partir de las escasas fuentes que tenemos a nuestro alcance.

 

Guadalupe Rodríguez Cerezo



[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Archivo parroquial. Libro de Fábrica. Visita de 1789.

[5] Archivo parroquial. Libro de Fábrica. Visita de 1797.

[6] Archivo parroquial. Libro de Fábrica. (1799-1800).

[8] Ibidem.

[9] Ibidem, p. 302.

[10] Ibidem.

[11] Ibidem, p. 294.

[13]L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónica Lugareñas…, op. cit., p. 294.  

[14] Archivo parroquial. Libro de Fábrica. Visita de 1866.