SOBRE
UNA NIÑA ABANDONADA
En ocasiones, hay situaciones límites que generan hechos inimaginables si la vida se desarrollara en circunstancias normales. Uno de los actos inconcebibles para una madre es abandonar a su hijo y, a pesar de que es un hecho inaudito, el abandono infantil siempre ha existido. Traemos hasta aquí un caso ocurrido en Madrigalejo, allá por 1878.
Las causas que provocaban el abandono de los neonatos en aquellos tiempos solían ser de índole económico o social. Por un lado, las condiciones socioeconómicas de algunos hogares podían ser de tanta precariedad que los progenitores no podían garantizar la crianza de un nuevo miembro. En otras ocasiones, era el nacimiento de un vástago fruto de una relación extramatrimonial lo que suponía una fuerte reprobación social, que no todas las mujeres podían soportar. Entre las salidas que adoptaban las madres o las familias en estas circunstancias, podía estar la de abandonar a los recién nacidos en lugares donde pudieran ser encontrados con facilidad y recogidos, como en la puerta de una iglesia, convento o de una casa de personas de bien. Es lo que se conocía como “niños expósitos”, del latín, ex positus, que significa “puesto afuera”.
Septiembre de 1878
El 13 de septiembre de 1878, el párroco de la Iglesia de Madrigalejo, D. Matías Pazos, bautizó a una niña, a la que puso por nombre María Guadalupe. En el registro de su bautismo, se acompañó la reproducción del oficio de la alcaldía que recibió el sacerdote en relación a la niña. El oficio decía así:
“Poco antes
de las dos de la mañana del día nueve del actual (septiembre), fue recogida una
niña expósita por María Julián Crespo, esposa de Lázaro Galeano, de esta
vecindad, que habían depositado sobre una piedra que está sobre el miembro
izquierdo de la portada de su casa morada (calle de Fuente Nueva y que no tiene
número).
Dicha niña se
hallaba bien colocada en una espuerta de palma en buen uso y con paja que la
servía de cama, vestida con una camisilla nueva, abierta, de lienzo fino o
muselina, con canesú y sandunga, con puños de dos pespuntes y sandunga
alrededor de ellos, con un botón de hueso en el canesú y otro en el puño de
cada manga, también de hueso cada uno, de diferente construcción; una chambra abierta
con manga de ángel, con dos zurcidos y en mal uso; un pañal usado de lienzo
casero con una vainilla; un refajo muletón blanco usado, como cortado de otro
mayor, sin costuras ni repulgos; un pañuelo color de barquillo de los de tres
reales con cenefa blanca y encarnada y con tres listas también encarnadas sobre
el blanco; una gorra blanca vieja con un zurcido en el casco y puntilla de
algodón alrededor en su frontada y, por atrás, un tul también blanco y viejo
del ancho de un dedo; otra gorra llamada de punto, de forma redonda, formando
cuatro rosas y cuatro trencitas a su borde, también formadas con la aguja, sujeta
en su redondo por un cordón de algodón blanco formando borla a sus extremos y
con dos ataderos cosidos de trenza de algodón; otro pañal de encabezado usado y
con costura por medio; y una faja vieja de estambre listeada de verde,
encarnado, amarillo y negro, con ataderos de hiladillo basto azul.
Entre esta
faja que ceñía a la niña, se encontraban dos papeles metidos en su sobre de
carta, que uno de ellos, del largo de esta cara, y del ancho de la tercera
parte próximamente también del ancho de esta llana, decía:
Esta niña, que nació a las diez y diez minutos de la noche del día ocho de este mes de setiembre de mil ochocientos setenta y ocho, se ha de llamar Guadalupe Fernández Quiñones. Su madre, que piensa recogerla si Dios se sirve guardar la vida de las dos, se queda con la mitad de este pliego escrito en la misma forma y con la misma letra para, por medio de su presentación y confrontación, poder acreditar en su día su cualidad de tal madre, señor director del hospicio de Cáceres.
Y el otro papel, del mismo largo, y de un dedo en
ancho, próximamente, y que está cortado formando ondulaciones, cortando un
renglón escrito casi en todo el largo, no puede leerse con claridad, pero que
parece decir:
Madrigalejo. Guadalupe Dorotea Fernández Quiñones
Lo que comunico a usted para su conocimiento a fin
de que se sirva administrarla el Santo Sacramento del Bautismo, rogándole que,
una vez hecho, me libre certificación de ella para su unión al expediente que
me hallo instruyendo.
Dios guarde a usted muchos años
Madrigalejo, 11 de septiembre de 1878”
Firmado por Francisco Gil Caños, escribano del municipio, y dirigido al
Sr. cura párroco de este pueblo.
La madrina de bautismo de esta niña fue María Julián Crespo, la señora donde habían dejado a la niña expósita.
Algunas consideraciones
No sabemos nada más acerca de este caso, pero sí llaman la atención
varios aspectos del documento. En primer lugar, vemos que no se dejó a la niña
de cualquier manera, sino que fue colocada con cariño, con lo poco que la madre
le podría dar en ese momento.
Aparece muy detallado y descrito todo lo que llevaba la niña en su
canastilla, por lo que parece verse la intervención de una mujer en su
descripción. En su mayor parte era ropa de bebé ya usada, incluso con zurcidos,
lo que indica que ya habían servido para vestir a otras criaturas
anteriormente.
Podemos vislumbrar en la nota el drama que debió suponer, para esa madre,
abandonar a su hija recién nacida porque no podría hacer frente a su
manutención. Como llevaba en su canastilla ropa de bebé usada, es posible que
fuera madre de otros hijos, a los que le estuviera costando sacar adelante. Avala
el hecho de ser la necesidad la causa del abandono porque tiene la intención de
volver a recuperarla del hospicio, según dice, si Dios se sirve guardar la
vida de las dos.
Además, la niña aparece bien identificada con su nombre y apellidos, lo
que lleva a pensar que el motivo no era vergonzante, ya que no había
ocultamiento. También pudiera tratarse de una persona de otra vecindad y que,
por tanto, no importaba tanto que se supiera su procedencia.
No cabe duda de que el nombre que la madre puso a la niña fue por haber
nacido el mismo día de la Virgen de Guadalupe. El natalicio tuvo lugar a las
22:10 del 8 de septiembre y, tan solo unas pocas horas después, a las 2 de la
mañana del día 9, fue recogida por María Julián Crespo en la calle Fuente
Nueva. Si era de madrugada, cuando todo el mundo duerme, ¿harían algún tipo de
ruido al dejarla para avisar y que la recogieran lo antes posible? Seguramente
debió ser así.
El escenario donde colocaron a la pequeña fue sobre una piedra de la
portada de la vivienda de María Julián, que estaba situada en la calle Fuente
Nueva, es decir, en los alrededores de lo que hoy conocemos como Las Cuatro
Esquinas: en una casa de la actual calle Héroes de Cobba-Darsa o calle
Nueva.
Por último, decir que el documento que aparece transcrito formó parte del expediente de la niña abandonada. Un expediente que era necesario para el futuro de la criatura, tanto si era dada en adopción (lo que hasta hace unos años se diría “recogida”) o si fue llevada al hospicio de Cáceres.
En definitiva, esto es “Historia”, es la intrahistoria de la vida, de las
situaciones límite que viven las personas, de los problemas de la gente en
momentos determinados y la forma de afrontarlos. Aun así hay muchos detalles
que nos hubiera gustado conocer, especialmente el desenlace, el saber qué fue
de aquella niña.
Guadalupe Rodríguez Cerezo












