miércoles, 28 de octubre de 2020

SOBRE LOS CEMENTERIOS

 


Enterrar a los muertos… Todas las civilizaciones han tenido su peculiar concepción sobre la muerte y lo han manifestado en sus ritos funerarios. En la civilización occidental, de raíces cristianas, enterrar a los muertos es una obra de caridad y, siguiendo la tradición bíblica, los cadáveres se inhumaban, se enterraban, esperando la resurrección de la carne.

 El lugar destinado a enterrar a los difuntos es el “cementerio”, término que nos llega del latín, que, a su vez, procede del griego y que significa “lugar donde dormir”. La tradición cristiana optó por la palabra cementerio frente al vocablo necrópolis, también de origen griego y cuyo significado es “ciudad de los muertos”. Se optó por el término cementerio porque, para el cristianismo, la muerte es un estado transitorio -de dormición- a la espera de la resurrección. El terreno destinado a enterrar a los muertos era bendecido y considerado lugar sagrado, por eso también son llamados camposantos.

Enterramientos en la iglesia

Hasta hace algo más de doscientos años, existía la tradición de inhumar a los difuntos en el interior de los templos y en sus atrios, porque se creía que, de esta forma, estaban más cerca de Dios. Así ocurría también en la iglesia de Madrigalejo. Era una costumbre que, hoy en día, nos parece inconcebible y que, sin embargo, costó mucho esfuerzo cambiar.


En el siglo XVIII, los pensadores ilustrados –como Jovellanos, Floridablanca y el mismo rey Carlos III-, preocupados por la salud pública y por mejorar la vida de los ciudadanos, abordaron y debatieron la cuestión de los problemas sanitarios que acarreaba la práctica de enterrar a los muertos en los recintos cerrados, poco ventilados y abiertos al culto. Esta práctica era especialmente preocupante en los meses de calor, cuando eran insoportables los olores que exhalaban los cuerpos en descomposición, pero, sobre todo, era devastadora en tiempos de pandemia. Y, además de debatirlo, también propusieron, como solución, la construcción de cementerios.

Después de un amplio estudio y una larga polémica que duró varios años –entre 1781 y 1786-, el Rey Carlos III, a iniciativa del Conde de Floridablanca, firmaba La Real Cédula sobre el restablecimiento de los cementerios el 10 de marzo de 1787. Los cementerios, según esta ley, tenían que estar “fuera de las poblaciones (…), en sitios ventilados e inmediatos a las parroquias y distantes de las casas de los vecinos”.

La promulgación de la ley no tuvo un efecto inmediato y se fue aplicando siguiendo criterios de urgencia, necesidad y financiación. Parece ser que, en Madrigalejo, ni se plantearon su construcción, según se desprende de las respuestas a la "Visita de la Real Audiencia de Extremadura", en 1791, tan solo cuatro años después de su promulgación. A la pregunta de “si hay cementerios o necesidad de ellos y lugar donde cómodamente se puedan hacer”, responden las autoridades que “no hay cementerio ni necesidad de él”, y el cura rector dice: “aquí no hay cementerios ni se advierte necesidad de ellos, por ser bastante capaz la iglesia para su vecindario”. Vemos, por tanto, que los difuntos se seguían enterrando en el templo por tener el edificio capacidad suficiente para el número de vecinos.

Cementerio viejo

No fue hasta bien entrado el siglo XIX, concretamente en 1820, cuando se procede a la construcción de un cementerio. Ya hemos visto que, para las autoridades civiles y religiosas del municipio, no era un asunto de necesidad, a lo que habría de añadir que España estuvo sumida en la guerra de la Independencia entre los años 1808 y 1813. Solo se comenzó a gestionar la construcción de un cementerio en Madrigalejo cuando la autoridad política de la Provincia de Extremadura –con sede en Badajoz- mandó una notificación oficial, en agosto de 1820, prohibiendo las inhumaciones en el interior de las iglesias bajo ningún pretexto, amparándose en la legalidad vigente, es decir, la que había promulgado Carlos III en 1787.

Se construyó un camposanto en terrenos de la iglesia, en el entorno donde anteriormente estuvo situada la ermita de San Gregorio, en la actual Calle Pizarro. Su edificación estuvo financiada con dinero de la parroquia, pues era quien corría con los estipendios de los entierros y con su gestión. Nos estamos refiriendo al llamado “cementerio viejo”, que estuvo en activo hasta la construcción, en 1912, del “cementerio del Sur” –el actual-. Y es que, a principios del S. XX, fue necesaria la construcción de un nuevo cementerio debido a problemas de espacio -se hizo pequeño- y al crecimiento de la población, ya que se estimaba que, a no mucho tardar, las edificaciones rebasarían su recinto. El antiguo camposanto quedó totalmente clausurado en 1932, después de ser limpiado y de que no quedara ninguno de los restos.

Cementerio del Sur

El nuevo cementerio se construyó con arreglo a las leyes vigentes a principios del siglo XX, en un espacioso campo en el sitio llamado la Sangría, al Suroeste del pueblo, en dirección del camino de Villanueva de la Serena y a más de quinientos metros de la población. Tenía, además del terreno destinado a sepulturas, un apartado civil –pues el cementerio era de confesión católica-, donde se enterrarían los apóstatas y suicidas; un depósito de cadáveres; una capilla; un osario y un apartado para niños muertos sin bautizar. El espacio destinado a sepulturas estaba dividido en cuatro cuarteles, separados por cipreses alineados en forma de cruz.


Este cementerio se edificó en terreno adquirido por el municipio, fue costeado por el mismo Ayuntamiento, por lo que el mismo era quien fijaba y cobraba los derechos de sepulturas, concedía permisos, nombraba empleados y, en general, llevaba toda la administración y conservación del cementerio. El alcalde, D. Sebastián Rubio Calzado, después de aclarar estos términos al párroco, D. Fernando Marcos, mediante una notificación del 6 de mayo de 1912, le pide que se digne a bendecir el cementerio; bendición que autorizó el Obispo de Plasencia el 20 de junio.

La bendición del nuevo cementerio fue un acto social de primer orden. Tuvo lugar el 17 de octubre de 1912. Para la celebración, fueron convocados la Corporación municipal, el Juzgado municipal, el Comandante del puesto de la Guardia Civil y los Señores Maestros de las Escuelas Nacionales. Comenzó el acto con una misa de Réquiem en la iglesia parroquial y, seguidamente, en procesión, los asistentes se dirigieron al nuevo cementerio. La procesión se organizó de la siguiente manera: la Cruz para la bendición abría el cortejo; después iba la manga parroquial –que es un adorno de tela, generalmente bordada, en forma cilíndrica y acabada en cono, que cubre parte de la vara de la cruz de la parroquia-; a continuación, iban los niños y niñas de las escuelas; después, el pueblo, un ataúd con restos del osario del viejo cementerio, una escolta de cuatro números de la Guardia Civil, el clero con ornamentos litúrgicos negros y las autoridades civiles y judiciales. Durante el trayecto, el clero cantaba el oficio de sepultura.

Una vez en el cementerio y terminado el oficio de sepultura, el cura párroco, revestido con ornamentos blancos, bendijo el espacio destinado a sepulturas según el ritual romano: oración, letanías, aspersión por todo el campo de las cuatro zonas y bendición de la cruz.

En la actualidad, el cementerio ha sobrepasado el siglo de existencia. Lógicamente, con el paso de los años, se ha ido adecuando a las nuevas necesidades y a los nuevos tiempos. Ha aumentado su tamaño y ha cambiado la forma de enterramiento. Si la mayor parte de las sepulturas, entonces, se realizaban en tierra, hoy las calles de nichos van ocupando paulatinamente el terreno que anteriormente se destinaba a las sepulturas en tierra. También desaparecieron, tras el Concilio Vaticano II, el apartado civil y el destinado a niños no bautizados. Las demás dependencias, así como la distribución de los espacios de enterramientos, han ido variando desde su inauguración.  Y con la aprobación de la Constitución, el cementerio pasó a ser aconfesional.


La celebración de los Santos el día 1 de noviembre y de los Fieles Difuntos, el día 2, hace que tengamos presentes a nuestros seres queridos difuntos, de una forma especial, alrededor de estos días. Por eso acudimos a los cementerios a visitar sus tumbas, las adornamos con flores y encendemos velas, porque siguen viviendo en nosotros, rezamos por ellos y para que intercedan por nosotros; en definitiva, honramos su memoria. Por ello, los cementerios son lugares muy especiales.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

 

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:

- G. JORI. “La política de la salud en el pensamiento ilustrado español. Principales aportaciones teóricas”. XII Coloquio Internacional de Geocrítica. Bogotá, mayo de 2012.

- M. GRANJEL y A. CARRERAS PANCHÓN. “Extremadura y el debate sobre la creación de cementerios: un problema de salud pública en la Ilustración”. Norba, Revista de Historia. ISSN 0213-375X, Vol. 17, 2004, 69-91.

- L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónica Lugareñas Madrigalejo. Tecnigraf S.A. Badajoz, 2008.

-Archivo Municipal de Madrigalejo.

-Archivo Parroquial de la iglesia de San Juan Bautista de Madrigalejo.


2 comentarios:

  1. muy interesante ir viendo la historia de nuestro pueblo y sus costumbres, siempre aprendiendo gracias a tus escritos.

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