martes, 4 de agosto de 2026

CONTRIBUYENDO AL BIEN COMÚN. S. XVII

 

A la luz de nuestro candil, nos detenemos, en esta ocasión, en tres documentos recogidos en las actas del Concejo y fechados en los días 12 y 13 de febrero y 18 de agosto de 1624. A través de ellos conoceremos cómo enfrentaban nuestros antepasados del siglo XVII, desde el común, los imprevistos surgidos y que afectaban a la cotidianidad de sus vecinos.

El comienzo de 1624 debió caracterizarse por venir bien cargado de aguas, y bien conocemos, en Madrigalejo, cómo se las gasta el río Ruecas cuando viene crecido. Cuando se encadena una sucesión de borrascas que descargan lluvia generosamente sobre las Villuercas, el Ruecas y sus afluentes se convierten en unos verdaderos desagües naturales que evacuan toda el agua sobrante y que la tierra no es capaz de tragar. Entonces, el cauce no es suficiente para acogerla y el río se va fuera de madre.

 

Acuerdo del concejo para componer una puente en la dehesa. (12 de febrero de 1624) 

Así sucedió en 1624, pues, en la reunión de las autoridades del Concejo del 12 de febrero, dejaron por escrito que las grandes avenidas de los ríos que había habido ese año se habían llevado la pequeña puente que existía a la salida del pueblo, por el camino real que pasa por la Dehesa Boyal y del Concejo. Por ese puente, dice el documento, passan todos los vecinos deste lugar e gente forastera que a él viene e va. Era, por tanto, un punto muy transitado por transeuntes que viajaban por el camino real y por los vecinos que cada día iban a la Dehesa Boyal. El hecho de llevarse la riada “la puente” supuso una gran contrariedad, porque la gente ny bestias no pueden passar por ella si no es a grande peligro y, si no se adereça, no se puede seguir el dicho camino rreal ny ir a el servicio de la dicha dehesa, por lo qual vendrá a el dicho lugar muy gran daño.

Por el gran perjuicio que esa situación acarreaba, las autoridades acordaron que, al día siguiente, 13 de febrero, se arreglara el puente; que el amaño y adereço lo hiciera el concejo y los vecinos del lugar, y que ningún vezino falte, por lo menos, de cada casa, una persona, so pena de dos reales con las costas, y esto sea e se convierta para gastos de la dicha puente e para gastos del concejo deste dicho lugar. Para que este acuerdo fuera sabido por todos y nadie alegara ignorancia, mandaron pregonarlo en la plaza pública: quel dicho martes, en tocando la campana o señal de concejo, todos acudan a el dicho adereço como a cossa común y tan ynportante a el concejo e vecinos deste dicho lugar. Una vez que se hubiera echado el pregón, acordaron se dé otro general por este lugar; es decir, que echaran el mismo pregón por todo el pueblo, para que todos los vecinos se enteraran.



Acuerdo para multar, digo sacar la pena a los que faltaron a el aderezo de la puente. (13 de febrero de 1624)

En el acta del 13 de febrero, se dice que, después de haber mandado a pregonar lo contenido en el avto arriba dicho en la plaça pública deste dicho lugar, y después de aber oy martes, trece deste mes por la mañana, fecho tocar la campana a señal de concexo para que todos los vecinos de este lugar acudiessen a el adereço y amaño de la dicha puente y, después de fecho y adereçado todo lo nescesario, aquí acudió el concejo e toda la mayor parte de los vecinos deste dicho lugar, e para saber y entender si faltava algún vecino, se hizo apeo y memoria dello e paresció faltar los vecinos siguientes…

Es decir, al día siguiente, se tocó la campana del concejo para convocar a todos los vecinos al trabajo de componer el puente. En tan solo una jornada, con todos los vecinos que acudieron, quedó fecho y adereçado todo lo nescesario. Por estos indicios, podemos deducir que el pequeño puente debía ser una sencilla construcción, probablemente fabricada con materiales perecederos, pero que fuera suficiente para poder salvar ese arroyo o torrentera por el que cruzaba el camino real.

Terminada la tarea, el Concejo y todos los vecinos acudieron al lugar donde se solían reunir y que acostumbraba ser en “las casas del Pósito”, para saber y entender si faltava algún vecino. Entonces se hizo apeo y memoria dello, es decir, se pasó lista para saber quiénes habían acudido a trabajar y qué vecinos faltaban. Y se tomó nota de los que no estaban: Joan Martín Arias, María Xil Ciudad, Sebastián Calvo, Pedro Matheos, Diego Alonso, Joan Núñez, Joan Ximeno moço, Alonso Martín de Búrdalo, Alonso Díaz, Cristóbal Díaz, Sebastián Gómez, Pedro Corrales, Águeda García Ciudad, Martín Corrales, Joan Morales, Alonso Xil Sastre, Francisco Pérez, Miguel García, Marcos Sánchez Mansilla, Pedro Benito Sacristán, Alonso Sánchez Rubio, Alonso Martín Manchego, la de Blas Fernández del Barrio, Alonso Moreno, Nycolás Martín, Joan Conde, Francisco García Çapatero, Álvaro Gonçález, Aguirre, Martín Calvo moço, Joan de Nyeva, Diego Ximénez Sacristán, Alonso Gonçález Álvarez, Joan Redondo, Francisco González Sabina, Martín Sánchez Varnero, Blas Felipe Hernando, Martín Alonso moço, Antón González de Orellana, Lorenço Moreno y Miguel González Serrano, con protestación de pedir sobre ellos la pena impuesta en el auto.

El alcalde encargó que se diera vn mandamiento para que el alguaçil mayor, a quienes no habían acudido a la convocatoria, se les requiriera el pago de los dos reales, más las costas, que se había determinado en el auto del día anterior, salvo que se alegase caussa bastante y, entonces, se le quitará la dicha pena. Y quien no aportase la prenda, sea presso e puesto en la cárcel pública deste lugar.

Si tenemos en cuenta que, en un documento del 15 de agosto de 1623, se afirma que en la localidad había entonces 140 vecinos (entiéndase por vecino el cabeza de familia de cada casa), y que faltaron 40 personas, hubo un alto porcentaje de escaqueo para trabajar por el común.

 

Acuerdo para echar un contrafuego en la dehesa de este lugar. (18 de agosto de 1624)

En agosto de ese mismo año, se reunieron los vecinos en Concejo para otro asunto importante. Como el invierno había sido lluvioso y la vegetación había crecido de forma abundante, ese verano se enfrentaban a un mayor peligro para controlar los fuegos por la cantidad de pasto. Para enfrentarse a ello, ya se habían hecho contrafuegos, pero, dadas las circunstancias del año, no parecían ser suficientes. En el documento, se dice que por quanto el concejo deste dicho lugar tiene echada la raya a las dehessas y concexil del concexo deste dicho lugar y respeto de los grandes pastos que ay y los fuegos que cada día se levantan en vnas y otras partes conviene echar un matafuego a la dicha raya.

Parece ser que aquel año habían tenido que enfrentarse ya a varios fuegos, bien alimentados por la abundancia de pasto. El Concejo, para preservar la “Dehesa Boyal” y el “Concejil” de los incendios y para que el ganado que pastaba en el “común” tuviera alimento, acordaron hacer un “matafuego” al arrayo ya hecho. El matafuego era una quema controlada junto a un arrayo o camino para que, si hubiera algún incendio, al llegar a ese terreno que ya tenía la vegetación quemada, se ahogaran las llamas y fuera más fácil apagar el fuego. Al hacer la quema controlada, había que tener mucho cuidado para no provocar un incendio, y por ello, se necesitaba el concurso de mucha gente. Así se explica en el acta: que para que el dicho fuego no se suelte y ni haga daño y para la guarda y conservación de los montes y de los pastos de las dichas dehessas conviene que todo el lugar y sus vecinos acudan a ello.


Vemos, por tanto, que unos meses después del arreglo del puente, se vuelve a pedir la colaboración vecinal y, para ello, acordaron e mandaron que el dicho matafuego se heche mañana lunes diez y nueve deste dicho presente mes, e para ello acuda de cada cassa una persona, pena de dos reales que, desde luego, se aplican para gastos del dicho matafuego y del dicho concejo, y que se apregone... Y el 19 de agosto de 1624 estaban convocados todos los vecinos de la localidad a echar un matafuego en las fincas del común y, como en febrero, a quien faltare, se les impondría de multa la misma cantidad, dos reales, que servirían para los gastos del matafuego y del Concejo.

 

Era una forma distinta a las actuales de enfrentarse a las necesidades de la comunidad. Al participar directa y personalmente en la solución del problema que afectaba a la vida cotidiana de los vecinos, consideraban el común como propio y, de hecho, lo era. Es algo que hemos perdido, pues al pagarse los servicios con el erario público, hemos alejado “lo público” de ser “algo propio, algo nuestro”, aunque de hecho lo sea, porque los estamos pagando con nuestros propios impuestos.

 

Guadalupe Rodríguez Cerezo.