domingo, 1 de marzo de 2020

RETABLO DE LA IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA DE MADRIGALEJO



En los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y la Siberia, que se celebraron en Madrigalejo el 7 y 8 de octubre de 2016, con motivo del V Centenario de la muerte de Fernando el Católico (1516-2016), Antonia Loro Carranza y Guadalupe Rodríguez Cerezo presentamos el trabajo “Estudio del Retablo de la Iglesia de San Juan Bautista de Madrigalejo”, que a continuación reproducimos.
El artículo está publicado en las Actas de los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y la Siberia por SISEVA (Federación de Asociaciones Culturales de La Siberia, La Serena y Vegas Altas), en la imprenta de la Diputación de Badajoz. Badajoz, 2017. ISBN 978-84-697-2797-3.

INTRODUCCIÓN.

El retablo que exhibe el presbiterio de la iglesia parroquial de san Juan Bautista de Madrigalejo es una obra de arte muy interesante que merece ser estudiado en profundidad (Fig. 1). Ya ha sido objeto de atención en algunos trabajos[1], con los que se ha dado a conocer la importancia de la obra, el relato iconográfico (o la falta de él) y una detallada descripción. Sin embargo, existen todavía muchas lagunas, que conviene rellenar.

(Fig. 1)

No es nuestra intención colmatar estas lagunas; todo lo contrario. Nuestro propósito con este trabajo es suscitar interrogantes, sembrar interés en personas especializadas y plantear hipótesis para abrir nuevas líneas de investigación que pudieran llevar a un conocimiento más profundo de esta obra.
Por ello, hemos planteado esta comunicación atendiendo al siguiente esquema:

-Lo que vemos.
-Lo que sabemos.
-Lo que ignoramos.

En el apartado de “lo que vemos”, hacemos una descripción pormenorizada del retablo. En “lo que sabemos”, nos centramos en la figura de don Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia, gran constructor y a quien se debe el encargo del retablo. Veremos en qué manera la vida del obispo repercute en temas concretos del mismo. Por último, en “lo que ignoramos”, nos hacemos preguntas sobre la fecha y el autor, y nos detenemos de una manera especial, en las peculiaridades del banco. En esta parte del trabajo, a falta de fuentes documentales sobre las que trabajar, hemos empleado recursos metodológicos tales como la observación, el análisis, la comparación y la deducción, que nos han permitido esbozar una hipótesis sorprendente.

LO QUE VEMOS:

a) La Arquitectura.

El retablo mayor ocupa toda la pared frontal del presbiterio. Está fabricado en madera estofada y dorada. Como en la mayoría de los retablos, podemos distinguir el armazón arquitectónico, la obra escultórica (en relieve y en bulto redondo) y la obra pictórica, en pincel sobre tabla.
La estructura del armazón arquitectónico está perfectamente definida en banco, dos cuerpos y un ático, hacia lo alto, y tres calles, dos entrecalles y los guardapolvos laterales, a lo ancho. Una profusa decoración plateresca lo invade todo. Y es que podemos encontrar todo tipo de motivos decorativos ocupando los espacios que proporcionan los distintos elementos arquitectónicos del retablo: en pilastras, columnas abalaustradas, enjutas, hornacinas, entablamentos o en el tímpano.
La decoración plateresca, llamada así por imitar en piedra o en madera el trabajo de los orfebres, bebe de la tradición clásica tras los hallazgos, en 1490, de la Domus Aurea de Nerón. Y como se creyó en un principio que aquellos hallazgos eran “grutas”, al tipo de decoración que allí encontraron, se le llamó “grutescos”. Consisten los grutescos en combinaciones de seres fantásticos, vegetales y animales entrelazados, formando un todo. Cuando los grutescos se presentan dispuestos en franjas verticales, la decoración resultante se llama “a candelieri”.
Numerosos y variados grutescos aparecen distribuidos por todo este retablo y, a veces, dispuestos “a candelieri”, que es como lo encontramos en las pilastras del banco (Fig. 2) y en los guardapolvos, donde la decoración es especialmente rica y exuberante. El banco está formado por cuatro tablas de pincel y un hueco, separados por pilastras. Sobre las tres caras visibles de estas pilastras encontramos seres fantásticos, como sátiros, putti y desnudos masculinos, a veces con sus brazos alados, y en muchos de ellos, exhibiendo sus vergüenzas (Fig. 3). El mundo animal también aparece tratado con la misma fantasía en grandes aves, mantícoras, seres marinos, serpientes enroscadas y bucranios. El follaje es carnoso, con frecuencia, simétrico, y, a veces, con flores. Y objetos tan diversos como ristras de perlas, cráteras, panoplias, cintas, plintos o cartelas. Muchos de estos motivos volvemos a encontrarlos en los guardapolvos, y podemos añadir, además, escudos, veneras, caretas con rasgos amerindios y con orejas puntiagudas y tritones. Los guardapolvos están soportados por las espaldas de sendos desnudos atléticos.

(Fig. 2)
(Fig. 3)

El primer cuerpo y el segundo son muy parecidos (Fig. 4). El primero, por ser el principal, destaca en altura y por algunos elementos que no encontramos en el segundo. Las calles exteriores de los dos cuerpos están ocupadas por tablas de pintura, mientras que las entrecalles lo hacen por hornacinas aveneradas. La calle central del primer cuerpo está presidida por una hornacina de mayor tamaño. Y, en el segundo cuerpo, aunque hoy vemos una pintura sobre lienzo, hasta los años 60 del siglo pasado, existía el hueco para otra hornacina. Las calles y las entrecalles están separadas por columnas abalaustradas decoradas con grutescos, grutescos que también podemos ver sobre las hornacinas de las entrecalles. Y ambos cuerpos rematan con sendos entablamentos en los que destacan un friso de cabezas de angelotes alados.

(Fig. 4)

Como elementos distintivos del primer cuerpo encontramos las figuras de los cuatro evangelistas en relieve, que ocupan el espacio que queda entre las tablas de pintura y las hornacinas, de las calles exteriores y de las entrecalles, y el entablamento. También es diferente la hornacina central, que se encuentra sobre un relieve de una cabeza de angelote que insufla aire a dos cornucopias. Esta hornacina es avenerada y remata con casetones en los que encontramos, de nuevo, cabezas de angelotes. En sus enjutas se insertan dos ángeles que portan cada uno sendas bandas en las que puede leerse: NO SVRREXIT MAIOR IOANNE BAPTISTA, “entre los nacidos de mujer, no surgió nadie mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,11), a quien está dedicado el templo y a quien representa la imagen que cobija la hornacina.
En el ático (Fig. 5), seguimos encontrado la típica decoración de grutescos entre las hornacinas aveneradas y la tabla de pincel que ocupa el centro. A cada lado, un desnudo masculino atlético, acoplado a un arco terminado en volutas, remata las calles exteriores. Y, como colofón, el Padre Eterno bajo un arco de cabezas de querubines dentro de un tímpano curvo, flanqueado por los escudos que representan a la Virgen y su pureza: uno con el jarrón de azucenas y el otro con el anagrama de María.

(Fig. 5)

b) Escultura de bulto redondo.

Las imágenes de bulto redondo están distribuidas en las distintas hornacinas y todas son de madera policromada. Tan sólo las figuras que se encuentran en el segundo cuerpo son coetáneas del conjunto del retablo (Fig. 6 y 7). Nos estamos refiriendo a dos apóstoles, que son de difícil identificación, puesto que han perdido los atributos que permitieran reconocerlos.

(Fig. 6)
(Fig. 7)

 Uno de estos apóstoles apoya su pie derecho sobre lo que parece ser una figura, probablemente el demonio, y, dentro de los apóstoles, es a san Bartolomé a quien se le representa venciendo las tentaciones del maligno. Los dos parecen ser ejecutados por el mismo taller.
El resto de las esculturas que vemos en las entrecalles son de épocas y estilos diferentes, también de distinto tamaño. Esto es así porque nunca formaron parte del retablo mayor hasta que, en los años sesenta del siglo pasado, al ser vendidos los retablos[2] de los que formaban parte, se les buscó ubicación en las hornacinas que permanecían vacías durante siglos. En las hornacinas del primer cuerpo, encontramos dos esculturas que representan a san José, en la izquierda, y a san Antonio, en la derecha. Las hornacinas superiores están ocupadas por otras dos imágenes de san Antonio. La figura de la izquierda es una escultura para ser vestida y con los brazos articulados, que representa a un fraile con tonsura, que lleva un libro en la mano izquierda, y que en la peana lleva escrito: “ORA PRO NOBIS SANTO PATER ANTONº”. La otra figura, de menor tamaño, según el profesor Ordax[3], es un san Antonio que lleva el hábito de san Pedro de Alcántara y ha perdido el Niño que debía llevar en sus manos.
Tal y como se ha adelantado, la hornacina central del primer cuerpo está ocupada por la imagen de san Juan Bautista (Fig. 8). Vestido con piel de camello y manto, se apoya en el cayado de la Cruz de Cristo y señala, con el dedo índice, al Cordero de Dios. Es una imagen de bella factura que recuerda mucho al san Juan Bautista de la Catedral de Badajoz, tanto iconográfica como estilísticamente. Puede ser datado a principios del S. XVIII.

(Fig. 8)

c) Las  Pinturas.

Lo que sorprende del retablo, a primera vista, es la baja calidad de las pinturas, que contrasta con la belleza del conjunto. Nos referimos a las que se sitúan en el primer y segundo cuerpo y en el ático. Son tablas de pincel que no tienen relación unas con otras, que no contienen un relato.
La pintura que se encuentra en al ático representa al Espíritu Santo, en forma de paloma dentro de una aureola de luz, muy toscamente esbozada, y rodeada de un coro de cabezas de angelotes. La tabla está situada justamente debajo del relieve del Dios Padre. 
En el segundo cuerpo tenemos dos figuras de mártires: santa Catalina (Fig. 9), a la izquierda, y santa Lucia (Fig. 10), a la derecha. El patrón de ambas es el mismo: una mujer de pie, vestida con túnica ceñida y manto colocado en diagonal del hombro a la cadera; el rostro es inexpresivo y el cuerpo, más bien rígido, no tiene movimiento. Las dos van acompañadas por los símbolos de su martirio: santa Lucía porta sus ojos en una copa abierta y santa Catalina se acompaña de la rueda de cuchillos y la espada, la cual descansa sobre la cabeza del emperador Majencio, como alegoría de su derrota. Las dos portan la palma del martirio. En cuanto a la composición, en ambos casos, la escena se abre con un trozo de cortinón rojo en uno de los ángulos superiores, creando así la sensación de espacio, y el fondo es un paisaje estereotipado e irreal.

(Fig. 9)
(Fig. 10)

Además, en la calle central de este segundo cuerpo, desde la restauración que se realizó a la iglesia en 1964, se colocó en el hueco donde debería ir una hornacina una pintura al óleo de San Francisco, que anteriormente se encontraba en la sacristía y que durante mucho tiempo estuvo abandonado en la llamada “torrecilla[4]”. Nada tiene que ver esta pintura con las restantes del retablo y es de bastante más calidad.
En el primer cuerpo se sitúan S. Ildefonso (Fig. 11), a la izquierda, y un Padre de la Iglesia (Fig. 12), a la derecha. San Ildefonso está recibiendo la casulla de manos de la Virgen, ayudada por los angelitos. Su calidad es similar, tanto en factura como en pigmentos, a la de las santas mártires. En la otra tabla se representa a un Padre de la Iglesia, que porta libro, tiara y báculo. Se apoya sobre un altar y realiza un pequeño movimiento al girar levemente la cabeza para mirar a un punto indeterminado. Al igual que las otras obras comentadas, en el ángulo superior derecho, un cortinón rojo enmarca la escena y el fondo es un paisaje similar a los cuadros de las santas mártires antes comentadas. En el pie de altar pueden verse las letras S BLAS. De las cuatro pinturas, es la que tiene más calidad en el tratamiento de las telas y su casulla está enriquecida por unas pinceladas que producen la sensación de un brocado. En estos dos casos las tablas están rematadas por unas molduras diferentes al resto del retablo, molduras que parecen más propias del S. XVIII.

(Fig. 11)
(Fig. 12)

LO QUE SABEMOS:

a) Don Gutierre de Vargas Carvajal.

En el guardapolvo de la derecha del retablo (Fig. 13), un angelote sostiene las armas de don Gutierre de Vargas Carvajal (las ondas de los Vargas y la banda oblicua de los Carvajal, bajo capelo episcopal), por lo que no existe ninguna duda de que la obra fue realizada bajo los auspicios de este prelado, que fue obispo de la Diócesis de Plasencia entre 1523 y 1559.

(Fig. 13)

D. Gutierre era un hombre de su tiempo, un hombre renacentista, que se implicaba en todas las facetas que se le presentaran, por ello fue muy fecundo en todos los aspectos, y, entre ellos, destaca su intensa actividad constructora. Sus armas están desperdigadas por toda la Diócesis, tanto en edificios de nueva planta como en remodelaciones; así las vemos en Malpartida de Plasencia, en varias construcciones de las comarcas de la Vera y el Jerte, en Trujillo, Berzocana, Escurial, Zorita, en la comarca del Campo Arañuelo, en Guareña, Cristina, Medellín, Don Benito, Orellana la Vieja, etc. En Plasencia dejó su impronta de forma destacada en las obras de la Catedral Nueva, en cuyo mandato se levantaron las fachadas norte y meridional, así como las bóvedas de los pies de las naves. También intervino en otras iglesias de la ciudad y en la ampliación del palacio episcopal.[5]
A nivel particular, pues lo financió con su hacienda personal, ejerció su mecenazgo en Jaraicejo, de donde era señor temporal, con diversas construcciones como la iglesia parroquial, en diversos edificios públicos, como el ayuntamiento, y en el trazado urbanístico de la villa[6]. Y también en Madrid, pues a él se debe la construcción de la capilla del Obispo de la iglesia de San Andrés, que asumió la idea original del proyecto de su padre, don Francisco de Vargas. Este quería destinar la capilla a dar cobijo al cuerpo incorrupto del que con posterioridad sería canonizado como san Isidro Labrador. Al morir su padre, D. Gutierre asume el proyecto paterno pero termina siendo panteón familiar, para gloria de su linaje[7]. Su sepulcro, el de sus padres y el retablo que preside la capilla son obras del escultor renacentista Francisco Giralte.
Como hombre del Renacimiento multifacético, también buscó la fama patrocinando y financiando una gran empresa. Nos estamos refiriendo a la expedición que sufragó D. Gutierre a Oceanía a través del Estrecho de Magallanes. En 1536 obtuvo las capitulaciones del Emperador Carlos V gracias a su cuñado Antonio de Mendoza, entonces virrey del Perú, y a su relación con la Corte. Pero no fue hasta agosto 1539 cuando las llamadas “naves del obispo de Plasencia” partieron del puerto de Muelas, en Sevilla, camino de la aventura. Fue una expedición muy costosa, tanto por los recursos humanos como por los avituallamientos, que sufragó en solitario el obispo y que le dejó deudas, así como una serie de pleitos que tuvo que afrontar. Aunque la empresa fracasó porque naufragaron dos de las tres naves de las que estaba compuesto el grupo, sí es cierto que una de ellas atravesó el estrecho de Magallanes y llegó hasta Perú, y a su paso por los distintos accidentes geográficos que iban conociendo, los iban bautizando, lo que fue de gran servicio para la navegación posterior[8]. Todo esto viene a colación porque, en el retablo, se observan que es conocedor del estilo renacentista y, en sus grutescos, hay referencias a elementos venidos de ultramar (Fig. 14).

(Fig. 14)

Hemos hecho alusión a la relación que el obispo tenía con la Corte, relación que provenía tanto por su cuna como porque, de D. Gutierre, puede decirse que era un obispo cortesano. Nació en Madrid en el seno de una familia de gran peso en la vida política, judicial y eclesiástica del reino de Castilla a principios del siglo XVI. Su padre, Francisco de Vargas, fue privado de los Reyes Católicos y del Emperador Carlos V, detentando un sinfín de cargos y, entre ellos, fue miembro del Consejo Real de Castilla. El rey Fernando el Católico estimaba en mucho la opinión del licenciado Francisco de Vargas, tal es así que de ahí viene el proverbio castellano de decir, cuando una cosa es confusa y dudosa, “averígüelo Vargas”. También fue uno de los consejeros que acompañó al rey Católico en sus últimos días en Madrigalejo y con los que discutió su último testamento. Y su madre, doña Inés de Carvajal, pertenecía a una de las más ilustres familias extremeñas y estaba emparentada con los obispos de Plasencia don Juan de Carvajal (1449-1469) y don Bernardino López de Carvajal (1521-1523).
Debido a la condición de segundón en su familia, desde muy joven se le encauzó hacia la carrera eclesiástica, de tal forma que, siendo niño, fue nombrado abad y, a los 18 años llegó al obispado de Plasencia, sin vocación, sustituyendo a su tío don Bernardino López de Carvajal tras la muerte de este. El joven obispo fijó su residencia en Madrid, en lugar de morar en Plasencia, donde requería su cargo (recordemos que el absentismo era una práctica habitual en el alto clero de aquel tiempo). Y su vida era similar a la de cualquier cortesano de la época: era aficionado a las armas, se rodeaba de todo lujo y eran bien conocidos sus deslices amorosos.
Su relación con la corte propició que Carlos V le encomendara la misión de viajar a Italia para participar en la segunda parte del Concilio de Trento (1551-1552). Este viaje supuso un punto de inflexión en su vida, pues estuvo acompañado de personas con una gran preparación, y entró en contacto con miembros de la recién creada Compañía de Jesús, que ejercieron una gran influencia sobre él, sobre todo a partir de unos ejercicios espirituales dirigidos por el P. Laínez, en los que comenzó a cuestionarse el estilo de vida que había llevado hasta el momento y a sentirse indigno del cargo que ostentaba[9]. A su regreso a España, en Plasencia, conoció a Francisco de Borja, a quien se atribuye su conversión definitiva.
Tanto su condición de cortesano como su viaje a Italia le permitió estar en contacto con las nuevas tendencias artísticas, cosa que vemos reflejado en el retablo que estudiamos, como hemos indicado más arriba. 

b) Restauración del retablo.

Después de varios siglos, el retablo necesitaba una buena restauración. Esta fue realizada en 2008 por la empresa Talleres de Arte Granda, con los fondos aportados por la Junta de Extremadura. Durante seis meses, dos restauradores estuvieron trabajando en la retirada de polvo y suciedad superficial que se había acumulado durante siglos, en la fijación de dorados y de policromías, en la consolidación de la estructura, en la limpieza de policromías y de dorados, en la eliminación de repintes, en la reintegración cromática de lagunas y en el barnizado final de protección[10].
Lo más importante es que, con estos trabajos, se ha garantizado la conservación de esta obra de arte; además, ha mejorado bastante su aspecto, pues se ha recuperado la luminosidad de los dorados y de los colores, tanto de las pinturas como de los grutescos[11].
Y también ha habido sorpresas, como la evidencia de que la estructura del retablo fue alterada, en planta y en alzado, para adaptarlo al emplazamiento que ocupa. Además, al retirar los repintes de algunas esculturas, como la del san Antonio (Fig. 15) del primer cuerpo, ha variado el color de su vestimenta. Y tras el retablo, en el muro, se ha encontrado una decoración de esgrafiados, de los que no se tenían noticias de su existencia[12].

(Fig. 15)

LO QUE IGNORAMOS:

a) El autor.

Sabemos que el retablo lo encargó el obispo D, Gutierre de Vargas Carvajal, pero no tenemos ninguna referencia sobre el autor del mismo. Suponemos que las condiciones de la obra se establecieron en un contrato, como era lo habitual, y que ese contrato se archivaría. La cuestión está en que no tenemos ningún dato cierto sobre donde se firmó. Pudo ser en Plasencia, sede de la diócesis, o en Madrid, donde la familia del obispo tenía casa, o en Granada, donde es posible que D. Gutierre pasara temporadas al lado de la corte y donde, además, se están haciendo importantes obras en el estilo plateresco a mediados del siglo XVI.
Por la observación de los relieves podemos deducir algunas cosas. La primera de ellas es que trabajan dos autores y dos talleres. Los vamos a llamar A y B. Fijémonos en las tablas de relieve de los evangelistas, situadas por debajo del entablamento que separa los dos cuerpos del retablo. Hay claras diferencias, en la composición y en el estilo, entre las que están en los extremos y las dos centrales, separadas por la hornacina que contiene a San Juan Bautista, patrono de la Iglesia.
En cuanto a la composición, las de los extremos, S. Juan (Fig. 16) y S. Mateo, las atribuimos al autor A. Son figuras de cuerpo completo, sentadas en el suelo y con las piernas estiradas para adaptarse al espacio rectangular de las tablas. En las dos centrales, en tablas más cuadradas, (autor B), los apóstoles S. Marcos (Fig. 17) y S. Lucas están representados de medio cuerpo. En los cuatro casos, cada apóstol sostiene el libro de los evangelios y está acompañado por su símbolo correspondiente (el águila, el toro, el león y el ángel). Si observamos el estilo, también existen claras diferencias. Las figuras de los extremos son cuerpos animados por un intenso movimiento contenido, parece que el autor más que la perfección de los cuerpos, busca expresar personajes arrebatados por el fuego impetuoso de la fe. El tratamiento de las telas también contribuye a conseguir esta expresión. Son vestiduras movidas desde dentro y en el caso de Mateo, nos cuesta trabajo vislumbrar el cuerpo que existe bajo ellas porque da la impresión de un remolino de ropas en torno a un vacío. Por el contrario, en las tablas centrales nos encontramos con personajes más corpulentos y estáticos. También hay diferencias en las características de sus rostros: los que corresponden a autor A son alargados y enjutos, mientras que los que corresponderían al autor B, son rostros más cuadrados y carnosos. También hay diferencia en la policromía: en san Juan y en san Mateo predominan colores más oscuros, mientras que en san Lucas y san Marcos, predomina tonos dorados y pardos.

(Fig. 16)
(Fig. 17)

Siguiendo este planteamiento, el bello relieve que representa al Padre Eterno (Fig. 18) y que remata el ático pertenecería al autor B, mientras que los desnudos masculinos, en bulto redondo que rematan el ático por sus extremos, con rostros alargados y con una anatomía bastante esquemática, corresponderían al autor A. En las pilastras del banco seguimos encontrando diferencias: el desnudo masculino que coquetea con la serpiente, situado en la pilastra del extremo izquierdo, correspondería al autor A y los faunos y sátiros del resto de las pilastras, con un exquisito modelado y una anatomía perfecta, corresponderían al grupo B (Fig. 19). Y, por último, las carátulas que se sitúan en la base de los candeleros laterales (Fig. 14), nos merecen una atención especial. ¿Son un tema más incorporado al resto de temas clásicos de los grutescos, o son auténticos retratos? Su diferenciación hombre-mujer, con rasgos muy peculiares e individualizados, y su ornato con casquetes de penachos, mueve a creer que son retratos de indios americanos, habida cuenta del interés y fascinación que sentía el obispo por los descubrimientos del Nuevo Mundo y la existencia de pueblos amerindios de ojos rasgados en la zona andina de Colombia. Siguiendo con el estudio del autor, estas caretas pertenecerían al grupo B.

(Fig. 18)
(Fig. 19)

b) La fecha del contrato

Constatamos una serie de datos que nos dan pie a afirmar que el contrato se firma a mediados del siglo XVI, posiblemente antes de 1551. Son los siguientes:
La manera en que los autores tratan los relieves de los grutescos. El alzado y volumen de los mismos coinciden con la moda y el estilo del último cuarto del reinado de Carlos I. Hay un primer plateresco muy marcado por el clasicismo grecorromano, en el que los temas vegetales de los grutescos recuerdan los relieves del Ara Pacis de Augusto, donde predominan finos roleos con poco volumen y poco movimiento. A medida que el estilo avanza se va aumentando el alzado, la vegetación se hace más carnosa y las fantasías más animadas. Recordemos la fachada de la Universidad de Salamanca. El primer cuerpo de la misma se corresponde con el reinado de los RRCC y es representativo del primer plateresco, y el segundo cuerpo, que se corresponde con el reinado del Carlos I, representa al segundo, más afín al estilo de nuestro retablo.
El tema de las “fantasías”. Con este término nos referimos a los seres fantásticos que acompañan al tema vegetal en los grutescos. En el retablo estas fantasías están formadas por amorcillos o putti y por lascivos sátiros alados o no, y en algunos casos en actitud un tanto obscena. Esto, unido a la proliferación de desnudos, como los situados en el ático o los que en actitud de atlantes soportan el peso de los “candelieri” laterales, da a la obra un marcado carácter pagano e irreverente, poco adecuado para mover a los fieles a la devoción. Más bien podíamos pensar que favorece la distracción e, incluso, los malos pensamientos. Todo esto encaja con la situación anterior al Concilio de Trento (1545-1563). Por un lado, los artistas están entusiasmados con los hallazgos que se van haciendo en Italia de restos grecorromanos y los copian en su integridad (¿sería mucho suponer que el autor de estos grutescos ha visto in situ esos restos?). Por otro, la situación del clero católico deja mucho que desear. Como ya se ha comentado, las altas jerarquías viven más como grandes señores que como religiosos y, en lo referente al arte, están a la altura de los grandes mecenas laicos. A la hora de sufragar un retablo o cualquier otra obra, piensan más en seguir la moda que en procurar la devoción de los fieles.
El Concilio de Trento supone un punto y final a esta situación. Los decretos conciliares buscan mejorar la moralidad y la formación del clero, de manera que marcan un antes y un después en la evolución de la Iglesia, y de paso, en el arte. Recordemos lo ocurrido en el Juicio Final de la Capilla Sixtina: Miguel Ángel pintó desnudos a los personajes y en 1564, en virtud de lo decretado en Trento, se ordenó el “cubrimiento de las partes obscenas”, encargando a Danielle Ricciarelli da Volterra que pintara paños de pureza.
En el caso de nuestro retablo, la traza debió hacerse con el mismo espíritu renacentista paganizante que imperaba en la Italia de Miguel Ángel, es decir, antes del Concilio de Trento. No olvidemos que el obispo D. Gutierre estaba a la última en los gustos renacentistas por su proximidad a la Corte. Es normal que siguiera el gusto de la época.
 Como hemos dicho más arriba, la relación del obispo con el Concilio de Trento fue muy especial y va a suponer para él una experiencia de conversión. A partir de entonces vive de manera ejemplar. Es impensable que, tras esta transformación, hubiera aceptado la traza que se hizo.

c) El banco

Damos una especial importancia al estudio del banco del retablo porque, además de hacer un análisis de la realidad, nos va a permitir dejar volar la imaginación y apuntar una hipótesis que, de llegar a conclusiones ciertas, daría al retablo un valor añadido muy interesante.
La realidad que constatamos es la siguiente: lo habitual en los retablos es que los distintos espacios de un banco, creados por columnas o por pilastras, estén ocupados por relieves o pinturas que mantengan una unidad temática. Por ejemplo, los evangelistas, escenas de la vida de la Virgen, escenas de la vida de Jesús, etc. En el caso que nos ocupa no ocurre así, sino que el banco está decorado por tablas de pincel de tema y tamaño diverso. La situada al lado de la izquierda desarrolla el tema de La Visita de la Virgen a su prima santa Isabel (Fig. 20) y tiene un especial encanto. Su iconografía[13] se corresponde con modelos venecianos y flamencos del siglo XVI. Ante un fondo arquitectónico con un gran arco de medio punto, figuran cuatro personas: la Virgen y santa Isabel, de pie, yendo al encuentro la una de la otra, y sus respectivos maridos, José y Zacarías, que se saludan más rezagados. Parece una escena de la vida cotidiana. San José lleva en la mano el hatillo y el sombrero que le han acompañado en el viaje. Como curiosidad constatamos la presencia de un trozo de cortinón rojo que mata el ángulo superior izquierdo de la tabla, recurso de perspectiva que ya hemos visto en otras tablas del retablo. Esta manera de tratar el tema de la Visitación no prosperó en la Europa trentina, porque la presencia de S. José no es acorde con el texto bíblico, según el cual José se enteró del embarazo milagroso de su esposa por la revelación del ángel en un sueño y no por el canto de Isabel reconociendo a la Madre de su Señor con un embarazo de apenas tres meses. Es el cuadro que tiene más calidad de todo el retablo, no solo por su factura, sino también por los pigmentos que emplea, especialmente los rojos y amarillos. Por el atuendo de las damas y por lo familiar de la escena, creemos que podría pertenecer a la escuela flamenca.

(Fig. 20)

El resto de las tablas podrían ser del mismo autor y de menor calidad que la anteriormente comentada. En el otro extremo hay un san Francisco, de proporciones cuadradas. Está tratado de medio cuerpo, adorando el crucifijo y con los estigmas de la pasión en sus manos. En las zonas centrales de la predela están situadas dos tablas de menores proporciones y rectangulares. Una está dedicada a san Miguel, jovencito, pisando al diablo y blandiendo la espada flamígera con un airoso movimiento de su cuerpo, y la otra a santa Inés, acompañada de su símbolo, el cordero. Su figura está tratada de igual forma que las otras santas del retablo.
Llegados a este punto, nos planteamos unas cuestiones: ¿cómo pintura de tan baja calidad, exceptuando la tabla de la Visitación, están en un retablo de tan rica arquitectura? ¿Es posible que sean anteriores al retablo y que éste haya sido diseñado para albergarlas? En este caso, serían tablas con otro tipo de valor que no fuera el pictórico. Y nos planteamos una pregunta a modo de hipótesis: ¿es posible que dichas pinturas pertenecieran a la casa de Isabel la Católica?
Hagamos un repaso de algo de lo ocurrido a comienzos del S. XVI. Tras la muerte de Isabel en noviembre de 1504, Fernando ordena que todos los bienes personales de la Reina, que en su mayoría estaban en el alcázar de Segovia, se concentren en Toro para ser vendidos en almoneda. Se eligió esta ciudad porque Fernando había convocado Cortes en ella para aclarar la cuestión de su regencia, tal y como lo dejó dicho Isabel en el codicilo que unió a su testamento. La finalidad de la venta era conseguir fondos para pagar las deudas que la Reina había contraído a lo largo de su vida y había dejado pendientes de pago. Así lo dejó dicho en el testamento que firmó, estando ya muy enferma, el 12 de octubre de ese mismo año. La misma Reina designó a sus testamentarios: “lo que estoviere en moneda” sería administrado por Juan López de Lezárraga; “todas mis ropas e joyas e cosas de oro y plata, e otras cosas de mi cámara y persona, e lo que yo tengo en otras partes cualesquiera, “se encomendó a Juan Velázquez[14]. El primero en abrir la almoneda fue el rey Fernando, que rescató el collar de balages, regalo de bodas que hizo a su esposa, y la corona rica.
Es muy probable que las personas allegadas a Isabel y miembros de la Corte, fueran los primeros en adquirir objetos de su pertenencia. Hemos citado el caso de su marido y conocemos también que la Custodia de Arfe, de la Catedral de Toledo, contiene en su interior una pequeña custodia de oro que Isabel la Católica mandó hacer con el primer oro que llegó de América y que fue adquirida en la testamentaria regia, siguiendo órdenes de Cisneros, por el canónigo toledano Álvar Pérez de Montemayor, siendo el precio pagado por ella de 134.816 maravedís[15].
Siguiendo esta línea de razonamiento, podemos suponer que se arbitrara algún procedimiento para que personas allegadas a la corte pudieran adquirir objetos personales de la reina sin tener que desplazarse a Toro. De esta manera, D. Francisco de Vargas, contino de los Reyes, podía haber adquirido objetos más o menos valiosos, entendiendo por valor no solo el monetario sino también el afectivo; es decir, objetos por los que la reina tuviera un apego especial. En este capítulo entrarían tablas de contenido religioso que la reina llevaba consigo en los desplazamientos de la corte y con las que su camarero y otros personajes habituales de la misma estaban familiarizados. Estos objetos estarían asentados en los libros de cuenta de Sacho Paredes Golfín, camarero de la Reina. Recordemos que el tema de estos cuadros son de especial significado para Isabel: la alusión a su nombre, en la Visitación; la profunda devoción que tuvo por S. Francisco, con cuyo hábito pidió ser enterrada; la devoción a S. Miguel, defensor frente a los ataques del demonio y cuyo nombre se puso a su primer nieto, hijo de la reina de Portugal y princesa de Castilla y Aragón, llamado a heredar todas las coronas de la península; y, por último Santa Inés, protectora de las jovencitas, protección muy necesaria para las infantas que, muy jóvenes, tuvieron que contraer matrimonio por razones de Estado.
Para terminar, ofrecemos una hipótesis en libre disposición para quien quiera utilizarla. Es la siguiente: las tablas del banco, pertenecieron a Isabel I de Castilla.  Las compró D, Francisco de Vargas y las heredó de su padre nuestro obispo D, Gutierre de Vargas Carvajal. El retablo fue construido para albergarlas y dónde mejor que situar el retablo que en la Iglesia Parroquial de Madrigalejo, lugar donde murió Fernando el Católico, esposo de Isabel. Con esta afirmación reiteramos nuestro deseo de picar la curiosidad de documentalistas e investigadores para que realicen un trabajo que a nosotros nos desborda porque no estamos capacitadas para hacerlo.

 Antonia Loro Carranza.
Guadalupe Rodríguez Cerezo.


BIBLIOGRAFÍA:

- L. M. del AMO HORGA: La Iconografía de la Navidad. I: Ciclo de la Navidad o Encarnación. Universidad San Pablo CEU. Madrid.
- J. CADIÑANOS BARCELI: “Los Jesuitas en Plasencia: de colegio a hospital”.  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de estudios históricos. Plasencia, 1990.
-A. FERNÁNDEZ HOYOS: El Obispo Don Gutierre de Vargas, un madrileño del Renacimiento. Caja Madrid. Madrid, 1994.
- J.R. FERNÁNDEZ OXEA: “Iglesias cacereñas no catalogadas”. Revista de Estudios Extremeños. Tomo XV. Año 1959.
- F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana en tiempos del obispo Don Gutierre de Vargas Carvajal (1523-1559).  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de Estudios Históricos. Plasencia. 1990.
-Gran Enciclopedia Extremeña. Edex. Mérida. 1989.
- Iglesia en Plasencia. (Publicación quincenal de la  Diócesis), nº 295, 9 de  noviembre  de  2008.
- A. PÁRRAGA SÁNCHEZ: “Semblanzas de D. Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia (1524-1559) y de su expedición al estrecho de Magallanes”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 2006.
-A. PRIETO CANTERO. Casa y descargo de los Reyes Católicos. Instituto Isabel la Católica de Historia eclesiástica. Valladolid, 1969.
-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf. Badajoz. 2008.
-G. RODRÍGUEZ CEREZO. “El obispo don Gutierre de Vargas Carvajal.” Revista de Talarrubias. Nº 23. Agosto, 2011.
-A. de la TORRE y del CERRO. Testamentaria de Isabel la Católica. Instituto Isabel la Católica de Historia Eclesiástica. Valladolid, 1968.







[1]- J.R. FERNÁNDEZ OXEA: “Iglesias cacereñas no catalogadas”. Revista de Estudios Extremeños. Tomo XV. Año 1959.
-F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana en tiempos del obispo Don Gutierre de Vargas Carvajal (1523-1559).  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de Estudios Históricos. Plasencia. 1990.
-Gran Enciclopedia Extremeña. Edex. Mérida. 1989.
-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf. Badajoz. 2008.

[2]Se trata de varios retablos laterales que se encontraban distribuidos en diferentes lugares de la iglesia y que se vendieron  siguiendo la corriente surgida tras el Concilio Vaticano II, por la que sobraba todo ornato innecesario en los templos.
[3] En conversación con el profesor D. Salvador Andrés Ordax contemplando el retablo.
[4] Espacio que queda entre las bóvedas y el tejado de la iglesia.
[5] F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana placentina en tiempos del obispo D. Gutierre de Vargas Carvajal (1523-1559)”. Op. cit. Pág. 563- 572.
[6] Ibidem. pág. 566.
[7]A. FERNÁNDEZ HOYOS: El Obispo Don Gutierre de Vargas, un madrileño del Renacimiento. Caja Madrid. Madrid, 1994. Pág. 161, 162,163, 164 y 184.
[8] Alfonso PÁRRAGA SÁNCHEZ: “Semblanzas de D. Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia (1524-1559) y de su expedición al estrecho de Magallanes”. Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo. 2006.
[9] A. FERNÁNDEZ  HOYOS: El obispo… op.cit., F.J. GARCÍA MOGOLLÓN: “La arquitectura diocesana…” pág. 563 y J. CADIÑANOS BARCELI: “Los Jesuitas en Plasencia: de colegio a hospital”.  VIII Centenario de la Diócesis de Plasencia (1189-1989). Jornadas de estudios históricos. Plasencia, 1990, pág. 519.
[10] Iglesia en Plasencia. (Publicación  quincenal  de  la  Diócesis), nº 295, 9 de  noviembre  de  2008, Página 2.
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[13] Luz Mª del AMO HORGA: La Iconografía de la Navidad. I: Ciclo de la Navidad o Encarnación. Universidad San Pablo CEU. Madrid.
[14] Antonio de la TORRE y del CERRO, Testamentaria de Isabel la Católica. Instituto Isabel la Católica de Historia Eclesiástica. Valladolid, 1968.
[15] Amalia PRIETO CANTERO, Casa y descargo de los Reyes Católicos. Instituto Isabel la Católica de Historia eclesiástica. Valladolid, 1969.


domingo, 9 de febrero de 2020

¿QUÉ APORTA EL SECTOR AGROPECUARIO A LA SOCIEDAD?



 La agricultura y la ganadería siguen siendo actividades necesarias en el mundo de hoy y deben ser prioritarias en cuanto a su atención por parte de la sociedad, pues aportan mucho más de lo que reciben. Aquí se muestran unos ejemplos, a los que se pueden añadir algunos más:


 Proporciona productos de primera necesidad.
El ser humano necesita satisfacer unas necesidades básicas: son las llamadas necesidades de subsistencia. No descubrimos nada nuevo diciendo que la nutrición es imprescindible para la vida de los seres vivos, y, por tanto, la alimentación es una necesidad de subsistencia. El sector agro-ganadero es el encargado de producir alimentos para que la población tenga satisfechas sus necesidades alimenticias básicas.
Todos y cada uno de los profesionales y trabajadores, desde sus respectivos oficios y empleos, son provechosos para la sociedad, pero los trabajadores del campo, de un modo especial, son imprescindibles. Sus productos se consumen, al menos, tres veces al día, y además aportan materia prima para la transformación de otras manufacturas. Por todo ello, el agropecuario es un sector estratégico.



Los productos agro-ganaderos españoles reúnen todas las exigencias y controles sanitarios y de calidad que exige la CEE.
La agricultura y la ganadería actual buscan ser competitivas. Procuran conseguir la mayor producción posible y al mismo tiempo se afanan por generar productos de calidad en cuanto a tamaño, a enteros –en caso del cereal- y, sobre todo, para poder ofrecer productos sanos. Sin embargo, la sanidad vegetal y animal no es solo un afán de los agricultores y ganaderos, sino que es una obligación. Y esta obligación está regulada e inspeccionada por la administración. A los productos agroalimentarios españoles se les exigen unos estándares de calidad y sanidad, y por ello son inspeccionados regularmente.
Para llegar a obtener estos estándares de sanidad y calidad, el coste de producción lógicamente se incrementa, porque no se puede emplear cualquier sustancia fitosanitaria. Existe un listado de pesticidas cuyo uso está totalmente prohibido en todo el territorio de la Unión Europea. Para hacer frente a las malas hierbas y a las enfermedades fitosanitarias, se emplean productos cada vez más selectivos, con una materia activa que vaya al meollo del problema y, al mismo tiempo, no sean nocivos para el consumo humano. Hay que hacerse una pregunta necesaria ¿Los productos agroalimentarios que entran de terceros países a un precio inferior reúnen las mismas garantías fitosanitarias que los nuestros? Esto se llama competencia desleal.




La ganadería y la agricultura contribuyen a conservar el medio ambiente.
Las plantas generan más oxígeno del que consumen, por tanto, nos proporcionan el oxígeno que necesitamos para respirar. Si los agricultores cultivan plantas, nos están proporcionando oxígeno, además de alimentos y materias primas. Pero las plantas también fijan el suelo, regulan la humedad y contribuyen a la estabilidad del clima –lo dice la FAO-. Es más, las explotaciones agropecuarias constituyen un freno al preocupante avance de la desertificación. Y los rebaños en ganadería extensiva realizan una importante labor de desbroce, esencial para impedir la propagación de los incendios forestales en verano.   
Con todo ello, también se achaca a los agricultores y ganaderos que contaminan. Sin embargo, están haciendo un gran esfuerzo en este sentido, pues los productos fitosanitarios que están obligados a emplear en sus explotaciones son cada vez más respetuosos con el medio ambiente y van dirigidos al mal que pretenden erradicar. Es lo que se llama agricultura sostenible
Aunque sea de obligatorio cumplimiento, el coste del empleo de los productos fitosanitarios selectivos lo asume el agricultor, pues supone para él un incremento importante en los gastos y una merma en su producción, porque estas sustancias son menos efectivas. Al mismo tiempo, las explotaciones agrícolas de terceros países, cuyos productos compiten en precio con los nuestros, no tienen ninguna limitación en cuanto al empleo de este tipo de sustancias. 




El sector agropecuario crea empleo y riqueza.
Aparte de la mano de obra directa que necesitan las explotaciones agro-ganaderas, también precisan una serie de servicios indispensables para sacar adelante su producción. Existen una serie de negocios que se mueven alrededor del sector agropecuario, como son las casas de semillas, productos fitosanitarios y piensos, talleres, carburantes, cosechadoras, empresas de servicios agrícolas, ventas de maquinarias, gestorías, transporte, industrias agroalimentarias… Toda una riqueza en puestos de trabajo que desaparecería si se van abandonando las explotaciones agrícolas y ganaderas.   




El sector primario fija población en el mundo rural.
De ese empleo y riqueza del que hemos hablado anteriormente, viven familias que habitan el mundo rural. Y todos ellos necesitan unos servicios sanitarios, educativos, de seguridad, administrativos, comerciales, relativos a la construcción, lúdicos, deportivos, …; todos ellos contribuyen a fijar población en el territorio, en los pueblos.




La población rural contribuye a conservar el patrimonio.
Conforme va desapareciendo la vida en los pueblos, se va perdiendo un ingente patrimonio cultural, ya sea material, como inmaterial en cuanto a tradiciones, transmisión oral, gastronomía… Los habitantes de las zonas rurales contribuyen a conservar sus iglesias, ermitas, edificios históricos y significativos… a mantener vivas sus tradiciones, sus romerías, procesiones, sus bailes, su música… y su patrimonio natural.



Después de todo lo dicho, ¿no merecen los ganaderos y agricultores ser mimados por la administración y por la sociedad?

Y, a cambio, el agricultor y ganadero no puede poner precio a sus productos. Mientras los servicios que utiliza van encareciéndose de día en día, algunos productos agrícolas se pagan hoy al mismo precio que hace 30 años.

Si bien, en compensación a las exigencias agroambientales y de pérdida de competitividad para mantener unos precios bajos, se les incentivan con las ayudas de la P.A.C. (Política Agraria Comunitaria), estas ayudas se van reduciendo sensiblemente con cada revisión de la P.A.C. (ya van unas cuantas) y, por tanto, la pérdida de renta es palpable.

Sus productos se crían a la intemperie, es decir, su producción depende de cómo se comporte la climatología. Y, como no tiene puertas el campo, sus explotaciones se enfrentan a las veleidades de los amigos de lo ajeno.

Los productos agropecuarios siempre son moneda de cambio en las negociaciones con terceros países para defender determinados “sectores estratégicos”. ¿No es el sector primario un sector estratégico que habría que cuidar y mimar?

Y a todo ello se suman los inconvenientes de vivir en el mundo rural: las urgencias médicas pueden estar a más de 20 Km. de distancia o su hospital a más de 100 Km.; las vías de comunicación dejan mucho que desear; las conexiones a Internet son aún muy deficientes; la educación de sus hijos supone un gran coste, por la lejanía a los centros universitarios, y por el desarraigo familiar, social y cultural que provoca… por señalar algunas.

Y, aun así, ¿no tienen derecho a lanzar su voz?

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

miércoles, 22 de enero de 2020

23 de enero de 1516.



 En la fría madrugada del 23 de enero de 1516, el rey Fernando el Católico fallecía en la Casa de Santa María de Madrigalejo. Por entonces, Madrigalejo era una aldea de algo más de 800 habitantes, perteneciente a la jurisdicción de la ciudad de Trujillo. Si lo miramos desde la mentalidad actual, puede resultar extraño que un acontecimiento de aquella magnitud, hubiera tenido lugar en un humilde pueblo de la entonces provincia de Extremadura. Sin embargo, al adentramos en la historia de hace 500 años, se hace patente que fue un suceso fruto de los tiempos, en el que concurrieron una serie de circunstancias, a las que me voy a referir sucintamente.

En aquel tiempo, no existía una capital del reino, sino que la Corte era itinerante; allí donde se encontraba el Rey y todo su aparataje, allí estaba la Corte. Era una Corte en continuo movimiento, y más en los últimos años, cuando el rey Fernando no se encontraba a gusto en ningún lugar como consecuencia del deterioro de su estado de salud.

Fernando el Católico. (Zubbita)

Aquí enlazamos con otra de las circunstancias, porque el rey estaba muy enfermo. Llevaba tres años en los que su salud estaba cayendo en picado, pero justamente en los últimos meses de su vida, las crónicas van dejando ver que, al rey, le quedaba poco tiempo de estar en este mundo, a pesar de que él mismo no era consciente de su situación.

Además, porque pensaba que sería algo pasajero y que mejoraría, había hecho sus planes. Unos planes que le iban a llevar a Andalucía, pero antes, quería pasar por Guadalupe. El camino elegido para llegar al Monasterio era el camino real que pasaba por Madrigalejo y que el rey conocía perfectamente, pues lo había hollado en varias ocasiones.

Y junto al camino real, en el mismo lugar de Madrigalejo, el Monasterio de Guadalupe disponía de una casona de labranza, la Casa de Santa María. Este edificio, sin ser una hospedería, sin embargo, estaba contemplado que pudiera alojar a ciertos personajes, y algunos de ellos fueron reyes. Al mismo Fernando el Católico había albergado con anterioridad en otros de sus viajes.

Casa de Santa María

Aquel mes de enero de 1516, cuando el rey Fernando, portado en andas y rodeado por parte de su Corte, viajaba por el camino real hacia Guadalupe por las cercanías de Madrigalejo, se agravó su estado de salud, fue llevado hasta la mejor casa de los alrededores, la Casa de Santa María. Y aquí pasó los últimos días de su existencia.

Fueron aquellos unos días intensos, en los que se vivieron momentos especialmente delicados desde el punto de vista humano, como suelen ser los de cualquier persona que se enfrenta al hecho de la muerte. Pero, sobre todo, se produjeron acontecimientos trascendentales, que iban a marcar el rumbo de la historia. La presencia del embajador del entonces príncipe Carlos en nuestra localidad, Adriano de Utrech, ya es síntoma de que algo se estaba cociendo; así como la reunión del rey en su lecho de muerte con sus consejeros, en la que, con el mayor secretismo, se decidió hacer un nuevo testamento.

La Decisión. (Sojo)

Un testamento suele ser uno de los documentos más importantes que puede firmar cualquier persona en su vida, y si el testador es el rey más influyente de comienzos del siglo XVI, nos daremos cuenta de su gran valor. No era tanto por las riquezas personales que pudiera dejar, sino por el legado político que supuso el traspasar la soberanía de un conjunto de reinos para ser ceñidos en una sola Corona, así como por haber dejado bien atado el relevo a través de la regencia, ya que la reina que debería ejercer el gobierno no estaba capacitada para ello.

Facsímil del Testamento de Fernando el Católico.

Al atardecer del día 22 de enero, con mano temblorosa, el rey Fernando el Católico firmó su testamento en la Casa de Santa María de Madrigalejo. Poco después, entró en agonía y, en la madrugada del día 23 falleció. A partir de ese momento, las coronas de Castilla y de Aragón, y los reinos de Granada y Navarra, comenzaron a caminar unidos en un mismo transcurrir histórico hasta el día de hoy, formando la Nación Española. Lo que llena de orgullo a todo madrigalejeño. 

Texto de G.Fernández de la Mora. 
Interior de la Casa de Santa María.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

martes, 12 de noviembre de 2019

VAMOS A CALLEJEAR 8. CALLE DE LA TABLA.



 Terminamos el recorrido de la visita en la calle de la Tabla, que toma el nombre porque desembocaba en una de las tablas más profundas que tenía el río Ruecas a su paso por Madrigalejo: la tabla Caballona. Y como Tabla Caballona se conocía desde antiguo a esta vía, donde habitaban 15 familias en 1829 y 35, a mediados del siglo XIX.



El 22 de febrero de 1930, la Corporación municipal decidió por unanimidad poner el nombre de “Custodio Romero” a la calle de la Tabla, en agradecimiento a la persona que, desde Madrid, había intervenido directamente en la gestión de las obras de las vías públicas que se estaban proyectando por entonces en Madrigalejo. Eran las obras del ferrocarril, caminos vecinales y la carretera, en las que estaba incluido el puente sobre el Ruecas. Durante escaso tiempo llevó este nombre la calle, pues al llegar la II República, recuperó el secular de la Tabla.

Cuando se construyó el puente, allá por 1930, la calle de la Tabla se convirtió en la vía principal de entrada a la localidad, desbancando a la calle del Río. Pero al principio, la calle no contaba con la anchura suficiente para el tránsito que comenzaba a tener, por lo que fue necesario realizar algunas modificaciones. Una de ellas fue construir una rampa de acceso desde la calle hasta el puente, obra que fue aprobada por el Ministerio de Obras Públicas en 1933. Otras reformas fueron ensanchar la calle en su parte final y proceder a su alineación hasta la plaza, obras que se proyectaron en 1933 y que, para materializarse, fue necesario expropiar cinco fincas urbanas.

Mucho se podría contar de historias y anécdotas ocurridas en esta calle, que nos harían alargarnos demasiado. Pero no podemos dejar de contar la siguiente:
 En la calle de la Tabla se hallaba el comercio del Sr. Enrique. Era una tienda de aquellas en las que uno podría encontrar todo género de existencias. Cierta noche, cuando todo el mundo estaba dormido, visitaron la tienda los amigos de lo ajeno. Y sin saber cómo, porque nadie vio ni oyó nada, al día siguiente, se encontraron el comercio totalmente vacío. 

Pero volvamos nuestra mirada a la tabla Caballona. Ocupaba el lugar donde hoy se alza el puente y, tras cuya construcción, pasó de tabla profunda a humilde chorrera y, posteriormente, a lo que hoy podemos contemplar, un cauce repleto de maleza. Sin embargo, la Caballona fue en su tiempo una tabla de gran riqueza. La pesca en ella estaba vedada todo el año, porque era reserva piscícola del Ruecas. Solo un día se les permitía a los pescadores profesionales pescar en ella, la víspera de la Feria.
Y en las profundidades de la tabla Caballona, nos decían de niños, habitaba un personaje singular, un pez mulo, dispuesto a comerse a los que se aproximaran a ella. Por transferencia, y con la misma finalidad, todos los pozos del pueblo tuvieron su propio pez mulo, pero nunca pudimos verlo ni saber con certeza qué figura tenía. Esto…hasta que Jonatan Carranza nos ha mostrado su interpretación personal del mulo que, sin duda, nos ayudará a mantenerlo en la memoria.

Pez Mulo.
Obra de Jonatan Carranza.

No queremos dejar de hablar del Lagar de San Jerónimo, o Bodega del Sr. Curro Broncano o del Sr. Sebastián Rubio, pues así era conocido un edificio de gran antigüedad que desapareció con las recientes obras del encauzamiento del río. Estaba situado en la misma curva de la carretera. Aquella construcción era la bodega que tenía el Monasterio de Guadalupe en Madrigalejo, una magnífica nave con capacidad para más de 50 conos, algunos de los cuales hacían 500 arrobas. En su fachada tenía una hornacina que cobijaba a la imagen de San Jerónimo, por lo que más que una bodega, en el exterior daba la sensación de ser una ermita.

Y nos despedimos con una estampa de las que era frecuente encontrar, en unos tiempos no muy lejanos por la ribera del río, y que ha servido de inspiración a Pedro Almodóvar para rodar una secuencia de su última película, Dolor y Gloria.


Última escena: Las Lavanderas (Alba Blázquez, Paqui Serrano, Belén Manzanedo) con las incursiones de un ranero (Juan Antonio Carrero), un vinatero (José Luis Sojo) y una madre con sus hijos (Sherezade Sojo con los niños Pablo y Daniela).
-Ranero.- ¡Buenos días, lavanderas!
-Lavanderas 1, 2 y 3.- ¡Buenos días, tío Ranero!
-Ranero.- ¡Buenos cestos de ropa tenéis hoy pa lavar!.
-Lavandera 1.- La de toa la semana, que no es moco de pavo.
-Lavandera 2.- ¿Qué? ¿Ya va usted a la tarea? ¿No le quedarán unas dos docenas de ranas pa venderme?
-Ranero.- Recién limpias están y enristrás en las juncias.  Anoche estuve con el carburo cazándolas y no se dio mal la cosa. Ya está mi María prepará con el baño pa salir a venderlas.   
-Lavandera 2.- A ver si tengo suerte y le quean algunas pa cuando me recoja.
-Lavandera 3.- ¿Pos no has puesto el esquero en la chorrera?
-Lavandera 2.- Y bien untao con migas de pan, pa que entren muchos peces… pero somos tantas bocas a comer…
-Ranero.- ¡Bueno, con Dios! Me voy a la faena. Ahí os dejo con el tío Perico (sale de la escena)
-Lavandera 1, 2 y 3.- ¡Con Dios!
-Lavandera 1.- ¡Buenos días tío Perico! ¿Ya va usted pa la bodega?
-Tío Perico.- ¡Buenos día nos dé Dios! Allá voy, a mecer los conos, y pa lo que se tercie… (Sale de la escena)
-Lavandera 3.- Ca uno a su tarea y nosotras, a la nuestra…
-Lavandera 1.- Venga lavar, lavar y refregar… Mojamos la prenda, la ponemos en el batiero, la frotamos con el jabón y a restregarla bien…
-Lavandera 2.- ¡Cuidao con tanto restregar, a ver si te la vas a cargar…!
-Lavandera 1.- Si es delicá…, se hace con mimo, pero, pa quitar los palominos destos calzones, no hay más narices que refregar. ¡Menos mal que ogaño el jabón m´ha salío con mucha fuerza y da gusto enjabonar!
¿Cómo pue ser que, con el aceite tan sucio que usé pa hacer el jabón, quede la ropa tan limpia?
-Lavandera 3.- Es la sosa, que se lo come to. Y bien enjaboná, ponemos la ropa al verde, pa que se soleé, y como si fuera un milagro lo limpia que quea.
-Lavandera 2.- Yo ya m´he acurao ese sitio (señalando a un punto determinado) pa verdear mi ropa, porque esta semana la traigo minina… ¡Cómo pueen emporcarse tanto esas criaturas!
-Lavandera 1.- ¡Cómo no se van a barrear esos pequeños diablillos…, como el que viene por ahí! (Y dirigiéndose a la madre y al hijo que entran en escena) ¿Dónde van por aquí la madre y el hijo?
-Madre.- Allí un poco más abajo, a ver si estos niños se dan un buen remojón; que se refresquen, porque mirad que hace calor…
-Lavandera 2.- Pablo, Daniela, ni os asoméis a la tabla caballona, no vaya a ser que salga el pez mulo…
-Daniela.- ¿Qué es el pez mulo?
-Lavandera 2.- (Con entonación para darle miedo) En lo más hondo de la tabla caballona, habita el pez mulo… Y a los niños que no se portan bien… Se los traga… como si fueran pececinos.
-Pablo.- ¡Ah! A mí no me hace na…, porque yo soy mu bueno y me lo como to.
-Madre.- Bueno, bueno, que haces más d´una trastás…
-Pablo.- Pero siempre es sin querer… porque no me doy cuenta
-Lavandera 1.- ¡Anda que le vas a callar…! que disfrutéis del baño.
-Madre y niños.- ¡Adiós!
-Lavanderas 1, 2 y 3.- ¡Con Dios!
-Lavandera 3.- Vamos a seguir con la faena… que la ropa ya tiene que estar bien soleá.
-Lavandera 1.- Sí, y una vez bien aclará, lo limpita que va a quear.
-Lavandera 2.- Y en esa junquera o en los jaramagos aquellos, la tendemos.
-Lavandera 3.- Con este calor, cuando nos vayamos, la ropa, casi seca nos la llevamos.
-Lavandera 1.- ¡Qué gusto da venir a lavar al río en verano! Meter las manos en el agua y salpicarnos con ella pa refrescarnos.
-Lavandera 2.- Y qué pereza en el invierno, con tanto frío. Se quean las manos congelás.
-Lavandera 3.-  Un día de ogaño, rompí el carámbano al poner el batiero. ¡Cómo estaría de fría la condená!
-Lavandera 1.- (Levantándose) ¿Qué? ¿Os quea mucho?
-Lavandera 2.- Este es el último pingo, y termino.
-Lavandera 3.- (Levantándose) Sí, ya es hora de irse pa casa, pero antes vamos a la chorrera a recoger los esqueros.
 -Lavandera 2.- (Levantándose) A ver si me pueo apañar pa cena con los peces que hayan caío y las ranas del tío Ranero.
-Lavandera 1.- ¡Vamos a por ellos! (y salen las tres de la escena)

Y nos despedimos cantando la Jota de las lavanderas:

Ya vienen las lavanderas
con el batidero en mano,
para lavar en el río
la ropa con desparpajo. (Bis)

Refriega, refriega
la ropa en el Ruecas,
que si no refriegas
la mancha se queda.
La mancha se queda
si no la refriegas
y bien limpia queda
si bien la refriegas.

Lavamos los calzoncillos
y las prendas más preciadas,
las sayas y pantalones
de todos los de la casa (Bis).

Refriega, refriega
la ropa en el Ruecas,
que si no refriegas
la mancha se queda.
La mancha se queda
si no la refriegas
y bien limpia queda
si bien la refriegas.

Ya se van las lavanderas
y se despiden de ustedes,
si la función ha gustado,
vuelvan al año que viene (Bis).

Refriega, refriega
la ropa en el Ruecas,
que si no refriegas
la mancha se queda.
La mancha se queda
si no la refriegas
y bien limpia queda
si bien la refriegas.

Con esta entrega terminamos de exponer lo que fue la segunda edición de “Vamos a Callejear”, pero los organizadores -Asociación Cultural Fernando el Católico y Oficina de Turismo-, no quieren despedirse sin antes destacar que el éxito de esta visita ha sido posible:
En primer lugar, por la cantidad de vecinos que han participado en esta actividad. Sin ellos no se hubiera podido llevar a cabo. Porque esta forma de participar es de las que hacen pueblo, ya que había voluntarios de todas las edades y de distintas asociaciones trabajando en común y con ilusión. Porque ha habido personas y colectivos que han puesto medios, conocimiento y arte. Y. por supuesto, un público entregado, disfrutando de todo lo que fuimos contando, ayudando a salvar situaciones difíciles, con la naturalidad de ponerse en el pellejo de quién estaba actuando, y mostrando su paciencia si, desde su posición, no pudieran ver las escenas.

Por todo ello, queremos mostrar nuestra agradecimiento:
A Alba Blázquez, que ha dirigido y organizado las escenificaciones.
A los actores: Dolores Escobar, Alfonso Cuadrado, Francisco Carranza, Magdalena Rodríguez, Rosi Arias, Guillermo Ramos, M. José Calderón, Juan Antonio Carrero, Alba Blázquez, Belén Manzanedo, Paqui Serrano, José Luis Sojo, Sherezade Sojo y los niños Daniela y Pablo. Todos ellos dieron vida a personajes de otros tiempos, desde romanos a vecinos del siglo pasado.
A las narradoras: Candi Ciudad, Satur Ciudad, Toni Loro y Guadalupe Rodríguez.
A Jonatan Carranza que ha hecho posible que visualicemos el Pez Mulo a través de su obra.
A Marisi Moreno, que hizo de apuntadora.
A la Asociación de Amas de Casa, que nos sorprendieron con unas gustosas galletas de coco y sus voces para la Jota de las Lavanderas.
A quienes nos abrieron sus casas para enchufar corriente eléctrica o se ofrecieron a ello: Peña Senderista, Eufemia Velarde, Juan Carlos Sánchez, Gloria Ramos, Cati Cerrato, José Moreno, D. Elías y Antonio Durán.
A quienes nos han aportado su experiencia y sus recuerdos: Ramona Velarde, Juan Moreno, Santi Sánchez García, Antoñita Mateos y Paca Mateos.
Al Ayuntamiento, que ha puesto los medios que necesitábamos y han contribuido a la financiación de los medios audiovisuales, junto con la Asociación Cultural Fernando el Católico
 A la Policía Local y a Protección Civil, que despejaron el tráfico en las calles que íbamos a ocupar.
A todas las personas que, a lo largo de los años nos han referido sus recuerdos a través de la "Memoria Vivida" de la Asociación Cultural Fernando el Católico.
A todas las personas que nos acompañaron en la visita guiada de "Vamos a Callejear", pues son la razón de ser de la actividad.
Y si alguien no aparece en los agradecimientos y debiera de estar, pedimos disculpas, la omisión no ha sido voluntaria.
Los datos han sido recopilados del libro de L. Rodríguez Amores "Crónicas Lugareñas. Madrigalejo", del Archivo Municipal y del recuerdo de nuestros paisanos. La redacción de los textos son obra de Antonia Loro y Guadalupe Rodríguez.

Ha sido un placer poder llegar con nuestro mensaje a todos vosotros. Esa era nuestra intención.