jueves, 4 de junio de 2020

MEDIDAS ANTE LA PESTE DE FINES DEL XVII EN MADRIGALEJO


Epidemias y pandemias han sido unas constantes cíclicas a lo largo de la Historia de la Humanidad, ante las que las ciudades y los pueblos se preparaban en la medida de sus posibilidades. A través de estas líneas, voy a dar a conocer dos documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Madrigalejo, en los que se aborda una misma temática, con seis años de diferencia. Se trata de las medidas que adopta el Concejo del lugar de Madrigalejo ante la última gran epidemia de peste que sufrió España, la que se vivió en el decenio comprendido entre 1675/1685.
Lo que en principio podría parecer una problemática de ayer, estamos viendo que hoy está de plena actualidad

Breves apuntes históricos
La peste negra, también llamada peste bubónica, fue una de las grandes pandemias que asoló el continente euroasiático en la Edad Media y en la Edad Moderna. Aparecía y desaparecía de forma cíclica, según encontraba el caldo de cultivo adecuado para su propagación. Aunque nadie estaba libre de ser contagiado, la peste se cebaba especialmente con las personas más vulnerables, que estaban mal alimentadas debido a la carencia de alimentos, que solía estar provocada por alteraciones climáticas y por las malas cosechas subsiguientes. Al ser una enfermedad contagiosa, se desarrollaba con mayor rapidez en los núcleos urbanos, donde las aglomeraciones y el contacto entre los individuos es más frecuente. A ello se añadía la falta de limpieza, de higiene y de medidas profilácticas propias de aquellas épocas.[1]
En realidad, la peste es una enfermedad animal, que se desarrolla en ratas y pulgas. El hombre se infecta a través de la picadura de una pulga que previamente estuviera contagiada por una rata. La pulga, de esta manera, transmite el bacilo al ser humano, que pasa a los vasos linfáticos y a la sangre, y provoca inflamación de los ganglios, vómitos, hemorragias internas, fiebre alta y crisis cardiaca. Inevitablemente, seis de cada diez infestados encuentran la muerte.[2]
El siglo XVII, en España, fue una centuria difícil, ya que estuvo aquejada de una profunda crisis económica, demográfica y política. Las malas cosechas se fueron repitiendo periódicamente en buena parte del seiscientos. Las guerras también fueron una constante, tanto las mantenidas en el exterior, debidas a la nefasta política de los Austrias para conservar la hegemonía, como a conflictos internos: la revuelta que se produjo en Cataluña en 1640 y la guerra con Portugal, iniciada ese mismo año. Con todas estas circunstancias, las epidemias tuvieron un campo abonado para proliferar.[3]
A lo largo del siglo XVII, se produjeron tres grandes oleadas de peste negra en España. Comenzó la centuria con la epidemia que había entrado en 1596 y perduró hasta 1602. A mediados de siglo se produjo otra, entre 1647 y 1652. Y la que se propagó entre los años 1676 y 1685 está considerada la última gran irrupción de la peste en la península Ibérica y es a la que se refieren los documentos que se van a tratar[4].
Este último brote de peste entró en 1676 por el puerto de Cartagena, de donde se extendió a Murcia, Lorca, Totana, Elche y otros municipios[5]. Desde esta fecha hasta 1685, va teniendo diferentes brotes, parando en invierno y recrudeciéndose en primavera, cuando la humedad y las altas temperaturas favorecen su propagación. Va remitiendo en unas ciudades y va apareciendo en otras. Andalucía y Murcia fueron las zonas más afectadas por esta oleada. Dentro de Andalucía, Córdoba sufrió de una forma especial el azote de la enfermedad, que también la había padecido a principios y mediados del siglo. De hecho, su población quedó diezmada en 20.000 personas al finalizar la centuria, en una población inicial de 50.000 almas[6].

¿Cómo se combatía la peste?
Felipe II, a finales del siglo XVI, mandó a su médico de cabecera, Luis de Mercado, escribir un tratado sobre la peste, en el que, entre otros aspectos como su naturaleza y condición, se establecieran pautas para su prevención y curación. Pero el tratado estaba escrito en latín y, como era una obra de consulta de gran importancia, Felipe III mandó traducirla al español. En la segunda parte del tratado, se exponían una serie de medidas colectivas para evitar la propagación en masa, como era impedir la entrada en pueblos y ciudades de personas procedentes de lugares infectados, así como la limpieza de las calles y el control de aguas estancadas.[7]
De acuerdo con la teoría de Mercado, cuando la peste se declaraba en una localidad, se establecían una serie de medidas de aislamiento, que consistían en cerrar las puertas de las murallas y repasar sus muros, tapiar casas que estuvieran fuera del recinto amurallado, prohibir la entrada y salida de personas y mercancías, cerrar ermitas y ventas, establecer medidas de vigilancias, etc.[8] Además, había que aislar a los enfermos infectados, los cuales, dependiendo de su condición, eran sacados fuera de la población, si eran pobres, o se les permitía quedarse en casa, incomunicados, si eran ricos[9]. También se recomendaba quemar todos los enseres de los enfermos y sus casas[10]. Sin embargo, para el médico Alonso de Burgos, la única medida eficaz contra la peste era “huir rápido, cuanto antes, mejor, y regresar cuanto más tarde, mejor”[11].
Todas estas ordenanzas y regulaciones llevaban a una gran ruina económica para las localidades y hogares que padecieran las epidemias. Por ello, era frecuente que, tanto las autoridades como los particulares, ocultasen los primeros casos que aparecían de la enfermedad, favoreciendo así su propagación. Las familias, incluso, enterraban a sus difuntos por peste en sus mismos corrales para que no se enterasen los vecinos.[12]
En una época de profunda religiosidad, cuando entraba la peste en una ciudad, sus habitantes miraban enseguida a Dios, para implorarle que les librara de la enfermedad y para buscar consuelo. Salían en masa a las calles, sacando en procesión a los santos protectores contra la peste, como San Roque o San Sebastián. En las procesiones se mezclaban sanos e infectados, por lo que la enfermedad se propagaba exponencialmente.[13]
Además, estaba el sentimiento de culpa, pues veían la enfermedad como un castigo divino. Así lo refleja el siguiente documento del Consejo Real dirigido a las ciudades y fechado en junio de 1682, por el que se pedía que cesaran los espectáculos, no para evitar contagios por la concentración de personas, sino porque no eran del agrado de Dios: 
Su Majestad Dios le guarde con el Santo y piadoso çelo que le assiste con las seguras noticias que llegan de que cada día creçe el contagio del Reyno de Córdoua y se ba estendiendo a otros lugares, se a seruido mandar çessen las representaciones de comedias y fiestas de toros para que obligado nuestro Señor con esta moderaçion y con las Rogatibas y oraciones públicas ussando de su misericordia ponga término al contagio, de que advierte a V.m. el Consejo para que lo tenga entedido y lo haga observar puntualmente en esse distrito no permitiendo la repressentación de comedias ni corridas de toros.” (A.M.T. Sanidad (pestes), 1676-1681). [14]

Y después de haber visto las medidas y recomendaciones de carácter general para protegerse de la peste y fundamentalmente en las ciudades y localidades más pobladas, pasamos a ver a continuación los casos concretos que nos ocupan.


Documento fechado el día 2 de agosto de 1676
Con fecha de dos de agosto de mil seiscientos setenta y seis, se reunió el Concejo del lugar de Madrigalejo, de la jurisdicción de la ciudad de Trujillo, al son de campana tañida. El ayuntamiento estuvo formado por el alcalde ordinario, Juan Martín Ramos, los regidores Juan Sánchez Orejudo y Cristóbal Sánchez Tripa, y dieciséis vecinos. Entre todos ellos se confirió sobre el guardar el lugar por las calles de la peste y para cunplir con lo mandado del Sr. Correxidor de dicha ziudad azerca de lo referido, resumieron unánimes y conformes, nemine discrepante, que desde luego se enpieze a tapiar las calles y se guarden las calles guardas, pidiendo a los que vinieren de afuera testimonio de donde son. Firmaron el documento el alcalde ordinario y tres vecinos más, además del escribano, Francisco Arias.[15]
Trujillo ya había padecido en 1507 los efectos devastadores de la peste, a pesar de que se habían seguido una serie de disposiciones para evitarlo, como guardar los caminos para impedir la entrada de gente procedente de zonas infectadas; limpiar los pozos, fuentes y calles; quemar los terrenos que la rodeaban o controlar la entrada y salida de vecinos[16]. Posteriormente, cada vez que llegaban noticias de una nueva oleada de tan temible enfermedad, se establecían los protocolos preventivos, ya fueran dictados desde la corte o desde el mismo ayuntamiento[17]. Tal es el caso, por ejemplo, del 11 de julio de 1603, cuando se establecen las normas para guardar la ciudad de la peste y, entre las disposiciones, dice que se notifique al sesmero de la tierra, que está presente, haga que se guarde en los lugares desta jurisdiçion[18]. Por tanto, las medidas que se proponen en Trujillo, no solo afectan a la ciudad, sino también a la tierra que forman parte de su alfoz, como es el caso de Madrigalejo.
Volvemos a 1676. Recordemos que la peste había entrado a través del puerto de Cartagena y que el foco estaba localizado en Murcia y sus alrededores. Aún estaba lejana. Pero cuando llegan noticias a la ciudad de Trujillo de la irrupción de esta nueva oleada de peste, su Corregidor manda al concejo del lugar de Madrigalejo que se pongan en marcha las medidas preventivas oportunas. Y este concejo las ratificó de forma unánime y quien así lo dijeron firmaron de sus mercedes los que supieron y de los vecinos[19].
Teniendo en cuenta que una localidad amurallada es más fácil de guardar, nos encontramos ante una aldea que no tiene recinto murado. En este caso una de las disposiciones es la de tapiar las calles, que consistía en tapar aquellas vías que daban directamente al campo. Solo quedarían abiertas las calles de entrada oficial a la población. La segunda medida, relacionada con la anterior, fue la de poner guardas en las calles. Los guardas custodiarían esas entradas oficiales al municipio, por las que se accedía desde los caminos que enlazaban con otras localidades. El camino real que se dirigía desde Sevilla a Guadalupe, atravesando Madrigalejo, estaría especialmente vigilado, por ser el más transitado y por proceder los viandantes de lugares más lejanos. Y ante la llegada de gente forastera, los guardas tenían la obligación de preguntar el lugar de procedencia –tercera medida-, para que nadie que viniera de zonas infectadas pudiera acceder al núcleo de población.


Documento fechado el día 5 de julio de 1682
Seis años más tarde, el concejo de Madrigalejo aborda otra vez el tema de la peste. En esta ocasión, detentan la autoridad local Miguel Sánchez Moreno y Pedro Sánchez Delgado –alcaldes ordinarios- junto con Juan Sánchez y Juan García Ruiz –regidores-, los cuales, con veinte vecinos más, acuerdan lo siguiente:
“…todos juntos unánimes y conformes y de un mismo acuerdo y parecer, (…) dijeron que, por quanto su Magestad, que Dios guarde, y el Sr. Corregidor en su nombre, pida por lo de enfermedad del contagio, se guarde la frontera de Guadiana por la detención de los vecinos de la Puebla y los que están de aquella parte de Guadiana y, para que se detengan y guarde, es nescesario seguir el repartimiento –ilegible-, el que estén tres honbres efectivos en dicha guardia y, para que se alimenten y se den su socorro ordinario y que pasen los vecinos que estuvieren, y para questén más seguros y efectivos, se acordó que se les dé para su sustento, para cada un día a cada uno, a razón de tres reales, y estos que tengan las justicias obligación de pagarlos, nombrando para  ello persona que lo cobre de todos los vecinos, y que el omiso que no acuda al pagamiento a destar sujeto a yr a la guarda, apremiándole la justicia por todo rigor de derecho, y questo se oserve y guarde hasta tanto que aya otra cosa de nuevo por este concejo y vecinos, y que no aya en esto dilación alguna, con grandes penas a los que no contribuyeren a la paga, haciendo tres memoriales en tres partes el lugar, para questemos de pronto nombrando una persona de cada parte, para que se junte con más brevedad y puntualidad, y esto se acordó  y vinieron a ello, y que se cunpla y ejecute en todo y por todo por convenir así al bien común deste lugar y salud del Reyno…”[20]
El documento lo firman seis vecinos junto con el escribano, Gonzalo Martín Roldán.
En 1682, la amenaza de la peste estaba más cercana. Hasta Córdoba había llegado ya el contagio desde Málaga, a pesar de que se había establecido una barrera defensiva en el río Genil. Sin embargo, la enfermedad atravesó la barrera y llegó a localidades como Lucena, Cabra, Priego y también a la ciudad de Córdoba[21]. Desde que apareciera el primer foco en 1676, la enfermedad no se había erradicado. Permanecía latente en invierno y volvía a aparecer en primavera, por lo que los protocolos preventivos deberían seguir vigentes. Y ante la proximidad de la peste en 1682, según vemos en el documento del 5 de julio que reproducimos, se activa una nueva medida, la de establecer una barrera defensiva en el río Guadiana. La orden, que viene dada por el Rey a través del Corregidor de la ciudad de Trujillo, pretende evitar que ningún vecino de Puebla de Alcocer o cualquier otro lugar de la margen izquierda del Guadiana, cruce a la otra parte. Este era un punto estratégico para guardar la frontera natural, ya que Puebla de Alcocer se encontraba en el itinerario de uno los caminos más directos para llegar a Córdoba desde Madrigalejo y otros pueblo comarcanos, y, para ello, había que cruzar el río Guadiana a través del vado de Casas de Don Pedro[22].
La puesta en marcha de la guardia tenía unas repercusiones económicas. El documento nos dice que se necesitaban tres hombres para que hicieran la guardia y, a estas personas, había que pagarles su sustento –alimentación y socorro ordinario-, que se había establecido a razón de tres reales a cada uno y cada día. Se recurre al repartimiento para hacer frente a estos gastos extraordinarios; es decir, se sufragaría a través de la contribución o carga gravada a los vecinos. Por tanto, aunque tengan las justicias obligación de pagarlos, son los vecinos los que se hacen cargo de los gastos que ello supone. Al pagamiento están llamados todos los vecinos, y el que no acudiera, estaría sujeto a yr a la guarda, apremiándole la justicia por todo rigor de derecho, con grandes penas a los que no contribuyeren a la paga.
La recaudación debía llevarse a cabo sin dilación alguna, con la mayor brevedad y puntualidad. Para agilizarlo, se emitirían tres documentos de petición –memoriales-, en tres partes del lugar. En cada una de estas partes, se nombraría a una persona, que estaría encargada de cobrarlo a los vecinos. Y todo esto, que debía cumplirse y ejecutarse, estaba justificado por convenir así al bien común deste lugar y salud del Reyno.

Hoy como ayer
Solemos referirnos a la Peste como algo del pasado, totalmente superado. En general, muchas de las enfermedades infecto-contagiosas que eran temidas por nuestros antepasados, como la peste, el cólera, el tifus, la viruela o el sarampión, prácticamente están erradicadas gracias a las vacunas, a los antibióticos, a los buenos hábitos higiénico-sanitarios y a la imprescindible infraestructura de saneamiento en los núcleos de población.
Sin embargo, hoy, como ayer, el mundo tiembla cuando se producen epidemias y pandemias. A principios del siglo XX, la gripe de 1918 fue de tal gravedad que está considerado uno de los ejemplos de mayor crisis de mortalidad. Más recientemente, el SIDA, provocada por el VIH –virus de inmunodeficiencia humana- apareció en la década de los ochenta del siglo pasado y sigue siendo una enfermedad contagiosa de gran magnitud. Y entramos en siglo XXI con epidemias y pandemias tan destacadas como la Gripe Aviar, la Gripe A, el Ébola y, la que nos está asolando en estos momentos, el COVID-19.
Salvando las distancias, hoy se están repitiendo algunas de las circunstancias que se vivían con la peste, de forma cíclica, en la Edad Media y en la Edad Moderna. En primer lugar, hoy como ayer, estamos asistiendo al miedo y al temor a lo desconocido, al contagio. Hemos visto y estamos viendo cómo las grandes concentraciones favorecen la propagación, si entonces eran las procesiones, ahora son los partidos y eventos deportivos, lúdicos o culturales, concentraciones o manifestaciones, romerías, etc. Si en otros tiempos la falta de higiene y de limpieza favorecía el contagio, en nuestros días, la gran movilidad de la población contribuye a que se propague vertiginosamente la enfermedad. También sigue siendo coincidente la estrecha línea que separa las enfermedades propias de los animales y de los seres humanos, cómo saltan de unos a otros y mutan para adaptarse al nuevo huésped. Además, tener localizados los focos de infección era esencial para combatirlo entonces, lo mismo que ahora. Igual que ayer, en la actualidad se utilizan medidas de aislamiento y de cuarentena para evitar que siga avanzando el mal, para lo que era y es necesario reforzar la seguridad. Si el temor a las pérdidas económicas que acarreaba toda epidemia hacía que se retrasaran las medidas que habían de tomarse, también en la actualidad influyen las consecuencias económicas en su gestión. Incluso la huida de los lugares problemáticos parecía algo del pasado y se ha repetido en nuestros días, favoreciendo esta diáspora su propagación. En definitiva, hoy como ayer, se han tenido que arbitrar una serie de medidas excepcionales para hacer frente a la pandemia del COVID-19. Y sus consecuencias se verán en unos años.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.


BIBLIOGRAFÍA:

-J. HERNÁNDEZ FRANCO: “Morfología de la peste de 1677-78 en Murcia”. Estudis, nº 9. Valencia. 1983.
-J.J. MARTÍN BARBA. “El itinerario del cortejo fúnebre de Fernando el Católico: de Madrigalejo a Granada”. Actas de los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y La Siberia. Diputación de Badajoz. Badajoz, 2017.
-F. MARTÍNEZ GIL. Muerte y Sociedad en la España de los Austrias. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Cuenca, 2000.
-A. RODRÍGUEZ GRAGERA: “La crisis de mortalidad en la Extremadura del siglo XVII. Una primera aproximación”. Revista Alcántara, nº 16. Cáceres, 1989.


FUENTES:
-Archivo Municipal de Madrigalejo. Signatura 15. 



[1] J. HERNÁNDEZ FRANCO: “Morfología de la peste de 1677-78 en Murcia”. Estudis, nº 9. Valencia. 1983. (Págs. 102 y 103). A. RODRÍGUEZ GRAGERA: “La crisis de mortalidad en la Extremadura del siglo XVII. Una primera aproximación”. Revista Alcántara, nº 16. Cáceres, 1989. (Pág. 70). https://sevilla.abc.es/andalucia/cordoba/sevi-como-sobrevivio-cordoba-peste-201801210127_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[14]F. MARTÍNEZ GIL. Muerte y Sociedad en la España de los Austrias. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Cuenca, 2000. Pág. 147.
[15] Archivo Municipal de Madrigalejo. Signatura: 01.01.02.01.00015.
[17] Ibidem.
[18] Ibidem.
[19] Archivo Municipal de Madrigalejo. 01.01.02.01.00015.
[20] Archivo Municipal de Madrigalejo. Signatura: 01.01.02.01.00015.
[22] J.J. MARTÍN BARBA. “El itinerario del cortejo fúnebre de Fernando el Católico: de Madrigalejo a Granada”. Actas de los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y La Siberia. Diputación de Badajoz. Badajoz, 2017. Pág. 457.

viernes, 8 de mayo de 2020

UN PERSONAJE SINGULAR: EL SEÑOR DIEGO LORO


Hay personas que viven de una forma callada, sin apenas hacer ruido, pero que contribuyen a hacer más fácil la vida en su comunidad. Una de estas personas fue el Sr. Diego Loro.
El texto de esta entrada de Luz de Candil corresponde a un resumen del trabajo que, con el mismo título, presenté en los XI Encuentros Comarcales de La Siberia, La Serena y Vegas Altas, celebrados en Campanario los días 13 y 14 de abril de 2018. El trabajo está publicado en las actas de aquellos Encuentros.


SUS PRIMEROS AÑOS:
Diego Loro Recio nació en Zorita (Cáceres), en 1901[1], donde residió hasta su servicio militar. Había quedado huérfano de madre a los cuatro años, y fue criado por unos tíos suyos, ya que su padre, superado por la pérdida de su esposa, se desentendió del cuidado de su casa y de su patrimonio[2].
 En el servicio militar (1923-1925), entró en contacto con la mecánica de precisión y aprendió técnicas de radio y telegrafía que fueron de gran ayuda para su vida profesional posterior. Como cabo, entró en combate en la “Guerra de África” durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando el protectorado español en el Norte de África era un polvorín y las cabilas rifeñas, lideradas por Abd-el-Krim, se oponían a la ocupación española[3]. Allí estuvo asistiendo como radio-telegrafista en operaciones y combates, por lo que le fue concedida la “Medalla Militar de Marruecos” con pasador “Tetuán” por sus acciones de septiembre de 1924[4]. Y es que, en aquella guerra, la radio desempeñaba un papel crucial como medio de comunicación, debido a la intrincada orografía del Rif.


SE ESTABLECE EN MADRIGALEJO.
Una vez licenciado del servicio militar, escribió a su tío Fernando Recio Santaló, pidiéndole trabajo en el comercio que tenía en Madrigalejo. Sus tíos le acogieron en su casa y le emplearon como dependiente en su establecimiento. La casa de la familia Recio, con la tienda, estaba situada en la Plaza. Aquí el joven Diego mostró sus habilidades en el mundo del comercio, primero como dependiente hasta la jubilación de su tío y, después, al frente de la tienda, en el mismo edificio, cuando asumió su traspaso. Al morir su tío, en 1945, la familia Recio vendió la casa al Municipio, donde, desde entonces, está instalado el Ayuntamiento de Madrigalejo. Sin embargo, durante algunos años, el Sr. Diego siguió regentando allí mismo su comercio, en las salas de la derecha.


Mientras tanto, en 1935 Diego se había casado con Carmen Carranza García, en quien encontró una gran aliada para sus emprendimientos, pues ella le decía: “Diego, hay que montar un negocio para cada uno de nuestros hijos”. Fueron cuatro los que tuvo el matrimonio: Pablo, Josefa, Catalina y Antonia, para los que Diego fue montando diversos negocios.


Pasó la Guerra Civil en Madrigalejo, donde estaba situado el frente desde el golpe de Estado hasta el cierre de “La Bolsa de La Serena”. Aunque no fue movilizado, seguía en régimen de revista[5], por lo que debía combatir en momentos puntuales y hacer guardias en los parapetos, que estaban situados en los cerros que circundan Madrigalejo por el sur. Al igual que la población no desplazada, debió vivir momentos críticos, como cuando la columna del comandante Martínez Cartón rompió el frente y entró en Madrigalejo el 4 de septiembre del 36.
También fueron duros el año del hambre y la posguerra, cuando la tierra sin cultivar no había dado cosecha, la población carecía de lo necesario y apenas había actividad mercantil.
Hacia 1945 montó su primer negocio, una “Fábrica de Gaseosas”[6], de las llamadas “de bolindre”, por el tipo de botella y su cierre con una bola de cristal, del tamaño de una canica o bolindre, alojada en la parte superior del recipiente. Este sistema pronto dejó de utilizarse por su elevado coste y la falta de higiene que conllevaba su manipulación[7]. Los ingredientes de la gaseosa eran: agua, sacarina, esencia, ácidos y gas carbónico[8]. Elaboraban 53 litros de gaseosas al día, con una plantilla de dos personas (un llenador y una aguadora)[9].
  Un año antes había ganado la plaza de encargado del “reloj municipal”[10], que desempeñó hasta su jubilación. Realizaba su trabajo de dar cuerda al reloj todos los días y cuidaba su mantenimiento a cambio de su cotización en la Seguridad Social, sin recibir ninguna otra remuneración por ello[11]. Era un servicio público que afectaba a toda la población, pues la actividad laboral y los actos sociales y religiosos del municipio se regían por el reloj de la torre.
Como aficionado a la mecánica de precisión, fabricó él mismo una radio de galena, el primer aparato de radio del pueblo, y al generalizarse los receptores de radio, arreglaba los que se estropeaban, lo mismo que hacía con los relojes. En muchas ocasiones no cobraba estos trabajos, lo que provocaba el enfado de su mujer, para quien eso era “trabajar para el obispo”.

DOMICILIO Y COMERCIO EN LA CALLE SAN JUAN.


En 1949 compró una casa con gran terreno y numerosas dependencias en la calle San Juan, esquina con la calle del Coso. Por sus condiciones y ser un lugar céntrico, la casa era adecuada para desarrollar sus actividades desde la misma vivienda. Allí instaló el comercio, en el ala izquierda de la vivienda, donde hoy se encuentra la oficina de seguros Allianz. Aunque en el registro municipal figuraba como Ferretería, en la tienda se despachaban tejidos y confección, paquetería y mercería, comestibles no perecederos y pequeños electrodomésticos. En los años 50 y 60, vendió un gran número de aparatos de radio, que los ofrecía a buen precio y con facilidades de pago, mediante la venta a plazos por el sistema de letras de cambio. Y es que la entrada de la radio en los hogares fue un fenómeno social, que ofrecía a las familias información, entretenimiento, cultura, música, etc.


La clientela del Sr. Diego Loro era fiel reflejo de la estructura socio-económica de cualquier núcleo rural de la época. Comenzó despachando a familias que vivían del autoabastecimiento, que disponían de poco dinero líquido para comprar los productos que no generaban. Era un problema que se solventaba con buena voluntad: el cliente se llevaba el artículo y lo pagaba como iba pudiendo. Esto generaba un vínculo entre el comprador, que se beneficiaba de los productos adquiridos, y el vendedor, que aseguraba compras futuras.
Después, la clientela fue evolucionando igual que lo hacía la economía local. Entre los años cincuenta y sesenta, hubo una gran actividad laboral generada por las obras del Plan Badajoz: la población se duplicó y los vecinos tenían dinero líquido para gastar. La fotografía de la tienda que se adjunta es expresión del volumen de ventas de aquellos años; para atender al mostrador, se necesitaban dos dependientas, además del trabajo de algún miembro la familia.


OTROS NEGOCIOS.


Además, el Sr. Diego había montado otros negocios. En la antigua bodega del vino de la casa, instaló la nueva “Fábrica de Gaseosas”, ya con envases de tapón mecánico, donde también elaboraba sifones y refrescos de naranja y de limón, con su propia marca registrada. Los refrescos se comercializaban con la marca “Yris” y su gaseosa, con la marca “La Juiciosa”, de la que se solía decir:
La mujer, como la gaseosa,
la que no es Casera,
              es Revoltosa,
y la que no, Juiciosa.


Entonces no había agua corriente y, para la elaboración de estas bebidas, era imprescindible acarrear el agua desde las fuentes públicas, situadas fuera del casco urbano. Esta tarea se hacía con el clásico burro con aguaderas y, después, con un moto-carro, que se utilizaba también para repartir las bebidas y hacer publicidad de las marcas. Tanto la gaseosa como el sifón eran muy populares entonces, y se consumían mezclándolos con vino tinto[12]. Y con tinto, gaseosa, hielo y una rajita de limón, se preparaba el “tinto de verano”, bebida que en Madrigalejo llamamos “púlpito”.


Y hablando de hielo, otro de sus negocios fue la “Fábrica de Hielo”. En aquellos años, aún no se había popularizado el frigorífico y el hielo era imprescindible para conservar alimentos y enfriar bebidas en los calurosos meses de verano. No eran los prácticos cubitos de hielo que conocemos ahora, sino grandes barras que había que hacer pedazos. Así es que, junto a la fábrica de gaseosas, se instaló un tanque grande para la fabricación de barras de hielo de 30 Kg. de peso, y otro tanque más pequeño, de 12 Kg. También se habilitó un cuarto oscuro, húmedo y frío, para almacenar las barras, entre pajas, cuando se preveía mayor consumo, como en las ferias. Poco después, entre los años 57 y 58, se montó una nueva fábrica de hielo con un tanque preparado para elaborar barras de 30 Kg., que tenía una capacidad de fabricación de 3.000 Kg. de hielo al día[13], y una cámara frigorífica para almacenar las barras.


Además, el Sr. Diego también elaboraba polos y helados. Recuerdo haber comprado polos de naranja y de limón, a 1 peseta, y los de leche y café con leche, más grandes y más nutritivos, a 2 pesetas. También helados de cucurucho y corte, de mantecado, limón, nata y tres sabores.


Aparte de la venta directa al consumidor, el Sr. Diego proveía de “material” a otros vendedores, como al tío Sabino, que con su carrito de los helados recorría las calles del pueblo. Y también al tío Arsenio, que compraba refrescos y polos para venderlos en el cine de verano, con su cubo de cinc, entre las butacas, y anunciando: “¡hay polos…!”, “¡hay Yris…!”
Y para atender estos negocios, se rodeó de un personal muy competente. Tuvo buena mano para elegir y enseñar a sus trabajadores, algunos de los cuales se independizaron con el tiempo y establecieron sus propios negocios, como, por ejemplo, Adrián Martínez, Lola Jiménez o el tío Sabino.

OTRAS ACTIVIDADES.
En Madrigalejo, el cine estaba regentado por la familia Carmona, conocida en el pueblo por el apodo “Tres Pelos”, desde antes de la guerra. Sin embargo, a partir de 1943 y hasta finales de la década de los 50, el Sr. Diego Loro junto con la familia Carmona, formaron una sociedad para la explotación del cine. Los Carmona aportaban el local y el Sr. Diego, la gestión y la técnica. Y para poder proyectar películas, tuvo que acreditarse oficialmente como empresario del cine Carmona con el “Permiso de Operador de Cinematógrafo”, y con el “Carnet del Montepío de Empresarios de Espectáculos de España”.


Generalmente la gente de los pueblos es muy ocurrente, y esta vez no iba a ser menos. Un buen día apareció una pintada en la fachada del cine que sirvió para divertimento de los vecinos y que todavía recuerdan los mayores. La pintada decía “Sociedad un Loro con Tres Pelos”.


MALOS TIEMPOS.
Terminaron las obras del plan Badajoz y empezó la mecanización del campo, aumentó el paro y comenzó la emigración. Como consecuencia, disminuyeron los clientes y consumidores y todo ello afectó a las ventas. Al mismo tiempo, las grandes multinacionales acaparaban el mercado de los refrescos y gaseosas, y su elaboración a menor escala dejó de ser rentable. Además, con la entrada del frigorífico en los hogares, disminuyó drásticamente el consumo de hielo y, en 1968, la planta funcionaba a menos del 10 %  de su capacidad[14]. Todos estos factores influyeron en la reducción de los beneficios.
En este punto, su hijo Pablo pensó en aprovechar las instalaciones existentes para un negocio de futuro, pues la zona estaba reconvirtiendo las tierras de secano en regadío y la fruta de verano se convirtió un nuevo cultivo. Montaron cámaras frigoríficas para almacenar y conservar frutas, aprovechando el equipamiento de la fábrica de hielo que había dejado de ser rentable. La financiación se hizo mediante créditos. Sin embargo, la instalación no se hizo correctamente y, cuando las cámaras frigoríficas estaban en funcionamiento y repletas de género, se echó a perder la fruta guardada en su interior. Esto supuso un duro revés, que ya llovía sobre mojado.
Sin beneficio alguno, había que devolver los préstamos. Durante años, la “Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Plasencia” y la “Banca Sánchez” habían trabajado con el Sr. Diego sin ningún problema, por lo que consideraron un acto de justicia ayudarle en aquellos momentos de dificultad. Sus directores se pusieron de acuerdo, así, para pagar el préstamo de una de las entidades, la otra le concedía un crédito nuevo, y antes de que venciera este, la primera ya tenía preparado otro préstamo para saldarlo. De esta manera, sucesivamente, se fueron pagando las deudas con muchos sacrificios de toda la familia.
Llegados a este punto, al Sr. Diego solo le quedaba el comercio –ya sin el movimiento de otros tiempos-. Su mujer estaba al frente de él y, con mucho sentido comercial, mantenía las estanterías repletas de cajas vacías, dando la impresión así de estar abastecida de mercancías. Para satisfacer la demanda de sus clientas, se desplazaba a almacenes de Trujillo y Villanueva. Y así la fueron manteniendo, hasta comienzos de los ochenta, cuando cerró la tienda. 

    
Pero aún hoy continúa en pie uno de sus negocios: la “Fábrica de Hielo Loro”. Su propietario actual es su nieto Pablo Jaime Loro Moreno, que fabrica bloques de hielo de 12, 13 Kg., y almacena y distribuye cubitos producidos por grandes fábricas.


El Sr. Diego se retiró con la cotización de relojero municipal. En su jubilación, el Ayuntamiento, en agradecimiento por los servicios prestados, decidió regalarle el reloj que él eligiera. Y optó por un simple despertador de baquelita, ante la sorpresa del entonces alcalde de Madrigalejo, D. Agustín Gallego Chillón.
El Señor Diego Loro falleció en Madrigalejo el día 15 de febrero de 1986.

CONCLUSIÓN.
  Recuerdo al Sr. Diego Loro, anciano y con problemas de audición, moviéndose sigilosamente, casi pidiendo permiso para no molestar. Poco se parece esta imagen con el retrato que ha resultado del presente trabajo. Frente al emprendedor volcado en sus negocios, se muestra a una persona muy inteligente, hecha a sí mismo y autodidacta, caracterizado por su sencillez, el amor al trabajo, la meticulosidad, la seriedad y una gran humanidad. Su visión polifacética y de futuro benefició a todo el pueblo de Madrigalejo, haciendo más agradable la vida cotidiana de sus vecinos, con actos tan simples como saber la hora, comprar unos botones, beberse un refresco, tomarse un helado, enfriar el gazpacho, ir al cine o escuchar la radio. Y todo ello, aderezado con un gran sentido del humor. Se cuenta que, en cierta ocasión, un viajante que estaba haciendo el pedido de productos de mercería le preguntó:
-Señor Diego, Y de puntilla, ¿cómo anda?
-De puntillas…, ni se me siente.
Pero, además, indagando en su trayectoria, nos hemos adentrado en la época que vivió y ha salido una radiografía de la historia reciente. Sufrió momentos críticos como la guerra de África, la Guerra Civil y la posguerra; pasó por distintos regímenes políticos, desde la Restauración, las dos Dictaduras, la II República y la Transición a la Democracia; vivió periodos de carestía y de bonanza, de inmigración y de emigración, y muchas cosas más. Pero, sobre todo, fue espectador y colaborador necesario, al mismo tiempo, de un cambio espectacular en la vida cotidiana de las personas: del autoabastecimiento del mundo rural, a la sociedad de consumo de finales del S. XX; del acarreo del agua en las fuentes públicas, al agua corriente en los domicilios; de la falta de alumbrado, al nacimiento de la tecnología (telegrafía, radio, cinematógrafo…), de la que fue gran aficionado. En definitiva, fue testigo de unas grandes transformaciones que tuvieron lugar a lo largo del siglo pasado y de las que hoy somos herederos.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

BIBLIOGRAFÍA:
- M. A. RODRÍGUEZ PLAZA: 22 Héroes cacereños. Kobba-Darsa 1924. Institución Cultural El Brocense. Cáceres. 2017.
- http://www.guiamaximin.com/sifones-gaseosas.html

FUENTES DOCUMENTALES:
*Documentación aportada por la familia:
-D.N.I.
-Cartilla militar.
-Correspondencia.
-Recibos.
*Testimonio de la familia.
*Testimonios de vecinos.
* Archivo Municipal de Madrigalejo.



[1]En el DNI aparece como fecha de nacimiento el día 22 de marzo, mientras que en la cartilla militar consta el día 23. La familia lo recordaba también el 23.
[2]Testimonio de la familia.
[3]M. A. RODRÍGUEZ PLAZA: 22 Héroes cacereños. Kobba-Darsa 1924. Institución Cultural El Brocense. Cáceres. 2017. Pág. 19.
[4]Cartilla militar del ejército español nº 1241232.
[5]Ibidem.
[6]La fábrica de gaseosas ya consta en un documento que da respuesta a lo ordenado en el oficio circular nº13.455 del 7 de abril de 1945, para comunicar las industrias existentes en la localidad, enviado el 28 de agosto de 1945. Archivo Municipal 03.02.11- 00423/002.
[8]Archivo Municipal. 03.02.11- 00423/002
[9]Ibidem.
[10]Fue nombrado para el cargo de Relojero Municipal en sesión del 7 de febrero de 1944. Archivo Municipal 02.04.05- 00280.
[11]Datos facilitados por la familia.
[12]www.guiamaximin.com/sifones-gaseosas.html
[13]Archivo Municipal. 03.01.04.04-00315. Memoria de Cámara frigorífica.
[14]Estudio realizado por el Grupo de Frío Industrial del Sindicato Vertical de Industrias Químicas. Archivo Municipal 03.01.04.04-00315.