miércoles, 9 de octubre de 2019

VAMOS A CALLEJEAR 7. CALLES PALOMAR, PERAL HUERTAS Y ENRIADERAS





Continuamos la Visita Guiada y llegamos a la Calle del Palomar.
  
Calle y calleja del Palomar. De la calle del Palomar, sabemos que, en 1547, no estaba urbanizada. En esa fecha se traspasa una casa que linda con la “cerca del Palomar”. A la cerca y a la calle, le daría el nombre una edificación rústica destinada a la cría de pichones y palomas. Las palomas eran una socorrida fuente de proteínas básicas en la dieta de nuestros antepasados y, además, sus excrementos eran utilizados como abono orgánico, muy apreciado por hortelanos y labradores, pues son ricos en nitrógeno.

En aquel tiempo, estamos hablando del siglo XVI, junto a esta cerca, se encontraba el cementerio de Santa María de los Ángeles, que en otros documentos aparece como cementerio del Palomar.

Ya en 1829, el “barrio del Palomar” estaba habitado por 14 vecinos, es decir, en esta calle estaban asentadas catorce familias, y treinta años más tarde, estaban habitadas 26 viviendas.

Fotografía cedida por Inmaculada Ruiz del Árbol

De esta vía tenemos que citar varias particularidades:
-De ella, sale una calleja sin salida, a la que se llama calleja del Palomar.
-En esta calle, tuvo su primera fábrica de gaseosas el Señor Diego Loro. Se dispensaban entonces en las llamadas botellas de bolindre, porque una bola dentro de la botella, con la presión del ácido carbónico, impedía que el líquido y el gas salieran. Para servir la gaseosa había que introducir un dedo por la boca para que el bolindre bajara y saliera el líquido, con los problemas higiénicos que ello conllevaba.
-En la puerta de la casa que tenemos delante, haciendo de jambas, podemos ver dos lápidas funerarias romanas, que ya estaban colocadas en esta misma puerta en 1887. Escuchemos lo que nos tienen que decir unos ancestrales moradores:


*Diálogo de los romanos. Marco (Guillermo Ramos) y Julia (Mª José Calderón), desde el número 10 de la calle del Palomar, nos hablan de esta manera:
  
-Marco.- Soy Marco Victorio Galba, hijo de Lucio, de la tribu Papiria.
- Julia.- Y yo soy Julia Columba, hija de Lucio y hermana de Marco.
-Marco.- Nuestra familia se asentó en esta zona hace unos 2.000 años, cuando Lusitania fue conquistada por Roma. Entonces se repartieron tierras entre los veteranos de las legiones quinta y décima, que fueron Licenciados Eméritos, es decir, licenciados con honores, por su participación en las guerras cántabras. Nuestra casa estaba en la otra parte del río.
- Julia.- En las tierras que hoy son llamadas las Torrecillas, la de Abajo y la de Arriba.
-Marco.- El río Ruecas dividía nuestras propiedades. En esta parte, cultivábamos los cereales, la vid y el olivo, porque eran campos fértiles. En la otra, teníamos los ganados.
- Julia.- Teníamos lujosas viviendas, nuestras villas, con suelos de mosaicos en las salas principales, y con algunas esculturas dedicadas a nuestros dioses, como a la diosa Diana.
-Marco.- Contábamos con todo tipo de comodidades, hasta teníamos conducciones de agua para los baños y el consumo de casa.
- Julia.- Por eso nuestras villas estaban situadas junto al río Ruecas.
-Marco.- La capital de la Lusitania, Emérita Augusta, de donde procede nuestra familia, la teníamos a poco más de una etapa, por la calzada 25 del Itinerario de Antonino.
- Julia.- Allí íbamos al teatro y al circo, cunado había espectáculos.
-Marco.- Y a otros menesteres administrativos y mercantiles.
- Julia.- Bueno, dejemos el pasado. Hemos venido hasta aquí buscando nuestras lápidas y aquí las hemos encontrado.
-Marco.- Formando parte de la puerta de esta vivienda, aunque aquí no fue donde nos enterraron.
- Julia.- Nuestros cuerpos ya son polvo, pero permanece nuestro recuerdo gracias a estas inscripciones. Y seguro que algo de nuestro espíritu subyace en vosotros en forma de cultura.
Al final de las inscripciones se lee la frase ritual “que la tierra te sea leve”, y en verdad que hoy podemos decir, con gusto, que así ha sido.



Seguimos haciendo el recorrido y nos vamos a la Calle de la Tabla. Pero aquí desviamos algo nuestro recorrido mentalmente para hablar de las calles del Peral, Huertas y Enriaderas.

Frente a la calle del Palomar, tenemos la Calle del Peral. Por esa parte, entre el caserío y el río, entramos en una zona de huertas que llega hasta el punto en el que la calle del Peral se cruza con otra, que la corta perpendicularmente y que lleva el nombre de Huertas.  Aquí se llamaban “huertas” al terreno situado a la vera del río destinado generalmente a árboles frutales, a diferencia de los huertos, que eran de menor tamaño y en los que se cultivaban productos hortícolas. Tanto las huertas como los huertos se regaban con el agua que se extraía del subsuelo con la noria o el cigüeñal. Desde la calle Huertas se accedía directamente a un buen número de huertas cercanas al río, y el nombre del Peral puede venir, en sentido genérico, del frutal por excelencia que se daba en esas explotaciones. A mediados del siglo XIX, aun no estaban trazadas ninguna de estas dos calles, pero sí estaban habitadas a principios del siglo XX. Sabemos que la calle del Peral fue empedrada en 1932, siguiendo el procedimiento habitual de entonces: los vecinos residentes facilitaban los materiales y el trabajo corría a cargo del Ayuntamiento. Y también sabemos que ese mismo año, se está procediendo a la alineación de la calle Huertas y que, al año siguiente, sus vecinos pidieron que se instalase en ella el alumbrado público, petición que fue concedida por considerarlo de necesidad.

La influencia del río en el callejero de Madrigalejo llega hasta la Calle Enriaderas. Aunque esta vía es de reciente creación -aproximadamente de los años 50 del siglo pasado-, toma el nombre del llamado camino de las Enriaderas que, siguiendo el río, llevaba hasta la zona donde se “enriaba el lino”. Esta operación se realizaba desde julio a septiembre y consistía en mantener sumergidas en el agua las gavillas del lino recién segado para facilitar la tarea que se realizaba después y que consistía en separar la fibra textil de la parte leñosa del tallo. Recordemos que, hasta finales del siglo XIX, el lino era materia prima fundamental para elaborar las telas de uso cotidiano, tanto para ropa personal como para la ropa de casa.

En la siguiente entrada, hablaremos de la calle de la Tabla.
Continuará...


domingo, 15 de septiembre de 2019

VAMOS A CALLEJEAR 6. CALLE CAVA


La visita guiada llega a la encrucijada con la calle de la Cava y del Palomar, donde se detiene y ocurre lo siguiente:
 En este punto nos podemos fijar en las esquinas. Son todas redondeadas o achaflanadas, como en algunas de las esquinas de la zona más antigua de nuestra localidad. La razón es muy sencilla: los carros –que eran los vehículos que circulaban por estas vías- no tenían dirección asistida y tenían que abrirse para no comerse las esquinas.


 De la calle del Río, sale la Calle de la Cava. El término cava, en las ciudades medievales, hacía alusión al foso que defendía poblados o fortalezas. Otro término que también tiene un significado similar es el Coso. Y justamente, en Madrigalejo, contamos con dos calles que llevan el nombre, respectivamente, de la Cava y del Coso. Ambas serían el límite del núcleo de población más antiguo y sus zonas defensivas.



Sobre la calle de la Cava vamos a contar la siguiente historia escrita por Lorenzo Rodríguez Amores, basada en la tradición oral y en documentos parroquiales. Escuchamos a Satur Ciudad.

Contaban los antiguos, quienes a su vez se lo escucharon a otros más viejos que ellos, que, en los tiempos de estos últimos, había en Madrigalejo una mocita sin igual por linda y garbosa. Ignoramos su nombre y apellidos, pues sólo era conocida por la “Cava”, un apodo que tampoco sabemos si se debe a que tenía su morada en la calle con esta misma denominación, la cual aún conserva, o la citada vía tomó el nombre del mote, tal vez heredado, de la moza.

La “Cava”, con sus singulares atractivos, de buen parecer y natural alegre, siempre haciendo gala de saber estar en su sitio, por honesta y juiciosa, poseía un “aquel” que volvía mochales al mocerío del pueblo y de su entorno. Ni qué decir tiene que no le faltaban pretendientes y así fue preguntada, o dicho de otro modo, requerida de amores por no pocos de sus entusiastas admiradores. Pero ella resistía sin comprometerse, tal vez reservándose para cuando se acercase a ella algún buen mozo que le entrase por el ojo. La ocasión no se hizo esperar. La mocita cayó en las redes que le tiende un apuesto militar con unas perspectivas de brillante futuro profesional, pues a los veintiséis años lucía las tres estrellas de capitán.

La disciplina militar no es pródiga en permisos de asuetos, de aquí que el enamorado no pierda ocasión, cuando se le presenta cualquier coyuntura, de acercarse a Madrigalejo para disfrutar de tiernos paliques amorosos. En una de esas visitas, a nuestro capitán le llega la hora de la separación, ya que es reclamado por sus deberes profesionales y debe cortar esos idílicos momentos de “pelar la pava”, cuando todo era felicidad en la pareja. El capitán Gorbea recibe la orden de incorporarse a su guarnición toledana con urgencia.

No le queda otro recurso que tomar la diligencia en Miajadas, que le llevaría a Madrid. Para llegar hasta allí, debe hacer una penosa andadura de siete u ocho leguas, que es la distancia que separa Miajadas de Madrigalejo, y ha de hacerlo cuando la noche se viene encima, y la noche no es buena consejera para una marcha por senderos desconocidos y solitarios. Nada más iniciar el camino, las criaturas nocturnas rompen el opaco silencio de la oscuridad: la mochuelada con sus machaqueos insistentes de posesivo como si fuese suyo todo el monte, los lamentos quejumbrosos de las cornejas o corujas, el semigrito lánguido del búho mientras se atusa el plumaje para llamar la atención a la pieza de caza que se atreve a salir de su guarida y el siseo de la espectacular lechuza… en realidad seres inofensivos, no así el taimado y mítico lobo, cuya  desagradable y frecuente compañía se detecta sin necesidad de verlo, que sigue y persigue al caminante con sus castañeteos de dientes , ojos como ascuas y  tristísimos aullidos que, debido al tufo que expele, provoca verdadero pavor, tanto a las personas como a los animales, a quienes puede decirse que le ponen los “pelos de punta” y “el vello de carne de gallina”, lo que en términos campesinos se conoce con el apelativo de “enlobarse”. 

Pero, en ocasiones, son más peligrosos los lobos que se refieren al género humano. El viajero que se lanzó a la andadura, un pie tras otro, con la intención de caer en Miajadas al amanecer, para subirse a la diligencia que le llevará a Madrid, utilizando el camino común de Alcollarín y Campo Lugar, tuvo que atravesar los arenosos adehesamientos de la Torrecilla de Abajo, las Abiertas y Carrascalejo, por donde se hunde el cauce del río Pizarroso. Ya dice el refrán que “entre las doce y la una, anda la mala fortuna”. Pero el caminante no pensaba en peligros, sin duda ensimismado en los recuerdos de los deleites amorosos… En la orilla contraria del río había gente apostada y bien oculta entre la espesura de los junquerales. No tuvo tiempo el capitán Gorbea de asustarse y mucho menos de defenderse, pues fue asaltado por los agazapados con tal rapidez, ensañamiento y violencia, que le quitaron la vida casi en el acto.

De este modo, la Cava, la guapísima Cava, vio romperse, con la pérdida del adorado prometido, una felicidad para la que no encontraba consuelo y alivio.
El capitán Gorbea fue enterrado en la iglesia parroquial del lugar de Madrigalejo, como pobre de solemnidad, el 19 de marzo de 1811.  



Hasta hace poco tiempo la calle de la Cava era conocida por la calleja de la Panadería, por ser una calle de poca entidad donde estaba enclavada la panadería de Chamizo. Por esta razón, aunque calleja, era una vía con un gran trajín y movimiento de gente.

Al oír esas últimas palabras, dos clientas de la Panadería de Chamizo. (Rosi Arias y Magda Rodríguez) nos llevan a otros tiempos de las panaderías:
-Vecina 1.- Trajín y movimiento de gente es lo que ven mis ojos
-Vecina 2.- ¡Mi madre…! ¡Cuánto gentío…! ¡No vendrán tos estos a por pan…
-Vecina 1.- ¡Calla, mujer! ¿Cómo van a venir a por pan si no son horas?
-Vecina 2.- ¿Pos no venimos nosotras de la panadería sin ser hora de despachar pan?
-Vecina 1.- Tú sabrás a lo que has venío… pero si yo no vengo, mañana no comemos pan… Me quean unos mendrugos pa unas pringás, no más. Ni pa unas migas tengo.
-Vecina 2.- Por eso no t´apures; yo te hubiese emprestao alguno, qu´entavía me quean en el costal.
-Vecina 1.- T´estoy mu agradecía. Ya estoy apañá. Mi marío fue al molino pa que le molieran el grano. Una vez molío, trajo los costales d´harina a la panadería. Y ahora he venío yo pa que me dieran los vales que m´han correspondío. A ver si los conduro pa una buena temporá.
-Vecina 2.- No te creas, que comiendo pan pa ´l desayuno, pa ´l almuerzo, pa la merienda, pa la merendilla de los muchachos, pa la latega del marío, pa la cena… ¡Uf…! necesitamos dos vales de pan al día, como poco.
-Vecina 1.- Mientras tengamos granos que moler… no nos faltará el pan de cada día.
-Vecina 2.- Ni pa los dulces…, que unas perrunillas o unas bollas de chicharrón hacen mu buen apaño pa´l desayuno… Que d´eso vengo yo, de llevar unas latas de bollas pa que me las cuezan esta noche en el horno.
-Vecina 1.- Y… digo yo… toa esta gente ¡qué bien nos hubieran venío en la siega…!, que la mucha gente…si no es pa comer…qué bien viene siempre…
-Vecina 2.- Pos no sirve darle vueltas… La cosecha s´ha terminao y el grano ya está recogío en el granero
-Vecina 1.- (Dirigiéndose al público) Oigan ustedes, al año que viene, pa San Juan, aquí les quiero ver con el jocino bien afilao p´ayudarnos a la siega… Pero pa comer…, cada uno a su casa…
-Vecina 2.- No hagan caso… Que perro ladrador, poco mordeor… Ya ven, p´abrir boca, aquí hemos preparao unos dulces entre las comadres…
-Vecina 1.- Y tiramos la casa por la ventana…
-Vecina 2.- ¡Ea, con Dios!¡Que los disfruten!



Cuando terminan su plática las vecinas, un grupo de mujeres de la Asociación de Amas de Casa reparten galletas de coco que ellas mismas habían elaborado.

Continuará…

lunes, 26 de agosto de 2019

VAMOS A CALLEJEAR 5. CALLE DEL RÍO

Pasaderas

El año pasado iniciamos un recorrido por distintas calles de nuestra localidad para contar su historia y sus historias, de una forma amena y dinámica. Ahora continuamos donde lo dejamos, para seguir conociendo más de nuestro pasado y para recordar una forma de vida que hemos dejado atrás.



Esta actividad ha sido organiza por la Oficina de Turismo y la Asociación Cultural Fernando el Católico, con la colaboración especial de la Asociación de Amas de Casa. Pero, sin duda, la visita guiada no se podría haber realizado sin la participación de los numerosos voluntarios que, con gran entusiasmo y generosidad, hicieron posible este itinerario. Por ello, damos las gracias a todas las personas que, de una forma o de otra, participaron en esta visita: al trabajo desinteresado de la Asociación de Amas de Casa y de los voluntarios; al Ayuntamiento, que puso los medios para su realización; a Protección Civil y Policía Local que controlaron la circulación vial por el recorrido; a las personas que nos han suministrado corriente eléctrica desde sus domicilios, y a todos los que nos acompañaron en la visita y a quienes están leyendo estas líneas.

Fotografía tomada en el molino de Abajo.

Nos introdujeron en el tema una vecina (Dolores Escobar), un molinero (Alfonso Cuadrado) y un pescador (Francisco Carranza). Vea mos lo que nos contaron:

-Vecina.- ¡Válgame Dios! Y ahora, ¿qué hago?
-Molinero.- Ni que me leyeras el pensamiento…
-Pescador.- Me parece a mí, que a los tres nos han trabucao.
-Vecina. – A ver…, yo vengo, por la calle el Río, con mis cántaros al cuadril, a por agua pa beber y pa los garbanzos ¿y qué me encuentro?
-Molinero.- Pues na de na, lo mismo que yo.
-Pescador.- ¿Cómo que na? ¡Peazo muro que hay ahí!
-Molinero.- Sí, Sí… ¿pero dónde está mi molino?
-Vecina.- ¿Y las pasieras?¿Y el vao? Si estaban aquí, aquí mismito… ¿A ver cómo paso yo ahora a la fuente los Grifos?
-Pescador.- Pos como tengas que saltar ese peazo muro con el cántaro a la cabeza… lo escacharras… y… ni agua pa beber ni pa los garbanzos….
-Vecina.- ¿Y qué hago yo? Si la olla del agua de casa está tan vacía que casi vemos el culo.
-Molinero.- ¡Ja!, no siento yo tu agua, sino mi molino… ¿Cómo voy a moler el grano? Pa mañana tengo que tener diez costales de harina pa los panaeros. ¿Cómo harán el pan si no tienen harina…?
-Vecina.- Pos que se lo muelan en el molino de arriba.
-Pescador.- ¿Y si os digo que eso tampoco va a poder ser…?
-Molinero.- ¿Qué…? A ver, cuenta, cuenta…
-Pescador.- Pos que m´he ío río arriba, buscando una buena tabla onde echar la caña o el trasmallo, o alguna chorrera onde estén graciosos los peces y… ni una cosa ni la otra. To el río está encenagaíto de maleza, de plantas que en mi vía he visto. No he encontrao ni un cacho chabarcón onde probar si pican los peces. 
-Vecina.- ¿Y eso qué tiene que ver con que no puedan moler en el molino de arriba?
-Pescador.- Porque también m´he tirao por el molino de arriba y ¡Ay qué lástima! Está toíto arruinao
-Molinero.- ¿Cómo que arruinao?
-Pescador.- Como te lo digo… ni tejao, las paeres caías, to lleno de maleza… Se m´han caío los palos del sombrajo.
-Vecina.- ¿Pero qué ha pasao por aquí que se lo ha llevao to por delante? ¿Habrá sío una riá?
-Molinero.- Mira que yo he conocío muchas riás en mi molino y to lo más que pasaba es que las gallinas se encaramaran al tejao…
-Vecina.- Y algún susto que otro también habéis tenío.
-Molinero.- También… más de una vez el agua nos sorprendió, pero gracias a la barca que tenemos, pudimos volver a casa.
-Pescador.- Hablando de barca…bien mal lo pasasteis aquel año que, con la barca, rescatasteis a los qu´estaban aislaos en la otra parte del río.
-Vecina.- Sí…, ya m´acuerdo d´aquello. To el pueblo estuvo pendiente de lo que pasaba, aquí, en esta orilla. ¡Madrecita mía, qué mieo pasamos!
-Molinero.- ¿Mieo…? Zurraos estábamos... Pensamos que no lo contábamos. ¡Con qué fuerza bajaba el agua! Gracias a que la soga que lanzamos la pillaron en esta orilla y con la ayuda de una yegua, entre unos cuantos, lograron traernos hasta aquí.
-Pescador.- Bueno, al final, to se quedó en susto y en algo más que contar…
-Molinero.- Y en una felicitación del Gobernador Civil, por la hazaña que habíamos realizao
-Vecina.- ¡Casi na…! Es que cuando el Ruecas baja bravo… Bien listos tienen que andar los vecinos destas casas por este lao (señalando a las primeras casas de la calle del Río), y también más allá, por la de la tía Abubilla, que el agua entra por ellas como Pedro por su casa…, vamos, sin pedir permiso.
-Pescador.- ¡Y como viene de embarrá cuando hay riá…! Aunque digan que “a río revuelto, ganancia de pecaores”, prefiero qu´ el agua vaya por su cauce… que ya buscaré yo dónde echar la caña o la tarraya.
-Vecina.- ¿Y qué me decís del agua pa beber? Si es imposible cruzar el río pa acarrearla cuando el río viene en esas condiciones. Y el agua de nuestros pozos… ¡que mira que es gorda!... no hay quien la beba. Y del río, con lo embarrá que baja, tampoco…. Vamos, qu´ en las riás, si no fuera por el vino, pasábamos más sed que en verano.
-Molinero.- No me hables de verano, que, cuando deja de correr el río, no hay fuerza que mueva esas piedras, y tenemos que ir a moler al molino del Batán, en Guadiana…
-Pescador.- Pos, pa mí, mejor el verano, que los barbos y las tencas se concentran en las tablas y chabarcones, y mejor escapamos los pescaores. Aunqu´en el rollal… los cachuelos están bien resaviaos. Pero haciendo calor, te das un remojón y andando…
-Vecina.- Más de una vez m´he remojao pasando las pasieras… unas veces queriendo, y otras, sin querer.
-Pescador.- Pos mira que tenéis habilidad pa saltar las piedras con un cántaro al cuadril y otro en la cabeza. Más de uno se queda pasmao al veros.
-Vecina.- Nuestro trabajito nos ha costao. Desde chiquenina, ya m´enseñó mi madre a hacer la rodilla con trozos de tela y, con ella en la cabeza, me ponía encima un cantarino de latón lleno de agua. Así, poco a poco, primero andando y después saltando, me fui acostumbrando… Pero más de un cántaro de barro me s´ha escacharrao…
-Molinero.- Pues me parece que ya puees coger el cántaro y nos vamos yendo pa  casa, que a mí esto me huele mu mal… Es que no ha pasao ni el porquero con la piara de la desa´l Monte
-Pescador.- A ver por dónde iban a pasar…si el vao ha desaparecío…y está ahí plantao tan tremendo muro.
-Vecina.- Bien está que los guarros sepan llegar solos cada uno a su casa y a su batuca, pero que trepen ese peazo muro…
-Pescador.- Hablando de guarros… tampoco han pasao los patos del río. No los he llegao a ver en to lo que he andurreao por ahí.
-Vecina.- Sí es verdad…, que los patos se pasan to el día en el río y, cuando llega su hora, se recogen ellos solitos, cada uno a su casa…
-Molinero.- Bueno, pues también va siendo hora de que nosotros nos recojamos, asín que, ¡con Dios!
-Pescador.- Espera…que hay por aquí mucha gente… Nos metemos entre media y a ver si nos enteramos de por qué no hay molino, ni pasieras, ni tablas, ni el rollal …
-Vecina.- Eso, eso… que yo sin saber qué ha pasao, no me meto en casa…

Aquí dejamos el enlace de la escena:

Pescadores echando la caña
Con esta simpática estampa de tres vecinos de otros tiempos, dimos comienzo a la visita guiada que organizamos por algunas de nuestras calles más emblemáticas, en la segunda edición de “Vamos a callejear”. En esta ocasión, la hemos dedicado al río Ruecas, y a las calles más cercanas a él, con alguna incursión en el río Pizarroso. 
La vecina, el molinero y el pescador nos llevan a tiempos no tan lejanos, en los que el río Ruecas era una gran fuente de riqueza para los vecinos de Madrigalejo, cuando el pueblo vivía de cara al río. Las obras de encauzamiento y la construcción del muro de contención para evitar las grandes avenidas, realizadas en la década de los ochenta del siglo pasado, unido al cambio en el modo de vida de los últimos decenios, han contribuido a que, en la actualidad, vivamos de espaldas al río, y hoy recordemos, con añoranza, al Ruecas en su estado natural. Sobre todo aquellos que lo conocimos.
Imagen de las pasaderas y la fuente de los grifos al fondo
 Nuestros antepasados eligieron para asentarse unos pequeños cerros junto a un anchuroso vado que existía en estas inmediaciones, el llamado “Vado de las Pasaderas”. Las pasaderas eran un conjunto de piedras berroqueñas, colocadas en fila, sobre las que saltaban las personas para cruzar de un lado a otro. El vado estaba cuajado de cantos rodados y por él transitaban, sin problemas, caballerías, carros y carretas, por lo que el río en este lugar, más que separar, unía una orilla con la otra. Por este motivo partían desde aquí los caminos vecinales que llevaban a otras localidades, como el camino viejo de Guadalupe o de Cañamero, el de Logrosán y el de Zorita. También había que cruzar este vado para llegar a la Dehesa Boyal y para acarrear el agua fina para beber, tanto de la Carrizosa como de la Fuente de los Grifos. Y junto al vado, algo más arriba, se encontraba el Molino de Abajo, que fue destruido con las obras de encauzamiento, cuando los molinos ya habían perdido su razón de ser con la industrialización de la molturación del cereal.

Rodillas con las que las mujeres llevaban los cántaros de agua en la cabeza
Y nos adentramos ya en el callejero, entrando por la Calle del Río. Lleva este nombre porque conectaba directamente el centro de la población con el vado de las pasaderas. Hasta la construcción del puente, allá por el año 1930, era una de las calles más transitadas, y además era una calle bien poblada –para hacernos una idea, había 32 hogares habitados a mediados del siglo XIX-. Su trazado es sinuoso y confinaba con la Casa de Santa María.

Nada más comenzar la calle, podemos contemplar unos murales. En estas paredes, hicieron sus primeros pinitos unos jovencísimos grafiteros, que hoy son artistas de éxito en el arte urbano. Recordando aquellos tiempos, han vuelto a plasmar su arte en el mismo soporte: Jonatan Carranza, Abel Ferreras y Checa, a los que se ha unido Isabel Flores y los chilenos de Valparaíso Jotape y Giova. En este mural también han querido dejarnos su particular mirada del “Picopato”.

Nuestros despistados vecinos de antaño nos fueron guiando en el recorrido que hicimos. Al pasar por las casas de esta calle, nos fijamos en el tipo de construcción. Son viviendas antiguas y bajas, con puertas amplias –para que pudieran pasar las bestias hasta el corral- y diminutas ventanas –para aislarse de las inclemencias del tiempo, del calor y del frío-.

Continuará…


domingo, 28 de julio de 2019

1919. INFESTO DE LANGOSTA

Dehesa del Monte

La puesta en regadío de la mayor parte de los terrenos cultivables en Madrigalejo ha dado como resultado la diversificación de su producción agrícola. Sin embargo, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la base de la economía local estuvo centrada, en una parte muy significativa, en la producción de cereal de secano. El hecho de que hubiera mayor o menor rendimiento en cada campaña dependía, en buena medida, de los agentes meteorológicos que se hubiesen dado a lo largo del año. Pero, además, de forma cíclica, los labradores se enfrentaban a los efectos de las dañinas plagas de langostas, lo que suponía grandes pérdidas en su producción.

A comienzos de 1919, existió una gran preocupación en el Consistorio madrigalejeño, porque se había detectado un infesto de langosta en su estado de canuto en la Dehesa Boyal. Los canutos son tubos alargados fabricados por las langostas, donde depositan sus huevos, y cada canuto suele contener entre 25 y 30 huevos[i]. Por ello, la Corporación municipal, ante el problema que se planteaba, había solicitado al servicio provincial de montes que los vecinos de Madrigalejo pudieran sembrar la Dehesa Boyal, tanto la Dehesa del Monte como el Concejil. La Dehesa Boyal, en sus dos partes, del Monte y el Concejil, estaba reservada para aprovechamiento forestal y ganadero, y sus recursos debían estar integrados en el Plan General de Aprovechamientos Forestales de la provincia. Al estar dedicada la Dehesa a la exploración ganadera y del monte, siempre tenía cobertera vegetal; por tanto, al nacer las crías de langosta, tenían alimento en abundancia a mano para poder desarrollarse y, una vez en estado adulto, saltarían a las tierras de cultivo, llevándose de calle toda la cosecha de cereal. El método para evitar que se desarrollara la plaga de langostas consistía en labrar la tierra para que no tuviera vegetación alguna con la que alimentarse las crías. Al Ayuntamiento le resultaba demasiado oneroso tener que roturar por su cuenta la Dehesa Boyal, por eso, se propuso repartirla en lotes entre los vecinos para que realizaran ellos la roturación, con el incentivo de que la sembrasen en la siguiente campaña y de esta manera se beneficiaban todos.

 Aquel año, el Ayuntamiento estaba regido por los señores D. Antonio Chamizo Carmona, como alcalde, y D. Antonio Hernando Ramos, D. José Pérez Regidor, D. Juan Ramos Carranza, D. Floro Arias Galán, D. Narciso Granjo Arroyo, D. Antonio Carranza Rodríguez, Jacinto Regidor Sánchez y D. Sandalio Lozano Serrano, como concejales.

Tras recibir del Ayudante de Montes de la provincia el permiso para poder labrar la Dehesa Boyal, la Corporación municipal nombró al vecino D. Vicente Pérez Paredes, como perito práctico, para que realizara la medición de la tierra e hiciera las particiones. Se ajustó su jornal en 7,50 pesetas diarias. La mensura realizada por el perito D. Vicente Pérez arrojó las siguientes cifras:

Total: 2.157 fanegas o 1.388 hectáreas
Dehesa del Monte: 1.631 fanegas o 1.050 hectáreas
Concejil: 526 fanegas o 338 hectáreas.

El reparto de la Dehesa para su labranza se haría vecinalmente, previo pago de 10 pesetas por cada fanega, más los gastos que se originaran con la medición, partición y distribución de lotes. Y para realizar el reparto, se nombró una comisión, que estuvo formada por D. Vicente Pérez Paredes, como director, por el concejal D. Antonio Hernando Ramos, como presidente, y por D. Francisco Sierra Sánchez  y D. Pedro Sánchez Nieto, como vocales. Ante esta comisión se presentarían las alegaciones oportunas. Y para los tres últimos miembros de la comisión, se fijó su jornal en 4 ptas. diarias.

La división y adjudicación de lotes no fue a gusto de todos, y algunos vecinos presentaron sus quejas ante el Consistorio. En su descargo, la comisión presentó su defensa ante la Corporación con el siguiente escrito:

La comisión que suscribe en virtud de la notificación que se la ha hecho para que informe en la queja que contra la misma han presentado al Ayuntamiento que la nombró, varios vecinos de la localidad, lo hace en la siguiente manera: que parten de un error los reclamantes al asegurar que no se ha verificado sorteo en los dos lotes últimos hechos para la distribución del terreno de la Dehesa Boyal, pues si bien no se ha verificado el acto material, ha sido porque al verificar los tres primeros se contaba con agregar o distribuir el resto del terreno como más inferior, casado lo inferiorismo con lo que en los primeros hubieren resultado beneficiados, lo menos inferior o algo mejor con lo que hubiere resultado más perjudicado; que no debió ni quería esta junta o comisión haber sorteado nada sin haber tenido todo dividido y casado, pero teniendo en cuenta lo avanzado del tiempo y con el fin de dar facilidad para que principiara la roturación, se verificó el sorteo con dicho fin de lo primero, bajo la base de igualar o casar esta comisión lo que faltaba que distribuir con lo ya distribuido, por la premura de varios vecinos para que pudieran ir trabajando; y por último, esta junta como sus trabajos de división los ha hecho sobre el terreno consultando con su conciencia y sin presión alguna por parte de nadie, sino lo que la equidad y la justicia les aconsejaba, no tiene inconveniente ninguno de los miembros que la componen en canjear las partes a ellos correspondientes, por lo de aquellos que se consideren más perjudicados. Madrigalejo, 20 de febrero del 1919. La comisión, Francisco Sierra, Antonio Hernando, Vicente Pérez Paredes, Pedro Sánchez Nieto”.

El Ayuntamiento acogió las razones dadas por la comisión, y al no encontrar transgresión legal en su actuación, acordaron dar por bien realizada la división y adjudicación de los lotes por la comisión y desestimaron la reclamación.

 Al ser concedida en toda su extensión la Dehesa Boyal para labor al vecindario por el infesto del canuto de la langosta, tuvo que sembrarse en su totalidad en la campaña 1919/1920, y su aprovechamiento estuvo destinado, en exclusividad, para la siembra y para la rastrojera, una vez que se hubieran levantado las mieses. Por ello, el Consistorio tuvo que enviar una propuesta, al servicio provincial de montes, para que fuera incluida en el Plan General de Aprovechamientos Forestales, consistente en la regulación de la entrada de ganado mayor y lanar, tanto en la Dehesa del Monte como en el Concejil, una vez que se hubieran levantado las mieses, según normas las siguientes: 
  
1º En la parte de la Dehesa Boyal denominada “Monte”, podrán introducirse cien cabezas de ganado mayor desde el día que sea levantada la última carga de mieses, que no podrá exceder del veinticinco de julio del venidero año 1920 hasta el día de San Miguel o 29 de septiembre del mismo año.
2º En la misma finca, y desde el cinco de agosto a el mismo día de San Miguel, podrán introducirse seiscientas cabezas de ganado lanar.
3º Pagarán por dicho disfrute el ganado mayor ciento cincuenta pesetas y el lanar trescientas cincuenta pesetas.
4º En la misma dehesa y parte denominada “Concejil”, podrán introducirse treinta cabezas de ganado mayor desde el día y forma que se dice para la primera.
5º Que, en el mismo sitio del Concejil, podrán disfrutar la rastrojera trescientas cabezas de ganado lanar, entrando o principiando el disfrute en el tiempo y forma que se dice respecto al mismo ganado en la parte “Monte”.
6º Que por dicho disfrute pagarán el ganado mayor cuarenta y cinco pesetas y el lanar ciento setenta y cinco pesetas y
7º Que dichos aprovechamientos se entienden con la carga del ganado de labor del vecindario.

En la sesión del Ayuntamiento del día 9 de marzo de 1919, se expresa la preocupación de que se aproximaba la época en que se iba a avivar el germen de la langosta y aún no estaba la Dehesa Boyal labrada en su totalidad. Por ello se acuerda llamar la atención a aquellos vecinos que no hubieran realizado ninguna labor en sus lotes y que, sin demora, procedan a su roturación. Pocos días después, se insistía en que los trabajos de roturación de la Dehesa Boyal estaban muy atrasados y se mandaba llamar a los cabeceras de lote para escucharles; después resolverían. Ya en el mes de abril, al no estar solucionado el problema, se forma una comisión dentro de la Corporación para, una vez oídos a los cabeceras de lote, acuerden el medio de distribuir lo sobrante, es decir, la parte de quienes no habían podido labrarlo, y concedérselo a los vecinos que pudieran y quieran labrar más, sin obligarles a roturar aquello que no estuviera infestado por el canuto de la langosta, pudiendo dejar sin labrar lo que no estuviera infestado, y rebajándoles el valor de media fanega a lo acordado en la primera distribución. La comisión estuvo constituida por D. Sandalio Lozano Serrano –1º teniente de alcalde-, D. José Pérez Regidor, D. Antonio Hernando Ramos y D. Juan Ramos Carranza.

La forma de roturar la tierra en aquel tiempo se realizaba con el arado tirado por la fuerza de los animales de labor. Una vez labrado el terreno, al eclosionar los huevos de la langosta y no tener nada de vegetación con la que alimentarse las crías, estas no podían desarrollarse. Y de esta forma preventiva, utilizando los medios mecánicos con los que se contaba, se luchó y se evitó en 1919 que el infesto de canutos de langosta se convirtiera en plaga, que hubiese supuesto una gran pérdida en la economía local.

Fuentes:
Archivo Municipal de Madrigalejo: (sig. 20-03)

Guadalupe Rodríguez Cerezo.