sábado, 6 de octubre de 2018

VAMOS A CALLEJEAR (3) (Calles Catalina Arroyo, Encobradero, Pozos Viriato, Numancia, San Pedro de Alcántara y La Pontezuela)



(Continuamos con la tercera entrega de la Visita Guiada “Vamos a Callejear”…)

Nos habíamos quedado en la intersección de la calle Hondonada con la calle Catalina Arroyo, justamente donde comenzamos esta tercera entrega. En este mismo punto nos sale al encuentro una dama, vestida a la usanza de principios del siglo XX, encarnada por Dolores Escobar, y esto fue lo que nos contó:



-¡Buenas noches, Señores!
-¡Qué alegría ver a tanta gente por esta calle que, en otros tiempos, fue de mi propiedad!
-Pero…perdonen ustedes mi falta de cortesía, pues no me he presentado:
Soy Catalina Arroyo, natural de esta bendita localidad de Madrigalejo; hija del zoriteño Manuel Arroyo, quien fuera sacristán y organista de nuestra iglesia de San Juan Bautista, y de Catalina Ramos, a quien llamaban “la Sabia”, y con razón, pues fue la auténtica gestora de un importante patrimonio que nos legaron a mis dos hermanos y a mí.



-Gracias a la “Sabia” de mi madre, no debí ser mal partido, pues hasta en tres ocasiones contraje matrimonio. Bien es verdad que, si quería hacer algo, necesitaba del respaldo de un hombre… ¡Ay, si yo hubiera vivido en estos tiempos que viven ustedes, otro gallo cantaría!
Pues sí, era aun muy jovencita cuando me casé con el abogado Felipe Fortuna y García de Orellana; con un patrimonio mayor que el mío, y con un prometedor futuro como político, pues no en vano fue elegido Diputado en las Cortes de Madrid por la provincia de Cáceres. Pero… ¡qué fatalidad!, con tan solo 28 años, Felipe falleció..., siendo yo aún menor de edad.
Al ser viuda, con dos hijas, y menor de edad, legalmente me declararon incapacitada para administrar el patrimonio de mis retoños y nombraron curadores para ello. ¿Lo podéis creer?

-Pero yo tenía que manejar nuestro patrimonio y, cuando tuve ocasión, me casé  de nuevo. Esta vez con el médico Carlos Viñuelas, que era natural de Guadalupe. Aunque tampoco me duró mucho mi segundo marido: lo suficiente para darme otra hija y estrenar la casa que habíamos construido en la calle San Juan, y que, a la postre, sería el domicilio familiar.

-Al enviudar por segunda vez, mi cuñado por parte de mi primer marido, Agustín Fortuna, que también era viudo y no tenía hijos, me propuso matrimonio. Sin duda lo hizo para proteger los intereses de su sobrina, mi hija Josefa. Y como no era tampoco mal partido, me casé con él.
Para huir del sofocante calor de nuestras tierras, solíamos veranear en Galicia, en Bayona concretamente. Pues en uno de estos veraneos, falleció mi marido Agustín. Y por tercera vez, quedé viuda.



-Ya no quise volver a pasar por el altar. Y entonces, sintiéndome con libertad para hacer y deshacer, me interesé por otros asuntos que me trajeron más de un dolor de cabeza y disgustos. En aquellos viajes y a través de los periódicos, supe de la posibilidad de obtener energía eléctrica a partir de saltos de agua. Ya conocía yo los beneficios de la electricidad para la iluminación y para producir fuerza…

-Y pensé… Si logro producir electricidad, haciendo una presa en el Guadiana, podría cambiar el progreso de toda la comarca.
Como no se me ponía nada por delante, hipotequé mis fincas, contraté a personas que se decían especializadas y me lancé a la aventura de la electricidad. En Cogolludo se levantó el muro, se colocaron las turbinas y comenzó a generarse electricidad.
El día de la inauguración fue una gran fiesta, pues con este salto de agua, la luz eléctrica llegó por primera vez a Madrigalejo, pero también a Acedera, las dos Orellanas, Navalvillar de Pela y Esparragosa de Lares. Y posteriormente llegaría a otras localidades de la zona.

-Pero la fiesta duró poco. En la primera gran riada del poderoso Guadiana, la presa fue a tomar vientos… Aunque no me di por vencida, y la rehíce de nuevo. Pero otra vez, el río se la llevó… Tuve que escuchar muchos sermones y consejos en contra de mis proyectos… Aun así, por tercera vez lo intenté…Esta vez fue ya demasiado, no solo me arruiné, sino que tantos disgustos me llevaron derecha a la tumba, que ocurrió en 1916, a los 53 años.

-Y antes de despedirme, os diré que si seguís por esta misma calle, llegaréis hasta la fábrica electro-harinera, la que yo construí. Pues, para estar al pie del cañón en todos estos negocios, abrí esta calle particular, desde la puerta trasera de mi casa hasta la fábrica. Algunos años después de mi fallecimiento, allá por 1925, mi familia cedió la calle al Ayuntamiento. Como muestra de agradecimiento, la corporación ofreció a mi yerno la facultad de poner nombre a la calle, y a pesar de todos los disgustos que les di, mi familia quiso que la calle llevara mi nombre, el de Catalina Arroyo.

-Bueno, con esto me despido hasta otra ocasión.
¡Que pasen buenas noches! ¡Y cuidado con las pantaruyas!

(Una vez que nos despedimos de Dª Catalina Arroyo, el tío Sabino con su carro nos conduce a la calle Encobradero)



Desde las Cuatro Esquinas hasta La Pontezuela, discurre la calle Encobradero. La raíz de esta palabra viene de cobre. Y la primera vez que, hasta el momento, hemos visto escrito “calle Encobradero” es en la contribución industrial de 1913, donde Antonio Gallego Durán tenía una taberna.

Justamente el tío Sabino nos había parado en una de las casas de esta calle. ¿Qué tiene de particular esta casa? Que fue morada de la familia Almodóvar, donde vivió el gran cineasta Pedro Almodóvar.



(Vuelve a moverse el tío Sabino con su carro, y nos para unos pasos más allá, aunque en la acera de enfrente, donde se está desarrollando una escena en otros tiempos habitual, el trabajo de los lateros, encarnados por Josefa Fernández, Juan Antonio Carrero y José Luis Sojo)

Si miramos atrás en el tiempo, esta calle tiene relación con algunos trabajadores del metal a los que se ha llamado hojalateros o lateros, sin más. Hay que tener en cuenta que hasta mediados del siglo XX, los materiales que se empleaban en el menaje de las casas (recipientes y utensilios de cocina) son, principalmente, la cerámica, el latón, el hierro y la porcelana. Los lateros realizaban un trabajo fundamental en los pueblos, porque hacían y reparaban cantidad de utensilios. En latón hacían cántaros y  jarros para el aceite, los faroles de asa para alumbrar en las casas y llevar luz al cementerio el día de los santos; los farolillos de mano para alumbrar en las procesiones de Semana Santa, algunos con cristales de colores que encantaban a los niños; los candiles, los moldes para hacer las roscas fritas y las flores, las latas para cocer en el horno las perrunillas y los bollos dormidos… Y reparaban, restaurando con estaño y remaches, los agujeros abiertos en la porcelana (ya sean pucheros, perolas, palanganas o azafates) y en el hierro, como los potes de calentar el agua, a los que a veces se les rompía una pata de las tres que tenían... También arreglaban cántaros y objetos de cerámica con lañas o grapas. Seguro que en nuestra casa tenemos algunos objetos de barro antiguos reparados de esta manera. Podemos enseñárselos a nuestros hijos y nietos para demostrarles que nada se tiraba en aquellos tiempos en que la sociedad no era de consumo, acostumbrada a usar y tirar, sino que antes lo habitual era la escasez y había que conservar las cosas lo más posible... También arreglaban las varillas de los paraguas, y solían llevar uno bajo el brazo cuando pregonaban por las calles ofreciendo su servicio y recogiendo los cacharros que había que arreglar.


 Entrañable trabajo el de los lateros que  merece el recuerdo que hoy les dedicamos. Terminamos observando un curioso hecho: cómo la calle en la que antiguamente se establecieron los trabajadores del cobre, ha atraído la instalación, en ella o en sus proximidades, de familias de lateros y otros trabajos relacionados con el metal, como la recogida de chatarra e, incluso, la carpintería mecánica: el primer taller de Andrés Gallardo Aragoneses estuvo situado junto a los Almacenes Paredes.

De Encobradero salen una serie de calles, todas de urbanización posterior a ella, ya en el siglo XX, que se caracterizan por ser calles rectilíneas, bien trazadas. Son las Calles de los Pozos, Viriato, Numancia y San Pedro de Alcántara.
La Calle de los Pozos ya estaba habitada en 1932, pues en esa fecha, sus vecinos solicitan el enrollado de la calle porque era un verdadero fangal. No tuvieron que romperse mucho la cabeza para poner el nombre a esta calle, pues en esta zona el nivel de la capa freática está muy elevada y fácilmente se podían construir pozos, por lo que la mayoría de sus viviendas tienen este elemento, tan necesario en aquellos tiempos en los que no había llegado el agua corriente.



(El tío Sabino levanta su carro y sigue conduciendo al grupo, al mismo tiempo que reparte polos de hielo entre la gente, y se para en la calle Numancia)


Estas otras calles que salen de la calle Encobradero, Viriato (que la corta perpendicularmente), Numancia y San Pedro de Alcántara, son posteriores a 1951. Las denominaciones “Viriato” y “Numancia” responden a una época concreta, aquella en la que se exaltaban los hechos históricos-heroicos y a sus personajes, para contribuir a fomentar el patriotismo. Y también “San Pedro de Alcántara”, el patrón de Extremadura, en su doble condición de catolicismo y extremeñidad.

Seguimos con la visita hasta La Pontezuela:
La calle Encobradero desemboca en La Pontezuela. Si nos hemos dado cuenta del camino recorrido, la calle Encobradero no sigue un trazado rectilíneo, sino que obedece al curso del desagüe natural de las aguas de escorrentía que bajan de los cerros cercanos a la Calle Nueva y que desembocan  en el río Ruecas.
 Estamos en el sitio llamado “La Pontezuela”, llamado así porque en este lugar había un pequeño puente, que permitía, a quienes salían del pueblo por la calle Luisa Fortuna, salvar las aguas de lluvia que bajaban por la calle Encobradero. Porque, en las épocas de lluvia, esta zona se convertía en un auténtico lodazal.
(Para ilustrarlo, en la visita, se proyectó un pequeño puente antiguo en la fachada de una de las casas)


Para aprovechar estas aguas de escorrentía que terminaban en el río, en torno a 1910, aquí se construyó una fuente que también tomó el nombre de “Fuente de la Pontezuela”. Sin embargo, este pozo no dio el fruto que se esperaba, pues solo almacenaba lo llovido y, en verano, cuando más falta hacía, se secaba. La construcción de esta fuente se hizo por suscripción popular y, cuando fue inaugurada, se colocó un letrero prohibiendo su uso a personas significativas que no habían contribuido a sufragar la obra

             No hace mucho tiempo, se cantaba una copla que decía:

Al entrar en Madrigalejo
lo primero que se ve
la casa de la tía Abubilla
y la Pontezuela al pie.

Es una lástima que se hayan perdido tanto el puente como la fuente de La Pontezuela, y que también se esté perdiendo el topónimo “Pontezuela” (buena parte de nuestros jóvenes desconocen este nombre). Por eso sugerimos al Ayuntamiento que el parque sea bautizado como “Parque de la Pontezuela”.

Texto: Antonia Loro y Guadalupe Rodríguez.

Terminamos esta tercera entrega en La Pontezuela.
Continuará…


martes, 11 de septiembre de 2018

VAMOS A CALLEJEAR (2) (Plaza de la Ermita, Calle Hondonada y Plaza del Llanejo)




(Continuamos con la segunda entrega de la Visita Guiada “Vamos a Callejear”…)

El punto de encuentro para iniciar la Visita Guiada fue la Plaza de la Ermita (o la plazoleta, como solíamos decir años atrás). En la actualidad, puede decirse que es el centro del pueblo, tanto en el sentido espacial como social. Pues aproximadamente ocupa el punto central del plano, pero también es un lugar de tránsito diario y donde se celebran las verbenas en San Juan y en la Feria o el Escaliento del Jueves de Comadres. Aunque no siempre fue así.


El espacio que hoy conocemos como Plaza de la Ermita se conformó a partir de la construcción de la Ermita de Nuestra Señora de las Angustias, edificada en 1791 e inaugurada en 1792. En aquel tiempo era zona casi despoblada, como puede verse en el acta de inauguración de la Ermita, en la que dice “…sita a la salida de la calle San Juan”; es decir, ubicada en un sitio que ni tenía nombre.


Casi 70 años después, en el “Nuevo Nomenclátor de 1859”, aparece una calle con dos nombres: de “Ermita” y de “Fuente Nueva”, con 33 edificios, todos habitados menos uno (lógicamente, la ermita). Estos datos nos indican que la calle denominada “Ermita” y “Fuente Nueva” se refería a una vía con un número de viviendas bastante mayor que las que puede albergar la actual plazoleta. Por tanto, esta calle llamada “Ermita” y/o “Fuente Nueva” sería la vía resultante de la prolongación de la calle de San Juan hacia las Cuatro Esquinas (actualmente Plaza de la Ermita y Héroes de Cobba-Darsa) y su continuación hacia la Calle Nueva, siguiendo el trazado del camino hacia el Sevellar. Y a principios del siglo XX, ya aparecen como dos vías independientes: Ermita, por una parte, y Fuente Nueva, por otra

Y también hubo un tiempo en que la plaza de la Ermita perdió su nombre. En diciembre de 1931, pasó a denominarse Plaza de Galán y Hernández. Eran los tiempos de la Segunda República y siguiendo la ideología laica del Estado, un nombre tan marcadamente católico como "ermita", no tenía lugar. Galán y Hernández son los nombres de dos capitanes (Fermín Galán Rodríguez y Ángel García Hernández), que fueron los protagonistas del pronunciamiento militar de Jaca del 12 de diciembre de 1930 contra la monarquía de Alfonso XIII, y que al fracasar, fueron fusilados. Volvió a recobrar el nombre de Plaza de la Ermita en 1937, en plena Guerra Civil.

Con el nuevo plan de urbanismo de los años 50 del pasado siglo, se abrió, a partir de esta plaza, la calle hoy llamada Valeriano Muñoz y anteriormente, José Antonio.



Vamos a evocar la vida en la plaza de la Ermita a mediados del siglo XX: espacio bullicioso, lleno de actividad y personajes entrañables. Citemos en primer lugar la fragua del tío Canuto, donde se trabajaba el hierro para darle mil formas: rejería, herramientas, herraduras... Y se reparaban desperfectos de los aperos: se afilaba la reja de los arados, las azadas y azadones, etc. Además, era lugar de conversación, por donde corrían noticias y se mataba el tiempo mientras el herrero trabajaba. Ah! Y no olvidemos el trajín de los niños en vísperas de Noche Buena, acarreando los “mocos” para montar las montañas en el nacimiento. Al lado de la fragua, la barbería del Titi, otro lugar de tertulia y mentidero, y la vuelta de la esquina, las chucherías de la mujer del Titi, la Sra. Fermina... ¡Menuda acera! Y en la otra esquina, la Reina de las Mujeres con su tienda de zapatos, y un poco más allá, otra barbería, la del Sr. Fulgencio, a quien llamaban Vinagre, y el establecimiento de Corrosclo, que era hojalatero. Y luego, un poco más acá en el tiempo, los kioskos de La Chata y la Dolores, con las ricas castañas asadas de invierno. Abriendo la calle Hondonada, el establecimiento de las Sicard, (a las que llamábamos Sicalas, con  gran enfado por su parte), que vendían un poco de todo. Y quien no faltaba los días que había cine, eran los carritos del tío Lucas y el tío Sabino, que aprovechaban los descansos de la proyección para vender sus cosas. Y las castañas asadas de la tía Fermina...

A mediados de los años 60 ocurrió una gran novedad en la plaza de la Ermita: se instaló una fuente de agua potable. Se estaban iniciando los trabajos para llevar el agua corriente a las casas y la fuente fue como una avanzadilla. ¡Qué alivio para las mozas que tenían que acarrear el agua, en cántaros a la cabeza y al cuadríl! ¡Qué animación para la plazuela de la Ermita! Pero... qué solas se quedaron las fuentes de los Grifos y de la República.



Abandonamos la Plaza de la Ermita y  continuamos la visita…Dejemos que sea el tío Sabino, con su carrito de los helados y de las golosinas (encarnado por Alfonso Cuadrado), el que nos lleve por el circuito callejero que vamos a recorrer. Nos guía hacia la calle Hondonada, donde hacemos la primera parada, en la confluencia con la calle Catalina Arroyo.



La Calle Hondonada toma su nombre de la topografía del terreno que, como puede verse fácilmente, desde el altozano de la plazoleta de la Ermita, esta vía se va ahondando hasta desembocar en el Llanejo. Consta en el “Nuevo Nomenclátor de 1859” que la calle Hondonada está formada por 26 edificios, y el Llanejo, por 33. Y alrededor de la confluencia de la calle Hondonada con el Llanejo, hasta principios del S. XIX, existió la Ermita de los Santos Mártires, ya desaparecida.


Aunque no llegamos en la visita hasta la Plaza del Llanejo (por no tener que desandar lo andado) aportamos algunos datos de su historia. El nombre de “Llanejo” también hace referencia a la topografía del terreno (un lugar llano), y ya es mencionado en documentos de mediados del siglo XVIII como sitio del Llanejo de Orexudo o Barrio del Llanejo. Pues más que una calle o una plaza, correspondía a una zona donde hoy existen varias vías (Gabriel y Galán, Zurbarán, arranque de Viriato y plaza del Llanejo), y que lo abala el hecho de estar empadronados 33 edificios a mediados del siglo XIX, o que en el primer cuarto del siglo XX estén registrados hasta 10 establecimientos públicos (dos tiendas de tejidos al por menor, una posada, una tahona, una fábrica de gaseosas, un tablajero, dos tabernas, un barbero y un veterinario).

Cuando en diciembre de 1931, se modifica el callejero, una de las vías del Llanejo pasa a denominarse calle de Gabriel y Galán, y hoy continúa con la misma denominación, en honor al poeta que escribió buena parte de su obra en castúo.

Es en 1950 cuando la plaza del Llanejo está delimitada al espacio que conocemos actualmente.



Terminamos esta segunda entrega en la calle Hondonada, en su intersección con Catalina Arroyo.
Continuará…

Texto: Antonia Loro Carranza
Guadalupe Rodríguez Cerezo.

lunes, 27 de agosto de 2018

VAMOS A CALLEJEAR I (Introducción)




La Asociación Cultural Fernando el Católico y la Oficina de Turismo de Madrigalejo organizaron, dentro de las actividades socioculturales que preceden a la Feria, una visita guiada nocturna llamada “Vamos a Callejear”. Fue una actividad coral, posible gracias a la implicación de un buen número de personas. Vaya desde aquí nuestro agradecimiento a todos ellos.
Aunque es imposible trasladar hasta estas líneas los momentos, las sorpresas y la espontaneidad que le imprimen cada uno de los partícipes, vamos a ir dejando aquí, de una manera fraccionada, los contenidos de aquella “visita” junto con algunas instantáneas. En esta primera entrega publicamos la introducción.

*El plano y su explicación.

Partimos del siglo XIII. Tras la reconquista del territorio situado entre el Tajo y el Guadiana por Alfonso IX, se configuró un sistema de repoblación basado en la existencia de una ciudad, a la que se concede unos fueros y un amplio término municipal, llamado Alfoz, para que lo dirija y administre. Estos alfoces eran tierra de realengo. Madrigalejo era una pequeña aldea del alfoz de Trujillo, al igual que los pueblos de nuestro entorno (Zorita, Logrosán, Cañamero, Navalvillar de Pela, Acedera, etc.). Desde el S. VIII estas aldeas habían formado parte de Al-Andalus, territorio peninsular ocupado por la civilización islámica y lo más probable es que estuvieran habitadas por bereberes procedentes del norte de África.




En el plano de Madrigalejo que tenemos delante, están señaladas dos áreas concretas, una en marrón oscuro, que corresponde al núcleo que existía antes de 1850, y la otra, de un marrón algo más claro, es la zona que creció entre 1860 y 1915. Digamos que estas dos áreas son las que configuran el centro histórico.

  Todo plano está condicionado por el emplazamiento, lugar concreto en el que se sitúa la población, y la topografía del terreno sobre el que se asienta. En este sentido, hay que destacar los elementos que condicionan el plano en sus orígenes:

1.- El río Ruecas. Los primeros asentamientos del pueblo se hicieron en la orilla izquierda de un amplio meandro descrito por el río, en las proximidades de un vado fácil de salvar mediante unas pasaderas. En el margen derecho se situaban las huertas, con sus norias.

2.- El núcleo originario se sitúa en una pequeña elevación, a cierta distancia del río, donde se establece la Iglesia y las primeras casas de la localidad. El lugar se presta a una fácil defensa y salvaguarda de las riadas. Llama la atención que la parte más próxima al río es la que corresponde a la tabla Caballona y no a las pasaderas. ¿Podemos pensar que el río actúa como foso defensivo? Es posible. Este espacio que estamos analizando queda limitado al este por otra pequeña elevación que, en el futuro, dará lugar a los Barrios Altos.

3.- El resto del plano se desarrolla en un terreno de llanura, sin grandes condicionamientos topográficos hasta llegar a los cerros, lo que permite un trazado rectilíneo de las calles en los sucesivos ensanches.

Análisis  del plano.

La zona más antigua del plano tiene una estructura nuclear casi perfecta, delimitada por calles de trazado irregular. El centro lo constituye la plaza de la Iglesia, de donde salen o confluyen una serie de calles radiales: la calle de la Tabla, la de Gallego Fortuna (San Gregorio), S. Juan y Luisa Fortuna (Mesones). Llama la atención, a primera vista, en esta parte del plano, el trazado irregular de las calles y la relativa abundancia de callejones cerrados, lo que puede deberse a un asentamiento musulmán anterior, ya que, en contraste con el plano de las ciudades romanas, tan organizado y rectilíneo, los núcleos urbanos musulmanes son abigarrados, caóticos y con calles sin salida.



 Las líneas radiales que escapan del núcleo serán ejes de crecimiento porque enlazan o son parte de caminos significativos. El eje horizontal se corresponde con el Camino Real, antigua calzada romana que unía Mérida-Medellín con Toledo-Zaragoza. El camino de Trujillo más ollado saldría del camino real, más o menos a la altura del actual poblado de Fernando V, por donde había otro vado, seguiría dirección Campo Lugar y Abertura, hacia Santa Cruz de la Sierra y Trujillo. Hay que tener en cuenta que entonces no estaba abierto el puerto de Herguijuela. El eje del NE, constituido por la calle de El Rio, conduce directamente al vado de las pasaderas y hacia Zorita y al camino Viejo de Guadalupe, que pasaba por Logrosán y Cañamero.

Entre 1860 y 1915 se hizo el  primer ensanche  con una serie de calles que rodean el centro, dejando amplios espacios en medio, ocupados por olivares o huertos (En el plano, está señalado en marrón claro). Son las calles de El Peral, que sigue la curva del Ruecas, las de Fernando V y Recio, a ambos lados del Camino Real y enlazando esta última con  el camino de Villanueva. Por último, la calle Encobradero, prolongación natural de dicho camino de Villanueva.



La última fase del ensanche del plano se realiza a mediados del siglo XX, de dos maneras: los espacios interiores, que quedaron encerrados con el ensanche de comienzos de siglo, se abren con nuevas calles rectilíneas. Es especialmente original la solución que se dio al espacio comprendido entre la Ermita y la calle de Gallego Fortuna: una plaza (de Felipe II) de la que salen 5 radios, modelo que se volverá a repetir en la plaza de Alonso de Ojeda. Además, se realiza un ensanche en espacios nuevos, todo alrededor del núcleo ya existente,  dando origen a un plano ordenado, con calles que se cortan en ángulos recto y que son perpendiculares a grandes ejes que confluyen hacia el centro. Fue un programa urbanístico de gran alcance y que dotó a nuestro pueblo de un plano realmente moderno. Cabe decir que la topografía del terreno contribuyó a ello.



En la actualidad, las posibilidades de ensanche a continuación del plano existente están limitadas por el cinturón que forman los cerros. Sin embargo, una vez que se  salvó el obstáculo del río con la construcción del puente, en torno a 1930, se ampliaron nuevos espacios de crecimiento, no sólo a partir del barrio de San Juan, conocido como las Casillas, sino dando lugar a nuevas urbanizaciones en el eje que forma la carretera de Trujillo.


(Continuará...)

Texto: Antonia Loro Carranza
Guadalupe Rodríguez Cerezo.

martes, 17 de julio de 2018

LOS CHOZOS




Si hay algún tipo de alojamiento que puede perderse en la noche de los tiempos y que ha seguido utilizándose hasta pasada la segunda mitad del siglo XX, ese no puede ser otro que el chozo.

Se trataba de una construcción efímera, fabricada a base de materiales vegetales. Hasta hace algunos decenios, por estos parajes, los chozos servían de vivienda ocasional a pastores, porqueros, carboneros, temporeros… que, por su oficio, tenían que vivir en el campo, ya fuera de forma transitoria o más o menos fija, según si el empleo de los ocupantes era estacional o se dilataba a lo largo del año. Precisamente el tamaño del chozo y que estuviera mejor o peor montado dependía su temporalidad y de que conviviera allí toda la familia.

La estructura de todos ellos era similar. Sobre una planta circular, se formaba un armazón con grandes ramas de encina, colocadas en sentido vertical desde la base del círculo hasta juntarse en el centro de la techumbre y, en sentido horizontal, se entrecruzaban unas varas de mimbre. Esta estructura podría recordar a la de una jaula de perdigón. Después se procedería a rellenar los huecos del armazón con la vegetación del monte que se tenía a mano (retamas, taramas…) y con paja de centeno, principalmente. La inclinación de la cubierta y la buena cobertura vegetal hacía qua el agua resbalara y no penetrara en su interior.

Su estructura ligera facilitaba que pudieran ser transportados fácilmente. Hasta tiempos relativamente recientes, el pastoreo consistía en estar continuamente con el ganado, llevándolo allí donde había buenos pastos, de forma que el rebaño fuera rotando por toda la dehesa. Cuando se agotaba la hierba de un lugar y quedaba bien estercolado para el futuro, se mudaban a otro terreno, llevando la casa a cuestas -el chozo- que iba allí donde se instalaba la majada.




En el centro del chozo se instalaba el hogar para la lumbre y, en los laterales, se disponían las camas o los camastros. Los asientos eran sillas de eneas y rudimentarias banquetas hechas de las horcaduras de ramas de encina.

Junto al chozo, estaba el chozuelo, que servía para almacenar las prendas de vestir, alimentos y accesorios, etc. Hacía la misma función que la despensa y los armarios en la actualidad. Ocasionalmente también servía como dormitorio para el zagal, cuando éste no pertenecía a la familia que ocupaba el chozo principal.

Y en la puerta del chozo, se situaba el escaramancho o caramancho. Consistía en una rama grande, fuerte y seca de encina, que se hincaba en la tierra y donde se colgaban los enseres de uso cotidiano: sartenes, pucheros, cinchas, liares, zurrones…

Los chozos han sido parte de nuestra historia, y para que no lo olvidemos, aquí la compartimos. 

-Las fotografías que acompañan a estas líneas  han sido cedidas por las familias Moreno Hortet y Rodríguez Cerezo.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

jueves, 7 de junio de 2018

SAN JUAN BAUTISTA, NUESTRO PATRÓN.



La hornacina central del retablo mayor de la iglesia de Madrigalejo cobija la imagen escultórica de San Juan Bautista, santo titular de la parroquia. En sus enjutas, dos angelotes portan sendas filacterias que completan la inscripción “No surrexit maior Ioanne Baptista”, y esta leyenda nos remite al versículo Inter natos mulierum non surrexit maior Ioanne Baptista, o lo que es lo mismo, “Entre los nacidos de mujer, no surgió nadie mayor que Juan el Bautista” (Mt. 11,11). Con este buen piropo, Jesús se dirigió a Juan…, aunque continúa diciendo…“sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que Él”. Y es que Juan el Bautista, el más grande de todos los profetas, no pudo ver la plenitud del amor de Dios, la de dar su vida por nuestra salvación y resucitar al tercer día, de la que sí son testigos quienes acogen el mensaje del Reino de Dios.


El lugar en el que se sitúa la escultura del Santo es ideal para que pueda ser contemplado por el pueblo que asiste a las celebraciones y al que la imagen se dirige. Porque la imagen habla; habla con su actitud, con sus gestos, con su indumentaria… Aunque su compostura no sugiere movimiento, su disposición no es para nada estática, sino que, con su actitud, está expresando la misión que le ha sido encomendada. Su dedo índice señala al cordero: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel (Jn 1, 29-31). Con este gesto nos está indicando su misión, la de ser el precursor del Hijo de Dios, la de indicarnos el camino hacia Jesús.


Una misión que fue revelada en el momento de su nacimiento: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos (Lc 1, 76). Juan, el último y el mayor de los profetas, es la voz que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios (Lc 3, 4-6). Y la salvación de Dios pasa por la cruz, que la escultura de San Juan porta en su mano izquierda a modo de cayado.


Contemplamos a Juan descalzo, con un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre (Mc 1, 6). Testificaba con su vida austera en el desierto el bautismo de conversión que predicaba y que le autorizaba para interpelar a la gente: Dad frutos dignos de conversión y no andéis diciendo en vuestro interior: “tenemos por padre a Abraham”; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham (Lc 3, 8). Piedras que están representadas y sobre las que apoyan el santo su pie desnudo, las patas del cordero y el cayado.


Su indumentaria nos sigue hablando… Sobre su hombro izquierdo y recogido con el brazo derecho, porta su manto. Un manto de color rojo, porque roja es la sangre que derramó en su martirio.
Herodes había enviado prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes:
-“No te está permitido tener la mujer de tu hermano”.
Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.
Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha:
-“Pídeme lo que quieras y te lo daré”.
Y le juró:
-“Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino”.
Salió la muchacha y le preguntó a su madre:
-“¿Qué voy a pedir?”
Y ella le dijo:
-“La cabeza de Juan el Bautista”.
El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. (Mc 6, 17-28)



Con la escultura, el autor quiere llevar al fiel que la contempla la esencia de la vida del santo, quiere mover el sentimiento religioso, la devoción hacia San Juan Bautista, porque es una imagen de culto. El religioso es un tema predominante en el Barroco español; como también lo es el realismo, en este caso sereno, con el que está tratada la imagen, tallada en madera policromada. Es este un material que da juego para resaltar el sentimiento religioso, al mismo tiempo que apto para diferenciar las distintas texturas de las carnes, tejidos, pieles, etc. Así podemos apreciar con qué naturalidad está tratada la lana del cordero o la piel de su vestido. Y además, para realzar el naturalismo, vemos emplear ojos vítreos postizos, tanto en el rostro de San Juan como en el cordero. El uso de postizos nos lleva a un barroco tardío, de principios del siglo XVIII.


Como también es frecuente en la escultura barroca española tallar por separado algunas partes del cuerpo, como cabezas y manos, para después ensamblarlas a la imagen mediante una espiga. Así se hizo en esta obra, como puede apreciarse en la fotografía que adjuntamos más abajo, donde falta el brazo izquierdo, sin que le falte a la imagen.


Esta escultura forma parte del retablo plateresco que preside el presbiterio de la iglesia parroquial de Madrigalejo, una obra de mediados del siglo XVI y, por tanto, de época anterior a la imagen que estamos tratando. En el retablo se abren siete hornacinas, pero tan solo dos de ellas están ocupadas por esculturas coetáneas a él, las situadas en el segundo cuerpo. Desconocemos si en la hornacina central pudo haber alojada anteriormente otra imagen del Santo o de cualquier otra advocación, lo que sí es evidente que la escultura actual de San Juan Bautista fue encargada ex profeso para ser colocada en ese lugar, tal y como puede apreciarse en sus medidas y proporciones respecto a la hornacina. Como todo el retablo, la escultura del San Santo fue restaurada en 2008 por la empresa “Talleres de Arte Granda” con fondos de la Junta de Extremadura.


El 24 de junio estamos de fiesta. Celebramos el día de San Juan Bautista, nuestro Santo Patrón; un santo tan especial que es venerado el día de su nacimiento, algo tan excepcional que el santoral solo contempla el nacimiento de Cristo, de la Virgen María y el suyo. Y porque es un santo especial, nuestros antepasados decidieron encomendarse a él y, como buen pueblo cerealístico, agradecerle los frutos de la cosecha, que en junio estaría en sazón para ser recogidos, y como protector de los ganados, al ser también el patrón de la Mesta.

Por ello, duele comprobar cómo año tras año vamos perdiendo el entusiasmo por festejar a nuestro Santo Patrón y menos fieles le acompañan en su procesión. ¿Es el signo de los tiempos…?  
¡Celebremos a San Juan Bautista como bien se merece! y...
            ¡Feliz día de San Juan!

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

jueves, 3 de mayo de 2018

EL CRIMEN DE PIZARROSO



(El texto que a continuación vamos a compartir fue escrito por mi padre, Lorenzo Rodríguez Amores, y que no llegó a publicar. En el texto intercalaremos algunas fotografías)

¿Quiénes de cuantos anden o hayan superado los tres cuartos de siglo no añoran las “corroblas” familiares, alrededor de la lumbre, para descabezar las primeras horas de aquellas interminables noches, sobretodo de la estación invernal?

Hoy prácticamente han desaparecido los diálogos hogareños porque, de golpe y porrazo, se han introducido en nuestras casas unos medios que, bien botoneados, te evitan opinar y pensar por tu cuenta, ya que todo lo presentan comido y servido. Esto ha hecho verdaderos estragos en una juventud que no sabe lo que se pierde: diálogos, consejos e intercambio de pareceres con los padres, abuelos y personas experimentadas.

Se solía empezar, casi indefectiblemente la conversación en aquellas reuniones, dada la idiosincrasia inconformista de las gentes del agro, con quejas de lo contrario que venían los tiempos para las distintas tareas camperas. Entre charlas formales o comentarios de los chismes pueblerinos, con frecuencia, salían a relucir cuentos e historietas maravillosas y sucedidos azarosos, a lo mejor vividos por el que más y el que menos de los contertulios y que la gente menuda escuchaba sin pestañear. Tampoco faltaban los relatos de episodios bélicos, con un verdadero alarde de memoria, de los que tal vez alguno de los presentes fue protagonista. Puede decirse que los que ya éramos zagaletes en aquellos lejanos tiempos estábamos enterados de las calamidades de luchar en la manigua cubana y de las privaciones de los blocaos en tierra de moros: blocaos de la Muerte, del Barranco Lobo, de Cobba-Darsa…, combates de Annual, de Seganga, de Xauen…, todos ellos con presencia de soldados madrigalejeños.

Contaban los antiguos, quienes a su vez se lo escucharon a otros más viejos que ellos, que en los tiempos de estos últimos, había en Madrigalejo una mocita sin igual por linda y garbosa. Ignoramos su nombre y apellidos, pues sólo era conocida por la “Cava”, un apodo que tampoco sabemos si se debe a que tenía su morada en la calle con esta misma denominación, la cual aún conserva, o la citada vía tomó el nombre del mote, tal vez heredado, de la moza.



La “Cava”, con sus singulares atractivos, de buen parecer y natural alegre, siempre haciendo gala de saber estar en su sitio por honesta y juiciosa, poseía un “aquel” que volvía mochales al mocerío del pueblo y de su entorno. Ni qué decir tiene que no le faltaban pretendientes y así fue preguntada, o dicho de otro modo, requerida de amores por no pocos de sus entusiastas admiradores. Pero ella resistía sin comprometerse, tal vez reservándose para cuando se acercase a ella algún buen mozo que le entrase por el ojo. La ocasión no se hizo esperar. La mocita cayó en las redes que le tiende un apuesto militar con unas perspectivas de brillante futuro profesional, pues a los veintiséis años lucía las tres estrellas de capitán.

La disciplina militar no es pródiga en permisos de asuetos, de aquí que el enamorado no pierda ocasión, cuando se le presenta cualquier coyuntura, de acercarse a Madrigalejo para disfrutar de tiernos paliques amorosos. En una de esas visitas, a nuestro capitán le llega la hora de la separación, ya que es reclamado por sus deberes profesionales y debe cortar esos idílicos momentos de “pelar la pava”, cuando todo era felicidad en la pareja. El capitán Gorbea recibe la orden de incorporarse a su guarnición toledana con urgencia.

No le queda otro recurso que tomar la diligencia en Miajadas que le llevaría a Madrid. Para llegar hasta  allí, debe hacer una penosa andadura de siete u ocho leguas, que es la distancia que separa Miajadas de Madrigalejo, y ha de hacerlo cuando la noche se viene encima, y la noche no es buena consejera para una marcha por senderos desconocidos y solitarios. Nada más iniciar el camino, las criaturas nocturnas rompen el opaco silencio de la oscuridad: la mochuelada con sus machaqueos insistentes de posesivo como si fuese suyo todo el monte, los lamentos quejumbrosos de las cornejas o corujas, el semigrito lánguido del búho mientras se atusa el plumaje para llamar la atención a la pieza de caza que se atreve a salir de su guarida y el siseo de la espectacular lechuza… en realidad seres inofensivos, no así el taimado y mítico lobo, cuya  desagradable y frecuente compañía se detecta sin necesidad de verlo, que sigue y persigue al caminante con sus castañeteos de dientes , ojos como ascuas y  trístísimos aullidos que, debido al tufo que expele, provoca verdadero pavor tanto a las personas como a los animales, a quienes puede decirse que le ponen los “pelos de punta” y “el vello de carne de gallina”, lo que en términos campesinos se conoce con el apelativo de “enlobarse”. 



Pero, en ocasiones, son más peligrosos los lobos que se refieren al género humano. El viajero que se lanzó a la andadura, un pie tras otro, con la intención de caer en Miajadas al amanecer, para subirse a la diligencia que le llevará a Madrid utilizando el camino común de Alcollarín y Campo Lugar, tuvo que atravesar los arenosos adehesamientos de la Torrecilla de Abajo, las Abiertas y Carrascalejo, por donde se hunde el cauce del río Pizarroso. Ya dice el refrán que “entre las doce y la una, anda la mala fortuna”. Pero el caminante no pensaba en peligros, sin duda ensimismado en los recuerdos de los deleites amorosos… En la orilla contraria del río había gente apostada y bien oculta entre la espesura de los junquerales. No tuvo tiempo el capitán Gorbea de asustarse y mucho menos de defenderse, pues fue asaltado por los agazapados con tal rapidez, ensañamiento y violencia que le quitaron la vida casi en el acto.

He aquí la  partida de defunción del desgraciado militar:

En la Iglesia Parroquial del lugar de Madrigalejo, obispado de Plasencia, en 19 días del mes de Marzo de 1811, fue sepultado, según el Ritual Romano, como pobre de solemnidad, Don Sebastián de Gorbea, natural de Vizcaia, se ignora de qué pueblo, Teniente Capitán del Regimiento de Cavallería Cazadores Imperiales de Toledo, el cual fue asesinado, en el día anterior, por unos malvados al lado de allá del río Pizarroso, camino de Miajadas. No recibió sacramento alguno. Y para que conste lo firmo Francisco González”.

Así, la Cava, la guapísima Cava, vio romperse, con la pérdida del adorado prometido, una felicidad para la que no encontraba consuelo y alivio.  

Lorenzo Rodríguez Amores.

(En el documento donado por la familia Esteban Rodríguez al Ayuntamiento de Madrigalejo, en el folio 3, cara A, aparece el nombre de la calle Cava, en 1805. Es muy lógico que fuese apodada  la mocita como "la Cava" por habitar en esta calle y no al contrario)