sábado, 3 de noviembre de 2018

VAMOS A CALLEJEAR (4) (Calles Luisa Fortuna y Santa María)


(Continuamos con la última entrega de la Visita Guiada “Vamos a Callejear”…)

En la misma Pontezuela (donde nos habíamos quedado), continuamos el recorrido entrando en la Calle Luisa Fortuna. Y justamente en el punto de conexión de ambas, nos topamos con una escultura en bronce que homenajea a los agricultores y ganaderos, prácticamente la fuerza motora de la economía local. Es una obra de 2013 del artista villanovense Ricardo García Lozano.


A la historia de algunas calles le pasa un poco como a la historia de las personas. Son aquellas que no han tenido una evolución lineal, sin grandes sobresaltos, sino que han pasado por diferentes etapas, unas de plenitud y pleno desarrollo, y otras de deterioro y decadencia. Quizás sea la calle Luisa Fortuna la que, entre todas las del pueblo, mejor representa este símil.

(Fotografía cedida por Inmaculada Ruiz del Árbol)

El hecho de ser parte del Camino Real favorecía el trasiego constante de caminantes en ambos sentidos. Y más habiendo parada y fonda para finalizar una jornada. No en vano se dio a esta calle el nombre de calle de los Mesones, por ser varios los que en ella tenían asiento. Es de suponer que, aparte de los mesones, otra serie de negocios se instalaran también para aprovechar la afluencia de gentes. Podemos afirmar, por tanto, que durante bastantes siglos fue la calle más importante del pueblo, la de más vitalidad económica.

Pero no será hasta el primer cuarto del siglo XX, cuando tengamos datos concretos que nos permitan hacernos una idea de su importancia. En esa época era obligado que el municipio llevara un registro de las actividades económicas para facilitar el cobro de impuestos, lo que nos aporta una valiosa información de los negocios y personas que en ella estaban domiciliados. Creemos que merece la pena citar los que aparecen entre 1910 y 1925, aunque pueda parecer un poco pesado:
Antonia Sánchez Ramos tuvo una fábrica de gaseosas entre 1910 y 1914.
La farmacia de D. Anselmo Delgado Barraquero aparece en todos los listados entre 1910 y 1925.
Francisco López Gallardo registra una herrería entre 1911 y 1925
La familia Capilla regenta una barbería de 1912 a 1914
Eleuterio Agudo García tuvo una taberna entre 1916 y 1921
La abacería /paquetería de Carlos Sicart Audije estuvo en esta calle entre 1920 y 1922.
Jacinto Gallego Benito tenía un café en 1922, que más entrado el siglo regentaría su hijo Julio.
 Pedro Guillermo Ciudad tuvo una taberna en 1922 y1923.
Hubo tres carreteros, uno de los cuales era Julián Arroyo Cañada, cuyos nietos crearon un taller mecánico del pueblo, más avanzado el siglo.
El casino social de Francisca Escobar Muñoz, conocida por el sobrenombre de la Mora, aparece registrado por primera vez en 1924.
Y prácticamente en la plaza, pero constando como calle Luisa Fortuna, figura en los años 1923 y 1924, el comercio de Fernando Recio Santaló (donde hoy se encuentra el Ayuntamiento) 

         

Pero además de todo lo anterior, en esta calle se situó el primer cuartel de la Guardia Civil y tuvo su sede la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, cuyo letrero el tiempo va dejando al descubierto. Y la procesión de la Carrerita se celebraba en esta calle.

(Aun pueden verse las letras que anunciaban la Caja de Ahorros)

A mediados del siglo XX, sigue siendo una calle con bastante vitalidad. Se mantienen una serie de bares y tascas bastante populares, como la tasca del tío Antolín, memorable por la forma de servir los vinos: en botella con una fina caña en el tapón para beber a garlito, y los bares del Cachuelo y el Tablones. También se mantienen comercios de comestibles, como los de la señora Primi y la señora Zenora, o el horno de la familia Velázquez Sojo, donde hacían unos bollos dormidos que, solo su olor, alimentaba, y algún que otro negocio, como la carpintería mecánica de Ricardo Viñuelas.

Será en las décadas de los 60 y 70 cuando entre en un claro declive. Desaparecen negocios existentes y no prosperan los que se instalan de nuevas. La calle está ya herida de muerte en lo que a vitalidad económica se refiere. En la actualidad no existe en ella ningún negocio. Lo que sí mantiene es una relativa densidad de población y el abundante trasiego de gentes y, sobre todo, de coches. No en vano sigue siendo un eje vital de comunicación que da acceso a los campos de labranza y a la carretera que nos  conecta con la Nacional 430.

             Y por ser una calle de especial tránsito, Jónatan Carranza eligió una de sus paredes para pintar el mural “Somos Madrigalejo”, de la campaña de micro-mecenazgo llevada a cabo el año pasado, con la que conseguimos tener en el museo una réplica de la Arracada celta encontrada en el Castillejo.


¿Y quién era Luisa Fortuna, que da nombre a la calle?
Esta vía se llama de Luisa Fortuna desde 1922, y fue como reconocimiento a una señora, de las principales de Madrigalejo, que sufragó a su costa un edificio para albergar las escuelas. El edificio en cuestión es donde hoy se encuentra la Biblioteca Municipal y el N.C.C., y por cuyas aulas pasaron varias generaciones de niños madrigalejeños. Allí impartieron sus clases maestros como D. Valeriano, Dª Rosa, D. José Rubio, Dª María Antonia, Dª Dolores, D. Roque, D. Adrián…

Pero antes de 1922, a esta vía se la llamaba Calle Mesones. ¿Por qué? Bueno, esto nos lo van a contar unas simpáticas vecinas de otros tiempos, encarnadas por Alba Blázquez y Clara Carranza, y que nos salen al encuentro:


-Petra- ¿Qué te parece, Catalina? Quieren que expliquemos por qué esta es la calle Mesones…
-Catalina- Pues más claro, el agua. Hay que empezar hablando del camino real.
-Petra- Sí, es verdad. Porque justamente por esta calle pasaba el camino real que unía Guadalupe con Sevilla.
-Catalina- Y con Lisboa, porque las dos rutas se juntaban en Mérida.
-Petra- ¡Cierto! Y Madrigalejo era punto obligado para pernoctar en esta ruta. Y sepan ustedes que camino real no era cualquier camino.
-Catalina- ¡Claro que no! Debían tener una anchura suficiente para que pudieran cruzarse dos caravanas, ¡sin estorbarse!
-Petra- Y gozaban de una especial protección por parte de la Corona, para que fueran bien seguros. Venían a ser como las autopistas de entonces.
-Catalina- Por eso pasaban muchos viajeros por aquí. En esta misma calle, se encontraban todos los mesones del lugar. Y en algunas ocasiones, no fueron suficientes para albergar a tanta gente.
-Petra- Pero, de un modo o de otro, todo el mundo se apañaba… Por algo se dice que somos un pueblo acogedor.
¡Ay! ¡Cuántas historias podríamos contar…! Desde el siglo XIV hasta el XIX, estuvieron pasando peregrinos para postrarse ante la Morenita.
-Catalina- Sí…, y había romeros de toda índole y condición; pobres y ricos, sanos y enfermos, viajeros y curiosos, devotos y otros, no tanto…
-Petra- Por estas calles pisaron gentes de las letras y de las artes, de armas, descubridores y conquistadores, eclesiásticos, y también algún santo que está en los altares; nobles caballeros y hasta comitivas reales.
-Catalina- ¿Qué no nos creen? Bueno, al menos, podemos sembrar algunas dudas razonables. Si Cristóbal Colón viajó, como poco, en cuatro ocasiones a Guadalupe… alguna de ellas dejaría de verse por aquí, ¿o… no?
-Petra- Cuando volvió después de haber descubierto el Nuevo Mundo, vino a dar gracias a la Virgen.  Pues así se lo había prometido en medio del fragor de una gran tormenta
 ¿Por qué otro camino pudo ir o venir?
-Catalina- ¿Y tras su segundo viaje, cuando bautizó a los indios en Guadalupe? ¿Recuerdas Juana lo extraños que eran?
-Petra- ¡Cómo lo voy a olvidar…! Era la gente más rara que había visto en mi vida. ¿Y cuándo Hernán Cortés fue a presentar su ofrenda ante Nuestra Señora?
-Catalina- ¡Pues claro! Desde Medellín hasta el Monasterio, este es el camino más derecho. Y del Gran Capitán…, de Zurbarán…
-Petra- ¡Menudos cuadros pintó el artista para la sacristía del Monasterio! Y ¿Cómo olvidar al gran Miguel de Cervantes?
-Catalina- ¡Son tantos los recuerdos…!
Pero vayamos a la Casa de Santa María, que estamos aquí al lado ¿Nos acompañan?

Petra y Catalina, junto con el tío Sabino y su carro, nos conducen hasta la puerta de la Casa de Santa María, y allí, nuestras peculiares vecinas siguen contándonos sus vivencias en esta histórica casa:


-Catalina- ¡Ay Petra! ¡Qué poco queda de lo que entonces fue la gran Casa de Santa María!
-Petra- Y tan grande…, que su edificios y dependencias ocupaban toda la manzana.
-Catalina- ¡Cuántas cosas podemos contar también sobre ella…! Pero sólo os hablaremos de algunos de sus visitantes ilustres.
-Petra- Pues sepan ustedes que, aunque no era una hospedería, en ocasiones se alojaban aquí grandes personalidades que pagaban por su estancia. Así lo hizo el barón de Rosmithal, cuñado del Rey de Bohemia, que quedó impresionado con nuestras caballerizas, donde dijo que cabían más de cien caballos.
-Catalina- Muchos personajes se hospedaron en aquellos muros. ¡Hasta reyes!, que no es moco de pavo.
-Petra- Y como ya saben, vimos morir al gran Fernando el Católico. Pero esa historia, ya la contaremos en otra ocasión.
-Catalina- Por cierto, anteriormente D. Fernando ya había estado aquí en otras dos ocasiones, y mucho más acompañado…
-Petra- Bien es verdad lo que dices. Cuando llegó con la sombra de la muerte tras él, su séquito era mucho más reducido: algunos de sus consejeros y los más incondicionales.
-Catalina- La reina Germana llegó más tarde, con el tiempo justo de despedirle en su lecho de muerte.
-Petra- También el embajador del príncipe Carlos se dejó ver por aquellos días, un tal Adriano de Utrech, que después llegó a ser Papa…
-Catalina- El que trajo un séquito impresionante fue el rey de Portugal, don Sebastián. Al menos, cuatrocientos de a caballo y dos carruajes.
-Petra- Como que salió todo el pueblo a recibirles, de lo que llamaba la atención. Y si a alguno se le escapó, lo pudo hacer a la vuelta, que también le hicimos otro buen recibimiento.
-Catalina- No tardamos en volver a ver otra gran comitiva. Yo diría que mayor. Era nuestro Rey Felipe II con toda su familia, los grandes del reino, ilustres personas de su consejo, prelados y mucha gente más.
-Petra- ¡Claro! Iban hacia Portugal, para que Felipe II fuera proclamado rey de los portugueses después de morir el pobre rey Don Sebastián. ¡Ni les cuento la caravana que llevaban!
-Catalina- Y por último, también pasó por aquí la Reina de Hungría y Bohemia, muy poco tiempo después…
-Petra- ¡Vamos, que si llega a ser en estos tiempos que viven ustedes, nos habríamos hartado de hacernos selfis con tanta gente famosa!
-Catalina- Bueno, ya está bien de tanta perorata, que si nos dejan hablar…, estamos aquí hasta mañana. Y ustedes tendrán que descansar.
-Petra- ¡Y nosotras también! Así es que ¡Buenas noches!
-Catalina- ¡Buenas noches!, y hasta otra ocasión. ¡Ah!, y tengan cuidado con las pantaruyas, que esta noche están un poco revueltas…

Una vez que se han despedido Petra y Catalina, seguimos al tío Sabino que nos lleva para que nuestra mirada alcance lo que va a salir entre la oscuridad del río…


Con un repique de tambores se dejan ver unas luminosas pantaruyas entre los árboles. Con las pantaruyas, se intentaba llamar la atención sobre algún hecho incómodo que hubiera recibido alguna persona o familia y no tuvieran otros medios de hacer justicia frente al agraviador. Y por derivación, se utilizaba para meter miedo a los niños y que se fueran cuanto antes a la cama.

Y al grito de “¡Pantaruyas en el Sevellar, burros a casa!, terminamos esta visita guiada por algunas de las calles de Madrigalejo.



Esta actividad no hubiera podido realizarse sin el concurso y la colaboración de muchas personas. Por ello, queremos mostrar nuestro agradecimiento a todos ellos:
Al Ayuntamiento y a Protección Civil por poner en nuestras manos los medios para su realización y organizar el tráfico en las vías que estuvimos ocupando.
A la intendencia de Jónatan Carranza, Marisi Moreno y Alba Blázquez.
A quienes se prestaron a la escenificación: Alfonso Cuadrado, Dolores Escobar, Pepa Fernández, Juan Antonio Carrero, José Luis Sojo, Clara Carranza y Alba Blázquez, y a los que participaron en otras ambientaciones: Abel Ferreras, Checa Noguera, Juan Francisco Paredes, Patricio Sierra y Plácido Prado.
A todos aquellos que nos prestaron utensilios y cacharros para la puesta en escena, que colaboraron en el vestuario, que nos cedieron espacio en sus casas, etc.
A Toni Loro y Guadalupe Rodríguez por su labor de documentación y redacción, así como a todas aquellas personas que nos informaron de la vida y personajes de antaño.
Y por supuesto, a todos los que, ávidos por conocer más de nuestro querido pueblo, nos acompañaron en la visita, pues si no hubiesen acudido, de nada habría valido todo el esfuerzo y el cariño que pusimos. Y a quienes estáis leyendo estas páginas, que nos animáis a que sigamos trabajando.

sábado, 6 de octubre de 2018

VAMOS A CALLEJEAR (3) (Calles Catalina Arroyo, Encobradero, Pozos Viriato, Numancia, San Pedro de Alcántara y La Pontezuela)



(Continuamos con la tercera entrega de la Visita Guiada “Vamos a Callejear”…)

Nos habíamos quedado en la intersección de la calle Hondonada con la calle Catalina Arroyo, justamente donde comenzamos esta tercera entrega. En este mismo punto nos sale al encuentro una dama, vestida a la usanza de principios del siglo XX, encarnada por Dolores Escobar, y esto fue lo que nos contó:



-¡Buenas noches, Señores!
-¡Qué alegría ver a tanta gente por esta calle que, en otros tiempos, fue de mi propiedad!
-Pero…perdonen ustedes mi falta de cortesía, pues no me he presentado:
Soy Catalina Arroyo, natural de esta bendita localidad de Madrigalejo; hija del zoriteño Manuel Arroyo, quien fuera sacristán y organista de nuestra iglesia de San Juan Bautista, y de Catalina Ramos, a quien llamaban “la Sabia”, y con razón, pues fue la auténtica gestora de un importante patrimonio que nos legaron a mis dos hermanos y a mí.



-Gracias a la “Sabia” de mi madre, no debí ser mal partido, pues hasta en tres ocasiones contraje matrimonio. Bien es verdad que, si quería hacer algo, necesitaba del respaldo de un hombre… ¡Ay, si yo hubiera vivido en estos tiempos que viven ustedes, otro gallo cantaría!
Pues sí, era aun muy jovencita cuando me casé con el abogado Felipe Fortuna y García de Orellana; con un patrimonio mayor que el mío, y con un prometedor futuro como político, pues no en vano fue elegido Diputado en las Cortes de Madrid por la provincia de Cáceres. Pero… ¡qué fatalidad!, con tan solo 28 años, Felipe falleció..., siendo yo aún menor de edad.
Al ser viuda, con dos hijas, y menor de edad, legalmente me declararon incapacitada para administrar el patrimonio de mis retoños y nombraron curadores para ello. ¿Lo podéis creer?

-Pero yo tenía que manejar nuestro patrimonio y, cuando tuve ocasión, me casé  de nuevo. Esta vez con el médico Carlos Viñuelas, que era natural de Guadalupe. Aunque tampoco me duró mucho mi segundo marido: lo suficiente para darme otra hija y estrenar la casa que habíamos construido en la calle San Juan, y que, a la postre, sería el domicilio familiar.

-Al enviudar por segunda vez, mi cuñado por parte de mi primer marido, Agustín Fortuna, que también era viudo y no tenía hijos, me propuso matrimonio. Sin duda lo hizo para proteger los intereses de su sobrina, mi hija Josefa. Y como no era tampoco mal partido, me casé con él.
Para huir del sofocante calor de nuestras tierras, solíamos veranear en Galicia, en Bayona concretamente. Pues en uno de estos veraneos, falleció mi marido Agustín. Y por tercera vez, quedé viuda.



-Ya no quise volver a pasar por el altar. Y entonces, sintiéndome con libertad para hacer y deshacer, me interesé por otros asuntos que me trajeron más de un dolor de cabeza y disgustos. En aquellos viajes y a través de los periódicos, supe de la posibilidad de obtener energía eléctrica a partir de saltos de agua. Ya conocía yo los beneficios de la electricidad para la iluminación y para producir fuerza…

-Y pensé… Si logro producir electricidad, haciendo una presa en el Guadiana, podría cambiar el progreso de toda la comarca.
Como no se me ponía nada por delante, hipotequé mis fincas, contraté a personas que se decían especializadas y me lancé a la aventura de la electricidad. En Cogolludo se levantó el muro, se colocaron las turbinas y comenzó a generarse electricidad.
El día de la inauguración fue una gran fiesta, pues con este salto de agua, la luz eléctrica llegó por primera vez a Madrigalejo, pero también a Acedera, las dos Orellanas, Navalvillar de Pela y Esparragosa de Lares. Y posteriormente llegaría a otras localidades de la zona.

-Pero la fiesta duró poco. En la primera gran riada del poderoso Guadiana, la presa fue a tomar vientos… Aunque no me di por vencida, y la rehíce de nuevo. Pero otra vez, el río se la llevó… Tuve que escuchar muchos sermones y consejos en contra de mis proyectos… Aun así, por tercera vez lo intenté…Esta vez fue ya demasiado, no solo me arruiné, sino que tantos disgustos me llevaron derecha a la tumba, que ocurrió en 1916, a los 53 años.

-Y antes de despedirme, os diré que si seguís por esta misma calle, llegaréis hasta la fábrica electro-harinera, la que yo construí. Pues, para estar al pie del cañón en todos estos negocios, abrí esta calle particular, desde la puerta trasera de mi casa hasta la fábrica. Algunos años después de mi fallecimiento, allá por 1925, mi familia cedió la calle al Ayuntamiento. Como muestra de agradecimiento, la corporación ofreció a mi yerno la facultad de poner nombre a la calle, y a pesar de todos los disgustos que les di, mi familia quiso que la calle llevara mi nombre, el de Catalina Arroyo.

-Bueno, con esto me despido hasta otra ocasión.
¡Que pasen buenas noches! ¡Y cuidado con las pantaruyas!

(Una vez que nos despedimos de Dª Catalina Arroyo, el tío Sabino con su carro nos conduce a la calle Encobradero)



Desde las Cuatro Esquinas hasta La Pontezuela, discurre la calle Encobradero. La raíz de esta palabra viene de cobre. Y la primera vez que, hasta el momento, hemos visto escrito “calle Encobradero” es en la contribución industrial de 1913, donde Antonio Gallego Durán tenía una taberna.

Justamente el tío Sabino nos había parado en una de las casas de esta calle. ¿Qué tiene de particular esta casa? Que fue morada de la familia Almodóvar, donde vivió el gran cineasta Pedro Almodóvar.



(Vuelve a moverse el tío Sabino con su carro, y nos para unos pasos más allá, aunque en la acera de enfrente, donde se está desarrollando una escena en otros tiempos habitual, el trabajo de los lateros, encarnados por Josefa Fernández, Juan Antonio Carrero y José Luis Sojo)

Si miramos atrás en el tiempo, esta calle tiene relación con algunos trabajadores del metal a los que se ha llamado hojalateros o lateros, sin más. Hay que tener en cuenta que hasta mediados del siglo XX, los materiales que se empleaban en el menaje de las casas (recipientes y utensilios de cocina) son, principalmente, la cerámica, el latón, el hierro y la porcelana. Los lateros realizaban un trabajo fundamental en los pueblos, porque hacían y reparaban cantidad de utensilios. En latón hacían cántaros y  jarros para el aceite, los faroles de asa para alumbrar en las casas y llevar luz al cementerio el día de los santos; los farolillos de mano para alumbrar en las procesiones de Semana Santa, algunos con cristales de colores que encantaban a los niños; los candiles, los moldes para hacer las roscas fritas y las flores, las latas para cocer en el horno las perrunillas y los bollos dormidos… Y reparaban, restaurando con estaño y remaches, los agujeros abiertos en la porcelana (ya sean pucheros, perolas, palanganas o azafates) y en el hierro, como los potes de calentar el agua, a los que a veces se les rompía una pata de las tres que tenían... También arreglaban cántaros y objetos de cerámica con lañas o grapas. Seguro que en nuestra casa tenemos algunos objetos de barro antiguos reparados de esta manera. Podemos enseñárselos a nuestros hijos y nietos para demostrarles que nada se tiraba en aquellos tiempos en que la sociedad no era de consumo, acostumbrada a usar y tirar, sino que antes lo habitual era la escasez y había que conservar las cosas lo más posible... También arreglaban las varillas de los paraguas, y solían llevar uno bajo el brazo cuando pregonaban por las calles ofreciendo su servicio y recogiendo los cacharros que había que arreglar.


 Entrañable trabajo el de los lateros que  merece el recuerdo que hoy les dedicamos. Terminamos observando un curioso hecho: cómo la calle en la que antiguamente se establecieron los trabajadores del cobre, ha atraído la instalación, en ella o en sus proximidades, de familias de lateros y otros trabajos relacionados con el metal, como la recogida de chatarra e, incluso, la carpintería mecánica: el primer taller de Andrés Gallardo Aragoneses estuvo situado junto a los Almacenes Paredes.

De Encobradero salen una serie de calles, todas de urbanización posterior a ella, ya en el siglo XX, que se caracterizan por ser calles rectilíneas, bien trazadas. Son las Calles de los Pozos, Viriato, Numancia y San Pedro de Alcántara.
La Calle de los Pozos ya estaba habitada en 1932, pues en esa fecha, sus vecinos solicitan el enrollado de la calle porque era un verdadero fangal. No tuvieron que romperse mucho la cabeza para poner el nombre a esta calle, pues en esta zona el nivel de la capa freática está muy elevada y fácilmente se podían construir pozos, por lo que la mayoría de sus viviendas tienen este elemento, tan necesario en aquellos tiempos en los que no había llegado el agua corriente.



(El tío Sabino levanta su carro y sigue conduciendo al grupo, al mismo tiempo que reparte polos de hielo entre la gente, y se para en la calle Numancia)


Estas otras calles que salen de la calle Encobradero, Viriato (que la corta perpendicularmente), Numancia y San Pedro de Alcántara, son posteriores a 1951. Las denominaciones “Viriato” y “Numancia” responden a una época concreta, aquella en la que se exaltaban los hechos históricos-heroicos y a sus personajes, para contribuir a fomentar el patriotismo. Y también “San Pedro de Alcántara”, el patrón de Extremadura, en su doble condición de catolicismo y extremeñidad.

Seguimos con la visita hasta La Pontezuela:
La calle Encobradero desemboca en La Pontezuela. Si nos hemos dado cuenta del camino recorrido, la calle Encobradero no sigue un trazado rectilíneo, sino que obedece al curso del desagüe natural de las aguas de escorrentía que bajan de los cerros cercanos a la Calle Nueva y que desembocan  en el río Ruecas.
 Estamos en el sitio llamado “La Pontezuela”, llamado así porque en este lugar había un pequeño puente, que permitía, a quienes salían del pueblo por la calle Luisa Fortuna, salvar las aguas de lluvia que bajaban por la calle Encobradero. Porque, en las épocas de lluvia, esta zona se convertía en un auténtico lodazal.
(Para ilustrarlo, en la visita, se proyectó un pequeño puente antiguo en la fachada de una de las casas)


Para aprovechar estas aguas de escorrentía que terminaban en el río, en torno a 1910, aquí se construyó una fuente que también tomó el nombre de “Fuente de la Pontezuela”. Sin embargo, este pozo no dio el fruto que se esperaba, pues solo almacenaba lo llovido y, en verano, cuando más falta hacía, se secaba. La construcción de esta fuente se hizo por suscripción popular y, cuando fue inaugurada, se colocó un letrero prohibiendo su uso a personas significativas que no habían contribuido a sufragar la obra

             No hace mucho tiempo, se cantaba una copla que decía:

Al entrar en Madrigalejo
lo primero que se ve
la casa de la tía Abubilla
y la Pontezuela al pie.

Es una lástima que se hayan perdido tanto el puente como la fuente de La Pontezuela, y que también se esté perdiendo el topónimo “Pontezuela” (buena parte de nuestros jóvenes desconocen este nombre). Por eso sugerimos al Ayuntamiento que el parque sea bautizado como “Parque de la Pontezuela”.

Texto: Antonia Loro y Guadalupe Rodríguez.

Terminamos esta tercera entrega en La Pontezuela.
Continuará…


martes, 11 de septiembre de 2018

VAMOS A CALLEJEAR (2) (Plaza de la Ermita, Calle Hondonada y Plaza del Llanejo)




(Continuamos con la segunda entrega de la Visita Guiada “Vamos a Callejear”…)

El punto de encuentro para iniciar la Visita Guiada fue la Plaza de la Ermita (o la plazoleta, como solíamos decir años atrás). En la actualidad, puede decirse que es el centro del pueblo, tanto en el sentido espacial como social. Pues aproximadamente ocupa el punto central del plano, pero también es un lugar de tránsito diario y donde se celebran las verbenas en San Juan y en la Feria o el Escaliento del Jueves de Comadres. Aunque no siempre fue así.


El espacio que hoy conocemos como Plaza de la Ermita se conformó a partir de la construcción de la Ermita de Nuestra Señora de las Angustias, edificada en 1791 e inaugurada en 1792. En aquel tiempo era zona casi despoblada, como puede verse en el acta de inauguración de la Ermita, en la que dice “…sita a la salida de la calle San Juan”; es decir, ubicada en un sitio que ni tenía nombre.


Casi 70 años después, en el “Nuevo Nomenclátor de 1859”, aparece una calle con dos nombres: de “Ermita” y de “Fuente Nueva”, con 33 edificios, todos habitados menos uno (lógicamente, la ermita). Estos datos nos indican que la calle denominada “Ermita” y “Fuente Nueva” se refería a una vía con un número de viviendas bastante mayor que las que puede albergar la actual plazoleta. Por tanto, esta calle llamada “Ermita” y/o “Fuente Nueva” sería la vía resultante de la prolongación de la calle de San Juan hacia las Cuatro Esquinas (actualmente Plaza de la Ermita y Héroes de Cobba-Darsa) y su continuación hacia la Calle Nueva, siguiendo el trazado del camino hacia el Sevellar. Y a principios del siglo XX, ya aparecen como dos vías independientes: Ermita, por una parte, y Fuente Nueva, por otra

Y también hubo un tiempo en que la plaza de la Ermita perdió su nombre. En diciembre de 1931, pasó a denominarse Plaza de Galán y Hernández. Eran los tiempos de la Segunda República y siguiendo la ideología laica del Estado, un nombre tan marcadamente católico como "ermita", no tenía lugar. Galán y Hernández son los nombres de dos capitanes (Fermín Galán Rodríguez y Ángel García Hernández), que fueron los protagonistas del pronunciamiento militar de Jaca del 12 de diciembre de 1930 contra la monarquía de Alfonso XIII, y que al fracasar, fueron fusilados. Volvió a recobrar el nombre de Plaza de la Ermita en 1937, en plena Guerra Civil.

Con el nuevo plan de urbanismo de los años 50 del pasado siglo, se abrió, a partir de esta plaza, la calle hoy llamada Valeriano Muñoz y anteriormente, José Antonio.



Vamos a evocar la vida en la plaza de la Ermita a mediados del siglo XX: espacio bullicioso, lleno de actividad y personajes entrañables. Citemos en primer lugar la fragua del tío Canuto, donde se trabajaba el hierro para darle mil formas: rejería, herramientas, herraduras... Y se reparaban desperfectos de los aperos: se afilaba la reja de los arados, las azadas y azadones, etc. Además, era lugar de conversación, por donde corrían noticias y se mataba el tiempo mientras el herrero trabajaba. Ah! Y no olvidemos el trajín de los niños en vísperas de Noche Buena, acarreando los “mocos” para montar las montañas en el nacimiento. Al lado de la fragua, la barbería del Titi, otro lugar de tertulia y mentidero, y la vuelta de la esquina, las chucherías de la mujer del Titi, la Sra. Fermina... ¡Menuda acera! Y en la otra esquina, la Reina de las Mujeres con su tienda de zapatos, y un poco más allá, otra barbería, la del Sr. Fulgencio, a quien llamaban Vinagre, y el establecimiento de Corrosclo, que era hojalatero. Y luego, un poco más acá en el tiempo, los kioskos de La Chata y la Dolores, con las ricas castañas asadas de invierno. Abriendo la calle Hondonada, el establecimiento de las Sicard, (a las que llamábamos Sicalas, con  gran enfado por su parte), que vendían un poco de todo. Y quien no faltaba los días que había cine, eran los carritos del tío Lucas y el tío Sabino, que aprovechaban los descansos de la proyección para vender sus cosas. Y las castañas asadas de la tía Fermina...

A mediados de los años 60 ocurrió una gran novedad en la plaza de la Ermita: se instaló una fuente de agua potable. Se estaban iniciando los trabajos para llevar el agua corriente a las casas y la fuente fue como una avanzadilla. ¡Qué alivio para las mozas que tenían que acarrear el agua, en cántaros a la cabeza y al cuadríl! ¡Qué animación para la plazuela de la Ermita! Pero... qué solas se quedaron las fuentes de los Grifos y de la República.



Abandonamos la Plaza de la Ermita y  continuamos la visita…Dejemos que sea el tío Sabino, con su carrito de los helados y de las golosinas (encarnado por Alfonso Cuadrado), el que nos lleve por el circuito callejero que vamos a recorrer. Nos guía hacia la calle Hondonada, donde hacemos la primera parada, en la confluencia con la calle Catalina Arroyo.



La Calle Hondonada toma su nombre de la topografía del terreno que, como puede verse fácilmente, desde el altozano de la plazoleta de la Ermita, esta vía se va ahondando hasta desembocar en el Llanejo. Consta en el “Nuevo Nomenclátor de 1859” que la calle Hondonada está formada por 26 edificios, y el Llanejo, por 33. Y alrededor de la confluencia de la calle Hondonada con el Llanejo, hasta principios del S. XIX, existió la Ermita de los Santos Mártires, ya desaparecida.


Aunque no llegamos en la visita hasta la Plaza del Llanejo (por no tener que desandar lo andado) aportamos algunos datos de su historia. El nombre de “Llanejo” también hace referencia a la topografía del terreno (un lugar llano), y ya es mencionado en documentos de mediados del siglo XVIII como sitio del Llanejo de Orexudo o Barrio del Llanejo. Pues más que una calle o una plaza, correspondía a una zona donde hoy existen varias vías (Gabriel y Galán, Zurbarán, arranque de Viriato y plaza del Llanejo), y que lo abala el hecho de estar empadronados 33 edificios a mediados del siglo XIX, o que en el primer cuarto del siglo XX estén registrados hasta 10 establecimientos públicos (dos tiendas de tejidos al por menor, una posada, una tahona, una fábrica de gaseosas, un tablajero, dos tabernas, un barbero y un veterinario).

Cuando en diciembre de 1931, se modifica el callejero, una de las vías del Llanejo pasa a denominarse calle de Gabriel y Galán, y hoy continúa con la misma denominación, en honor al poeta que escribió buena parte de su obra en castúo.

Es en 1950 cuando la plaza del Llanejo está delimitada al espacio que conocemos actualmente.



Terminamos esta segunda entrega en la calle Hondonada, en su intersección con Catalina Arroyo.
Continuará…

Texto: Antonia Loro Carranza
Guadalupe Rodríguez Cerezo.