lunes, 28 de septiembre de 2020

MADRIGALEJO EN EL CAMINO A GUADALUPE

 



Uno de los caminos tradicionales que utilizaban los peregrinos para llegar al Monasterio de Guadalupe atravesaba de oeste a este Madrigalejo. Además, la Iglesia de Guadalupe poseía una importante hacienda en nuestra localidad. Estas dos circunstancias propiciaron que existiese una estrecha vinculación entre el Convento y Madrigalejo durante unos cinco siglos. Por ello, a través de estas líneas, se intentará destacar la importancia que el camino de Guadalupe tuvo en nuestra historia.

ABRIENDO CAMINOS

La noticia de la aparición milagrosa de una imagen de la Virgen junto al río Guadalupe corrió de boca en boca de tal modo que, muy pronto, empezaron a llegar los primeros peregrinos hasta el lugar, a una humilde ermita que Nuestra Señora pidió construir al vaquero Gil Cordero para cobijar su imagen. La fama de los prodigios que obraba la Virgen a quienes se encomendaban a ella llegó a oídos del rey Alfonso XI de Castilla, quien, hacia 1330, estaba cazando por estos parajes. El monarca visitó la ermita, que se encontraba en un estado algo ruinoso, y mandó agrandarla, al mismo tiempo que le otorgó algunos beneficios. Poco tiempo después, estando Alfonso XI combatiendo contra los moros en la batalla del Salado en 1340, el monarca se encomendó a la Virgen de Guadalupe, y como salió victorioso, en agradecimiento, concedió término a la Puebla que allí se acababa de fundar y grandes prebendas para ella. Comenzó por entonces la construcción del Monasterio bajo la tutela de un priorato secular hasta la llegada de la Orden Jerónima, en 1389.

(Foto: Fr. Joaquín Pacheco, OFM.)

De esta forma, fue generalizándose un ir y venir de peregrinos hacia Guadalupe hasta el punto de que, tras Santiago de Compostela, llegó a ser uno de los centros más importantes de peregrinación en la Península Ibérica. Y con el trasiego de peregrinos, se fueron abriendo caminos, algunos de los cuales se llamaron Reales, aquellos que gozaban de una protección especial del Estado, con fueros especiales, más anchos que los demás y que unían ciudades importantes y distantes entre sí.

Madrigalejo se encuentra a una jornada de camino para llegar a Guadalupe. En un primer momento, el trayecto se hacía por el llamado “camino viejo de Guadalupe” que discurría por el curso del río Ruecas, utilizando el que ya existía para llegar a Cañamero. Sabemos de su temprana existencia porque “la carrera de Cañamero” está ya documentada en 1264, cuando Alfonso X concedió a Madrigalejo la merced de disponer de dehesa boyal[1].  

Posteriormente comenzó a ser más transitada una nueva vía más llevadera, la que iba por la margen izquierda del Ruecas, pasando por el Rincón de Valdepalacios, y que se adentraba en las Villuercas a través de la cuesta de Puertollano. Es ahora cuando, por su importancia, esta vía se convirtió en “camino real”, que unía Guadalupe con Sevilla. Para entonces, el trajín de peregrinos era incesante. 

Aparte de su relación con el camino, Madrigalejo estuvo muy vinculado a Guadalupe desde mediados del siglo XIV, porque la Iglesia de la Puebla fue amortizando, en dicha localidad y alrededores, una gran hacienda rústica que luego pasó a ser del Monasterio. Esta hacienda se administraba desde una importante casa de labranza, a la que llamaron Casa de Santa María, y a la que el Barón de Römisthal, a mediados del S. XV, se refería como unos magníficos edificios que aventajan a los demás que lo forman[2]. Esta situación se mantuvo durante unos quinientos años, hasta que se hicieron efectivas las leyes desamortizadoras de 1835.

(Casa de Santa María.)

LOS PEREGRINOS

El paso de peregrinos por Madrigalejo, para postrarse ante Santa María de Guadalupe, era constante. La inmensa mayoría fueron peregrinos anónimos, que llevaban en su fardo cuitas, esperanzas, exvotos o el cumplimiento de promesas, y que no dejaron prueba documental específica. Muchos de aquellos romeros se alojarían en mesones y posadas, como la que aparece reflejada en el cuestionario de la Real Audiencia de Extremadura[3], donde se dice que tenía bastante capacidad. Es significativo el hecho de que, la calle por donde el camino real atravesaba la localidad y que hoy es “Luisa Fortuna”, se llamara, hasta 1922, calle “Mesones”, y anteriormente se la conocía como calle “Real” o calle del “Rey”.

Para refugio y atención de los peregrinos pobres, aquellos que no tenían recursos para pagar un alojamiento, existía en Madrigalejo una casilla hospital. Hemos encontrado documentación de los siglos XVII y XVIII en la que se alude a un hospital en Madrigalejo[4], además de la que está recogida en el cuestionario de la Real Audiencia de Extremadura (finales del S. XVIII) [5].

Los viajeros de mayor poder adquisitivo podrían alojarse en la Casa de Santa María, pues, aunque era una casa de labranza -como se ha dicho-, en ocasiones alojaba a ciertos peregrinos. Es lo que se entiende en el documento de las obligaciones de su casero, en el que se dice que si viniere algún señor, como duque o conde, a quien no se le podrá negar la casa, se le podrá abrir el aposento y todas las celdas menos las de las ropas de los religiosos[6]. Y también el Barón de Römisthal decía de la Casa de Santa María que suelen posar en ella caballeros que pagan su gasto y tiene unas caballerizas en que caben más de cien caballos, porque esta hospedería es casi regia[7].

El Barón de Römisthal habla de “hospedería casi regia” porque la Casa de Santa María sirvió de alojamiento a diversos monarcas, tanto castellanos como portugueses, en su ir y venir hacia Guadalupe. Bien conocida es la estrecha vinculación de la monarquía castellana con el Monasterio de Guadalupe y las numerosas visitas reales que recibió. Para algunos de aquellos desplazamientos, utilizaron el camino real que pasaba por Madrigalejo, donde la Casa de Santa María les acogería por ser el edificio con mayores prestaciones de los contornos. Y aunque no existe certeza documental de algunas de esas estancias, las fuentes dan fe de que, tanto Fernando el Católico, como Felipe II y el rey D. Sebastián de Portugal, se alojaron en ella.

Las visitas de los Reyes Católicos al Monasterio, tanto juntos como por separado, fueron numerosas y utilizaron esta ruta en algunas ocasiones. En 1511, el rey Fernando firmó en Madrigalejo algunos documentos, cuando viajaba hacia Sevilla acompañado de su segunda mujer, Germana de Foix[8]. Pero la estancia del rey Católico en Madrigalejo de mayor relevancia histórica fue la que tuvo lugar en enero de 1516. Viajaba desde Plasencia hacia Guadalupe, cuando tuvo que parar forzosamente en la Casa de Santa María debido al empeoramiento de su estado de salud. En este edificio el monarca pasó los últimos días de su vida y dejó un importante legado para la posteridad, pues aquí firmó su testamento definitivo, un testamento de hondo calado político que fue trascendental en el devenir histórico posterior. Gracias a las disposiciones en él contenidas, su nieto Carlos I pudo ceñir las Coronas que conformaban la unión de reinos con la que habían soñado los Reyes Católicos, sin que nadie pudiera disputárselas. Por tanto, en este camino que conducía hacia Guadalupe, se firmó el “documento jurídico de aplicación al Derecho más importante que se ha firmado nunca en Extremadura”, en palabras de Alberto Sáenz de Santa María Vierna [9].

(Facsímil del testamento del rey Fernando el Católico)

También el mítico rey Don Sebastián de Portugal utilizó esta ruta cuando fue a Guadalupe, en la Navidad de 1576, para tener un encuentro con su tío, el rey Felipe II. Al Monasterio llegó el 22 de diciembre, después de haber pernoctado las noches anteriores en Talavera la Real, Mérida, Medellín y Madrigalejo. A la vuelta, siguió el mismo itinerario, haciendo noche en la Casa de Santa María de Madrigalejo el 2 de enero de 1577.[10]

Tres años más tarde, el rey Felipe II con su corte recorría el mismo camino después de pasar la Semana Santa de 1580 en Guadalupe, para ser proclamado rey de Portugal, tras el fallecimiento de Don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir. Y en la casa de Santa María, encontraron también aposento.[11]

DECADENCIA

La Casa de Santa María perdió parte de su importancia cuando, en el siglo XVIII se construyó, a muy corta distancia, el Cortijo de San Isidro, para compartir la administración de las tierras que el Monasterio tenía en la zona. Pero fue en el siglo XIX cuando prácticamente desapareció. El edificio fue expropiado por las leyes desamortizadoras y, una vez parcelado, salió en pública subasta. En el espacio que antes ocupara esta histórica casa se construyeron un buen número de viviendas. Hoy solo queda como testimonio de lo que fue la Casa de Santa María una amplia sala, donde con toda probabilidad murió el rey Fernando el Católico, y un aljibe.

Por entonces y por las mismas leyes desamortizadoras, el Monasterio de Guadalupe también pasó años de oscuridad y ostracismo hasta principios del siglo XX. Fue en 1908 cuando la Orden Franciscana se hizo cargo del Monasterio con la misión de levantar su importante patrimonio espiritual, así como restaurar y conservar su gran legado artístico y cultural. Poco a poco comenzaron a reactivarse las peregrinaciones hasta el santuario. Sin embargo, los tiempos estaban cambiando y, progresivamente, los medios motorizados de locomoción fueron ganando terreno. Los viejos caminos de tierra dejaron de ser transitados en favor de las carreteras asfaltadas. Y estas carreteras dejaron fuera a Madrigalejo del circuito de peregrinación a Guadalupe.

Entre mis recuerdos de la infancia, está la de una tarde de otoño en la que llegaron unos jinetes a la Plaza de Madrigalejo. Era un grupo de personas a caballo, que hacían la “Marcha de la Hispanidad” hacia Guadalupe evocando los caminos tradicionales. En nuestra plaza se les hizo un gran recibimiento, con niñas vestidas con traje regional, que ofrecieron ramos de flores a las mujeres que venían a caballo. Pasaron aquí la noche y, al día siguiente, continuaron su camino para presentarse ante Nuestra Señora. De aquello hace unos cincuenta años. En la actualidad, cada 12 de octubre, en Guadalupe se congregan centenares de caballos en el “Día de la Hispanidad”, que llegan a través de los distintos caminos, convirtiéndose en una auténtica fiesta, fiesta que está declarada, desde 2007, de Interés Turístico de Extremadura.

(Recibimiento a la Marcha de la Hispanidad)

Y CONCLUÍMOS

Para la conclusión voy a utilizar unas palabras escritas por Vicente Barrantes a finales del siglo XIX, que avalan lo dicho hasta ahora:

“…el camino por Villanueva de la Serena y Madrigalejo ha debido ser desde siempre el camino real de Guadalupe, en la verdadera acepción de esta palabra, pues de Sevilla y Lisboa arrancaban las peregrinaciones de sus más famosos visitantes, excepto los Reyes Católicos, que por todas partes iban (…). El rey D. Sebastián de Portugal, que pasó por Badajoz para consultar en Guadalupe con Felipe II su desgraciada empresa contra África, no pudo seguir otro itinerario, ni Hernán Cortés cuando desembarcó de la conquista de Méjico, ni Cervantes al salir de su cautiverio de Argel en brazos de los frailes mercedarios.”

“Esta última circunstancia es decisiva en favor del camino que toca en Madrigalejo. Los esclavos que por encomendarse a la Virgen de Guadalupe se veían arrancados al duro banco, al pesado remo o a la triste oscuridad de la mazmorra (…) peregrinaban a dar gracias a su divina protectora cargados con sus férreas cadenas (…) y para tan penoso viaje (…) elegirían el camino más fácil y llano, que no es otro que el de la Serena, desembarcando ellos, como solían desembarcar en Sevilla o Málaga. Cervantes casi nos lo traza al pie de la letra en sus Trabajos de Persiles y Segismunda”.

“La muerte de D. Fernando el Católico en Madrigalejo, de paso para Guadalupe, sería argumento concluyente en favor de nuestra tesis, si no hubiera otro más decisivo aun, que son los restos de una buena y ancha calzada que se descubre en el llamado Puertollano, primera garganta de las Villuercas por esta parte, que indudablemente llevaría carruajes, literas de enfermos, camillas y las grandes cabalgatas de damas y caballeros hasta las mismas puertas del santuario.”[12]



Estamos en Año Santo Guadalupense, por ello, no quería dejar de pasar la ocasión para reivindicar uno de los caminos históricos más transitados por peregrinos que, desde los primeros tiempos, se postraban a los pies de la Madre de Dios. Este camino es histórico en toda su extensión, tanto por el decurso de años y siglos de andadura de viajeros y peregrinos, como por los hechos históricos que en este camino acaecieron o los personajes históricos que lo pisaron. Pero también debemos recordar lo que supuso para Madrigalejo el Monasterio de Guadalupe y el camino real que hasta él conducía: fueron siglos de convivencia a través de su hacienda agro-ganadera y, además, el camino real también formó parte de nuestro devenir histórico, con todo lo que conlleva a su alrededor. En definitiva, el camino que llevaba a Guadalupe forma parte de nuestro patrimonio que no debemos olvidar.

(Foto: Fr. Joaquín Pacheco, OFM.)

 Guadalupe Rodríguez Cerezo.

 

Bibliografía:

https://www.cronistasoficiales.com/?p=97350

-F. PABLO DE ALHOBERA: Libro de la Hacienda del Monasterio de Guadalupe. Año 1641. Biblioteca del Monasterio de Guadalupe.

-A. ÁLVAREZ ÁLVAREZ. Guadalupe en los clásicos y en viajeros antiguos. Gráficas ORMAG. Madrid. 2002.

-GARCÍA MERCADAL: Viajes de Extranjeros por España y Portugal. Viaje del noble bohemio León de Römisthal de Blatna por España y Portugal, 1465-1467. Ediciones Aguilar Madrid 1952.

-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S. A. Badajoz. 2008.

-W. RUBIO CALZÓN: “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el Rey don Fernando V, El Católico, y documentos que lo testifican”. Revista de Estudios Extremeños. Vol. 38. Nº3. Badajoz, 1982

-A. SÁENZ DE SANTA MARÍA VIERNA. El Testamento Cerrado de Fernando el Católico. Cometa S.A. Zaragoza. 2018.

-Visita al lugar de Madrigalejo de la Real Audiencia de Extremadura en 1791.

 

Fuentes:

-Archivo Parroquial de Madrigalejo.



[1] F. PABLO DE ALHOBERA: Libro de la Hacienda del Monasterio de Guadalupe. Año 1641. Biblioteca del Monasterio de Guadalupe. Recogido en: L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S. A. Badajoz. 2008. Págs. 129 y 130.

[2]GARCÍA MERCADAL: Viajes de Extranjeros por España y Portugal. Viaje del noble bohemio León de Römisthal de Blatna por España y Portugal, 1465-1467. Ediciones Aguilar Madrid 1952

[3]Ibídem, respuesta a la pregunta 9.

[4] Archivo Parroquial. Libro de testamentos.

[5]Respuesta a la pregunta 21 del cuestionario de la Visita al lugar de Madrigalejo de la Real Audiencia de Extremadura en 1791.

[6] F. PABLO DE ALHOBERA: Libro de la Hacienda del Monasterio de Guadalupe. Año 1641. Biblioteca del Monasterio de Guadalupe.

[7] GARCÍA MERCADAL: Viajes de Extranjeros por España y Portugal. Viaje del noble bohemio León de Römisthal de Blatna…Op. cit.

[8] W. RUBIO CALZÓN: “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el Rey don Fernando V, El Católico, y documentos que lo testifican”. Revista de Estudios Extremeños. Vol. 38. Nº3. Badajoz, 1982. Págs. 551 y 554.

[9] A. SÁENZ DE SANTA MARÍA VIERNA. El Testamento Cerrado de Fernando el Católico. Cometa S.A. Zaragoza. 2018. Pág. 218.

[10] L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S. A. Badajoz. 2008. Págs. 259-265.

[11] Ibídem. Págs. 265y 266.

[12] A. ÁLVAREZ ÁLVAREZ. Guadalupe en los clásicos y en viajeros antiguos. Gráficas ORMAG. Madrid. 2002. Págs. 45 y 46.


jueves, 13 de agosto de 2020

RABOS DE CORDERO

 


Solemos ir al supermercado, al híper o a las grandes superficies para comprar, entre otras muchas cosas, todo lo necesario para nuestra alimentación, ya sea para el día, la semana o el mes. Allí podemos encontrar de todo, da igual que sea o no de temporada. La globalización ha hecho posible que cualquier producto llegue al punto más remoto de la Tierra y que podamos encontrar aquí productos que nuestros abuelos ni se imaginaban que pudieran existir, o comerlos fuera de temporada.  Y no solo eso, nuestros abuelos, si levantaran la cabeza, morirían otra vez de susto, al ver de qué forma despilfarramos los alimentos de cada día.

Efectivamente, en cuestión de unos decenios, hemos pasado de una economía autárquica, en la que se consumía esencialmente lo que cada cual producía, a una economía salvaje de mercado, en la que todo lo que usamos pasa por caja. No es solo que nuestros antepasados se conformaran con lo que tuvieran a mano; lo grande de ellos es que sabían sacar un buen partido de cualquier producto que tuvieran en ese momento, aprovechándolo todo. Gracias a ese espíritu de austeridad, ha llegado hasta nosotros una rica gastronomía que no podemos dejar de perder.

Un ejemplo de aquella cocina de aprovechamiento en el contexto de la actividad ganadera son los rabos de cordero. En la cría del ganado ovino, como en cualquier explotación ganadera, es esencial que cada año se vaya renovando el rebaño, en una tasa de reposición que puede estar en torno al 20 %. Para llevar a cabo la reposición, se reservan las corderas de una de las parideras para que lleguen a ser hembras reproductoras. Cuando esas borregas de renuevo tienen unos tres meses, se les cortan los rabos. La razón por las que se realiza esta operación es para que, cuando sean adultas, puedan ser montadas con mayor facilidad por el macho y se favorezca así su función reproductora.

(En esta fotografía, que puede tener unos ochenta años, vemos un montón de rabos en la esquina derecha inferior)

Este es un uso ancestral en el manejo del ganado lanar y, por tanto, está muy extendido en las zonas de tradición ovina, especialmente vinculadas a la Mesta y a la trashumancia. Los pastores, en lugar de tirar como desechos aquellos rabos que habían cortado a las corderas, los aprovechaban en la cocina, elaborando unos sabrosos y suculentos platos, que hoy en día son, para muchos, un auténtico manjar.

Pero hasta que los rabos de cordero puedan ser cocinados, requieren una preparación muy laboriosa, ya que es fundamental que no quede ningún resto de lana en ellos. Por esta razón, en primer lugar, se pelan los rabos con tijera. Después, se chamuscan en la lumbre, para que se vayan quemando los restos de lana que hubieran quedado. Al sacarlos, se raspa lo chamuscado con una navaja, echándolos a la lumbre y raspándolos una y otra vez hasta que no quede rastro alguno de lana. Por último, se lavan bien con agua muy caliente, restregándolos con un fregón, hasta que queden lo más limpios posibles. Es entonces cuando pueden entrar en la cocina.

A partir de aquí, existen muchas formas de prepararlos. Se pueden hacer con patatas, en vinagreta, en escabeche, rebozados con tomate, en salsa, etc. Y como formo parte de una familia de tradición ganadera, los rabos de cordero han estado presente en la mesa de mis padres, cada año, en torno al día de San José, igual que anteriormente lo estuvieron en la de mis abuelos y ahora lo están en las nuestras, siguiendo las recetas familiares. Mi madre solía preparar los más tiernos, en vinagreta, y los demás, rebozados en salsa. Expongo a continuación la receta de rabos de cordero rebozados:

Primeramente, se trocean y se ponen a hervir en abundante agua, con cebolla, laurel, guinda seca, pimienta negra y sal. Cuando estén cocidos, se escurren y se reserva el agua de cocción. Los trozos de rabo se rebozan con harina y huevo y se van friendo en abundante aceite de oliva, sacándolos cuando estén doraditos. Una vez terminada esta operación, una parte del aceite utilizado para freírlos se utiliza para hacer un sofrito de cebolla y, cuando esta esté pochada, se añaden los rabos y el agua reservada. Se rectifica de sal y se deja cocer hasta que espese. En este punto, ya pueden servirse en la mesa para ser degustados.






A través de estas pocas líneas he querido, por un lado, poner un ejemplo de la rica gastronomía de aprovechamiento que hemos recibido de nuestros mayores, en la que los despojos tenían un lugar importante y aportaban variedad a los limitados productos alimenticios con los que contaban. Es un legado que hemos recibido que, no solo no debemos despreciar, sino que debemos conservar y potenciar. Y, por otro lado, no está de más recordar la importancia que la trashumancia tuvo en la transmisión de usos y costumbres, de folclore y de gastronomía entre los territorios ocupados por los rebaños mesteños.   

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

miércoles, 8 de julio de 2020

LOS VERANOS DE ANTONIA CALDERA



Antonia Caldera Tejeda pasaba los veranos de su niñez en casa de su abuelo materno Juan, en Madrigalejo. Los recuerdos de aquella infancia los plasmó en un texto, que presentó en 2006 en el XIV CERTAMEN LITERARIO PARA PERSONAS MAYORES “EXPERIENCIA Y VIDA”, organizado por la Consejería de Sanidad y Dependencia de la Junta de Extremadura. La obra de Antonia Caldera, “Recuerdos de mi infancia”, fue premiada con el Primer Accésit, y publicada, junto con las demás obras premiadas y seleccionadas, en un libro, en 2007.

Desde la añoranza, Antonia Caldera refleja en su relato unos tiempos y una forma de vida muy diferentes a los actuales, que merece mucho la pena evocarlos. Es una gozada leer su texto, entre otras cosas, por el cariño que rezuma en el escrito. Y, como nos ofrece una información preciosa sobre el Madrigalejo de mediados del siglo XX, a continuación, iré entresacando algunos fragmentos de su obra, que van a ir entrecomillados, y, de forma intercalada, irán algunos breves comentarios.

Antonia describe a su abuelo de esta manera: “Mi abuelo era un señor viejo, fuerte, con bigote canoso y ojos azules, aunque no era muy alto. Estaba casi ciego y le faltaba la mano izquierda, la había perdido en la guerra de Cuba. Él estaba orgulloso de ello, y por haber sobrevivido a aquel desastre le dieron la Placa de San Hermenegildo, una condecoración militar muy importante”. El Sr. Juan Tejeda era todo un personaje y, sobre él, Lorenzo Rodríguez Amores, en la página 451 de Crónica Lugareñas. Madrigalejo, dice que vino mal parado de la guerra de Cuba:
con su cuerpo maltrecho de las laceraciones recibidas en el campo de batalla: un ojo en extremo vasculizado, fuera de su natural alojamiento, sin un carrillo y manco de una mano. Según sus referencias, esta mano le salvó la vida pues, al protegerse con ella, si bien fue cercenada, evitó que le abriesen la cabeza, hacia donde iba dirigido el golpe de espada del enemigo. También llegó con una paga vitalicia que, aunque en un principio fue la ínfima de cabo, que es como ingresó en el Cuerpo de Mutilados, más adelante se convertirá en suculenta, al alcanzar, ya anciano, la graduación de general.

Su abuelo vivía en la calle del Peral, en “una casa propia, hecha a su gusto, que en aquellos tiempos era mucho, de dos plantas, en una calle ancha empedrada”. Varias décadas después, Antonia volvió a pisar esta calle y cuenta que “ya estaba asfaltada y, cosa curiosa, las casas todas me parecían más pequeñas y bajas”.

Calle del Peral en la actualidad

Otros recuerdos entrañables de entonces “era ver cómo al caer la tarde, sobre todo en el verano, iban pasando sucesivamente manadas de vacas, que iban de recogida; el vaquero las recogía por la mañana y las llevaba a sus dueños respectivos por las tardes”.

“Lo mismo que con las vacas ocurría con los cerdos, cada cerdo por la noche a su casa y hasta algunos vecinos tenían patos, era precioso ver cómo cada grupo remontaba la calleja que iba al río y se recogían por las noches sin perder el compás, en fila, uno detrás de otro, primero el macho con sus plumas de la cola encaracoladas, después la hembra y los patitos”.

Hablando del río, escribe que su abuelo, “aunque tenía bastón, diariamente iba de paseo, a pesar de estar medio ciego, con el señor Reyes u otros y se sentaba en las posaderas cerca del puente, pues a la entrada del pueblo había un río, el Ruecas, y era donde los viejos del pueblo y otros no tan viejos se sentaban a charlar”.

(Puente sobre el Ruecas. En la tabla se puede apreciar unos patos nadando)                     

“¡Qué río aquel de mi infancia!, lleno de agua, con cañas en las orillas, donde lo mismo se veía a las mujeres del pueblo con sus cestos de ropa y sus batideros de madera para lavar, que a los muchachos del pueblo bañándose. Sólo los muchachos, las chicas no se bañaban, estaba mal visto. Algunas mozas, acompañadas por una señora mayor, iban en grupo a bañarse si la noche era calurosa, pero no era lo corriente.”

No olvidemos que, en nuestra tierra, el calor en verano pega de lo lindo. Por eso, hay varias referencias a la forma de combatir las altas temperaturas en tiempos no tan lejanos. Cuando habla del pozo de la casa de su abuelo dice que “no se secaba nunca. Como entonces no había frigorífico, mi padre metía en el cubo del pozo, que se movía con una soga gorda enganchada a una polea, tomates, uvas, refrescos y todo lo que queríamos enfriar”.

¿Qué otros alimentos no pueden faltar para combatir el calor? Pues también nos lo cuenta Antonia: “mi tía Inés, les tenía preparados para su marido y sus hijos un gran plato de ajo blanco fresquito, con sus trozos de pan y de tomate al estilo de Madrigalejo”. Y así es que, la base de todo buen ajoblanco debe llevar aceite de oliva, ajo, huevo, miga de pan, vinagre y agua; después, en cada casa, le añadían productos de la huerta según sus gustos, como tomate, pepino, uvas, higos o brevas, etc. Recordemos que, en Madrigalejo, los productos de la huerta siempre estuvieron al alcance de la mano, porque se cultivaban en la ribera del río y, hasta la llegada del regadío, sacaban el agua con la noria o el cigüeñal.

No se olvida tampoco de nuestros ricos melones: “Como este pueblo tiene fama en los alrededores por los exquisitos y abundantes melones, una forma de conservarlos era echarlos sobre el grano, como esparcidos, y así duraban más tiempo sin pudrirse”. Aquellos melones de secano que tanta fama nos dieron se podían conservar de dos maneras para que duraran hasta bien entrado el invierno e, incluso, hasta Semana Santa. Una de ellas era como lo describe Antonia, en los doblados de las casas, encima de los montones de granos de cereal que allí se almacenaban, esparcidos y con la precaución de que no se tocasen unos con otros. La otra forma de conservar los melones es haciéndoles una red, a la que llamábamos "casa", y colgándolos. Antiguamente esas casas se hacían de junco y, más recientemente, de rafia o cuerda de pita.

¿Y hay algo más refrescante que un helado? También recuerda Antonia los helados de su infancia. “Algunas tardes de verano, ya cuando caía el sol, pasaba por nuestra calle el señor Lucas, el heladero del pueblo. Iba con su heladera a cuestas. Nosotros le pedíamos a nuestro abuelo que nos comprara un helado. El señor Lucas se paraba en la puerta de nuestra casa y nos daba un helado a cada niño de los de barquillo y a los mayores uno de máquina. Era todo un ritual ver cómo con la paleta iba llenando de rico helado el barquillo en forma de barco y, en la máquina, todo cremoso, se ponía primero la galleta, luego el helado y por último otra galleta. Quedaba como un emparedado, pero ¡qué fresco!”
“Creo que los pequeños costaban un real y los de máquina una peseta”.

Me comenta Satur Ciudad Cabanillas, que su abuelo Lucas hacía y vendía helados con un carrillo por las calles, y que tenía otro en la plaza de la Ermita, en la esquina de la farmacia, donde su abuela Satu vendía helados en verano y castañas asadas en invierno. El señor Lucas compraba las barras de hielo en casa del señor Diego Loro, que después troceaba con un martillo, para llenar los bidones de los helados. El señor Diego también le vendía las galletas, los cucuruchos y la leche condensada que usaba para hacer el helado de mantecado.

Y sigue contando Antonia: “Todas las noches (los vecinos) se sentaban con sus sillas en las puertas de sus casas a tomar el fresco, para así pasar mejor el calor”.
“Los vecinos charlaban unos con otros los más próximos y, mientras, los chiquillos jugábamos todos en la calle como si fuera el mejor parque del mundo. Y eran tales las risas y voces que, como a veces tardábamos en acostarnos, se hacía tarde. Entonces los vecinos que tenían que madrugar para hacer sus tareas agrícolas con el fresco de la mañana, a veces se molestaban, y aparecía la “pantaruja”. Esta era un hombre o mujer que se envolvía en una sábana, se ponía una calabaza o cántaro en la cabeza con orificios alrededor y una vela encendida en lo alto. Era el pavor de los muchachos, esa noche nos acostábamos rápido.”

(Representación de unas pantaruyas)             

En la memoria de las personas de más edad, están las pantaruyas, que con frecuencia salían, ya fuera por unos motivos u otros, a asustar a niños y mayores. Famoso es el dicho pantaruyas en el Sevellar, burros a casa. Y junto con el pez mulo, las usaban como cantinela para amenazar con su venida a los niños que no comían.

(El Pez Mulo pintado por Jonatan Carranza Sojo)            

También recuerda Antonia las fiestas y entretenimientos de Madrigalejo. “Las fiestas del pueblo eran en verano, pues su patrón era San Juan, el 24 de junio. Recuerdo cómo adornaban las calles principales con globos de papel y banderitas. En la plaza veíamos por la noche los fuegos artificiales y había verbena. También para ser un pueblo pequeño, había dos bailes, el del Simonero y otro que no recuerdo cómo se llamaba. Por la mañana, el matiné, y por la tarde, en el café, actuaban las “animadoras”, unas artistas que cantaban y bailaban las coplas del momento. También fueron a veces compañías de teatro con Antonio Molina, Mercedes Vecino, Juanito Valderrama y Dolores Abril. Era un pueblo muy alegre y rumboso. La gente animada y divertida.”

El señor Simón Carranza, tenía el baile en la calle Gutiérrez, esquina con calle Recio. Es el baile que llamaban "del Simonero". El otro baile podría ser el del casino. Y sí que es cierto que Madrigalejo sigue siendo “un pueblo muy alegre y rumboso”. 

(Panorámica de Madrigalejo desde el puente sobre el río Ruecas)               
Es una delicia leer estos recuerdos de la infancia que tan bien fijados quedaron en la memoria de Antonia Caldera. Gracias a que los dejó escritos en su relato – y no están todos aquí- podemos gozar de ellos y unirlos a los que guardamos cada uno de nosotros. El libro donde está publicado me lo regaló personalmente Antonia Caldera, en Mérida, por lo que la estoy enormemente agradecida.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

Bibliografía:

-A. CALDERA TEJEDA. “Recuerdos de mi infancia”. XIV Certamen Literario para Personas Mayores. Experiencia y Vida. Edita Consejería de Sanidad y Dependencia de la Junta de Extremadura. Badajoz, 2007.
-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf, S.A. Badajoz, 2008.

jueves, 4 de junio de 2020

MEDIDAS ANTE LA PESTE DE FINES DEL XVII EN MADRIGALEJO


Epidemias y pandemias han sido unas constantes cíclicas a lo largo de la Historia de la Humanidad, ante las que las ciudades y los pueblos se preparaban en la medida de sus posibilidades. A través de estas líneas, voy a dar a conocer dos documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Madrigalejo, en los que se aborda una misma temática, con seis años de diferencia. Se trata de las medidas que adopta el Concejo del lugar de Madrigalejo ante la última gran epidemia de peste que sufrió España, la que se vivió en el decenio comprendido entre 1675/1685.
Lo que en principio podría parecer una problemática de ayer, estamos viendo que hoy está de plena actualidad

Breves apuntes históricos
La peste negra, también llamada peste bubónica, fue una de las grandes pandemias que asoló el continente euroasiático en la Edad Media y en la Edad Moderna. Aparecía y desaparecía de forma cíclica, según encontraba el caldo de cultivo adecuado para su propagación. Aunque nadie estaba libre de ser contagiado, la peste se cebaba especialmente con las personas más vulnerables, que estaban mal alimentadas debido a la carencia de alimentos, que solía estar provocada por alteraciones climáticas y por las malas cosechas subsiguientes. Al ser una enfermedad contagiosa, se desarrollaba con mayor rapidez en los núcleos urbanos, donde las aglomeraciones y el contacto entre los individuos es más frecuente. A ello se añadía la falta de limpieza, de higiene y de medidas profilácticas propias de aquellas épocas.[1]
En realidad, la peste es una enfermedad animal, que se desarrolla en ratas y pulgas. El hombre se infecta a través de la picadura de una pulga que previamente estuviera contagiada por una rata. La pulga, de esta manera, transmite el bacilo al ser humano, que pasa a los vasos linfáticos y a la sangre, y provoca inflamación de los ganglios, vómitos, hemorragias internas, fiebre alta y crisis cardiaca. Inevitablemente, seis de cada diez infestados encuentran la muerte.[2]
El siglo XVII, en España, fue una centuria difícil, ya que estuvo aquejada de una profunda crisis económica, demográfica y política. Las malas cosechas se fueron repitiendo periódicamente en buena parte del seiscientos. Las guerras también fueron una constante, tanto las mantenidas en el exterior, debidas a la nefasta política de los Austrias para conservar la hegemonía, como a conflictos internos: la revuelta que se produjo en Cataluña en 1640 y la guerra con Portugal, iniciada ese mismo año. Con todas estas circunstancias, las epidemias tuvieron un campo abonado para proliferar.[3]
A lo largo del siglo XVII, se produjeron tres grandes oleadas de peste negra en España. Comenzó la centuria con la epidemia que había entrado en 1596 y perduró hasta 1602. A mediados de siglo se produjo otra, entre 1647 y 1652. Y la que se propagó entre los años 1676 y 1685 está considerada la última gran irrupción de la peste en la península Ibérica y es a la que se refieren los documentos que se van a tratar[4].
Este último brote de peste entró en 1676 por el puerto de Cartagena, de donde se extendió a Murcia, Lorca, Totana, Elche y otros municipios[5]. Desde esta fecha hasta 1685, va teniendo diferentes brotes, parando en invierno y recrudeciéndose en primavera, cuando la humedad y las altas temperaturas favorecen su propagación. Va remitiendo en unas ciudades y va apareciendo en otras. Andalucía y Murcia fueron las zonas más afectadas por esta oleada. Dentro de Andalucía, Córdoba sufrió de una forma especial el azote de la enfermedad, que también la había padecido a principios y mediados del siglo. De hecho, su población quedó diezmada en 20.000 personas al finalizar la centuria, en una población inicial de 50.000 almas[6].

¿Cómo se combatía la peste?
Felipe II, a finales del siglo XVI, mandó a su médico de cabecera, Luis de Mercado, escribir un tratado sobre la peste, en el que, entre otros aspectos como su naturaleza y condición, se establecieran pautas para su prevención y curación. Pero el tratado estaba escrito en latín y, como era una obra de consulta de gran importancia, Felipe III mandó traducirla al español. En la segunda parte del tratado, se exponían una serie de medidas colectivas para evitar la propagación en masa, como era impedir la entrada en pueblos y ciudades de personas procedentes de lugares infectados, así como la limpieza de las calles y el control de aguas estancadas.[7]
De acuerdo con la teoría de Mercado, cuando la peste se declaraba en una localidad, se establecían una serie de medidas de aislamiento, que consistían en cerrar las puertas de las murallas y repasar sus muros, tapiar casas que estuvieran fuera del recinto amurallado, prohibir la entrada y salida de personas y mercancías, cerrar ermitas y ventas, establecer medidas de vigilancias, etc.[8] Además, había que aislar a los enfermos infectados, los cuales, dependiendo de su condición, eran sacados fuera de la población, si eran pobres, o se les permitía quedarse en casa, incomunicados, si eran ricos[9]. También se recomendaba quemar todos los enseres de los enfermos y sus casas[10]. Sin embargo, para el médico Alonso de Burgos, la única medida eficaz contra la peste era “huir rápido, cuanto antes, mejor, y regresar cuanto más tarde, mejor”[11].
Todas estas ordenanzas y regulaciones llevaban a una gran ruina económica para las localidades y hogares que padecieran las epidemias. Por ello, era frecuente que, tanto las autoridades como los particulares, ocultasen los primeros casos que aparecían de la enfermedad, favoreciendo así su propagación. Las familias, incluso, enterraban a sus difuntos por peste en sus mismos corrales para que no se enterasen los vecinos.[12]
En una época de profunda religiosidad, cuando entraba la peste en una ciudad, sus habitantes miraban enseguida a Dios, para implorarle que les librara de la enfermedad y para buscar consuelo. Salían en masa a las calles, sacando en procesión a los santos protectores contra la peste, como San Roque o San Sebastián. En las procesiones se mezclaban sanos e infectados, por lo que la enfermedad se propagaba exponencialmente.[13]
Además, estaba el sentimiento de culpa, pues veían la enfermedad como un castigo divino. Así lo refleja el siguiente documento del Consejo Real dirigido a las ciudades y fechado en junio de 1682, por el que se pedía que cesaran los espectáculos, no para evitar contagios por la concentración de personas, sino porque no eran del agrado de Dios: 
Su Majestad Dios le guarde con el Santo y piadoso çelo que le assiste con las seguras noticias que llegan de que cada día creçe el contagio del Reyno de Córdoua y se ba estendiendo a otros lugares, se a seruido mandar çessen las representaciones de comedias y fiestas de toros para que obligado nuestro Señor con esta moderaçion y con las Rogatibas y oraciones públicas ussando de su misericordia ponga término al contagio, de que advierte a V.m. el Consejo para que lo tenga entedido y lo haga observar puntualmente en esse distrito no permitiendo la repressentación de comedias ni corridas de toros.” (A.M.T. Sanidad (pestes), 1676-1681). [14]

Y después de haber visto las medidas y recomendaciones de carácter general para protegerse de la peste y fundamentalmente en las ciudades y localidades más pobladas, pasamos a ver a continuación los casos concretos que nos ocupan.


Documento fechado el día 2 de agosto de 1676
Con fecha de dos de agosto de mil seiscientos setenta y seis, se reunió el Concejo del lugar de Madrigalejo, de la jurisdicción de la ciudad de Trujillo, al son de campana tañida. El ayuntamiento estuvo formado por el alcalde ordinario, Juan Martín Ramos, los regidores Juan Sánchez Orejudo y Cristóbal Sánchez Tripa, y dieciséis vecinos. Entre todos ellos se confirió sobre el guardar el lugar por las calles de la peste y para cunplir con lo mandado del Sr. Correxidor de dicha ziudad azerca de lo referido, resumieron unánimes y conformes, nemine discrepante, que desde luego se enpieze a tapiar las calles y se guarden las calles guardas, pidiendo a los que vinieren de afuera testimonio de donde son. Firmaron el documento el alcalde ordinario y tres vecinos más, además del escribano, Francisco Arias.[15]
Trujillo ya había padecido en 1507 los efectos devastadores de la peste, a pesar de que se habían seguido una serie de disposiciones para evitarlo, como guardar los caminos para impedir la entrada de gente procedente de zonas infectadas; limpiar los pozos, fuentes y calles; quemar los terrenos que la rodeaban o controlar la entrada y salida de vecinos[16]. Posteriormente, cada vez que llegaban noticias de una nueva oleada de tan temible enfermedad, se establecían los protocolos preventivos, ya fueran dictados desde la corte o desde el mismo ayuntamiento[17]. Tal es el caso, por ejemplo, del 11 de julio de 1603, cuando se establecen las normas para guardar la ciudad de la peste y, entre las disposiciones, dice que se notifique al sesmero de la tierra, que está presente, haga que se guarde en los lugares desta jurisdiçion[18]. Por tanto, las medidas que se proponen en Trujillo, no solo afectan a la ciudad, sino también a la tierra que forman parte de su alfoz, como es el caso de Madrigalejo.
Volvemos a 1676. Recordemos que la peste había entrado a través del puerto de Cartagena y que el foco estaba localizado en Murcia y sus alrededores. Aún estaba lejana. Pero cuando llegan noticias a la ciudad de Trujillo de la irrupción de esta nueva oleada de peste, su Corregidor manda al concejo del lugar de Madrigalejo que se pongan en marcha las medidas preventivas oportunas. Y este concejo las ratificó de forma unánime y quien así lo dijeron firmaron de sus mercedes los que supieron y de los vecinos[19].
Teniendo en cuenta que una localidad amurallada es más fácil de guardar, nos encontramos ante una aldea que no tiene recinto murado. En este caso una de las disposiciones es la de tapiar las calles, que consistía en tapar aquellas vías que daban directamente al campo. Solo quedarían abiertas las calles de entrada oficial a la población. La segunda medida, relacionada con la anterior, fue la de poner guardas en las calles. Los guardas custodiarían esas entradas oficiales al municipio, por las que se accedía desde los caminos que enlazaban con otras localidades. El camino real que se dirigía desde Sevilla a Guadalupe, atravesando Madrigalejo, estaría especialmente vigilado, por ser el más transitado y por proceder los viandantes de lugares más lejanos. Y ante la llegada de gente forastera, los guardas tenían la obligación de preguntar el lugar de procedencia –tercera medida-, para que nadie que viniera de zonas infectadas pudiera acceder al núcleo de población.


Documento fechado el día 5 de julio de 1682
Seis años más tarde, el concejo de Madrigalejo aborda otra vez el tema de la peste. En esta ocasión, detentan la autoridad local Miguel Sánchez Moreno y Pedro Sánchez Delgado –alcaldes ordinarios- junto con Juan Sánchez y Juan García Ruiz –regidores-, los cuales, con veinte vecinos más, acuerdan lo siguiente:
“…todos juntos unánimes y conformes y de un mismo acuerdo y parecer, (…) dijeron que, por quanto su Magestad, que Dios guarde, y el Sr. Corregidor en su nombre, pida por lo de enfermedad del contagio, se guarde la frontera de Guadiana por la detención de los vecinos de la Puebla y los que están de aquella parte de Guadiana y, para que se detengan y guarde, es nescesario seguir el repartimiento –ilegible-, el que estén tres honbres efectivos en dicha guardia y, para que se alimenten y se den su socorro ordinario y que pasen los vecinos que estuvieren, y para questén más seguros y efectivos, se acordó que se les dé para su sustento, para cada un día a cada uno, a razón de tres reales, y estos que tengan las justicias obligación de pagarlos, nombrando para  ello persona que lo cobre de todos los vecinos, y que el omiso que no acuda al pagamiento a destar sujeto a yr a la guarda, apremiándole la justicia por todo rigor de derecho, y questo se oserve y guarde hasta tanto que aya otra cosa de nuevo por este concejo y vecinos, y que no aya en esto dilación alguna, con grandes penas a los que no contribuyeren a la paga, haciendo tres memoriales en tres partes el lugar, para questemos de pronto nombrando una persona de cada parte, para que se junte con más brevedad y puntualidad, y esto se acordó  y vinieron a ello, y que se cunpla y ejecute en todo y por todo por convenir así al bien común deste lugar y salud del Reyno…”[20]
El documento lo firman seis vecinos junto con el escribano, Gonzalo Martín Roldán.
En 1682, la amenaza de la peste estaba más cercana. Hasta Córdoba había llegado ya el contagio desde Málaga, a pesar de que se había establecido una barrera defensiva en el río Genil. Sin embargo, la enfermedad atravesó la barrera y llegó a localidades como Lucena, Cabra, Priego y también a la ciudad de Córdoba[21]. Desde que apareciera el primer foco en 1676, la enfermedad no se había erradicado. Permanecía latente en invierno y volvía a aparecer en primavera, por lo que los protocolos preventivos deberían seguir vigentes. Y ante la proximidad de la peste en 1682, según vemos en el documento del 5 de julio que reproducimos, se activa una nueva medida, la de establecer una barrera defensiva en el río Guadiana. La orden, que viene dada por el Rey a través del Corregidor de la ciudad de Trujillo, pretende evitar que ningún vecino de Puebla de Alcocer o cualquier otro lugar de la margen izquierda del Guadiana, cruce a la otra parte. Este era un punto estratégico para guardar la frontera natural, ya que Puebla de Alcocer se encontraba en el itinerario de uno los caminos más directos para llegar a Córdoba desde Madrigalejo y otros pueblo comarcanos, y, para ello, había que cruzar el río Guadiana a través del vado de Casas de Don Pedro[22].
La puesta en marcha de la guardia tenía unas repercusiones económicas. El documento nos dice que se necesitaban tres hombres para que hicieran la guardia y, a estas personas, había que pagarles su sustento –alimentación y socorro ordinario-, que se había establecido a razón de tres reales a cada uno y cada día. Se recurre al repartimiento para hacer frente a estos gastos extraordinarios; es decir, se sufragaría a través de la contribución o carga gravada a los vecinos. Por tanto, aunque tengan las justicias obligación de pagarlos, son los vecinos los que se hacen cargo de los gastos que ello supone. Al pagamiento están llamados todos los vecinos, y el que no acudiera, estaría sujeto a yr a la guarda, apremiándole la justicia por todo rigor de derecho, con grandes penas a los que no contribuyeren a la paga.
La recaudación debía llevarse a cabo sin dilación alguna, con la mayor brevedad y puntualidad. Para agilizarlo, se emitirían tres documentos de petición –memoriales-, en tres partes del lugar. En cada una de estas partes, se nombraría a una persona, que estaría encargada de cobrarlo a los vecinos. Y todo esto, que debía cumplirse y ejecutarse, estaba justificado por convenir así al bien común deste lugar y salud del Reyno.

Hoy como ayer
Solemos referirnos a la Peste como algo del pasado, totalmente superado. En general, muchas de las enfermedades infecto-contagiosas que eran temidas por nuestros antepasados, como la peste, el cólera, el tifus, la viruela o el sarampión, prácticamente están erradicadas gracias a las vacunas, a los antibióticos, a los buenos hábitos higiénico-sanitarios y a la imprescindible infraestructura de saneamiento en los núcleos de población.
Sin embargo, hoy, como ayer, el mundo tiembla cuando se producen epidemias y pandemias. A principios del siglo XX, la gripe de 1918 fue de tal gravedad que está considerado uno de los ejemplos de mayor crisis de mortalidad. Más recientemente, el SIDA, provocada por el VIH –virus de inmunodeficiencia humana- apareció en la década de los ochenta del siglo pasado y sigue siendo una enfermedad contagiosa de gran magnitud. Y entramos en siglo XXI con epidemias y pandemias tan destacadas como la Gripe Aviar, la Gripe A, el Ébola y, la que nos está asolando en estos momentos, el COVID-19.
Salvando las distancias, hoy se están repitiendo algunas de las circunstancias que se vivían con la peste, de forma cíclica, en la Edad Media y en la Edad Moderna. En primer lugar, hoy como ayer, estamos asistiendo al miedo y al temor a lo desconocido, al contagio. Hemos visto y estamos viendo cómo las grandes concentraciones favorecen la propagación, si entonces eran las procesiones, ahora son los partidos y eventos deportivos, lúdicos o culturales, concentraciones o manifestaciones, romerías, etc. Si en otros tiempos la falta de higiene y de limpieza favorecía el contagio, en nuestros días, la gran movilidad de la población contribuye a que se propague vertiginosamente la enfermedad. También sigue siendo coincidente la estrecha línea que separa las enfermedades propias de los animales y de los seres humanos, cómo saltan de unos a otros y mutan para adaptarse al nuevo huésped. Además, tener localizados los focos de infección era esencial para combatirlo entonces, lo mismo que ahora. Igual que ayer, en la actualidad se utilizan medidas de aislamiento y de cuarentena para evitar que siga avanzando el mal, para lo que era y es necesario reforzar la seguridad. Si el temor a las pérdidas económicas que acarreaba toda epidemia hacía que se retrasaran las medidas que habían de tomarse, también en la actualidad influyen las consecuencias económicas en su gestión. Incluso la huida de los lugares problemáticos parecía algo del pasado y se ha repetido en nuestros días, favoreciendo esta diáspora su propagación. En definitiva, hoy como ayer, se han tenido que arbitrar una serie de medidas excepcionales para hacer frente a la pandemia del COVID-19. Y sus consecuencias se verán en unos años.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.


BIBLIOGRAFÍA:

-J. HERNÁNDEZ FRANCO: “Morfología de la peste de 1677-78 en Murcia”. Estudis, nº 9. Valencia. 1983.
-J.J. MARTÍN BARBA. “El itinerario del cortejo fúnebre de Fernando el Católico: de Madrigalejo a Granada”. Actas de los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y La Siberia. Diputación de Badajoz. Badajoz, 2017.
-F. MARTÍNEZ GIL. Muerte y Sociedad en la España de los Austrias. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Cuenca, 2000.
-A. RODRÍGUEZ GRAGERA: “La crisis de mortalidad en la Extremadura del siglo XVII. Una primera aproximación”. Revista Alcántara, nº 16. Cáceres, 1989.


FUENTES:
-Archivo Municipal de Madrigalejo. Signatura 15. 



[1] J. HERNÁNDEZ FRANCO: “Morfología de la peste de 1677-78 en Murcia”. Estudis, nº 9. Valencia. 1983. (Págs. 102 y 103). A. RODRÍGUEZ GRAGERA: “La crisis de mortalidad en la Extremadura del siglo XVII. Una primera aproximación”. Revista Alcántara, nº 16. Cáceres, 1989. (Pág. 70). https://sevilla.abc.es/andalucia/cordoba/sevi-como-sobrevivio-cordoba-peste-201801210127_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[14]F. MARTÍNEZ GIL. Muerte y Sociedad en la España de los Austrias. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Cuenca, 2000. Pág. 147.
[15] Archivo Municipal de Madrigalejo. Signatura: 01.01.02.01.00015.
[17] Ibidem.
[18] Ibidem.
[19] Archivo Municipal de Madrigalejo. 01.01.02.01.00015.
[20] Archivo Municipal de Madrigalejo. Signatura: 01.01.02.01.00015.
[22] J.J. MARTÍN BARBA. “El itinerario del cortejo fúnebre de Fernando el Católico: de Madrigalejo a Granada”. Actas de los IX Encuentros de Estudios Comarcales Vegas Altas, La Serena y La Siberia. Diputación de Badajoz. Badajoz, 2017. Pág. 457.