viernes, 8 de mayo de 2020

UN PERSONAJE SINGULAR: EL SEÑOR DIEGO LORO


Hay personas que viven de una forma callada, sin apenas hacer ruido, pero que contribuyen a hacer más fácil la vida en su comunidad. Una de estas personas fue el Sr. Diego Loro.
El texto de esta entrada de Luz de Candil corresponde a un resumen del trabajo que, con el mismo título, presenté en los XI Encuentros Comarcales de La Siberia, La Serena y Vegas Altas, celebrados en Campanario los días 13 y 14 de abril de 2018. El trabajo está publicado en las actas de aquellos Encuentros.


SUS PRIMEROS AÑOS:
Diego Loro Recio nació en Zorita (Cáceres), en 1901[1], donde residió hasta su servicio militar. Había quedado huérfano de madre a los cuatro años, y fue criado por unos tíos suyos, ya que su padre, superado por la pérdida de su esposa, se desentendió del cuidado de su casa y de su patrimonio[2].
 En el servicio militar (1923-1925), entró en contacto con la mecánica de precisión y aprendió técnicas de radio y telegrafía que fueron de gran ayuda para su vida profesional posterior. Como cabo, entró en combate en la “Guerra de África” durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando el protectorado español en el Norte de África era un polvorín y las cabilas rifeñas, lideradas por Abd-el-Krim, se oponían a la ocupación española[3]. Allí estuvo asistiendo como radio-telegrafista en operaciones y combates, por lo que le fue concedida la “Medalla Militar de Marruecos” con pasador “Tetuán” por sus acciones de septiembre de 1924[4]. Y es que, en aquella guerra, la radio desempeñaba un papel crucial como medio de comunicación, debido a la intrincada orografía del Rif.


SE ESTABLECE EN MADRIGALEJO.
Una vez licenciado del servicio militar, escribió a su tío Fernando Recio Santaló, pidiéndole trabajo en el comercio que tenía en Madrigalejo. Sus tíos le acogieron en su casa y le emplearon como dependiente en su establecimiento. La casa de la familia Recio, con la tienda, estaba situada en la Plaza. Aquí el joven Diego mostró sus habilidades en el mundo del comercio, primero como dependiente hasta la jubilación de su tío y, después, al frente de la tienda, en el mismo edificio, cuando asumió su traspaso. Al morir su tío, en 1945, la familia Recio vendió la casa al Municipio, donde, desde entonces, está instalado el Ayuntamiento de Madrigalejo. Sin embargo, durante algunos años, el Sr. Diego siguió regentando allí mismo su comercio, en las salas de la derecha.


Mientras tanto, en 1935 Diego se había casado con Carmen Carranza García, en quien encontró una gran aliada para sus emprendimientos, pues ella le decía: “Diego, hay que montar un negocio para cada uno de nuestros hijos”. Fueron cuatro los que tuvo el matrimonio: Pablo, Josefa, Catalina y Antonia, para los que Diego fue montando diversos negocios.


Pasó la Guerra Civil en Madrigalejo, donde estaba situado el frente desde el golpe de Estado hasta el cierre de “La Bolsa de La Serena”. Aunque no fue movilizado, seguía en régimen de revista[5], por lo que debía combatir en momentos puntuales y hacer guardias en los parapetos, que estaban situados en los cerros que circundan Madrigalejo por el sur. Al igual que la población no desplazada, debió vivir momentos críticos, como cuando la columna del comandante Martínez Cartón rompió el frente y entró en Madrigalejo el 4 de septiembre del 36.
También fueron duros el año del hambre y la posguerra, cuando la tierra sin cultivar no había dado cosecha, la población carecía de lo necesario y apenas había actividad mercantil.
Hacia 1945 montó su primer negocio, una “Fábrica de Gaseosas”[6], de las llamadas “de bolindre”, por el tipo de botella y su cierre con una bola de cristal, del tamaño de una canica o bolindre, alojada en la parte superior del recipiente. Este sistema pronto dejó de utilizarse por su elevado coste y la falta de higiene que conllevaba su manipulación[7]. Los ingredientes de la gaseosa eran: agua, sacarina, esencia, ácidos y gas carbónico[8]. Elaboraban 53 litros de gaseosas al día, con una plantilla de dos personas (un llenador y una aguadora)[9].
  Un año antes había ganado la plaza de encargado del “reloj municipal”[10], que desempeñó hasta su jubilación. Realizaba su trabajo de dar cuerda al reloj todos los días y cuidaba su mantenimiento a cambio de su cotización en la Seguridad Social, sin recibir ninguna otra remuneración por ello[11]. Era un servicio público que afectaba a toda la población, pues la actividad laboral y los actos sociales y religiosos del municipio se regían por el reloj de la torre.
Como aficionado a la mecánica de precisión, fabricó él mismo una radio de galena, el primer aparato de radio del pueblo, y al generalizarse los receptores de radio, arreglaba los que se estropeaban, lo mismo que hacía con los relojes. En muchas ocasiones no cobraba estos trabajos, lo que provocaba el enfado de su mujer, para quien eso era “trabajar para el obispo”.

DOMICILIO Y COMERCIO EN LA CALLE SAN JUAN.


En 1949 compró una casa con gran terreno y numerosas dependencias en la calle San Juan, esquina con la calle del Coso. Por sus condiciones y ser un lugar céntrico, la casa era adecuada para desarrollar sus actividades desde la misma vivienda. Allí instaló el comercio, en el ala izquierda de la vivienda, donde hoy se encuentra la oficina de seguros Allianz. Aunque en el registro municipal figuraba como Ferretería, en la tienda se despachaban tejidos y confección, paquetería y mercería, comestibles no perecederos y pequeños electrodomésticos. En los años 50 y 60, vendió un gran número de aparatos de radio, que los ofrecía a buen precio y con facilidades de pago, mediante la venta a plazos por el sistema de letras de cambio. Y es que la entrada de la radio en los hogares fue un fenómeno social, que ofrecía a las familias información, entretenimiento, cultura, música, etc.


La clientela del Sr. Diego Loro era fiel reflejo de la estructura socio-económica de cualquier núcleo rural de la época. Comenzó despachando a familias que vivían del autoabastecimiento, que disponían de poco dinero líquido para comprar los productos que no generaban. Era un problema que se solventaba con buena voluntad: el cliente se llevaba el artículo y lo pagaba como iba pudiendo. Esto generaba un vínculo entre el comprador, que se beneficiaba de los productos adquiridos, y el vendedor, que aseguraba compras futuras.
Después, la clientela fue evolucionando igual que lo hacía la economía local. Entre los años cincuenta y sesenta, hubo una gran actividad laboral generada por las obras del Plan Badajoz: la población se duplicó y los vecinos tenían dinero líquido para gastar. La fotografía de la tienda que se adjunta es expresión del volumen de ventas de aquellos años; para atender al mostrador, se necesitaban dos dependientas, además del trabajo de algún miembro la familia.


OTROS NEGOCIOS.


Además, el Sr. Diego había montado otros negocios. En la antigua bodega del vino de la casa, instaló la nueva “Fábrica de Gaseosas”, ya con envases de tapón mecánico, donde también elaboraba sifones y refrescos de naranja y de limón, con su propia marca registrada. Los refrescos se comercializaban con la marca “Yris” y su gaseosa, con la marca “La Juiciosa”, de la que se solía decir:
La mujer, como la gaseosa,
la que no es Casera,
              es Revoltosa,
y la que no, Juiciosa.


Entonces no había agua corriente y, para la elaboración de estas bebidas, era imprescindible acarrear el agua desde las fuentes públicas, situadas fuera del casco urbano. Esta tarea se hacía con el clásico burro con aguaderas y, después, con un moto-carro, que se utilizaba también para repartir las bebidas y hacer publicidad de las marcas. Tanto la gaseosa como el sifón eran muy populares entonces, y se consumían mezclándolos con vino tinto[12]. Y con tinto, gaseosa, hielo y una rajita de limón, se preparaba el “tinto de verano”, bebida que en Madrigalejo llamamos “púlpito”.


Y hablando de hielo, otro de sus negocios fue la “Fábrica de Hielo”. En aquellos años, aún no se había popularizado el frigorífico y el hielo era imprescindible para conservar alimentos y enfriar bebidas en los calurosos meses de verano. No eran los prácticos cubitos de hielo que conocemos ahora, sino grandes barras que había que hacer pedazos. Así es que, junto a la fábrica de gaseosas, se instaló un tanque grande para la fabricación de barras de hielo de 30 Kg. de peso, y otro tanque más pequeño, de 12 Kg. También se habilitó un cuarto oscuro, húmedo y frío, para almacenar las barras, entre pajas, cuando se preveía mayor consumo, como en las ferias. Poco después, entre los años 57 y 58, se montó una nueva fábrica de hielo con un tanque preparado para elaborar barras de 30 Kg., que tenía una capacidad de fabricación de 3.000 Kg. de hielo al día[13], y una cámara frigorífica para almacenar las barras.


Además, el Sr. Diego también elaboraba polos y helados. Recuerdo haber comprado polos de naranja y de limón, a 1 peseta, y los de leche y café con leche, más grandes y más nutritivos, a 2 pesetas. También helados de cucurucho y corte, de mantecado, limón, nata y tres sabores.


Aparte de la venta directa al consumidor, el Sr. Diego proveía de “material” a otros vendedores, como al tío Sabino, que con su carrito de los helados recorría las calles del pueblo. Y también al tío Arsenio, que compraba refrescos y polos para venderlos en el cine de verano, con su cubo de cinc, entre las butacas, y anunciando: “¡hay polos…!”, “¡hay Yris…!”
Y para atender estos negocios, se rodeó de un personal muy competente. Tuvo buena mano para elegir y enseñar a sus trabajadores, algunos de los cuales se independizaron con el tiempo y establecieron sus propios negocios, como, por ejemplo, Adrián Martínez, Lola Jiménez o el tío Sabino.

OTRAS ACTIVIDADES.
En Madrigalejo, el cine estaba regentado por la familia Carmona, conocida en el pueblo por el apodo “Tres Pelos”, desde antes de la guerra. Sin embargo, a partir de 1943 y hasta finales de la década de los 50, el Sr. Diego Loro junto con la familia Carmona, formaron una sociedad para la explotación del cine. Los Carmona aportaban el local y el Sr. Diego, la gestión y la técnica. Y para poder proyectar películas, tuvo que acreditarse oficialmente como empresario del cine Carmona con el “Permiso de Operador de Cinematógrafo”, y con el “Carnet del Montepío de Empresarios de Espectáculos de España”.


Generalmente la gente de los pueblos es muy ocurrente, y esta vez no iba a ser menos. Un buen día apareció una pintada en la fachada del cine que sirvió para divertimento de los vecinos y que todavía recuerdan los mayores. La pintada decía “Sociedad un Loro con Tres Pelos”.


MALOS TIEMPOS.
Terminaron las obras del plan Badajoz y empezó la mecanización del campo, aumentó el paro y comenzó la emigración. Como consecuencia, disminuyeron los clientes y consumidores y todo ello afectó a las ventas. Al mismo tiempo, las grandes multinacionales acaparaban el mercado de los refrescos y gaseosas, y su elaboración a menor escala dejó de ser rentable. Además, con la entrada del frigorífico en los hogares, disminuyó drásticamente el consumo de hielo y, en 1968, la planta funcionaba a menos del 10 %  de su capacidad[14]. Todos estos factores influyeron en la reducción de los beneficios.
En este punto, su hijo Pablo pensó en aprovechar las instalaciones existentes para un negocio de futuro, pues la zona estaba reconvirtiendo las tierras de secano en regadío y la fruta de verano se convirtió un nuevo cultivo. Montaron cámaras frigoríficas para almacenar y conservar frutas, aprovechando el equipamiento de la fábrica de hielo que había dejado de ser rentable. La financiación se hizo mediante créditos. Sin embargo, la instalación no se hizo correctamente y, cuando las cámaras frigoríficas estaban en funcionamiento y repletas de género, se echó a perder la fruta guardada en su interior. Esto supuso un duro revés, que ya llovía sobre mojado.
Sin beneficio alguno, había que devolver los préstamos. Durante años, la “Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Plasencia” y la “Banca Sánchez” habían trabajado con el Sr. Diego sin ningún problema, por lo que consideraron un acto de justicia ayudarle en aquellos momentos de dificultad. Sus directores se pusieron de acuerdo, así, para pagar el préstamo de una de las entidades, la otra le concedía un crédito nuevo, y antes de que venciera este, la primera ya tenía preparado otro préstamo para saldarlo. De esta manera, sucesivamente, se fueron pagando las deudas con muchos sacrificios de toda la familia.
Llegados a este punto, al Sr. Diego solo le quedaba el comercio –ya sin el movimiento de otros tiempos-. Su mujer estaba al frente de él y, con mucho sentido comercial, mantenía las estanterías repletas de cajas vacías, dando la impresión así de estar abastecida de mercancías. Para satisfacer la demanda de sus clientas, se desplazaba a almacenes de Trujillo y Villanueva. Y así la fueron manteniendo, hasta comienzos de los ochenta, cuando cerró la tienda. 

    
Pero aún hoy continúa en pie uno de sus negocios: la “Fábrica de Hielo Loro”. Su propietario actual es su nieto Pablo Jaime Loro Moreno, que fabrica bloques de hielo de 12, 13 Kg., y almacena y distribuye cubitos producidos por grandes fábricas.


El Sr. Diego se retiró con la cotización de relojero municipal. En su jubilación, el Ayuntamiento, en agradecimiento por los servicios prestados, decidió regalarle el reloj que él eligiera. Y optó por un simple despertador de baquelita, ante la sorpresa del entonces alcalde de Madrigalejo, D. Agustín Gallego Chillón.
El Señor Diego Loro falleció en Madrigalejo el día 15 de febrero de 1986.

CONCLUSIÓN.
  Recuerdo al Sr. Diego Loro, anciano y con problemas de audición, moviéndose sigilosamente, casi pidiendo permiso para no molestar. Poco se parece esta imagen con el retrato que ha resultado del presente trabajo. Frente al emprendedor volcado en sus negocios, se muestra a una persona muy inteligente, hecha a sí mismo y autodidacta, caracterizado por su sencillez, el amor al trabajo, la meticulosidad, la seriedad y una gran humanidad. Su visión polifacética y de futuro benefició a todo el pueblo de Madrigalejo, haciendo más agradable la vida cotidiana de sus vecinos, con actos tan simples como saber la hora, comprar unos botones, beberse un refresco, tomarse un helado, enfriar el gazpacho, ir al cine o escuchar la radio. Y todo ello, aderezado con un gran sentido del humor. Se cuenta que, en cierta ocasión, un viajante que estaba haciendo el pedido de productos de mercería le preguntó:
-Señor Diego, Y de puntilla, ¿cómo anda?
-De puntillas…, ni se me siente.
Pero, además, indagando en su trayectoria, nos hemos adentrado en la época que vivió y ha salido una radiografía de la historia reciente. Sufrió momentos críticos como la guerra de África, la Guerra Civil y la posguerra; pasó por distintos regímenes políticos, desde la Restauración, las dos Dictaduras, la II República y la Transición a la Democracia; vivió periodos de carestía y de bonanza, de inmigración y de emigración, y muchas cosas más. Pero, sobre todo, fue espectador y colaborador necesario, al mismo tiempo, de un cambio espectacular en la vida cotidiana de las personas: del autoabastecimiento del mundo rural, a la sociedad de consumo de finales del S. XX; del acarreo del agua en las fuentes públicas, al agua corriente en los domicilios; de la falta de alumbrado, al nacimiento de la tecnología (telegrafía, radio, cinematógrafo…), de la que fue gran aficionado. En definitiva, fue testigo de unas grandes transformaciones que tuvieron lugar a lo largo del siglo pasado y de las que hoy somos herederos.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

BIBLIOGRAFÍA:
- M. A. RODRÍGUEZ PLAZA: 22 Héroes cacereños. Kobba-Darsa 1924. Institución Cultural El Brocense. Cáceres. 2017.
- http://www.guiamaximin.com/sifones-gaseosas.html

FUENTES DOCUMENTALES:
*Documentación aportada por la familia:
-D.N.I.
-Cartilla militar.
-Correspondencia.
-Recibos.
*Testimonio de la familia.
*Testimonios de vecinos.
* Archivo Municipal de Madrigalejo.



[1]En el DNI aparece como fecha de nacimiento el día 22 de marzo, mientras que en la cartilla militar consta el día 23. La familia lo recordaba también el 23.
[2]Testimonio de la familia.
[3]M. A. RODRÍGUEZ PLAZA: 22 Héroes cacereños. Kobba-Darsa 1924. Institución Cultural El Brocense. Cáceres. 2017. Pág. 19.
[4]Cartilla militar del ejército español nº 1241232.
[5]Ibidem.
[6]La fábrica de gaseosas ya consta en un documento que da respuesta a lo ordenado en el oficio circular nº13.455 del 7 de abril de 1945, para comunicar las industrias existentes en la localidad, enviado el 28 de agosto de 1945. Archivo Municipal 03.02.11- 00423/002.
[8]Archivo Municipal. 03.02.11- 00423/002
[9]Ibidem.
[10]Fue nombrado para el cargo de Relojero Municipal en sesión del 7 de febrero de 1944. Archivo Municipal 02.04.05- 00280.
[11]Datos facilitados por la familia.
[12]www.guiamaximin.com/sifones-gaseosas.html
[13]Archivo Municipal. 03.01.04.04-00315. Memoria de Cámara frigorífica.
[14]Estudio realizado por el Grupo de Frío Industrial del Sindicato Vertical de Industrias Químicas. Archivo Municipal 03.01.04.04-00315.

miércoles, 8 de abril de 2020

DE LAS ANGUSTIAS, DE LOS DOLORES Y DEL ROSARIO



En la Semana Santa celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Y con el Hijo, acompañándole en el sufrimiento, pero también viviendo la alegría y el gozo de la Resurrección, está la Madre. Una de las manifestaciones más populares de la Semana Santa es la de acompañar en el dolor y en el gozo a las imágenes que representan la Pasión, Muerte y Resurrección del Hijo de Dios. Por ello, y desde tiempo inmemorial, sacamos a nuestras calles a la Virgen de las Angustias, al Nazareno con la Cruz a cuestas, al Cristo de la Victoria –crucificado-, al Santo Entierro, a la Virgen de los Dolores, al Resucitado y a la Virgen del Rosario en las procesiones de Jueves Santo, Viernes Santo y en la Carrerita.

 Vamos a hacer un poquito de historia y tradición con las imágenes marianas de nuestra Semana Santa.

El nombre que llevan las distintas imágenes de la Virgen responde a las distintas advocaciones, ya sea por el lugar donde se veneran o por el momento de la vida de María que se quiera revivir. En cada uno de los casos, estas imágenes se representan de una determinada manera, es lo que se llama iconografía.

(Fotografía cedida por Choco)

Tanto en Jueves Santo como en Viernes Santo, abre la procesión la Virgen de las Angustias, que va portada por niños, vestida con manto negro para la ocasión. Es una escultura de pequeñas dimensiones, tallada en madera policromada, de factura barroca de buena calidad, que puede ser datada en el siglo XVII. Durante todo el año se encuentra en la ermita que lleva su nombre, presidiendo el altar desde el vano que se abre desde el camarín a través del retablo. Con las manos entrelazadas en actitud de oración, lleva clavado un puñal en el pecho, siguiendo el pasaje evangélico de Lucas 2, 34-35, cuando el viejo Simeón profetiza “…este niño está destinado a causar la caída y el levantamiento de muchos en Israel y a crear mucha oposición, a fin de que se manifiesten las intenciones de muchos corazones”, y dirigiéndose a María, “en cuanto a ti, una espada te atravesará el alma”.


La imagen de la Virgen de las Angustias estaba muy deteriorada a finales del siglo pasado. Le faltaban partes de los dedos y del puñal, y había perdido buena parte de su policromía. Por ello fue restaurada siendo párroco entonces D. Julián Sánchez, y el resultado es el que luce en la actualidad.

La Virgen de la Angustias previa a su restauración.

Si la Virgen de las Angustias abre las procesiones de Jueves Santo y Viernes Santo, la Virgen de los Dolores es quien las cierra. Porque María vivió –sufrió, mejor dicho- esos momentos de pasión, llevándolo en su interior: ver a su Hijo sangrando, con la cruz a cuestas, su crucifixión y su cuerpo sin vida. La procesión hace presente el dolor de María, desde la profecía de Simeón hecha realidad en las Angustias, hasta su Soledad por haber perdido al Hijo.

La Virgen de los Dolores es una imagen vestida de luto; de las que llaman de vestir, porque túnica y mando de tela cubren todo su cuerpo, dejando ver solamente el rostro y las manos, que son de madera policromada. Sus ojos miran a lo Alto, y todo su rostro expresa dolor y sufrimiento. Al mismo tiempo, extiende los brazos hacia abajo –unos brazos que son articulados-, con las manos abiertas. Son unos gestos que hablan, que expresan que todo está en manos de Dios.

(Fotografía cedida por Choco)

Además de la túnica y el manto, la imagen lleva como aditamentos una corona y un corazón con siete puñales clavados. Son complementos de la imagen de "quita y pon", reservándose los de gala para salir en procesión. Vamos a fijarnos en el corazón con los siete puñales, porque es la expresión plástica de los siete dolores de María. Es la identificación de los dolores que sufrió la Virgen desde la infancia de Jesús -los tres primeros dolores-, hasta su pasión y muerte en la cruz, al que se refieren los cuatro restantes.


El primero de los dolores tiene que ver con la circuncisión de Jesús y con la profecía de Simeón; es la primera vez que la Virgen ve la sangre de su Hijo y tiene conciencia de lo que va a sufrir por Él. El segundo dolor es la angustia de María huyendo a Egipto, para evitar que Herodes matara al Niño Jesús, en la matanza de los Santos Inocentes. El tercero de los dolores se refiere al momento de incertidumbre por haberse perdido el Niño en Jerusalén, cuando tenía doce años. El cuarto dolor tuvo lugar en la Vía de la Amargura, cuando María se topó de bruces con su Hijo flagelado, coronado de espinas y con la cruz a cuestas. El quinto dolor lo vive María a los pies de la cruz, acompañando a su Hijo crucificado y viéndole morir. El sexto dolor es estrechar entre sus brazos el cuerpo sin vida de su Hijo. Y el último, el séptimo dolor, es ver colocar a su Hijo en el sepulcro y correr su losa.

El culto a la Virgen de los Dolores se extiende por toda Europa a partir del siglo XVI. No sabemos desde cuando se le empezó a dar culto en nuestra parroquia de San Juan Bautista. La escultura de nuestra Virgen de los Dolores reproduce la tipología de la imaginería procesional del barroco final, de finales del siglo XVIII, que llega hasta nuestros días, -pues todavía se siguen esculpiendo imágenes religiosas barrocas-. Suelen ser esculturas para ser vestidas, que llevan una serie de aditamentos. Probablemente la imagen de nuestra Virgen de los Dolores sea del Siglo XIX.

(Fotografía cedida por Choco)

Gracias a Choco, que ha compartido con nosotros una fotografía de la Virgen de los Dolores en procesión, portada por cuatro mozos, podemos ver cómo era hace más de cincuenta años. Aunque la talla es la misma, los aditamentos sí que han cambiado. Tanto la corona como el traje y el manto eran más severos, más sencillos y austeros, más castellanos que como luce en la actualidad. En el último cuarto del siglo pasado, cuando hubo problemas para encontrar cargadores, las andas de la Virgen de los Dolores llevaban ruedas. También de aquellos años es el traje y el manto de gala con los que procesiona la imagen, que fueron realizados gracias a la colecta y colaboración de los parroquianos.


En 2001, un grupo de mujeres decidió formar la Cofradía de la Virgen de los Dolores, que, junto a las cofradías del Cristo de la Victoria, del Nazareno y, más recientemente del Santo Entierro, han revitalizado nuestra Semana Santa. Y como también hicieron los cofrades del Cristo de la Victoria, han dotado a la imagen y a la cofradía con todos los elementos necesarios para dar mayor lustre al paso procesional –andas, farolas, flores, pañuelo, rosario, así como una nueva corona y corazón-. También cuidan de su conservación, llevándola a restaurar cuando ha sido necesario. Por todo ello, todo nuestro agradecimiento a todas las cofradías en general y, en este caso, a la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores.


En Sábado Santo, también rezamos ante el sepulcro. Desde que estuvo como párroco D. Alfonso Raúl Masa, se coloca en el presbiterio a la Virgen de los Dolores, sufriente, ante su Hijo yacente –escultura del paso del Santo Entierro-. Tengamos muy presente esa imagen en este Sábado Santo tan especial.

Como diría San Pablo (1 Cor 15, 14), Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe. Malos cristianos seríamos si nos quedáramos en el dolor y el sufrimiento de la Pasión y Muerte de Jesús, y no celebráramos con alegría la Pascua de Resurrección. Y lo mismo que estuvo en el dolor y en el sufrimiento, también María está en la alegría y en el gozo, como bien lo celebramos en “La Carrerita”. En esta vertiginosa procesión, junto con el Resucitado, sale la Virgen del Rosario. Mejor dicho, juntos no, porque salen cada uno por separado, poco antes del amanecer. La Virgen viste manto negro y lleva en sus manos unas flores como símbolo de esperanza. La llevan los mozos al punto convenido…y cuando llega el momento del Encuentro, echan a correr, se cae el manto de tristeza de la Virgen y deja al descubierto un manto adamascado, blanco y amarillo, símbolo de la alegría de encontrar a su Hijo Resucitado, al que llevan las mozas, en veloz carrera, para unirse con su Madre. Se juntan las imágenes con una genuflexión de los portadores, que juntos, entre el repique de campanas y el bullicio de la gente, se dirigen a la iglesia, donde comenzará la Santa Misa.

(Fotografía cedida por Choco)

La imagen de la Virgen del Rosario habitualmente se encuentra en la ermita de Nuestra señora de las Angustias, en una hornacina lateral. Es una escultura de las llamadas de vestir -como la Virgen de los Dolores-, solo muestra el rostro y las manos. Viste túnica y manto con rostrillo –adorno que llevaban las mujeres alrededor de la cara y que suelen llevar muchas imágenes de la Virgen-. Posee un rostro inexpresivo, lo que hace que según el manto que lleve, puede expresar tristeza o alegría. Y en sus manos, lleva un rosario de nácar.


Esta escultura está documentada llegando a Madrigalejo en 1789, pues fue recibida con grandes festejos, incluidos fuegos artificiales; por cierto, fue la primera vez que los hubo en la localidad. Y también sabemos por el interrogatorio de la Audiencia Territorial de Cáceres que, en 1791, existía una cofradía dedicada a Nuestra Señora del Rosario.

Y con la Virgen del Rosario, terminamos este recorrido por las imágenes marianas de nuestra Semana Santa. Pongamos al pie de la Virgen a todas las personas que, de una forma o de otra, están sufriendo esta pandemia.

Bibliografía:
-Escultura Barroca Española. Nuevas lecturas desde los Siglos de Oro a la Sociedad del Conocimiento. Entre el Barroco y el Siglo XXI. ExLibric. Antequera, 2016.
-RODRÍGUEZ AMORES, L. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf editores. Badajoz, 2008.
-SANCHOYERTO, P. B. Visita al Partido de Trujillo por el magistrado D. Pedro Bernardo Sanchoyerto de la Audiencia Territorial de Cáceres a raíz de su creación en 1791.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

sábado, 28 de marzo de 2020

UNA HISTORIA CORRIENTE

(Vicente Amores del Barco y Mª Antonia Pizarroso Sojo)

En estos días de confinamiento, quiero compartir una historia familiar, una historia que ocurría frecuentemente y que, seguro, en muchas familias puede haber otra muy parecida. Es una historia que nada tiene que ver con los libros de Historia, pero, sin duda, es una más de las muchas que tejieron la convivencia de nuestros pueblos y ciudades, que nos dejaron uno de esos grandes valores que no podemos perder y que en estos momentos nos hacen tanta falta: la cohesión familiar.

Hasta Madrigalejo llegó Vicente Amores del Barco, natural de Ceclavín, para ejercer su profesión de maestro de escuela. Sería entre 1865 y 1870 aproximadamente. Aquí conoció a Mª Antonia Pizarroso Sojo, que había nacido en Madrigalejo en 1845. Se casaron y tuvieron tres hijas: Isidora, Florentina y María Amores Pizarroso.

(Mª Antonia Pizarroso Sojo)            

Eran las niñas pequeñas cuando murió Vicente Amores. Estamos hablando de los tiempos en los que era una realidad el dicho “pasas más hambre que un maestro escuela” y cuando no existía pensión de viudedad ni de orfandad. En estas circunstancias, era la familia más cercana quienes ayudaban a remediar en lo posible las necesidades de la falta del padre de familia. Mª Antonia se quedó viuda y con tres hijas a las que sacar adelante. La familia de Vicente Amores se ofreció a llevarse con ellos a Ceclavín a alguna de aquellas tres niñas. Pero Mª Antonia, a pesar de la situación en la que quedaba, se negó a separarse de ninguna de sus hijas ni a separar a las hermanas. Desde entonces, se rompieron todos los vínculos con la familia ceclavinera.

Mª Antonia salió adelante con la ayuda de su familia carnal en un principio y, después, volviéndose a casar. Esta era una de las salidas, tanto viudos como viudas; los primeros, para que una mujer atendiera a sus hijos huérfanos, y las viudas, para tener una seguridad económica. Mª Antonia se casó con otro maestro de escuela, Lorenzo Fraile Moreno, cinco años más joven que ella. Con él no fundó otra familia, porque fue la misma, a la que se añadieron dos hijos más. Fruto de este segundo matrimonio nacieron Antonio y Marciana Fraile Pizarroso. Lorenzo Fraile cuidó de aquellas tres niñas como si fueran hijas suyas de carne, del mismo modo que cuidó a sus hijos Antonio y Marciana.

(Isidora Amores Pizarroso con su marido -Sebastián Rubio- y sus hijos Andrea, Vicente y José Rubio Amores)

(Antonio Fraile Pizarroso)

Mi abuela, María Amores Pizarroso se casó con Domingo Rodríguez Silva, natural de Acedera. Tuvieron tres hijos varones. Al mayor le pusieron de nombre Antonio, como su abuelo paterno; al segundo le llamaron Vicente, como su abuelo materno, y al pequeño, le pusieron Lorenzo, por su abuelastro. Este hecho demuestra la estima en que tuvo María Amores a su padrastro, Lorenzo Fraile.

(Domingo Rodríguez Silva y María Amores Pizarroso -en su viaje de bodas-)

Aunque Antonio Fraile Pizarroso –el hijo varón de Lorenzo y Mª Antonia- fue médico y ejerció en Madrigalejo, el Magisterio tuvo un papel muy destacado en la siguiente generación y en la posterior. Tres de los nietos de Mª Antonia fueron maestros nacionales: José y Mª Antonia Rubio Amores ejercieron su magisterio en Madrigalejo, y Vicente Rodríguez Amores lo hizo en Orellana la Vieja y en Mérida. Tras su jubilación, fue condecorado con la Medalla de Alfonso X el Sabio-. Y entre sus bisnietos maestros pueden contarse a Sebastián Rubio Llerena –quien fue Inspector de Enseñanza en Badajoz- y su hermano Manuel, Mª Reyes y Mª Ángeles Rodríguez Gómez y Josefa Rodríguez Cerezo.

Tanto Lorenzo como Mª Antonia murieron ya mayores –para la esperanza de vida de entonces-. Lorenzo tenía 70 años cuando falleció en 1920. Y Mª Antonia le sobrevivió hasta 1926, cuando contaba con 81 años.

(Lápida del enterramiento de Lorenzo Fraile y Mª Antonia Pizarroso)

Soy bisnieta de Mª Antonia Pizarroso Sojo y he traído esta sencilla historia por el legado que nos ha dejado y que continúa hasta nuestros días. Porque el apego que sintió esta mujer por su familia lo transmitió a sus hijos, entre los que se encontraba mi abuela María Amores. Y esta lo transmitió a sus hijos –mis tíos y mi padre-, quienes, a su vez, nos lo han legado de una manera especial a todos nosotros –mis primos y mis hermanos-.

(Esta historia va dedicada especialmente a los descendientes de la familia Rodríguez Amores, de Antonio, de Vicente y de Lorenzo)

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

viernes, 20 de marzo de 2020

MADRIGALEJO EN 1954 VISTO POR LOS Hnos. BUSTAMANTE HURTADO



Hemos tenido la suerte de que ha llegado hasta nosotros un conjunto de fotografías realizadas en Madrigalejo en 1954, a través de Ángel Ruiz del Árbol Pérez. Fueron tomadas por los hermanos Ángel y Horacio Bustamante Hurtado, unos fotógrafos de gran prestigio naturales de Torrelavega (Cantabria). Son fotografías en blanco y negro que nos llevan a un momento concreto de nuestra localidad, y nos proporcionan una información preciosa de nuestro pasado reciente.


Desde la Asociación Cultural Fernando el Católico, se consideró que debía ser compartido este regalo con todo el pueblo y al mismo tiempo realizar un pequeño homenaje a estos dos fotógrafos que supieron captar la esencia de la vida del pueblo en excelentes instantáneas. Estas han sido las razones que nos llevaron a organizar una exposición con una selección de aquellas fotografías, en el marco de las actividades culturales que se organizan en la Semana Fernandina, con motivo de la conmemoración de la muerte del rey Católico en Madrigalejo. Aquella exposición la compartimos ahora a través de Luz de Candil y su pequeña historia.


En 1945, los hermanos Bustamante Hurtado comenzaron su andadura como fotógrafos profesionales, cuando abrieron su primera tienda fotográfica con laboratorio en Torrelavega (Cantabria). Estuvieron unidos laboralmente hasta 1966, momento en el que Horacio Bustamante abrió su propia tienda en solitario. Cada uno de los hermanos había mostrado su predilección por diferentes campos dentro de la fotografía. Así, Horacio se dedicó a hacer trabajos para grandes y pequeñas empresas y fue reportero oficial de prensa, de medios como Marca, la agencia Efe, El Diario Montañés y La Gaceta del Norte, fotografiando los eventos que se celebraban en su ciudad. La calidad de su trabajo le llevó a que, en 1984, fuera galardonado con la Medalla de Plata de la agencia Efe, para la que comenzó a trabajar en 1945. Por su parte, Ángel Bustamante se especializó en la comercialización de postales, teniendo en su haber un amplio repertorio de imágenes, no solo de Torrelavega, sino también de localidades del entorno, como Suances, Comillas, San Vicente de la Barquera, Santillana del Mar o Cartes.[1]

Y ahora habría de preguntarse ¿qué les trajo a estos dos fotógrafos desde el Norte de España hasta Madrigalejo, allá por la década de los cincuenta del siglo pasado?



Durante la Guerra Civil, el frente de la Serena se estabilizó por un tiempo en Madrigalejo y, hasta aquí llegaron, formando parte del equipo sanitario, dos soldados de Torrelavega: Ángel Bustamante y Raimundo Ruiz del Árbol. Aunque se conocían de vista de su ciudad natal, fue en Madrigalejo y en el contexto de la guerra, donde comenzó una gran amistad que duró hasta la muerte de Ángel en 1989. El tiempo que pasaron en nuestro pueblo fue el suficiente para que Raimundo se enamorara de Amancia Pérez Regidor.


Aunque tras la guerra, los dos soldados volvieron a su tierra, la relación entre Raimundo y Amancia continuó y les llevó hasta el matrimonio en 1949. Vivieron al principio en Torrelavega, pero ese mismo año, Raimundo aprobó el examen para hacerse cargo de la oficina de la Caja de Ahorros de Madrigalejo, hasta donde se trasladaron e instalaron su residencia definitivamente. Y Ángel Bustamante vino a Madrigalejo en 1954 a visitar a su buen amigo Raimundo, acompañado de su hermano Horacio y de su familia.



En aquel viaje, entraron en contacto con Paco Regidor Trejo –fundador de toda una saga de buenos fotógrafos de nuestra comarca-. Fueron ellos quienes le enseñaron los principios de la fotografía y del revelado.


Y fruto de aquella visita son las fotografías que acompañan este trabajo. Nos dejaron la mirada de quienes se encuentran con un modo de vida distinto al suyo. En aquel momento, la brecha entre el Norte y el Sur, el mundo urbano y rural, así como entre la costa y el interior, era muy importante. Por ello, con su cámara, captaron un estilo de vida, que a los naturales les pasaba desapercibido por ser tan cotidiano, y que estaba a punto de desaparecer. De aquí la importancia de estas fotografías por ser documentos etnográficos, al mismo tiempo que históricos.


Cada una de nuestras miradas será diferente. Podemos estar mirando la misma fotografía y cada uno de nosotros se fijará en aspectos distintos de la misma imagen. Pero hay algunos elementos que no deben pasar desapercibidos. En primer lugar, la figura humana. Ocupando mayor o menor espacio, mayores y/o pequeños están siempre ahí. Si nos fijamos en ellos, nos ofrecen una interesante información, especialmente sobre la indumentaria. Los hombres cubiertos con sombrero o boina y vestidos con pantalón de pana. La parte superior varía, entre chaleco y chaqueta de pana y la tradicional “chambra”. Los pantalones del que viste chambra están más que aprovechados con remiendos, algo muy habitual en aquellos tiempos. Las mujeres solían vestir con falda, blusa y el imprescindible mandil. Y si eran ya mayores, no podía faltar el pañuelo en la cabeza y el color negro, a veces tan descolorido que se convertía en marrón oscuro.




Por otra parte, también es muy importante el marco en el que se sitúan esas figuras. Unas calles reconocibles a pesar de los cambios obrados en ellas: el enrrollado de la calle del Palomar, unas ventanas en la calle Gallego Fortuna o las plantas colgantes en las ventanas superiores la calle de la Tabla, todo enmarcado en unas fachadas blanqueadas con cal. O el río Ruecas con la tabla Caballona y el molino con las pasaderas al fondo... las huertas y el campo al atardecer, con su juego de luces y sombras… O los patios, con la diferencia que existe entre el patio encalado y con pozo, y el corral, más destinado al trabajo y al paso de los animales.



Además, en estas fotografías quedan plasmadas tareas, modos de vida, utensilios, materiales y oficios que ya han pasado a la historia. Como el acarreo del agua con burros o con cántaros, que las mozas cargaban “al cuadril”, o a la cabeza sobre la rodilla confeccionada con tela. También es muy interesante contemplar la recolección de la aceituna, con toda la panorámica del pueblo al fondo. Y los distintos objetos y utensilios qua ya son piezas de museo, como las tinajas, las pilas de granito, la mesa de matar, la ristra de ajo, los batideros para lavar la ropa, el carro, etc.



Hay mucha vida en estas fotografías. Por eso invitamos a que la saboreen despacio, mirando detalles. Recordando vivencias, unos; descubriendo el pasado, otros. Y todos avivando el amor a nuestros antepasados, que constituyen las raíces que fundamentan el presente sobre el que una generación nueva está construyendo el futuro.


Guadalupe Rodríguez Cerezo




[1] JOSÉ RAMÓN SAÍZ: Torre La Vega, Crónica ilustrada de una Ciudad. Editorial los Cántabros. 2016. Los datos referentes a los hermanos Bustamante Hurtado están recogidos en el capítulo VIII de este libro, que lleva por título “Fotógrafos de Torrelavega: 130 años captando imágenes de la Villa y Ciudad”.