miércoles, 28 de octubre de 2020

SOBRE LOS CEMENTERIOS

 


Enterrar a los muertos… Todas las civilizaciones han tenido su peculiar concepción sobre la muerte y lo han manifestado en sus ritos funerarios. En la civilización occidental, de raíces cristianas, enterrar a los muertos es una obra de caridad y, siguiendo la tradición bíblica, los cadáveres se inhumaban, se enterraban, esperando la resurrección de la carne.

 El lugar destinado a enterrar a los difuntos es el “cementerio”, término que nos llega del latín, que, a su vez, procede del griego y que significa “lugar donde dormir”. La tradición cristiana optó por la palabra cementerio frente al vocablo necrópolis, también de origen griego y cuyo significado es “ciudad de los muertos”. Se optó por el término cementerio porque, para el cristianismo, la muerte es un estado transitorio -de dormición- a la espera de la resurrección. El terreno destinado a enterrar a los muertos era bendecido y considerado lugar sagrado, por eso también son llamados camposantos.

Enterramientos en la iglesia

Hasta hace algo más de doscientos años, existía la tradición de inhumar a los difuntos en el interior de los templos y en sus atrios, porque se creía que, de esta forma, estaban más cerca de Dios. Así ocurría también en la iglesia de Madrigalejo. Era una costumbre que, hoy en día, nos parece inconcebible y que, sin embargo, costó mucho esfuerzo cambiar.


En el siglo XVIII, los pensadores ilustrados –como Jovellanos, Floridablanca y el mismo rey Carlos III-, preocupados por la salud pública y por mejorar la vida de los ciudadanos, abordaron y debatieron la cuestión de los problemas sanitarios que acarreaba la práctica de enterrar a los muertos en los recintos cerrados, poco ventilados y abiertos al culto. Esta práctica era especialmente preocupante en los meses de calor, cuando eran insoportables los olores que exhalaban los cuerpos en descomposición, pero, sobre todo, era devastadora en tiempos de pandemia. Y, además de debatirlo, también propusieron, como solución, la construcción de cementerios.

Después de un amplio estudio y una larga polémica que duró varios años –entre 1781 y 1786-, el Rey Carlos III, a iniciativa del Conde de Floridablanca, firmaba La Real Cédula sobre el restablecimiento de los cementerios el 10 de marzo de 1787. Los cementerios, según esta ley, tenían que estar “fuera de las poblaciones (…), en sitios ventilados e inmediatos a las parroquias y distantes de las casas de los vecinos”.

La promulgación de la ley no tuvo un efecto inmediato y se fue aplicando siguiendo criterios de urgencia, necesidad y financiación. Parece ser que, en Madrigalejo, ni se plantearon su construcción, según se desprende de las respuestas a la "Visita de la Real Audiencia de Extremadura", en 1791, tan solo cuatro años después de su promulgación. A la pregunta de “si hay cementerios o necesidad de ellos y lugar donde cómodamente se puedan hacer”, responden las autoridades que “no hay cementerio ni necesidad de él”, y el cura rector dice: “aquí no hay cementerios ni se advierte necesidad de ellos, por ser bastante capaz la iglesia para su vecindario”. Vemos, por tanto, que los difuntos se seguían enterrando en el templo por tener el edificio capacidad suficiente para el número de vecinos.

Cementerio viejo

No fue hasta bien entrado el siglo XIX, concretamente en 1820, cuando se procede a la construcción de un cementerio. Ya hemos visto que, para las autoridades civiles y religiosas del municipio, no era un asunto de necesidad, a lo que habría de añadir que España estuvo sumida en la guerra de la Independencia entre los años 1808 y 1813. Solo se comenzó a gestionar la construcción de un cementerio en Madrigalejo cuando la autoridad política de la Provincia de Extremadura –con sede en Badajoz- mandó una notificación oficial, en agosto de 1820, prohibiendo las inhumaciones en el interior de las iglesias bajo ningún pretexto, amparándose en la legalidad vigente, es decir, la que había promulgado Carlos III en 1787.

Se construyó un camposanto en terrenos de la iglesia, en el entorno donde anteriormente estuvo situada la ermita de San Gregorio, en la actual Calle Pizarro. Su edificación estuvo financiada con dinero de la parroquia, pues era quien corría con los estipendios de los entierros y con su gestión. Nos estamos refiriendo al llamado “cementerio viejo”, que estuvo en activo hasta la construcción, en 1912, del “cementerio del Sur” –el actual-. Y es que, a principios del S. XX, fue necesaria la construcción de un nuevo cementerio debido a problemas de espacio -se hizo pequeño- y al crecimiento de la población, ya que se estimaba que, a no mucho tardar, las edificaciones rebasarían su recinto. El antiguo camposanto quedó totalmente clausurado en 1932, después de ser limpiado y de que no quedara ninguno de los restos.

Cementerio del Sur

El nuevo cementerio se construyó con arreglo a las leyes vigentes a principios del siglo XX, en un espacioso campo en el sitio llamado la Sangría, al Suroeste del pueblo, en dirección del camino de Villanueva de la Serena y a más de quinientos metros de la población. Tenía, además del terreno destinado a sepulturas, un apartado civil –pues el cementerio era de confesión católica-, donde se enterrarían los apóstatas y suicidas; un depósito de cadáveres; una capilla; un osario y un apartado para niños muertos sin bautizar. El espacio destinado a sepulturas estaba dividido en cuatro cuarteles, separados por cipreses alineados en forma de cruz.


Este cementerio se edificó en terreno adquirido por el municipio, fue costeado por el mismo Ayuntamiento, por lo que el mismo era quien fijaba y cobraba los derechos de sepulturas, concedía permisos, nombraba empleados y, en general, llevaba toda la administración y conservación del cementerio. El alcalde, D. Sebastián Rubio Calzado, después de aclarar estos términos al párroco, D. Fernando Marcos, mediante una notificación del 6 de mayo de 1912, le pide que se digne a bendecir el cementerio; bendición que autorizó el Obispo de Plasencia el 20 de junio.

La bendición del nuevo cementerio fue un acto social de primer orden. Tuvo lugar el 17 de octubre de 1912. Para la celebración, fueron convocados la Corporación municipal, el Juzgado municipal, el Comandante del puesto de la Guardia Civil y los Señores Maestros de las Escuelas Nacionales. Comenzó el acto con una misa de Réquiem en la iglesia parroquial y, seguidamente, en procesión, los asistentes se dirigieron al nuevo cementerio. La procesión se organizó de la siguiente manera: la Cruz para la bendición abría el cortejo; después iba la manga parroquial –que es un adorno de tela, generalmente bordada, en forma cilíndrica y acabada en cono, que cubre parte de la vara de la cruz de la parroquia-; a continuación, iban los niños y niñas de las escuelas; después, el pueblo, un ataúd con restos del osario del viejo cementerio, una escolta de cuatro números de la Guardia Civil, el clero con ornamentos litúrgicos negros y las autoridades civiles y judiciales. Durante el trayecto, el clero cantaba el oficio de sepultura.

Una vez en el cementerio y terminado el oficio de sepultura, el cura párroco, revestido con ornamentos blancos, bendijo el espacio destinado a sepulturas según el ritual romano: oración, letanías, aspersión por todo el campo de las cuatro zonas y bendición de la cruz.

En la actualidad, el cementerio ha sobrepasado el siglo de existencia. Lógicamente, con el paso de los años, se ha ido adecuando a las nuevas necesidades y a los nuevos tiempos. Ha aumentado su tamaño y ha cambiado la forma de enterramiento. Si la mayor parte de las sepulturas, entonces, se realizaban en tierra, hoy las calles de nichos van ocupando paulatinamente el terreno que anteriormente se destinaba a las sepulturas en tierra. También desaparecieron, tras el Concilio Vaticano II, el apartado civil y el destinado a niños no bautizados. Las demás dependencias, así como la distribución de los espacios de enterramientos, han ido variando desde su inauguración.  Y con la aprobación de la Constitución, el cementerio pasó a ser aconfesional.


La celebración de los Santos el día 1 de noviembre y de los Fieles Difuntos, el día 2, hace que tengamos presentes a nuestros seres queridos difuntos, de una forma especial, alrededor de estos días. Por eso acudimos a los cementerios a visitar sus tumbas, las adornamos con flores y encendemos velas, porque siguen viviendo en nosotros, rezamos por ellos y para que intercedan por nosotros; en definitiva, honramos su memoria. Por ello, los cementerios son lugares muy especiales.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

 

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:

- G. JORI. “La política de la salud en el pensamiento ilustrado español. Principales aportaciones teóricas”. XII Coloquio Internacional de Geocrítica. Bogotá, mayo de 2012.

- M. GRANJEL y A. CARRERAS PANCHÓN. “Extremadura y el debate sobre la creación de cementerios: un problema de salud pública en la Ilustración”. Norba, Revista de Historia. ISSN 0213-375X, Vol. 17, 2004, 69-91.

- L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónica Lugareñas Madrigalejo. Tecnigraf S.A. Badajoz, 2008.

-Archivo Municipal de Madrigalejo.

-Archivo Parroquial de la iglesia de San Juan Bautista de Madrigalejo.


domingo, 18 de octubre de 2020

DIA INTERNACIONAL DEL CÁNCER DE MAMA

 

El 19 de octubre es un día especial. Cada año, estamos convocados a celebrar el Día Internacional del Cáncer de Mama, con una marcha solidaria en apoyo de las personas que han sufrido, están sufriendo o sufrirán por causa de esta enfermedad. Hoy, 19 de octubre de 2020, no podemos inundar las calles con la marea rosa; pero, no por ello, vamos a quedarnos callados. Porque hoy es un día especial, marcado en el calendario como una jornada de sensibilización, de recuerdo y homenaje, de apoyo y solidaridad, de agradecimiento, de reivindicación y, sobre todo, de mucha esperanza.

Es un día para sensibilizar a la sociedad sobre el problema del cáncer de mama, porque es el tumor maligno más frecuente entre la población femenina. Para sensibilizar a todas y cada una de las mujeres para que tomen conciencia de la importancia de un diagnóstico precoz, que pueda mejorar el pronóstico de la enfermedad y la supervivencia. Porque, para este diagnóstico precoz, son primordiales las autoexploraciones mamarias, las revisiones periódicas y las mamografías. Y que, ante cualquier cambio en los senos, acudan con rapidez al médico.



Es un día para recordar a tantas y tantas mujeres, fuertes y luchadoras, que sufrieron esta terrible enfermedad y no pudieron superarla. Están presentes entre todos nosotros. Vaya para todas ellas y para sus familiares nuestro mejor homenaje

Es un día de apoyo y solidaridad para todas las mujeres que han padecido, están padeciendo y padecerán cáncer de mama, pero también para todos los enfermos de cualquier tipo de cáncer. Porque necesitan la fuerza y el cariño de quienes les rodean para encarar la gran lucha a la que se enfrentan. Porque es esencial que no se sientan solos, que se sientan acompañados, queridos y mimados.


Es también un día de agradecimiento a los oncólogos y a todo el personal sanitario que curan, se ocupan y preocupan, con gran profesionalidad y humanidad, de los enfermos; gracias a la Asociación Española Contra el Cáncer, por su voluntariado de estar día a día acompañando a los enfermos y a sus familiares, así como por las campañas divulgativas de prevención y de detección precoz; gracias a los investigadores, pues sus éxitos se convierten en infinidad de vidas salvadas; gracias a todas las aportaciones que, como granos que hacen granero, van sumando para seguir dando pasos de gigante; gracias a toda la solidaridad y a los ánimos que se canaliza en jornadas como esta, y, por supuesto, también es un día para reconocer y dar las gracias a la FAMILIA, cuidadores que acompañan a los enfermos en el sufrimiento del día a día, que les dan la mano en los peores momentos y que ofrecen su mejor sonrisa cuando su interior está tan herido y lleno de tristeza y preocupación, como el de los propios pacientes. 



Así mismo, es un día de reivindicación en favor de la investigación científica, para que las instituciones apoyen los proyectos dedicados a la consecución de tratamientos que sean cada vez más eficaces y menos agresivos. Porque, sin la investigación, nunca se podrá llegar a ganar la guerra contra el cáncer.

Y, por último, es un día de mucha esperanza, porque cada vez es mayor porcentaje de mujeres que, habiendo padecido cáncer de mama, hemos salido adelante fortalecidas, con muchas ganas de vivir y mirando al futuro con alegría.

Muchas gracias a todos. 

Guadalupe Rodríguez Cerezo. 


lunes, 28 de septiembre de 2020

MADRIGALEJO EN EL CAMINO A GUADALUPE

 



Uno de los caminos tradicionales que utilizaban los peregrinos para llegar al Monasterio de Guadalupe atravesaba de oeste a este Madrigalejo. Además, la Iglesia de Guadalupe poseía una importante hacienda en nuestra localidad. Estas dos circunstancias propiciaron que existiese una estrecha vinculación entre el Convento y Madrigalejo durante unos cinco siglos. Por ello, a través de estas líneas, se intentará destacar la importancia que el camino de Guadalupe tuvo en nuestra historia.

ABRIENDO CAMINOS

La noticia de la aparición milagrosa de una imagen de la Virgen junto al río Guadalupe corrió de boca en boca de tal modo que, muy pronto, empezaron a llegar los primeros peregrinos hasta el lugar, a una humilde ermita que Nuestra Señora pidió construir al vaquero Gil Cordero para cobijar su imagen. La fama de los prodigios que obraba la Virgen a quienes se encomendaban a ella llegó a oídos del rey Alfonso XI de Castilla, quien, hacia 1330, estaba cazando por estos parajes. El monarca visitó la ermita, que se encontraba en un estado algo ruinoso, y mandó agrandarla, al mismo tiempo que le otorgó algunos beneficios. Poco tiempo después, estando Alfonso XI combatiendo contra los moros en la batalla del Salado en 1340, el monarca se encomendó a la Virgen de Guadalupe, y como salió victorioso, en agradecimiento, concedió término a la Puebla que allí se acababa de fundar y grandes prebendas para ella. Comenzó por entonces la construcción del Monasterio bajo la tutela de un priorato secular hasta la llegada de la Orden Jerónima, en 1389.

(Foto: Fr. Joaquín Pacheco, OFM.)

De esta forma, fue generalizándose un ir y venir de peregrinos hacia Guadalupe hasta el punto de que, tras Santiago de Compostela, llegó a ser uno de los centros más importantes de peregrinación en la Península Ibérica. Y con el trasiego de peregrinos, se fueron abriendo caminos, algunos de los cuales se llamaron Reales, aquellos que gozaban de una protección especial del Estado, con fueros especiales, más anchos que los demás y que unían ciudades importantes y distantes entre sí.

Madrigalejo se encuentra a una jornada de camino para llegar a Guadalupe. En un primer momento, el trayecto se hacía por el llamado “camino viejo de Guadalupe” que discurría por el curso del río Ruecas, utilizando el que ya existía para llegar a Cañamero. Sabemos de su temprana existencia porque “la carrera de Cañamero” está ya documentada en 1264, cuando Alfonso X concedió a Madrigalejo la merced de disponer de dehesa boyal[1].  

Posteriormente comenzó a ser más transitada una nueva vía más llevadera, la que iba por la margen izquierda del Ruecas, pasando por el Rincón de Valdepalacios, y que se adentraba en las Villuercas a través de la cuesta de Puertollano. Es ahora cuando, por su importancia, esta vía se convirtió en “camino real”, que unía Guadalupe con Sevilla. Para entonces, el trajín de peregrinos era incesante. 

Aparte de su relación con el camino, Madrigalejo estuvo muy vinculado a Guadalupe desde mediados del siglo XIV, porque la Iglesia de la Puebla fue amortizando, en dicha localidad y alrededores, una gran hacienda rústica que luego pasó a ser del Monasterio. Esta hacienda se administraba desde una importante casa de labranza, a la que llamaron Casa de Santa María, y a la que el Barón de Römisthal, a mediados del S. XV, se refería como unos magníficos edificios que aventajan a los demás que lo forman[2]. Esta situación se mantuvo durante unos quinientos años, hasta que se hicieron efectivas las leyes desamortizadoras de 1835.

(Casa de Santa María.)

LOS PEREGRINOS

El paso de peregrinos por Madrigalejo, para postrarse ante Santa María de Guadalupe, era constante. La inmensa mayoría fueron peregrinos anónimos, que llevaban en su fardo cuitas, esperanzas, exvotos o el cumplimiento de promesas, y que no dejaron prueba documental específica. Muchos de aquellos romeros se alojarían en mesones y posadas, como la que aparece reflejada en el cuestionario de la Real Audiencia de Extremadura[3], donde se dice que tenía bastante capacidad. Es significativo el hecho de que, la calle por donde el camino real atravesaba la localidad y que hoy es “Luisa Fortuna”, se llamara, hasta 1922, calle “Mesones”, y anteriormente se la conocía como calle “Real” o calle del “Rey”.

Para refugio y atención de los peregrinos pobres, aquellos que no tenían recursos para pagar un alojamiento, existía en Madrigalejo una casilla hospital. Hemos encontrado documentación de los siglos XVII y XVIII en la que se alude a un hospital en Madrigalejo[4], además de la que está recogida en el cuestionario de la Real Audiencia de Extremadura (finales del S. XVIII) [5].

Los viajeros de mayor poder adquisitivo podrían alojarse en la Casa de Santa María, pues, aunque era una casa de labranza -como se ha dicho-, en ocasiones alojaba a ciertos peregrinos. Es lo que se entiende en el documento de las obligaciones de su casero, en el que se dice que si viniere algún señor, como duque o conde, a quien no se le podrá negar la casa, se le podrá abrir el aposento y todas las celdas menos las de las ropas de los religiosos[6]. Y también el Barón de Römisthal decía de la Casa de Santa María que suelen posar en ella caballeros que pagan su gasto y tiene unas caballerizas en que caben más de cien caballos, porque esta hospedería es casi regia[7].

El Barón de Römisthal habla de “hospedería casi regia” porque la Casa de Santa María sirvió de alojamiento a diversos monarcas, tanto castellanos como portugueses, en su ir y venir hacia Guadalupe. Bien conocida es la estrecha vinculación de la monarquía castellana con el Monasterio de Guadalupe y las numerosas visitas reales que recibió. Para algunos de aquellos desplazamientos, utilizaron el camino real que pasaba por Madrigalejo, donde la Casa de Santa María les acogería por ser el edificio con mayores prestaciones de los contornos. Y aunque no existe certeza documental de algunas de esas estancias, las fuentes dan fe de que, tanto Fernando el Católico, como Felipe II y el rey D. Sebastián de Portugal, se alojaron en ella.

Las visitas de los Reyes Católicos al Monasterio, tanto juntos como por separado, fueron numerosas y utilizaron esta ruta en algunas ocasiones. En 1511, el rey Fernando firmó en Madrigalejo algunos documentos, cuando viajaba hacia Sevilla acompañado de su segunda mujer, Germana de Foix[8]. Pero la estancia del rey Católico en Madrigalejo de mayor relevancia histórica fue la que tuvo lugar en enero de 1516. Viajaba desde Plasencia hacia Guadalupe, cuando tuvo que parar forzosamente en la Casa de Santa María debido al empeoramiento de su estado de salud. En este edificio el monarca pasó los últimos días de su vida y dejó un importante legado para la posteridad, pues aquí firmó su testamento definitivo, un testamento de hondo calado político que fue trascendental en el devenir histórico posterior. Gracias a las disposiciones en él contenidas, su nieto Carlos I pudo ceñir las Coronas que conformaban la unión de reinos con la que habían soñado los Reyes Católicos, sin que nadie pudiera disputárselas. Por tanto, en este camino que conducía hacia Guadalupe, se firmó el “documento jurídico de aplicación al Derecho más importante que se ha firmado nunca en Extremadura”, en palabras de Alberto Sáenz de Santa María Vierna [9].

(Facsímil del testamento del rey Fernando el Católico)

También el mítico rey Don Sebastián de Portugal utilizó esta ruta cuando fue a Guadalupe, en la Navidad de 1576, para tener un encuentro con su tío, el rey Felipe II. Al Monasterio llegó el 22 de diciembre, después de haber pernoctado las noches anteriores en Talavera la Real, Mérida, Medellín y Madrigalejo. A la vuelta, siguió el mismo itinerario, haciendo noche en la Casa de Santa María de Madrigalejo el 2 de enero de 1577.[10]

Tres años más tarde, el rey Felipe II con su corte recorría el mismo camino después de pasar la Semana Santa de 1580 en Guadalupe, para ser proclamado rey de Portugal, tras el fallecimiento de Don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir. Y en la casa de Santa María, encontraron también aposento.[11]

DECADENCIA

La Casa de Santa María perdió parte de su importancia cuando, en el siglo XVIII se construyó, a muy corta distancia, el Cortijo de San Isidro, para compartir la administración de las tierras que el Monasterio tenía en la zona. Pero fue en el siglo XIX cuando prácticamente desapareció. El edificio fue expropiado por las leyes desamortizadoras y, una vez parcelado, salió en pública subasta. En el espacio que antes ocupara esta histórica casa se construyeron un buen número de viviendas. Hoy solo queda como testimonio de lo que fue la Casa de Santa María una amplia sala, donde con toda probabilidad murió el rey Fernando el Católico, y un aljibe.

Por entonces y por las mismas leyes desamortizadoras, el Monasterio de Guadalupe también pasó años de oscuridad y ostracismo hasta principios del siglo XX. Fue en 1908 cuando la Orden Franciscana se hizo cargo del Monasterio con la misión de levantar su importante patrimonio espiritual, así como restaurar y conservar su gran legado artístico y cultural. Poco a poco comenzaron a reactivarse las peregrinaciones hasta el santuario. Sin embargo, los tiempos estaban cambiando y, progresivamente, los medios motorizados de locomoción fueron ganando terreno. Los viejos caminos de tierra dejaron de ser transitados en favor de las carreteras asfaltadas. Y estas carreteras dejaron fuera a Madrigalejo del circuito de peregrinación a Guadalupe.

Entre mis recuerdos de la infancia, está la de una tarde de otoño en la que llegaron unos jinetes a la Plaza de Madrigalejo. Era un grupo de personas a caballo, que hacían la “Marcha de la Hispanidad” hacia Guadalupe evocando los caminos tradicionales. En nuestra plaza se les hizo un gran recibimiento, con niñas vestidas con traje regional, que ofrecieron ramos de flores a las mujeres que venían a caballo. Pasaron aquí la noche y, al día siguiente, continuaron su camino para presentarse ante Nuestra Señora. De aquello hace unos cincuenta años. En la actualidad, cada 12 de octubre, en Guadalupe se congregan centenares de caballos en el “Día de la Hispanidad”, que llegan a través de los distintos caminos, convirtiéndose en una auténtica fiesta, fiesta que está declarada, desde 2007, de Interés Turístico de Extremadura.

(Recibimiento a la Marcha de la Hispanidad)

Y CONCLUÍMOS

Para la conclusión voy a utilizar unas palabras escritas por Vicente Barrantes a finales del siglo XIX, que avalan lo dicho hasta ahora:

“…el camino por Villanueva de la Serena y Madrigalejo ha debido ser desde siempre el camino real de Guadalupe, en la verdadera acepción de esta palabra, pues de Sevilla y Lisboa arrancaban las peregrinaciones de sus más famosos visitantes, excepto los Reyes Católicos, que por todas partes iban (…). El rey D. Sebastián de Portugal, que pasó por Badajoz para consultar en Guadalupe con Felipe II su desgraciada empresa contra África, no pudo seguir otro itinerario, ni Hernán Cortés cuando desembarcó de la conquista de Méjico, ni Cervantes al salir de su cautiverio de Argel en brazos de los frailes mercedarios.”

“Esta última circunstancia es decisiva en favor del camino que toca en Madrigalejo. Los esclavos que por encomendarse a la Virgen de Guadalupe se veían arrancados al duro banco, al pesado remo o a la triste oscuridad de la mazmorra (…) peregrinaban a dar gracias a su divina protectora cargados con sus férreas cadenas (…) y para tan penoso viaje (…) elegirían el camino más fácil y llano, que no es otro que el de la Serena, desembarcando ellos, como solían desembarcar en Sevilla o Málaga. Cervantes casi nos lo traza al pie de la letra en sus Trabajos de Persiles y Segismunda”.

“La muerte de D. Fernando el Católico en Madrigalejo, de paso para Guadalupe, sería argumento concluyente en favor de nuestra tesis, si no hubiera otro más decisivo aun, que son los restos de una buena y ancha calzada que se descubre en el llamado Puertollano, primera garganta de las Villuercas por esta parte, que indudablemente llevaría carruajes, literas de enfermos, camillas y las grandes cabalgatas de damas y caballeros hasta las mismas puertas del santuario.”[12]



Estamos en Año Santo Guadalupense, por ello, no quería dejar de pasar la ocasión para reivindicar uno de los caminos históricos más transitados por peregrinos que, desde los primeros tiempos, se postraban a los pies de la Madre de Dios. Este camino es histórico en toda su extensión, tanto por el decurso de años y siglos de andadura de viajeros y peregrinos, como por los hechos históricos que en este camino acaecieron o los personajes históricos que lo pisaron. Pero también debemos recordar lo que supuso para Madrigalejo el Monasterio de Guadalupe y el camino real que hasta él conducía: fueron siglos de convivencia a través de su hacienda agro-ganadera y, además, el camino real también formó parte de nuestro devenir histórico, con todo lo que conlleva a su alrededor. En definitiva, el camino que llevaba a Guadalupe forma parte de nuestro patrimonio que no debemos olvidar.

(Foto: Fr. Joaquín Pacheco, OFM.)

 Guadalupe Rodríguez Cerezo.

 

Bibliografía:

https://www.cronistasoficiales.com/?p=97350

-F. PABLO DE ALHOBERA: Libro de la Hacienda del Monasterio de Guadalupe. Año 1641. Biblioteca del Monasterio de Guadalupe.

-A. ÁLVAREZ ÁLVAREZ. Guadalupe en los clásicos y en viajeros antiguos. Gráficas ORMAG. Madrid. 2002.

-GARCÍA MERCADAL: Viajes de Extranjeros por España y Portugal. Viaje del noble bohemio León de Römisthal de Blatna por España y Portugal, 1465-1467. Ediciones Aguilar Madrid 1952.

-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S. A. Badajoz. 2008.

-W. RUBIO CALZÓN: “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el Rey don Fernando V, El Católico, y documentos que lo testifican”. Revista de Estudios Extremeños. Vol. 38. Nº3. Badajoz, 1982

-A. SÁENZ DE SANTA MARÍA VIERNA. El Testamento Cerrado de Fernando el Católico. Cometa S.A. Zaragoza. 2018.

-Visita al lugar de Madrigalejo de la Real Audiencia de Extremadura en 1791.

 

Fuentes:

-Archivo Parroquial de Madrigalejo.



[1] F. PABLO DE ALHOBERA: Libro de la Hacienda del Monasterio de Guadalupe. Año 1641. Biblioteca del Monasterio de Guadalupe. Recogido en: L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S. A. Badajoz. 2008. Págs. 129 y 130.

[2]GARCÍA MERCADAL: Viajes de Extranjeros por España y Portugal. Viaje del noble bohemio León de Römisthal de Blatna por España y Portugal, 1465-1467. Ediciones Aguilar Madrid 1952

[3]Ibídem, respuesta a la pregunta 9.

[4] Archivo Parroquial. Libro de testamentos.

[5]Respuesta a la pregunta 21 del cuestionario de la Visita al lugar de Madrigalejo de la Real Audiencia de Extremadura en 1791.

[6] F. PABLO DE ALHOBERA: Libro de la Hacienda del Monasterio de Guadalupe. Año 1641. Biblioteca del Monasterio de Guadalupe.

[7] GARCÍA MERCADAL: Viajes de Extranjeros por España y Portugal. Viaje del noble bohemio León de Römisthal de Blatna…Op. cit.

[8] W. RUBIO CALZÓN: “Fechas en que estuvo en Madrigalejo el Rey don Fernando V, El Católico, y documentos que lo testifican”. Revista de Estudios Extremeños. Vol. 38. Nº3. Badajoz, 1982. Págs. 551 y 554.

[9] A. SÁENZ DE SANTA MARÍA VIERNA. El Testamento Cerrado de Fernando el Católico. Cometa S.A. Zaragoza. 2018. Pág. 218.

[10] L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf S. A. Badajoz. 2008. Págs. 259-265.

[11] Ibídem. Págs. 265y 266.

[12] A. ÁLVAREZ ÁLVAREZ. Guadalupe en los clásicos y en viajeros antiguos. Gráficas ORMAG. Madrid. 2002. Págs. 45 y 46.


jueves, 13 de agosto de 2020

RABOS DE CORDERO

 


Solemos ir al supermercado, al híper o a las grandes superficies para comprar, entre otras muchas cosas, todo lo necesario para nuestra alimentación, ya sea para el día, la semana o el mes. Allí podemos encontrar de todo, da igual que sea o no de temporada. La globalización ha hecho posible que cualquier producto llegue al punto más remoto de la Tierra y que podamos encontrar aquí productos que nuestros abuelos ni se imaginaban que pudieran existir, o comerlos fuera de temporada.  Y no solo eso, nuestros abuelos, si levantaran la cabeza, morirían otra vez de susto, al ver de qué forma despilfarramos los alimentos de cada día.

Efectivamente, en cuestión de unos decenios, hemos pasado de una economía autárquica, en la que se consumía esencialmente lo que cada cual producía, a una economía salvaje de mercado, en la que todo lo que usamos pasa por caja. No es solo que nuestros antepasados se conformaran con lo que tuvieran a mano; lo grande de ellos es que sabían sacar un buen partido de cualquier producto que tuvieran en ese momento, aprovechándolo todo. Gracias a ese espíritu de austeridad, ha llegado hasta nosotros una rica gastronomía que no podemos dejar de perder.

Un ejemplo de aquella cocina de aprovechamiento en el contexto de la actividad ganadera son los rabos de cordero. En la cría del ganado ovino, como en cualquier explotación ganadera, es esencial que cada año se vaya renovando el rebaño, en una tasa de reposición que puede estar en torno al 20 %. Para llevar a cabo la reposición, se reservan las corderas de una de las parideras para que lleguen a ser hembras reproductoras. Cuando esas borregas de renuevo tienen unos tres meses, se les cortan los rabos. La razón por las que se realiza esta operación es para que, cuando sean adultas, puedan ser montadas con mayor facilidad por el macho y se favorezca así su función reproductora.

(En esta fotografía, que puede tener unos ochenta años, vemos un montón de rabos en la esquina derecha inferior)

Este es un uso ancestral en el manejo del ganado lanar y, por tanto, está muy extendido en las zonas de tradición ovina, especialmente vinculadas a la Mesta y a la trashumancia. Los pastores, en lugar de tirar como desechos aquellos rabos que habían cortado a las corderas, los aprovechaban en la cocina, elaborando unos sabrosos y suculentos platos, que hoy en día son, para muchos, un auténtico manjar.

Pero hasta que los rabos de cordero puedan ser cocinados, requieren una preparación muy laboriosa, ya que es fundamental que no quede ningún resto de lana en ellos. Por esta razón, en primer lugar, se pelan los rabos con tijera. Después, se chamuscan en la lumbre, para que se vayan quemando los restos de lana que hubieran quedado. Al sacarlos, se raspa lo chamuscado con una navaja, echándolos a la lumbre y raspándolos una y otra vez hasta que no quede rastro alguno de lana. Por último, se lavan bien con agua muy caliente, restregándolos con un fregón, hasta que queden lo más limpios posibles. Es entonces cuando pueden entrar en la cocina.

A partir de aquí, existen muchas formas de prepararlos. Se pueden hacer con patatas, en vinagreta, en escabeche, rebozados con tomate, en salsa, etc. Y como formo parte de una familia de tradición ganadera, los rabos de cordero han estado presente en la mesa de mis padres, cada año, en torno al día de San José, igual que anteriormente lo estuvieron en la de mis abuelos y ahora lo están en las nuestras, siguiendo las recetas familiares. Mi madre solía preparar los más tiernos, en vinagreta, y los demás, rebozados en salsa. Expongo a continuación la receta de rabos de cordero rebozados:

Primeramente, se trocean y se ponen a hervir en abundante agua, con cebolla, laurel, guinda seca, pimienta negra y sal. Cuando estén cocidos, se escurren y se reserva el agua de cocción. Los trozos de rabo se rebozan con harina y huevo y se van friendo en abundante aceite de oliva, sacándolos cuando estén doraditos. Una vez terminada esta operación, una parte del aceite utilizado para freírlos se utiliza para hacer un sofrito de cebolla y, cuando esta esté pochada, se añaden los rabos y el agua reservada. Se rectifica de sal y se deja cocer hasta que espese. En este punto, ya pueden servirse en la mesa para ser degustados.






A través de estas pocas líneas he querido, por un lado, poner un ejemplo de la rica gastronomía de aprovechamiento que hemos recibido de nuestros mayores, en la que los despojos tenían un lugar importante y aportaban variedad a los limitados productos alimenticios con los que contaban. Es un legado que hemos recibido que, no solo no debemos despreciar, sino que debemos conservar y potenciar. Y, por otro lado, no está de más recordar la importancia que la trashumancia tuvo en la transmisión de usos y costumbres, de folclore y de gastronomía entre los territorios ocupados por los rebaños mesteños.   

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

miércoles, 8 de julio de 2020

LOS VERANOS DE ANTONIA CALDERA



Antonia Caldera Tejeda pasaba los veranos de su niñez en casa de su abuelo materno Juan, en Madrigalejo. Los recuerdos de aquella infancia los plasmó en un texto, que presentó en 2006 en el XIV CERTAMEN LITERARIO PARA PERSONAS MAYORES “EXPERIENCIA Y VIDA”, organizado por la Consejería de Sanidad y Dependencia de la Junta de Extremadura. La obra de Antonia Caldera, “Recuerdos de mi infancia”, fue premiada con el Primer Accésit, y publicada, junto con las demás obras premiadas y seleccionadas, en un libro, en 2007.

Desde la añoranza, Antonia Caldera refleja en su relato unos tiempos y una forma de vida muy diferentes a los actuales, que merece mucho la pena evocarlos. Es una gozada leer su texto, entre otras cosas, por el cariño que rezuma en el escrito. Y, como nos ofrece una información preciosa sobre el Madrigalejo de mediados del siglo XX, a continuación, iré entresacando algunos fragmentos de su obra, que van a ir entrecomillados, y, de forma intercalada, irán algunos breves comentarios.

Antonia describe a su abuelo de esta manera: “Mi abuelo era un señor viejo, fuerte, con bigote canoso y ojos azules, aunque no era muy alto. Estaba casi ciego y le faltaba la mano izquierda, la había perdido en la guerra de Cuba. Él estaba orgulloso de ello, y por haber sobrevivido a aquel desastre le dieron la Placa de San Hermenegildo, una condecoración militar muy importante”. El Sr. Juan Tejeda era todo un personaje y, sobre él, Lorenzo Rodríguez Amores, en la página 451 de Crónica Lugareñas. Madrigalejo, dice que vino mal parado de la guerra de Cuba:
con su cuerpo maltrecho de las laceraciones recibidas en el campo de batalla: un ojo en extremo vasculizado, fuera de su natural alojamiento, sin un carrillo y manco de una mano. Según sus referencias, esta mano le salvó la vida pues, al protegerse con ella, si bien fue cercenada, evitó que le abriesen la cabeza, hacia donde iba dirigido el golpe de espada del enemigo. También llegó con una paga vitalicia que, aunque en un principio fue la ínfima de cabo, que es como ingresó en el Cuerpo de Mutilados, más adelante se convertirá en suculenta, al alcanzar, ya anciano, la graduación de general.

Su abuelo vivía en la calle del Peral, en “una casa propia, hecha a su gusto, que en aquellos tiempos era mucho, de dos plantas, en una calle ancha empedrada”. Varias décadas después, Antonia volvió a pisar esta calle y cuenta que “ya estaba asfaltada y, cosa curiosa, las casas todas me parecían más pequeñas y bajas”.

Calle del Peral en la actualidad

Otros recuerdos entrañables de entonces “era ver cómo al caer la tarde, sobre todo en el verano, iban pasando sucesivamente manadas de vacas, que iban de recogida; el vaquero las recogía por la mañana y las llevaba a sus dueños respectivos por las tardes”.

“Lo mismo que con las vacas ocurría con los cerdos, cada cerdo por la noche a su casa y hasta algunos vecinos tenían patos, era precioso ver cómo cada grupo remontaba la calleja que iba al río y se recogían por las noches sin perder el compás, en fila, uno detrás de otro, primero el macho con sus plumas de la cola encaracoladas, después la hembra y los patitos”.

Hablando del río, escribe que su abuelo, “aunque tenía bastón, diariamente iba de paseo, a pesar de estar medio ciego, con el señor Reyes u otros y se sentaba en las posaderas cerca del puente, pues a la entrada del pueblo había un río, el Ruecas, y era donde los viejos del pueblo y otros no tan viejos se sentaban a charlar”.

(Puente sobre el Ruecas. En la tabla se puede apreciar unos patos nadando)                     

“¡Qué río aquel de mi infancia!, lleno de agua, con cañas en las orillas, donde lo mismo se veía a las mujeres del pueblo con sus cestos de ropa y sus batideros de madera para lavar, que a los muchachos del pueblo bañándose. Sólo los muchachos, las chicas no se bañaban, estaba mal visto. Algunas mozas, acompañadas por una señora mayor, iban en grupo a bañarse si la noche era calurosa, pero no era lo corriente.”

No olvidemos que, en nuestra tierra, el calor en verano pega de lo lindo. Por eso, hay varias referencias a la forma de combatir las altas temperaturas en tiempos no tan lejanos. Cuando habla del pozo de la casa de su abuelo dice que “no se secaba nunca. Como entonces no había frigorífico, mi padre metía en el cubo del pozo, que se movía con una soga gorda enganchada a una polea, tomates, uvas, refrescos y todo lo que queríamos enfriar”.

¿Qué otros alimentos no pueden faltar para combatir el calor? Pues también nos lo cuenta Antonia: “mi tía Inés, les tenía preparados para su marido y sus hijos un gran plato de ajo blanco fresquito, con sus trozos de pan y de tomate al estilo de Madrigalejo”. Y así es que, la base de todo buen ajoblanco debe llevar aceite de oliva, ajo, huevo, miga de pan, vinagre y agua; después, en cada casa, le añadían productos de la huerta según sus gustos, como tomate, pepino, uvas, higos o brevas, etc. Recordemos que, en Madrigalejo, los productos de la huerta siempre estuvieron al alcance de la mano, porque se cultivaban en la ribera del río y, hasta la llegada del regadío, sacaban el agua con la noria o el cigüeñal.

No se olvida tampoco de nuestros ricos melones: “Como este pueblo tiene fama en los alrededores por los exquisitos y abundantes melones, una forma de conservarlos era echarlos sobre el grano, como esparcidos, y así duraban más tiempo sin pudrirse”. Aquellos melones de secano que tanta fama nos dieron se podían conservar de dos maneras para que duraran hasta bien entrado el invierno e, incluso, hasta Semana Santa. Una de ellas era como lo describe Antonia, en los doblados de las casas, encima de los montones de granos de cereal que allí se almacenaban, esparcidos y con la precaución de que no se tocasen unos con otros. La otra forma de conservar los melones es haciéndoles una red, a la que llamábamos "casa", y colgándolos. Antiguamente esas casas se hacían de junco y, más recientemente, de rafia o cuerda de pita.

¿Y hay algo más refrescante que un helado? También recuerda Antonia los helados de su infancia. “Algunas tardes de verano, ya cuando caía el sol, pasaba por nuestra calle el señor Lucas, el heladero del pueblo. Iba con su heladera a cuestas. Nosotros le pedíamos a nuestro abuelo que nos comprara un helado. El señor Lucas se paraba en la puerta de nuestra casa y nos daba un helado a cada niño de los de barquillo y a los mayores uno de máquina. Era todo un ritual ver cómo con la paleta iba llenando de rico helado el barquillo en forma de barco y, en la máquina, todo cremoso, se ponía primero la galleta, luego el helado y por último otra galleta. Quedaba como un emparedado, pero ¡qué fresco!”
“Creo que los pequeños costaban un real y los de máquina una peseta”.

Me comenta Satur Ciudad Cabanillas, que su abuelo Lucas hacía y vendía helados con un carrillo por las calles, y que tenía otro en la plaza de la Ermita, en la esquina de la farmacia, donde su abuela Satu vendía helados en verano y castañas asadas en invierno. El señor Lucas compraba las barras de hielo en casa del señor Diego Loro, que después troceaba con un martillo, para llenar los bidones de los helados. El señor Diego también le vendía las galletas, los cucuruchos y la leche condensada que usaba para hacer el helado de mantecado.

Y sigue contando Antonia: “Todas las noches (los vecinos) se sentaban con sus sillas en las puertas de sus casas a tomar el fresco, para así pasar mejor el calor”.
“Los vecinos charlaban unos con otros los más próximos y, mientras, los chiquillos jugábamos todos en la calle como si fuera el mejor parque del mundo. Y eran tales las risas y voces que, como a veces tardábamos en acostarnos, se hacía tarde. Entonces los vecinos que tenían que madrugar para hacer sus tareas agrícolas con el fresco de la mañana, a veces se molestaban, y aparecía la “pantaruja”. Esta era un hombre o mujer que se envolvía en una sábana, se ponía una calabaza o cántaro en la cabeza con orificios alrededor y una vela encendida en lo alto. Era el pavor de los muchachos, esa noche nos acostábamos rápido.”

(Representación de unas pantaruyas)             

En la memoria de las personas de más edad, están las pantaruyas, que con frecuencia salían, ya fuera por unos motivos u otros, a asustar a niños y mayores. Famoso es el dicho pantaruyas en el Sevellar, burros a casa. Y junto con el pez mulo, las usaban como cantinela para amenazar con su venida a los niños que no comían.

(El Pez Mulo pintado por Jonatan Carranza Sojo)            

También recuerda Antonia las fiestas y entretenimientos de Madrigalejo. “Las fiestas del pueblo eran en verano, pues su patrón era San Juan, el 24 de junio. Recuerdo cómo adornaban las calles principales con globos de papel y banderitas. En la plaza veíamos por la noche los fuegos artificiales y había verbena. También para ser un pueblo pequeño, había dos bailes, el del Simonero y otro que no recuerdo cómo se llamaba. Por la mañana, el matiné, y por la tarde, en el café, actuaban las “animadoras”, unas artistas que cantaban y bailaban las coplas del momento. También fueron a veces compañías de teatro con Antonio Molina, Mercedes Vecino, Juanito Valderrama y Dolores Abril. Era un pueblo muy alegre y rumboso. La gente animada y divertida.”

El señor Simón Carranza, tenía el baile en la calle Gutiérrez, esquina con calle Recio. Es el baile que llamaban "del Simonero". El otro baile podría ser el del casino. Y sí que es cierto que Madrigalejo sigue siendo “un pueblo muy alegre y rumboso”. 

(Panorámica de Madrigalejo desde el puente sobre el río Ruecas)               
Es una delicia leer estos recuerdos de la infancia que tan bien fijados quedaron en la memoria de Antonia Caldera. Gracias a que los dejó escritos en su relato – y no están todos aquí- podemos gozar de ellos y unirlos a los que guardamos cada uno de nosotros. El libro donde está publicado me lo regaló personalmente Antonia Caldera, en Mérida, por lo que la estoy enormemente agradecida.

Guadalupe Rodríguez Cerezo.

Bibliografía:

-A. CALDERA TEJEDA. “Recuerdos de mi infancia”. XIV Certamen Literario para Personas Mayores. Experiencia y Vida. Edita Consejería de Sanidad y Dependencia de la Junta de Extremadura. Badajoz, 2007.
-L. RODRÍGUEZ AMORES. Crónicas Lugareñas. Madrigalejo. Tecnigraf, S.A. Badajoz, 2008.